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La crítica literaria en México sólo se ha interesado en los aspectos testimoniales de la obra de Luis González de Alba. Cielo de invierno no escapa a esa intención. Aurelio Asiain ensaya otra estrategia, la del lado de la ficción literaria, y consigue traer esta novela de vuelta a sus lectores. Sus páginas, originalmente leídas en voz alta, celebran esa unión del estilo y el temple moral que acompañan siempre a Luis González de Alba.


Ante todo, una advertencia: tengo pocas credenciales para hablar de la novela de Luis González de Alba. Lo que me interesa, como lector profesional y como escritor, es sobre todo la poesía. Las novelas son para mí una forma de entretenimiento, algo que se lee entre las sábanas, o mientras se viaja en tren, o tendido en la arena de una playa. Quiero decir que, mientras sigo las peripecias de los protagonistas y el desarrollo de la trama, no reparo en las estrategias narrativas y, en general, en la técnica del escritor. Entro en una novela como quien se sienta en un cine. Pero me gustó mucho la novela de Luis, un personaje al que además admiro como figura moral y por el que siento una enorme simpatía.

Luis González de Alba es, en el mapa general de la literatura mexicana, lo que Rubén Darío hubiera llamado un raro. Quizá no esté de más recordar que el padre del modernismo hispanoamericano usó el término para describir a una serie de escritores en algún sentido extraños, excéntricos, extravagantes, a veces por su vida y, en general, por su situación ante la tradición literaria central de Occidente. Eran autores que, marginales en ese tronco común, para Darío significaban una especie de faro en la literatura de fines del siglo XIX; autores como el Marqués de Sade y el Conde de Lautréamont, ahora centrales para nosotros, pero en aquella época desconocidos, extraños y a los que incluso se consideraba subversivos, es decir peligrosos. Desde luego. Luis González de Alba no es un desconocido; tampoco es un personaje tenebroso (aunque quizás a algunos así les parezca). Y sin embargo, es un raro; lo es porque ha entrado a la literatura por una puerta lateral, y ello ha impedido que los profesionales lo tomen debidamente en cuenta y sepan situarlo. No saben muy bien qué hacer con él.

Un ejemplo de lo anterior es el primer libro de Luis, Los días y los años. Un lugar común de la crítica mexicana afirma que en nuestro país no se ha escrito todavía la novela del 68, un tema que parece seguir pendiente para ellos. Lo curioso del asunto es que ese primer libro de Luis es una novela, escrita en la cárcel de Lecumberri en los meses siguientes a la matanza de Tlatelolco, por uno de los dirigentes más notorios del movimiento. Es la memoria inmediata de los acontecimientos, una historia colectiva narrada por un sobreviviente. La razón por la que, sin embargo, sigue diciéndose que no hay todavía una novela del 68 es más o menos evidente: el libro es una novela pero adopta la forma de una crónica. El autor, además, corría la paradójica fortuna de estar en prisión y cuando salió de ella fue, en calidad de refugiado político, a Santiago de Chile. Por todo lo cual Los días y los años salió a la calle sin compañía y sin haber sido debidamente presentado en sociedad. Desde entonces, el juicio de los críticos sobre la literatura de Luis González de Alba ha sufrido la misma “falla de origen”, como dicen los locutores de televisión. No terminan de considerarlo un escritor, en parte por la naturaleza de sus obras y en buena parte también, hay que decirlo, por culpa del afectado. Hay en él una visión de la literatura que no es típica de un literato. Uno de sus poemas más recientes es una parodia de uno muy conocido de José Emilio Pacheco que comienza diciendo: “No amo a mi patria./ Su fulgor abstracto/ es inasible”. El de Luis dice: “No amo la literatura,/ su fulgor pedante/ es insoportable”. Pero, curiosamente, quien escribe esto último es un señor que ha publicado cinco novelas y varios libros de poesía, ensayo y divulgación científica. No es que niegue su condición de escritor; lo que afirma es que no tiene la superstición de la literatura; que le gustan, e incluso le son indispensables, ciertas obras literarias, por cuestiones vitales, pero que la “religión del arte” y esas cosas le parecen paparruchas. Posición sensata si las hay, pero que ha ocasionado, por un lado, que la crítica no sepa qué hacer con su autor y, por el otro lado, que él se mantenga alejado del mundillo literario. Participa en el mundo editorial, desde luego; participa también, y con fortuna, en el periodismo; pero no se lo ve como un escritor.

Al hablar de los poetas mexicanos, no suele tenérsele en cuenta. En nombre de un supuesto valor testimonial, se desdeña la condición literaria de sus libros. Pensemos, por ejemplo, en Malas compañías. Se trata de una colección de poemas no sólo muy bien construidos, sino que representan una tradición poética cuyo desarrollo ha sido menos vigoroso entre nosotros que en otros países; que proviene de la tradición inglesa (de Browning, de Eliot, de Auden); que en Grecia representa Kavafis, y que en España, donde la aclimató Luis Cernuda, tuvo a fines del franquismo tres o cuatro poetas muy notables, entre ellos Jaime Gil de Biedma. Me refiero a eso que se llama poesía de la experiencia, y no es casual que la mayor parte de los poetas que he mencionado sean homosexuales, pues el eje de esta poesía es la problematización de la experiencia moral. Pero no estamos en Inglaterra ni en Grecia sino en México, y como Malas compañías está conformado casi totalmente por poemas de amor homosexuales, al libro le ha ocurrido más o menos lo mismo que a Los días y los años. La crítica ha visto esos poemas como expresión de cierta sexualidad contemporánea problemática, pero no como poemas en sí mismos. Mala cosa, porque vale la pena leerlos como lo que son: poemas bien hechos, con buen oficio poético.

Otro ejemplo está en la novela recientemente reeditada por la editorial Cal y Arena: Y sigo siendo sola. Es un relato desternillante. Pero además es una novela que prefigura, e incluso parodia de manera anticipada, ciertos desarrollos de la narrativa de Carlos Fuentes; que anuncia la única novela de Guillermo Sheridan. Se trata de una narrativa de orden crítico, en esa vertiente literaria que Sergio Pitol, siguiendo a Mijail Bajtin, llamaría carnavalesca. El relato busca subvertir los valores patrios, ofreciendo una visión de la historia de México, desde el águila y la serpiente hasta nuestros días, en un relato cuyo personaje central va metamorfoseándose, adoptando formas caricaturescas y más bien esperpénticas. Pero esta novela tampoco aparece en los mapas literarios que suelen hacer los críticos cada fin de año y de sexenio. Y ese carácter escurridizo a las jerarquías críticas establecidas que tiene la obra de Luis me simpatiza mucho.

Me temo que con esta nueva novela. Cielo de invierno, va a ocurrir un poco lo mismo: será considerada sobre todo por su valor testimonial. Es decir, se la juzgará como mera derivación de la actividad pública de un hombre con posiciones políticas claras y opiniones sobre lo humano y lo divino muy definidas, un ensayista que gusta de polemizar. Cuando apareció la novela, leí una entrevista larga con Luis González de Alba en el periódico Milenio; en la introducción, el entrevistador decía que Cielo de invierno desde luego iba a escandalizar a los lectores. Sin embargo, mi experiencia de lectura es absolutamente contraria al escándalo. Cielo de invierno me interesó por su clima y por su construcción.

Cuando escuché por primera vez el título, antes de que la novela estuviera publicada, le dije a Luis que sonaba a “Palacio de invierno”, lo cual seguramente venía de su pasado izquierdista. Me equivoqué: la revolución rusa no tiene nada que ver aquí y el título es hermoso y preciso. Obviamente, se trata de una referencia metafórica: el invierno es la estación final, la estación del frío y de la muerte. Pero es también la estación de la transparencia: los cielos de invierno son transparentes y en la novela hay todo el tiempo un clima de final, un clima helado, y a la vez una mirada de lucidez. Cielo de invierno es una novela sin sobresaltos, sin escándalos, que relata una historia no desesperada, sino que transcurre más allá de la desesperación: es una historia de amor contada cuando ya pasó la desesperación. El personaje narrador, que está escribiendo a su vez una novela, encuentra justamente esa impasibilidad del fin; la suya es una novela del encuentro con el vacío, en la que las emociones están contadas, pero no sentidas o no transmitidas, en una especie de vacío emocional.

También hay una especie de vacío en el relato mismo. El narrador hace un viaje a Grecia, lo cual vuelve simbólicas sus fuentes; lleva al viaje diarios y cartas, papeles de amor, y trata de reconstruir, ya no tanto la historia de ese amor, sino el sentido de aquella historia. Por momentos, sin embargo, parece que la historia que trata de desenredar o carece de sentido o tiene sentidos ambiguos y contradictorios. Es un vacío interior. Pero más adelante nos encontramos con que hay otro vacío, al que el narrador alude de forma irónica pero cuya presencia no es descabellado considerar central: es, en términos del budismo zen, el vacío de la sabiduría final y la iluminación; en términos cristianos, el vacío de la paz de los espíritus. (En esto, por cierto, Cielo de invierno se emparienta con las dos últimas novelas de Severo Sarduy, que tratan del mismo tema: hay un narrador que está muy enfermo, evidentemente de sida, aunque creo que la palabra no se menciona en la novela de González de Alba.)

Pero lo más interesante de la novela es la manera como está construida la trama. Consiste de diversos tiempos entrelazados, de distintos tiempos narrativos y de distintos tipos de experiencia, que corren a diversas temperaturas. Un primer tiempo (o tempo, como se dice en música) sería el tiempo helado. Es lo que en química se llama el punto álgido. Actualmente se usa mucho esa expresión con el sentido de punto de efervescencia. Pero el punto álgido es un término químico: significa el punto más frío. Y ese punto álgido, en Cielo de invierno, es el tiempo del reloj. Hay un personaje que está narrando su vida, y que todos los días tiene que tomar una pastilla determinada a las ocho de la mañana, y a las ocho y cuarto tomar otras dos pastillas, y justo antes del desayuno tomar unas cápsulas, y a tal hora desayunar tal cosa y no tal otra: a tal otra comer esto y no aquello. Debe bañarse con el agua a una temperatura determinada, etc. Es una disciplina muy estricta narrada con cierta frialdad. No hay ninguna referencia, al contar toda esta mecánica mental, mecánica de enfermedad, a una enfermedad. No es sino una cuenta ante el minutero, un tic tac que no significa nada: pastilla, pastilla, pastilla, tac, tac, tac; no hay ningún relato, es como la marca del tiempo. Sabemos que ese tiempo marcado es un tiempo que corre hacia el final.

Otro tiempo es el de la trama que forman los acontecimientos cotidianos. Son por un lado los de las costumbres del personaje: bañarse, comprar ropa, tomarse un café en una plaza; pero también hay otros, que ritma otro tipo de reloj: los trámites para obtener un pasaporte, una visa, cambiar moneda. Esos pequeños papeleos de la burocracia que el viajero debe enfrentar son una especie de reloj más o menos ominoso. Por momentos uno esperaría una crónica de desastres cotidianos, y no es así: también en esa historia paralela todo transcurre con cierta ligereza. Por detrás del relato hay un tiempo cotidiano que también es lúdico, pero distante: es el tiempo del personaje que está sentado en la terraza, viendo pasar unos barcos, viendo pasar autos, reconociendo a un viejo antes visto, al empleado de un bar hablando con la gente al cruzarse con ella en el hotel. Es una persona que vive su vida únicamente desde la mirada, como un curioso voyeur desapegado, que ve su propia vida a distancia, con una enorme contención, como si todo pasara detrás de una pantalla.

Hay, finalmente, otro tiempo, que es el pretexto de la novela: el tiempo del relato que el narrador está escribiendo. Pues, además de contarnos toda esta serie de cosas, está contándonos que va a contar una historia, para lo cual lee diarios, cartas, compara recuerdos, etcétera. Lo importante de ese relato fragmentario es que sirve de apoyo, o más bien de suelo con arena movediza, a los demás relatos. Trata de aventuras sexuales, de encuentros y desencuentros amorosos, incluso de desenfrenos. Pero sobre todo trata de la esencia de la virilidad. Este es el relato que podría ser, digamos, el relato caliente de la novela, su zona tórrida. Pero ese relato se le deshace todo el tiempo al personaje narrador. y nunca sabemos exactamente cuál es el sentido de esa novela en la novela, por qué unos personajes actúan de esta manera u otra; por qué unos merecieron una suerte u otra; por qué unos respondieron así y no de forma distinta. Se diría que este relato, que parece írsele de las manos al personaje, parece estar permanentemente conspirando contra los otros relatos. Y, sin embargo, lo admirable en Cielo de invierno es que ese tic-tac de la disciplina, del método, de la pastillita, del pequeño acto en apariencia insignificante o vacío, sí llega hasta el final. En efecto, la novela está describiendo con absoluta impasibilidad un cielo de invierno, en el que nunca truena, nunca cae una tormenta, y sin embargo sabemos que al voltear habremos de contemplar un paisaje absolutamente arruinado.

En esa impasibilidad está la profundidad de la novela, como en el fondo de un pozo al que bajamos por las cuerdas en que se trenzan los distintos tiempos narrativos y las distintas temperaturas de la experiencia. Ese entrelazamiento, hecho con verdadera maestría, es testimonio no sólo de oficio narrativo, sino de sabiduría moral. A mí me gustaría que algún crítico se olvidara de la parte testimonial de la novela, dejara por un momento de lado que los asuntos son amores homosexuales, se fijara en la magnífica construcción y nos mostrara cómo el estilo corresponde a un temple moral. Sólo así se le haría la justicia que yo no le he hecho a Cielo de invierno, una novela tan admirable como escalofriante, un relato límpido y duro, frío y puro, como un alma de hielo. 

 

Aurelio Asiain
Escritor. Director de la revista Paréntesis.