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Entre las cosas que afortunadamente se fueron con la década de los ochenta, aunque su eco se prolongó hasta principios de los años noventa, está la moda de los cronistas, del “croniquismo”.

Se dieron supuestos cronistas por cientos, como subproducto de la dudosa Sociedad Civil que pretendía haber “despertado” o “liberado” el país exactamente a partir de no sé qué día de julio de no sé qué año.

No tengo noticia de que este fenómeno se diera en otros países. En México, la epidemia tradicional de los poetas se sustituyó con la de los cronistas: opinadores que escapaban de todo rigor literario o periodístico para “echar el rollo” en primera persona, con un descuidado desfogue coloquialista y folklorizante, y bastante sensiblería populista.

Sospecho que esta moda se apoyó en el prestigio de sus principales gurús, Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis. quienes parecían simpatizar con ella en sus declaraciones y en los apapachos declarativos a sus tribus, pero no necesariamente en su oficio, cultivado desde los años cincuenta con un rigor y una riqueza literarios y periodísticos que no se vieron en casi ninguno de sus serviles seguidores.

Y que se abonó del fanatismo antigobiernista de aquellos años, cuando el PRI lo era todo y por tanto monopolizaba todos los males nacionales: berrinches sin ideología, sin proyecto, sin documentos ni métodos; se improvisaban lágrimas o alaridos para los periódicos repentinamente liberados, en gran medida, de la censura gubernamental. Los rollazos histéricos… vendían.

Semejante croniquismo es ahora amplio reino de los “comunicadores” de radio y televisión, que de todo disparatan sin pudor alguno. Los “cronistas” Paty Chapoy y Origel.

El ensayo y el reportaje exigen requisitos mínimos, que la crónica —”agarro y digo”— se saltaba alegremente.

De ahí su rápida y efímera aceptación: las “crónicas” parecieron súbitamente libérrimas y simpaticonas; poco tiempo después, quedó manifiesta su miseria intelectual.

No se sabe a ciencia cierta lo que signifique “cronista”. En el argot periodístico, la crónica es el más superficial de los rellenos de los diarios: notas que no ofrecen información ni opinión, sino simplemente “color”. Como las crónicas de sociales y espectáculos, o deportivas. Los periodistas serios evitaban la crónica… hacían cuentos o poemas en prosa, como José Alvarado.

De hecho, bien mirado, los gurús del croniquismo son ensayistas o narradores en forma, que experimentan con el lenguaje coloquial y el sentido del humor. Pero su investigación, su exposición y su escritura buscan cumplir los rigores tradicionales del ensayo, el reportaje o el relato, como opinaría algún lector benévolo.

En la historia de la literatura “cronista” es casi un equivalente de “historiador”. Aunque parecería que el cronista habla más de su propio tiempo con su testimonio personal, o apoyado en testimonios orales; y que el historiador, en cambio, se apoya más en fuentes documentales, la verdad es que en la época dorada de las “Crónicas de Indias”, algunos testigos como Bernal llamaban “historias” a sus escritos autobiográficos, y algunos eruditos que no salían de sus gabinetes cortesanos en España llamaban “crónicas” a los libros que componían a partir de otros libros y documentos. Términos intercambiables.

Entonces ocurrió un hecho vituperable: la Corona española se fastidió de que tanto fraile o soldado escribiese a su real gusto y entender sobre los indios y sobre las guerras de conquista. Se prohibió que se escribiese y se publicase sobre tales asuntos sin permiso.

Y para acentuar tal prohibición, se nombró cronistas oficiales del imperio y de cada uno de los reinos o regiones, a fin de controlar, en el caso americano, la escritura sobre temas tan debatidos como la justicia de las guerras de conquista, la conducta de los conquistadores y la cultura de los indios.

Entonces la palabra “cronista” ahumó un tufo más pesado (burocrático) que el meramente académico que empezaron a despedir los historiadores, más atenidos a la teoría teológica o jurídica.

El folletinesco periodismo del siglo XIX retomó en otras partes, especialmente en Francia, el término “crónica” para un género nuevo, chismoso, comercial: narraciones costumbristas o picantes sobre hechos de actualidad.

Quizás en ese siglo se separaron radicalmente ambos términos: la historia debía observar los cánones positivistas y ocuparse del pasado bien definido, distante por lo menos en tres lustros; la crónica trazaba un travieso parpadeo contemporáneo, como espacios de descanso y cotorreo en los periódicos.

En México ocurrió una peculiaridad, que yo quisiera fechar a finales del siglo XIX y encarnar en la figura de Luis González Obregón y sus libros México viejo, Leyendas de las calles de México, Croniquillas de la Nueva España.

Aunque más ameno que los historiadores formales (como Orozco y Berra), González Obregón escribía ensayos históricos serios, cuya excelencia académica y literaria fue reconocida de inmediato. Incluso cuando narra leyendas, dice (a diferencia de su discípulo Artemio de Valle-Arizpe) qué es lo legendario y qué lo comprobable, y traza límites entre lo probable y lo inverosímil.

Además nunca inventa: Valle-Arizpe, por el contrario, llena sus crónicas alegremente de novelerías que sólo a él se le ocurrieron, y frecuentemente en el cine: ante películas de espadachines o vaqueros. En todos sus frailes y marqueses están siempre a punto de aparecer Clark Gable y Errol Flynn.

Luis González Obregón fue el primer moderno Cronista de la Ciudad de México. ¿Por qué no historiador, profesión que era precisamente la que ostentaba en sus oficinas del Archivo General de la Nación?

Me atrevo a sospechar que por mero arcaísmo. Por lujo verbal. La palabra “cronista” parecía remontarlo a (y emparentado con) los escritos de los siglos virreinales (en los que sin embargo proliferaron libros llamados claramente “historias” y no sólo “crónicas”); y como su tema y su lucha era la cultura colonial, quiso ostentar un blasón arcaizante.

De ahí la contradicción, tan mexicana (hasta antes de la instantánea proliferación de cronistas volátiles de los años ochenta), de que la palabra “cronista” evocara tiempos muy remotos como la “crónica” de “La calle de Don Juan Manuel” (cuando se supone que se distinguiría por ocuparse del presente), aun más que la palabra “historiador”.

En tal sentido: el arcaizante, fueron los “Cronistas” por antonomasia dos colonialistas profesionales: Luis González Obregón y Artemio de Valle-Arizpe.

Entonces le llegó a Salvador Novo el turno de asumir el puesto de Cronista de la Ciudad de México y estableció el total desorden.

Hay que recordar que el joven Novo no titulaba “crónicas” a sus escritos en prosa, sino precisamente “ensayos”, cartas, memorias, relatos de viaje; y que a lo largo de su vida produjo varias “historias”. Lo de “cronista” le vino sólo con el cargo.

Como al magnífico prosista Novo le entusiasmaba menos el Virreinato, introdujo dos travesuras en su encargo oficial: una, la del cronista de sociales: en su voluminosa serie La vida en México a través de siete sexenios, describió con elegante y sabrosa frivolidad la vida social de poderosos públicos y privados, además de la propia (y casi siempre en relación con éstos); otra, la del cronista súbitamente nahuatlizado por decreto, por oportunista concesión de última hora al Nacionalismo Revolucionario al que servía: un irónico defensor de los nahuatlismos y de la “correcta” manera de castellanizarlos.

Se enojaba contra el acento agudo en Teotihuacán, pero no contra el del Tehuacán que servía con whisky en el restorán de su Capilla. En Teotihuacan tomaba agua de Tehuacán. ¡Viva la congruencia filológica!

Fue tal el torbellino en la crónica que produjo Novo —”La crónica soy yo”— que su puesto no admitió sucesor. Uno tras otro, renunciaron a él (desalentados y confusos) los tres o cuatro nombrados para proseguirlo, hasta instaurarse una ¡asamblea! de cronistas… que no escriben crónica, y que a veces no escriben nada. Ese “Consejo de la Crónica de la Ciudad de México” lleva más de una década de hacer el oso: ¿se necesitan tantos próceres para nada más hacer el oso?

El término “cronista”, tan traído y tan llevado en los lumpenizados ochentas y archilumpenizados noventas, empieza a oler feo: ¿se usa para designar a los malos reportajes, a las malas memorias, a los malos relatos, a las malas historias? ¿Se usa para calificar a los rollos-y-ya?

¿Es una simple confesión de mala calidad, de improvisación, de maquinazo?

Más bien ya casi no se usa. Los escritores nuevos buscan términos más firmes: historia, relato, ensayo, reportaje, artículo de opinión, aunque se publiquen en los periódicos. Nada de desmelenados rollos instantáneos.

En los años cincuenta, los Contemporáneos, agotadas sus hazañas experimentales, volvieron al soneto y a formas exigentes como la décima. La moda del sonetismo. Pero no hubo escuela: la moda del soneto entre sus seguidores se extinguió en textos de humo poco pensados y nada sonoros (¿qué caso tiene una poesía rimada y medida que no suena?)

Décadas antes, Tablada impuso la moda de lo que aquí se llamó jaikús: chistes rimados de arte menor, casi letrillas burlescas. Tampoco lograron mayor jerarquía que la de meros dichos o chistes, hasta que como tales, como humoradas en verso, las culminó Efraín Huerta en sus “poemínimos”.

Tal vez así se recuerde la populosa y tan efímera moda ochentesca de las crónicas: alardes iletrados de una Sociedad Civil protestona, pero que no había alcanzado, que no ha alcanzado todavía, una expresión justa y eficaz para su visión del país. Si es que cuenta con alguna.

Los gurús desde luego son otra cosa; o la eran, antes del mal gusto de erigirse en gurús. Ignoro qué tanto se complacían en la imagen deformada que les devolvían, en su calidad de espejo, sus tartajosos continuadores. Pero creí ver en ellos amplias sonrisas de satisfacción y tornasoladas levitaciones del “deber cumplido”.

Hay sin embargo una nuevas crónicas en México, que encuentro mucho más emparentadas con el relato literario que con las notas espontaneístas, bastas, de los ochentas: las leo como buenos relatos.

Este año se publicaron, ambas en Cal y Arena, Luna llena en las rocas, de Xavier Velasco, y El tiempo repentino, de Héctor de Mauleón. 

 

José Joaquín Blanco
Escritor. Su más reciente libro es Poemas y elegías.