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Hace unos cuantos domingos, durante una mañana de insólita calma y en el transcurso de una larga sesión en la regadera, descubrí con gran espanto que me sé completita la letra de “Extraños en la noche”. Como quien va a la clínica para la segunda prueba de tuberculosis, ensayé aterrada las notas de “A mi manera”. Afortunadamente no salió ni la primera estrofa, pero no estoy tranquila: sospecho que cualquier otro domingo, en cualquier otra ducha, abriré la boca y saldrá incontenible el mamarracho entero —desde la onanística introducción (¿se acuerdan?: “El fin se acerca ya, lo esperaré serenamente…”) hasta el desafiante berrido final de la canción que un gringo cruel le endilgó al ya tan maltratado Quixote.

Toca asumir el destino: el mal gusto me ha marcado desde que en la adolescencia le pasaba el trapo a los muebles cantando “Perdón” —éxito de Alberto Vázquez— y después de cada “Si acaso te ofendí” juntaba las manos en gesto suplicante. Fue por esas mismas épocas que aprendí a hacer el lomo a la Coca Cola, iniciándome en la deleitosa afición por la cocina del mal gusto.

¿Una tarde perfecta de aquel entonces? Lomo a la Coca Cola en el menú, seguido de un postre helado de galletas marías con leche endulzada Nestlé y jugo de limón y, después, el sofá para mí solita, con la novela más reciente de Corín Tellado en el Vanidades, y Javier Solís cantando “Sombras” en el tocadiscos.

El mal gusto es delicioso. Confiésenlo quienes han probado no sólo el lomo adobado en las Aguas Negras del Imperialismo, sino las galletas Ritz con queso filadelfia y media aceituna de adorno, la gelatina de sabores elaborada con ginger ale para que tenga burbujitas. el ceviche preparado con Orange Crush (especialidad de la Costa Chica), y cualquier ambigú fabricado con pan Bimbo descostrado (recuerdo en particular unos rollitos rellenos de pasta de sardina). Las quesadillas sincronizadas también estarían en la lista si no fuera porque ya quedaron incorporadas a otro repertorio, que es el folclórico nacional. Pero cuando primero hicieron furor, hará unos cuarenta años, la combinación de queso tipo Chihuahua, jamón Fud y tortillas de harina cumplía perfectamente con los requisitos del mal gusto culinario: es decir, era un invento fervorosamente clasemediero y con algo de gringo, expresión nítida de la voluntad de zafarnos de nuestra herencia mestiza para entrar corriendo a la modernidad que ofrecían en la tele series hogareñas como “El show de Dick Van Dyke” y “Mi marciano favorito”.

Eran ingrediente clave en la cocina del mal gusto la línea completa de cremas Campbells —tomate, champiñón y, sobre todo, espárragos— preparados como sopa según las instrucciones en la lata, o bien, aprovechados para darle un toque de distinción a los canelones, las crepas (¡crepas!) y la pechuga de pollo. Hay un no-se-qué de resistol en la consistencia de esos platillos que todavía me emociona (más cuando se forman unas costras doraditas en el pyrex), y me hace pedir siempre una segunda porción. Por pura arbitrariedad no acepto la comida de restorán en esta lista del adefesio culinario, pero casi me arrepiento cuando pienso que así no podré incluir el engendro ejemplar que es la pizza hawaiana, ni tampoco los sushi de salmón ahumado con queso filadelfia, que son descendientes directos de los rollitos de pan Bimbo con pasta de sardina.

Para mi desgracia, no conservo la receta del lomo a la Coca Cola (esta columna agradecerá cualquier pista). En cambio sí puedo ofrecer la receta de postre helado de galletas maría que prepara para la familia que tiene a su cargo Marta García Ortiz —excelente cocinera en la vertiente del buen gusto, y que en este otro renglón también se luce.

Media taza de jugo de limón

Media lata de leche Clavel

Una lata de leche condensada azucarada

Una pizca de canela molida

Un rollo de galletas marías de 170 gramos

Preparar aproximadamente una hora antes de que se ha de servir. Mezclar perfectamente los primeros cuatro ingredientes en la licuadora. Colocar una capa de galletas en el fondo de un refractario mediano cuadrado. Verter encima la mitad de la mezcla líquida. Repetir con otra capa de galletas y el resto de la mezcla. Colocar en el congelador hasta el momento de servir.

Y no hemos empezado a hablar siquiera de la delicias del Nescafé con leche de lata, que realmente es el mejor acompañamiento posible al pan de dulce de la merienda.

 

Alma Guillermoprieto
Escritora. Su más reciente libro es Los años en que no fuimos felices.