Remedio contra el ambulantaje

El centro proclamado “histórico” (como si Coyoacán, Chapultepec, Churubusco, Chalco o la Villa no tuvieran historia) de la Ciudad de México es un muladar entre templos y palacetes de los siglos XVIII y XIX en continua restauración… y en continuo desgaste. Tianguis, miseria, basura, congestionamientos de gente y automóviles.

María Félix tronó hace una década contra tanto tianguis, basura, orines, caca, vecindades en ruinas… ¿Pero alguna vez el México viejo (título de la mayor obra de nuestro mejor “cronista colonial”: Luis González Obregón) fue de otro modo? Sólo en la época azteca, cuando se concentró la dorada burocracia de militares y sacerdotes en Tenochtitlan… y se expelió el tianguis a Tlatelolco.

Pero desde los comienzos de la ciudad colonial, precisamente para eso servían las calles y acequias del centro: para tianguis, basura y densa vida de pobres, paupérrimos, a la intemperie. Nunca se encontró remedio contra la mendicidad, la picaresca ni el comercio callejero, por más que se trató de reglamentar y trasladar los mercados; se decretaron reglamentos de higiene y buenas costumbres (Revillagigedo prohibió la circulación de pelados semidesnudos en la Plaza Mayor); se lanzaron amenazas e improperios oficiales.

Según Lucas Alamán (Disertaciones) uno de los remedios más curiosos contra el ambulantaje ocurrió frente al actual Monte de Piedad. Ahí había una capilla del gremio de los talabarteros. ¿Por qué otra capilla a pocos pasos de la Iglesia Mayor, que sería catedral, en plena plaza? Dizque se suponía que ahí se había celebrado la primera misa pública en la ciudad, ya conquistada. El caso es que los tianguistas la rodearon con sus puestos y mercancías, su tráfago, sus gritos, olores y picaresca.

El obispo Palafox perdió la paciencia, pues “a su alrededor había puestos y se ataban las bestias que entraban cargadas con ñuta”, y “prohibió una y otra cosa con excomunión”. Nada menos. No logró mayor resultado. La capilla siguió ahí, como otro puesto astroso más en mitad del tianguis. Finalmente fue derribada en 1823.

Conviene recordar esto ahora que el “rector” (como si se tratara de una universidad) de la Basílica de Guadalupe pierde la paciencia ante el multitudinario tianguis en que se han convertido el atrio y los alrededores del Tepeyac. Tampoco fue de otro modo la Basílica en el siglo XVIII. si hemos de creerles a Veytia y a Clavijero, por ejemplo.

Nada cambia nunca

Algunos escasos potentados han tratado, a través de los siglos, de establecer palacios europeos en el centro. Así les ha ido. Ese centro siempre ha sido zona de alta miseria. Podemos leer en las Leyendas de las calles de México, del insuperado Cronista de la Ciudad Luis González Obregón:

En general, las calles y plazas presentaban, hasta antes del virreinato del segundo conde de Revillagigedo. un aspecto asqueroso… siempre encharcadas con aguas sucias y pestilentes, desempedradas, sin aceras o banquetas, casi a oscuras en los siglos XVI y XVII, y apenas alumbradas en el siglo XVIII.

Los vecinos arrojaban, desde las ventanas y balcones de los pisos altos y desde las puertas de las accesorias de los pisos bajos, basuras, trapos viejos, tiestos rotos, perros y gatos muertos y cuantos desperdicios les estorbaban, no siendo extraño que en las noches algunos vecinos, al transitar por las calles, recibieran el contenido nada limpio de vasos reservados.

Las plazas no guardaban mejores condiciones que las calles. Inclusive la Mayor, servían de mercados públicos, ordeñas de vacas, chiqueros de cerdos y aun rastros para hacer la matanza de los carneros y reses…

Las ventanas y balcones de las casas eran tendederos… Las tiendas tenían los mostradores en las mismas puertas, de manera que los que iban a comprar se detenían en las calles para proveerse de las mercancías, obstruyendo el paso a cada instante y golpeándose las cabezas con muestras o letreros colgantes, que entonces no se ponían fijos sobre los muros sino pendientes de mástiles, más o menos inclinados…

Las calles, aparte de su mala pavimentación, veíanse invadidas por infinidad de comerciantes ambulantes; pero no pocas eran mansión tranquila de caballos, asnos, mulas, vacas y otros animales…

Abundaban los mendigos: unos ciegos o cojos; otros arrastrándose o enseñando asquerosas llagas… La miseria reinaba por todas partes, y la misma plebe que servía los amasijos de pan, en los obrajes… vivía casi desnuda en la mayor pobreza, no sólo por los conos salarios que percibía, sino por sus vicios, predominando en ella la embrutecedora embriaguez y el juego en todas sus formas, dando origen muchas veces a riñas callejeras que proporcionaban presos a las cárceles y cadáveres a los cementerios… muchos sin calzones y sólo embozados con mantas, tilmas o simples ayates.

La ciudad lago

Prosigue González Obregón:

De todas las siete acequias mencionadas, la de Mexicaltzingo y la Real fueron las más concurridas por el tráfico de las canoas, y por ellas el comercio de los pueblos indígenas del sur era activísimo. ¡Contraste singular! Mientras el canal de la Viga, conectado con estas acequias, corría desde los pueblecitos pintorescos de Iztacalco, Chalco y Xochimilco, alegre, gozoso en medio de hermosos campos sembrados de flores y legumbres, cuajado de canoas y chalupas henchidas de mercancías e impulsadas por los remos de los indios, al penetrar a la ciudad por las citadas acequias todas aquellas pequeñas embarcaciones, tripuladas por sus dueños, que ensordecían con sus gritos al pregonar sus efectos, ocultaban las aguas pesadas, negras y cenagosas, que hacían difícil la navegación y envenenaban el aire con sus pestilentes miasmas.

Y sin embargo, por esas aguas recibieron nuestros abuelos las legumbres que se vendían en el Mercado de la Merced, las flores que dieron nombre al portal situado en la Plaza, y las frutas que también lo dieron al que existió en la calle del Coliseo [16 de septiembre]… La multitud de desperdicios, hojas, cáscaras de fruta, etc., procedentes de los tripulantes de las canoas trajineras; las basuras y animales muertos, perros y gatos, que los vecinos arrojaban desde los balcones y ventanas, contribuían al continuo azolve de las acequias que… presentaban el aspecto más asqueroso y repugnante y el foco más propicio de enfermedades endémicas y de epidemias que existió en la Nueva España.

De modo que siendo naturalmente como lo vemos y olemos, “el centro histórico” en que nos magullamos y tropezamos a cada paso, conserva en nuestros días las tradiciones antiguas con espontánea fidelidad, y resulta reflejo puntual de la ciudad virreinal… que ya era harto espantosita.

Remedio contra salvajes peseras

El capitalino de nuestros días abomina de todo tipo de cafres, especialmente de los choferes de peseras.

También hubo salvajes cocheros en el virreinato, incluso de alquiler. El 31 de octubre de 1777 se emitió un bando contra ellos, que podrían aprovechar las autoridades actuales en cuestión de peseras, camioneros y traileros:

Que ningún Cochero aligere los pasos [imponga mayor velocidad] de las mulas, ni atropelle persona alguna, de cualquiera clase y calidad que sea, antes vayan voceando y avisando para que se aparten, ni menos impidan el tránsito con arrimar demasiado los Forlones [estacionando los carros] a la pared, pena de doscientos azotes en forma de justicia, y cuatro años de Presidio, sólo en virtud de la sumaria información que se le hiciere, por la que conste haber cometido alguno de los relacionados excesos, sin que se les admita excusa o recurso que pueda retardar la ejecución. Se prohíben bajo la propia pena, las competencias de carreras y adelantamientos a porfía: Que no usen de su ejercicio estando ebrios… y que no domen muías por las calles con madrina [juntar una mula bronca con una domesticada a que tiren los carros, para que aquélla vaya aprendiendo de ésta], ni se pongan [muías] broncas ni cerreras [salvajes, sino mansitas] en los coches…

El filántropo

Ahora que ha fallecido el Estado Benefactor, la justicia social queda en manos de puros filántropos, como las campañas de “buena voluntad” de las empresas televisivas, como el teletón. O efusiva filantropía pop o ninguna justicia social.

Durante el virreinato no fueron raros los millonarios que construían alguna obra piadosa para ganarse el cielo y disimular la manera en que acumulaban su fortuna. Alguno, un “redomado benefactor”, construyó un hospitalito “para pobres”, en cuya puerta apareció un compendioso pasquín, como éste que recuerda Valle Arizpe en Calle vieja y calle nueva:

El señor don Juan de Robres, Con caridad sin igual, Hizo este santo hospital …¡Y también hizo a los pobres!

El despertador o la eutanasia virreinal en Lima

Nuestros autores colonialistas surgieron de la fiebre romántica (Walter Scott, Alejandro Dumas padre, Víctor Hugo, los libretistas de Bellini, Donizetti, Verdi) sobre la Edad Media y épocas aún más remotas; e intentaron algunas novelas (Martín Garatuza, de Riva Palacio; diversas obras de José Tomás de Cuéllar, Eligió Ancona, Heriberto Frías, Justo Sierra O’Reilly, José Pascual Almazán, etcétera); poemas y dramas (Heredia, Rodríguez Galván, Amado Nervo, Peza) de color costumbrista y pretérito. Pero en seguida prefirieron el género breve que aquí se llamó “crónica colonial”.

Sus inventores no fueron mexicanos, a pesar de los empeños del Conde de la Cortina. Vicente Riva Palacio, Francisco Sosa y Juan de Dios Peza, sino el español Ramón Mesonero Romanos y el peruano Ricardo Palma, muy superiores en todo a sus émulos mexicanos.

Mesonero Romanos y Ricardo Palma no trataron de dar gato por liebre ni de confundir la historia con la invención o la ocurrencia mediante el contrabando de un término anfibio: “crónica colonial”. A veces referían asuntos con cierta fuente documental o que se había conservado por tradición oral, pero con frecuencia inventaban francamente sus anécdotas, leyendas y sucedidos a su gusto. O los escogían y exageraban con deliberada picardía decimonónica, voltaireana (contes), aunque a ratos trinaran contra jacobinos, republicanos y masones. De ahí tantas historias de jocosos cornudos y milagritos chuscos (a una monja se le queman los frijoles e invoca a la Virgen Milagrosa para que se los desqueme). Para ello labraron sus propios géneros, con nombres específicos.

Mesonero Romanos llamó simplemente “escenas” a sus escritos sobre episodios reales o imaginarios de Madrid: Escenas matritenses; Palma denominó “tradiciones” a sus escenas peruanas, incluso a las que se le acababan de ocurrir: Tradiciones peruanas.

Eran cuadros de costumbres y episodios de fábula, con cierta cercanía a los que habían efectivamente leído o escuchado, y los “doraban” con ciertos arcaísmos y una prosa coloquial, quijotesca, bien surtida de refranes, letrillas, coplas y dichos, para que parecieran “cuentos de viejas”. añejos testimonios o narraciones corridas de boca en boca.

Lo que exalta a Ricardo Palma, y en menor medida a nuestros Luis González Obregón y Genaro Estrada, es la ligereza y el desprecio o la crítica de la pedantería de anticuarios, sacristanes e “historiadores de arte”. Esa pedantería, esa pesantez, ha hundido en buena parte a Artemio de Valle Arizpe, quien a pesar de su gracia y de su conocimiento indiscutibles, a cada página pierde lo ganado como narrador, con la ostentación de terminajos y opiniones misceláneas de arquitectura, escultura, historia, filología, liturgia de sabihondo: todo servido a la vez como en caldo miserere. Cuando Valle Arizpe habla de un convento, olvida de pronto que está narrando y se suelta una incontinente, interminable, espesa conferencia sobre arquitrabes. Palma la elude frente al convento de San Francisco en Lima: “No cuadra al carácter ligero de las Tradiciones entrar en detalles de las bellezas artísticas de esta fundación”.

Ricardo Palma se erigió en el gran maestro del género de estas prosas narrativas breves, y su Lima imaginaria compite o supera a la real de los tiempos virreinales. Sus Tradiciones peruanas se tradujeron a varios idiomas y fueron admiradas en todo el mundo. Las aplaudieron Unamuno y Rubén Darío. Se siguen reeditando y vendiendo muy bien en varios países. (Palma se carteaba con Vicente Riva Palacio, Francisco Sosa y Luis González Obregón.)

Entre sus asombros, que uno duda si llamar fruto de la erudición o de la imaginación y la travesura del gran autor peruano, ocurre esta inesperada “tradición” limeña a favor de una inusitada piedad cristiana hacia los moribundos: la eutanasia en tiempos virreinales.

Leemos en “Fray Juan Sinmiedo” la “tradición” del despenador.

Antes de continuar digamos lo que en muchos pueblos del Perú se conocía por despenador): Era el de éste un oficio como el de otro cualquiera, y ejercíase con muy buenos emolumentos en esta forma:

Cuando el curandero del lugar desahuciaba a un enfermo y estaba éste aparejado para el viaje, los parientes, deseando evitarle una larga y dolorosa agonía, llamaban al despenador de la comarca. Era el sujeto, por lo general, un indio de feo y siniestro aspecto, que habitaba casi siempre en el monte o en alguna cueva de los cerros. Recibía previamente dos o cuatro pesos, según los teneres del moribundo; sentábase sobre el pecho de éste, cogíale la cabeza, e introduciendo la uña, que traía descomunalmente crecida, en la hoya del pescuezo, lo estrangulaba y libraba de penas en menos de un periquete.

A Dios gracias, hace cincuenta años que murió en Huacho el último despenador. y el oficio se ha perdido para siempre.

Retrato de una dama

Se han ponderado desde hace un siglo, en varios idiomas, los conocimientos históricos y filológicos, la habilidad narrativa, la facilidad de invención, la soltura coloquial y la gracia expresiva de las Tradiciones peruanas. Ricardo Palma solía además atinar en el arte del retrato, como éste de cierta dama llamada Consuelito (“El encapuchado”):

Imagínense ustedes una limeñita de talle ministerial, por lo flexible; de ojos de médico, por lo matadores, y de boca de periodista, por el aplomo y gracia en el mentir. En cuanto a carácter, tenía más veleidades, caprichos y engreimientos que alcalde de municipio, y sus cuentas conyugales andaban siempre más enredadas que hogaño las finanzas de la república. Lectora mía: Consuelito era una perla, no agraviando lo presente.

Universitarios

La Real y Pontificia Universidad de México no persiguió fines académicos, sino suntuarios. Tuvo rectores de diecisiete años de edad. Se expedían doctorados como títulos nobiliarios, en subasta al mejor postor. Las fiestas de graduación, obligatorias, resultaban carísimas, sólo accesibles para los potentados. A la Universidad de San Marcos en Lima no le iba mejor. Ricardo Palma registra (“Vítores”) una décima contra tales universitarios asnales y precocísimos, a propósito de un “novel doctor” de 1788, Jorge Escobedo:

Si en Roma el emperador
Calígula por su mano
Declaró cónsul romano
A su caballo andador.
No se admiren que el Rector
Por su sola autoridad
Ultrajando a la ciudad,
Como quien se tira un pedo,
Haya hecho miembro a Escobedo
De aquesta Universidad.

 

José Joaquín Blanco
Escritor. Su más reciente libro es Poemas y elegías.