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¿Cómo leer a los clásicos españoles del Medioevo y del Renacimiento? ¿Cómo leer, por ejemplo, El Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita, cuyo entronque con la tradición goliardesca está fuera de duda? Siguiendo el volumen de ensayos Queer Iberia, de reciente aparición, Juan Goytisolo da con una clave de lectura que devuelve el texto a su lugar de origen: la plaza animada por los juglares.


Hace veintitantos años, durante el periodo de aclimatación en la que pronto seria mi querencia de la plaza de Xemáa el Fná, solía asistir a los números de los juglares de la halca mientras preparaba un ensayo sobre el Libro del Arcipreste. La lectura erudita o universitaria de algunos episodios como los de Crus la panadera y el mensajero Ferrand García, el de lo acaecido a Pitas Payas pintor de Bretaña o el tan debatido lance del narrador con las serranas, pecaba a mis ojos de reductiva y pacata. Presentía que la aprehensión de la obra sería más esclarecedora en la Plaza que en las aulas del alma mater. El “librete” de Juan Ruiz fue escrito para ser recitado y su público no era necesariamente letrado ni compuesto exclusivamente de clérigos: su entronque con la festiva tradición goliardesca está fuera de duda. En estas lecturas callejeras el texto funciona como una partitura y concede al intérprete un amplio margen de libertad. Los cambios de voz y del ritmo de la declamación, en expresiones del rostro y los movimientos corporales desempeñan un papel primordial. Una obra en apariencia sacra puede ser parodiada y rebajada a un nivel puramente escatológico o transformarse en una pantomima sexual. Tenía, y tengo, la certeza de que en los versos “súpome el clavo echar / él comió la viada e a mí fazié rumiar” —por citar algún ejemplo— el clavo echar, en el sentido de joder o chingar, debía ir acompañado del ademán explícito de la mano propio de los ámbitos populares en todas las latitudes, y de que una lectura cabal de la obra ha de tomarlo en cuenta.

A fin de reconstruir el contexto propicio al recitado del Arcipreste, empecé a inventariar por escrito actores, personajes, espectadores, cosas e inmuebles de la Plaza. Empresa ardua pues, ¿cómo abreviar en unas páginas la riqueza y variedad de su contenido? ¿Cómo vencer la dificultad de enumerar y describir lo que el espacio engendra? ¿Era acaso una empresa factible sin atentar a la poética del texto? La reconstrucción verbal del ámbito marrakchí me llevó semanas si no meses: nunca he sudado un texto como éste. Cuando lo di por concluso me había olvidado ya de mi propósito inicial: el de la introducción a una lectura de Juan Ruiz en la plaza de Xemáa el Fná. Aquellas páginas encuadraron finalmente mi librillo de buen o loco amor: mi novela Makbara. Pero eso es pieza de otro morral y demorarme en ella nos divertiría del tema de la presente charla.

Entre los juglares más destacados de la década de los setenta mi favorito era Abdeslam. A él le dedico unos párrafos del capítulo final de la novela, y en un ensayo de Crónicas sarracinas reproduzco un relato que le grabé. Abdeslam reunía en su persona la doble calidad de letrado (había memorizado en su juventud la totalidad del Corán) y de cuentista público de gran fuste y expresividad (cuando le filmé en Alquibla, a fines de los ochenta, había envejecido y actuaba mecánicamente, sin su genio y frescura de antaño). Sus historias escatológicas y de gramática parda gozaban de gran popularidad en el público de la halca, sobre todo del avezado a captar sus eufemismos. El sexo del varón y de la mujer, el coito delantero y posterior podían ser identificados con el nombre de ciudades marroquíes; Tiznit, Tefraút, Uarzazát… La mímica y gestos de Abdeslam desmentían lo piadoso o cortés del cuento: subrayaban con desenfado su jocosa procacidad.

Recuerdo su historia de un santurrón (munafik) y sus afanes de encarrilar por las vías de la santidad a un chaval de la Plaza, granuja (chatir o harami) de mil escamas, coriáceo y socarrón. El tartufo elevaba el brazo hacia el cielo y alzaba el índice, como apuntando al Señor. Receloso de sus intenciones, el truhán —agraciado y de muy buenas prendas, precisaba Abdeslam— extendía entonces horizontalmente la mano con el dedo mayor empalmado o arrecho: ¡toma éstá! El devoto varón no se daba por enterado y abría los brazos, con los codos pegados a los costados, para indicar que el Misericordioso escogía en su seno a las ovejas perdidas. El pícaro interpretaba el gesto como un signo de bienvenida al mejor de sus atributos y alargaba esta vez el antebrazo con el puño cerrado. La mímica de Abdeslam al referir el cuento realzaba las gesticulaciones y cambios de voz: melosa y algo aflautada la del santurrón; gutural, como en la jerga de la Plaza, la del pícaro. Los diferentes niveles de su lenguaje carnavalesco hubieran deslumbrado a Bajtín.

Por dicha razón, leí con verdadero deleite el pasaje referente a la famosa “disputación” de los griegos y romanos objeto del estudio de Louise O. Vasvári, “Semiotics of Phallic Agression on Male Agonistic Ritual in the Libro de buen amor , incluido en el aguijador volumen de ensayos Queer Iberia, compuesto bajo la dirección de Josiah Blackmore y Gregory S. Hutchenson:

El arte del ribaldo (truhán, granuja) consiste en jugar con las palabras y gestos, vaciándolos de su contenido y rebajándolos al nivel sexual o escatológico: en responder al saber canónico con verdades mordaces y tangibles (…) y, en el curso de ello, sentirse no sólo más listo que el adversario sino también disfrutar de la conciencia de éste de haber sido “jodido”.

Pero detengámonos en el Libro del Arcipreste. El narrador-recitador del episodio, tras rogar al lector-auditor que entienda bien sus burlas y su “manera de trobar e dezir”, refiere que los romanos, por carecer de leyes con las que gobernarse, pidieron ayuda a los griegos. Estos rechazaron la demanda con el argumento de que, por su escasa ciencia, no las merecían. Acordaron entonces unos y otros una disputa pública que, a petición de los romanos, se haría en un “lenguaje non usado”: puesto que no eran letrados y se sentían incapaces de competir con la sabiduría de sus rivales, el pleito se dirimiría con gestos de la mano. Escogieron para ello, frente al sabio griego, a un ribaldo romano, “vellaco muy grand e muy ardid”, a quien vistieron para la ocasión con “paños de grand valía / como si yo fuese dotor en filosofía”. Su reseña de la “diputación”, por el yo-narrador, no tiene desperdicio:

54  Vino ay un griego, dotor muy esmerado, escogido de griegos, entre todos loado; sobió en otra cátedra, todo el pueblo juntado, e comenco sus señas como era tratado.

55  Levantóse el griego, sosegado, de vagare mostró sólo un dedo que está cerca el pulgar, luego se assentó en ese mismo lugar; levantóse el ribald, bravo, de malpagar.

56  Mostró luego tres dedos contra el griego tendidos; el pulgar con otros dos que con él son contenidos, en manera de arpón los otros dos encogidos; assentóse el necio, catando sus vestidos.

57  Levantóse el griego, tendió la palma llana e assentóse luego con su memoria sana; levantóse el vellaco con fantasía vana mostró puño cerrado: de porfía a gana.

58  A todos los de Grecia dixo el sabio griego: “Merecen los romanos las leys, non gelas niego”. Levantáronse todos con paz e con sosiego; grand onra ovo Roma por un vil andariego.

59  Preguntaron al griego qué fue lo que dixiera por señas al romano e qué le respondiera. Diz: “Yo dixe que es un Dios; el romano que era uno en tres personas, e tal señal feziera.

60  Yo dixe que era todo a la su voluntad: respondió que en su poder tenié el mundo, e diz verdad. Desde vi que entendién e creién la Trinidad, entendí que merescien de leyes certenidad”.

61  Preguntaron al vellaco quál fuera su antojo; diz: “Dixom que con su dedo que m’ quebrantaría el ojo; d’esto ove grand pesar e tomé grand enojo, e repondil’ con saña, con ira e con cordojo

62  que yo le quebrantaría ante todas las gentes con dos dedos los ojos, con el pulgar los dientes; dixom’ luego após esto que le parase mientes, que m’ daría grand palmada en los oídos retinientes.

63  Yo I’ respondí que 1′ daría a él una tal puñada que en tiempo de su vida nunca la vies vengada; desque vio que la pelea tenié mal aparejada, dexóse de amenazar do non gelo precian nada”.

64  Por esto diz’ la pastraña de la vieja ardida: “Non ha mala palabra si non es a mal tenida”; verás que bien es dicha si bien es entendida; entiende bien mi libro e avrás dueña garrida.

Con una notable capacidad de aprehensión de los distintos niveles de lectura del Libro de Juan Ruiz y del contexto en el que se insertan, Louise O. Vasváry, cuya erudición tocante al tema abarca una gran variedad de culturas —latina, alemana, escandinava, norteamericana, mexicana, griega, etc., pero no la árabe o, por mejor decir, marroquí—, llega a las mismas conclusiones a las que llegué yo en mi lectura muy personal del Arcipreste en la Plaza de Xemáa el Fná:

El ribaldo, al menos en la primera parte de la historia, se expresa sólo con signos, lo que le permite un juego lingüístico aún mayor porque los gestos, en cuanto sistema semiótico de segundo orden, se prestan más a la ambigüedad que el lenguaje. Los gestos permiten también al granuja y, no lo olvidemos, al juglar que escenifica la burla, un amplio uso de números cinegéticos y paralingüísticos que no tienen cabida en el formato requerido por las exigencias ortográficas de la página escrita, pero deben ser vistos y oídos y que, si bien perdidos para nosotros para siempre, resultan fácilmente deducibles del contexto. Por ejemplo, el dedo alzado puede haber ido acompañado de una esbozada o clara rotación del antebrazo y de un movimiento hacia arriba (la manga) y quizá de una sonrisa satisfecha y un arqueo de cejas…

Vuelvo a la escenografía juglaresca de Abdeslam en el círculo de espectadores que le contemplan y escuchan. El santurrón ha sido “jodido” o “chingado” por la astucia del chaval callejero. Sus conocimientos religiosos no sirven para nada frente a la experiencia de un pillo que, como el ribaldo romano, mamó de niño “el latín”, no en las aulas sino en la picaresca diaria de la Plaza. Su victoria es celebrada con risas en la halca: el bribón sin cultura es el “chingador”. Exactamente lo que nos dice el Arcipreste en la lectura sin anteojeras de Louise O. Vasváry:

El verdadero “primo” de la historia es el sabio griego, que no comprende la índole polisémica del sistema de signos y por consiguiente de todo el debate como erudita discusión teológica frente a un intercambio ritual de injurias, [debate] que depende de la rapidez del actor en encontrar las réplicas adecuadas a [supuestos] insultos provocativos, con objeto de forzar al oponente a asumir un papel de mujer. En tal intercambio ritual, la falta de respuesta equivale a una rendición: si uno no puede devolver la injuria fálica admite que ha sido reducido al papel receptor de aquélla. En corto: el sabio doctor griego y, por extensión, toda la alta cultura, han sido chingados ¡y sin que siquiera lo adviertan!

La experiencia semiológica del público de la halca no debe de diferir gran cosa de la de los oyentes del recitador de Juan Ruiz. Lo de “quebrantar el ojo” tiene una clara connotación sexual. Abdeslam solía incluir el ojo en sus cursos de gramática parda y aunaba la metáfora con un festivo movimiento circular del trasero. Inútil decir que los espectadores captaban inmediatamente el juego, preludio de la consiguiente penetración anal. La oposición / inversión cara / culo, bien estudiada por autores como Bajtín, Norman Brown y Octavio Paz, implica una estrecha relación entre el ano y el ojo. Quebrantar o romper el ojo es quebrantar o romper el culo, transformar al rival en culirroto. La metáfora se reitera en la poesía popular medieval y es utilizada con maestría por Quevedo en su feroz —y digámoslo también repulsiva— arremetida contra Góngora.

Poeta de bujarrones
y sirena de los rabos,
pues son de ojos de culo
todas tus obras o rasgos.

Podría citarse asimismo —los ejemplos no faltan— el soneto 609 del mismo autor, y dirigido también a Góngora, de la edición de sus Obras completas por el profesor José Manuel Blecua:

Que tiene ojo de culo es evidente
y manojo de llaves, tu sol rojo,
y que tiene por niña de aquel ojo
atezado mojón duro y caliente…

Si nos hemos demorado más de la cuenta en el episodio del ribaldo y el sabio griego —y podríamos hacer lo mismo con los de Cruz la panadera, de don Carnal y doña Cuaresma o del Arcipreste / narrador con las serranas, todos ellos contextualizados sin remilgos y con agudeza por la profesora Vasáry— es para recordar que los necesarios conocimientos filológicos y lingüísticos, si se aplican a secas, conducen a una lectura anémica de los textos objeto de su análisis o disección. Sin compartir el desdén de Dámaso Alonso por los eruditos españoles de su tiempo —calificados por él de verdadera “nube de necrófagos indotados”—, creo que la enseñanza en nuestras aulas ahuyenta a menudo al estudiantado de la literatura medieval y del Siglo de Oro con sus enfoques de guante blanco, asépticos y pudibundos. La espléndida labor de Márquez Villanueva —el investigador más cualificado del árbol de nuestra literatura—, así como de Julio Rodríguez Puértolas. Enrique Martínez López. Pablo Jaraulde Pou, etcétera, es desdichadamente marginal: marginada por nuestros normalizadores desde sus posiciones de saber precario, pero poder asentado y firme.

 

Juan Goytisolo
Escritor. Carajicomedia es su más reciente novela.