BARÓMETRO

SIN ESTACIÓN DE LLEGADA

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

“Es  tiempo de la palabra y de guardar el machete”, dijo Marcos en el Congreso Nacional Indígena. Cinco mil indígenas de 62 etnias del país escucharon al jefe guerrillero, “el tercer personaje de la historia, junto con Vasco de Quiroga y Lázaro Cárdenas del Río, en recibir el bastón de Tata’ de la comunidad purépecha”. “Vamos”, añadió el subcomandante, a hablar con el que hace las leyes, es tiempo del puente” (Fernando Gutiérrez Pérez y Rafael Victorio, Excélsior, 04/03/01, p. 1).

Luego de la lectura del documento del EZLN los líderes purépechas y otros comandantes zapatistas reiteraron: lo que está en juego, lo que tendrá que llevar a grandes definiciones a la sociedad nacional en su conjunto, son unos derechos, largamente soslayados, de los indios de México que hoy insisten en verse y reclaman ser vistos como pueblos (Véanse los reportes de Rosa Rojas y Matilde Pérez, así como la crónica de Hermann Bellinghausen, La Jornada, 04/03/01, pp. 3, 6 y 7).

Si estos pueblos portan o no una forma de democracia que ahora algunos postulan como ejemplar es y será, sin duda, materia para mucha discusión y reflexión. Sobre todo ahora, cuando los códigos políticos y jurídicos de la democracia representativa emergen y se despliegan a todo lo largo del cuerpo político nacional, para bien y para mal. Piénsese si no en la catarata de “juicios políticos” iniciados por partidos y legisladores, o las visitas mañaneras a la Suprema Corte por políticos y gobernantes. De la peor manera, si se quiere, los nidos se vuelven técnicos pero es por las vías legales, antes tan desdeñadas, como el litigio político interminable busca cauce y solución.

No es esto, desde luego, algo que pueda demostrarse con facilidad, aludiendo a metáforas ilusorias sobre la organización comunitaria y sus maravillas. Pero la cuestión no está hoy ahí, en la un tanto mítica superioridad de la cultura ancestral que habría quedado en reserva, allá en las profundidades, bajo el cuidado de las etnias sobrevivientes a 500 años de expoliación y cambio radical de estructuras económicas y mentales.

Lo que ha sido puesto en el centro por la movilización zapatista es más bien el espinoso conflicto que la diversidad cultural convertida en discurso y movilización política por los pobres de los pobres, le plantea a un país cuyas mayorías sociales han más bien invertido esfuerzos y sacrificios en busca de un desarrollo moderno, donde las diferencias sean articuladas por un eje único, de progreso material y unidad lingüística entendidos como plataformas fundamentales para trabar una relación productiva con el resto del mundo. Qué tienen que hacer en este empeño, que va para dos siglos prácticamente ininterrumpidos, el discurso de la pluralidad cultural y étnica, el reclamo de derechos que se consideran actuales pero que han sido, desde esta perspectiva, largamente sofocados, debería ser el tuétano de la reflexión nacional, política, económica y cultural, sobre la cuestión indígena, pero no lo ha sido.

Y nadie puede asegurar, en los comienzos de este marzo super loco, que lo vaya a ser cuando el Congreso abra sus puertas y los legisladores decidan vérselas en serio con lo planteado por los zapatistas y ahora por el Congreso Nacional Indígena, así como por el propio presidente Fox, que a su vez ha convocado al EZLN a incorporarse a la reforma del Estado. La ligereza con que desde los flancos pro-zapatistas, pero también desde la presidencia de la República, se ha visto el embrollado asunto de la legislación indígena revela algo más que frivolidad o urgencia. Más bien parece que ninguno de los principales protagonistas políticos de la cuestión quiere hacerse cargo de las dificultades enormes que siempre implica volver código jurídico una realidad compleja y nada estable, como es la que plantea el reclamo indígena en clave zapatista.

De algo hay que estar seguros desde ahora: no será con salmos por la democracia genérica, sin sustantivos ni adjetivos, como se podrá sortear el tema de las autonomías y los derechos, que inevitablemente nos remiten a los recursos materiales y la propiedad y el uso de la tierra. La primera gran prueba la tendremos cuando las cámaras aborden las iniciativas sobre derechos y cultura indígenas: para empezar, recordemos que se trata de tres iniciativas; luego, admitamos que junto con la expresa flexibilidad de los zapatistas, cuyos voceros han dicho que están dispuestos a discutir la iniciativa- COCOPA, están otras voces que en el CNI han insistido en que no puede quitársele “ni una coma”, insistencia que parecen haber hecho suya no sólo los fundamentalistas de siempre, sino algunos legisladores domiciliados en la célebre comisión de concordia que, de tanto andar, parece haberse vuelto a sus ojos un órgano soberano, que para algunos de sus miembros tiene incluso capacidad para legislar por sí misma, determinar las reglas de operación del Congreso en su conjunto, etc.

La democracia tan esperada y cacareada tendrá que probarse ahí, en sus recintos por excelencia que son las cámaras legislativas federales y después en los congresos locales. Pero, a su vez, los portaestandartes de la causa indígena, junto con sus exégetas, algunos de plano inesperados por lo insólito de su reduccionismo, tendrán que demostrar que en efecto se puede colaborar y dejar atrás la era de la imposición y del desprecio. Si autonomía y derechos especiales de los pueblos no quiere decir patria partida, tendrán que encontrarse los modos y las veredas, el verbo y la prudencia jurídica y política, que en verdad nos permitan caminar juntos, por caminos que no se bifurquen a la primera vuelta.

Pueblos indios, derecho histórico, cultura ancestral, se dan una y otra vez contra la pared ignominiosa de largas y duras décadas de pulverización de las comunidades, de abandono económico y social, de migración brutal, más que para mejorar, como decían los clásicos, para sobrevivir. Aquí, las declaraciones estruendosas deberían sustituirse por un cuidadoso trabajo de mapeo municipal y de los distritos electorales locales y federales, que llevara pronto, pero con seguridad, a darle piso a una representación y un auto-gobierno indígenas efectivos, legítimos, con real disposición y energía integradoras y no aislacionistas.

Se hace camino al andar, pero hay que reconocer que éste, al que nos invitan el gobierno y los zapatistas, ahora acompañados por otros grupos y organizaciones étnicas, de dentro y fuera de México, es empinado y sinuoso, de terracería y sin una clara estación de llegada. Habrá que asumir, sin resignación ni cinismo, que el México de hoy y del mañana previsible no puede sino ser el país de las múltiples velocidades, lo opuesto del sueño ingenuo de la modernización a marchas forzadas, pero cada vez más parecido al trayecto que empieza a trazar la Europa unificada.

Los libros sobre la mesa

El Informe de la Comisión Económica para América Latina, Equidad, Desarrollo y Ciudadanía, presentado por su secretario ejecutivo, José Antonio Ocampo, en el XXVIII Periodo de Sesiones, realizado en México en abril del año pasado, ha sido editado en tres volúmenes por la editorial Alfaomega, bajo el mismo título general (Equidad, desarrollo y ciudadanía. CEPAL y Alfa mega, Colombia, 2000). El primer volumen da cuenta de la “visión global”, el segundo de la “agenda social” y el tercero de la “agenda económica”. Se trata de textos de lectura obligatoria para quienes busquen ir más allá, sin soslayar las complejidades y desafíos del cambio económico y social de las últimas décadas, del “pensamiento único” que quisieron imponer como Biblia los misioneros del Consenso de Washington, ahora reconvertido en serie interminable de reformas de segunda, tercera generaciones. Quizá, como sugiere la CEPAL en estos importantes libros, llegó la hora de “reformar” las reformas. Volveremos sobre ello, porque la “fantasía organizada”, como la llamara Celso Furtado, parece haber tomado un nuevo ímpetu (Lafantasía organizada. Eudeba, Tercer Mundo Editores, Colombia, 1991).   n

San Pedro Mártir.

5 de marzo de 2001

Rolando Cordera Campos Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.