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Fundador director del diario español El País, ensayista, novelista y empresario. Juan Luis Cebrián es uno de los artífices de la democracia en España. Este recuerdo de los días fundadores, los días del último estertor del franquismo, viene cargado de reconocimientos.


Quien vaya al sitio electrónico de la Real Academia Española leerá en la casilla correspondiente a Juan Luis Cebrián, las siguientes palabras:

Excmo. Sr. Juan Luis Cebrián. Madrid 3O de octubre de 1944. Electo el 19 de noviembre de 1996, tomó posesión el 18 de mayo de 1997. Periodista.

Un periodista extraño, a no dudar. Un periodista que ha fundado diarios, que maneja empresas, escribe novelas y ensayo, y es el autor del más accesible estudio escrito en español sobre la forma como la era de internet cambiará nuestras vidas. Cebrián fue el director fundador del diario El País que dirigió entre 1976 y 1988. En la actualidad es cabeza ejecutiva del grupo PRISA, la primera empresa de comunicación española, que edita El País, es dueña de la cadena radiofónica SER, de la empresa de televisión Sogecable y del grupo editorial Santillana, que incluye, entre otras, la editorial Alfaguara.

Al ocupar su puesto como académico de número de la Real Academia Española, Cebrián hizo un discurso sobre Gaspar Melchor de Jovellanos, el liberal moderado que en medio de la crisis final del imperio español, a principios del siglo XIX, imaginó la posibilidad de una España monárquica y democrática.

Hay una lógica histórica y humana en esa elección. Como Jovellanos, Juan Luis Cebrián representa una visión y un empeño en la modernidad cabal de España.

No quiero presentarlo a ustedes con un elogio sino con un recuerdo. Recuerdo haberlo visto en su despacho de director de El País en el año de 1980. La ETA había matado a un ingeniero Ryan, había la crisis del gobierno de Adolfo Suárez, el ambiente político estaba eléctrico y tenso, cargado de presagios. Al mismo tiempo, Madrid rebosaba de vitalidad y optimismo en medio de una apertura extraordinaria de las ideas y las costumbres. Yo estaba exultante, un tanto ebrio también por el contacto con la naciente democracia española.

Encontré a Cebrián en su despacho un tanto escéptico, sombrío incluso, mirando demasiadas nubes en el horizonte. Para mí, en cambio, al cabo un turista inflamado por la buena vida madrileña, la exuberancia democrática española era un hecho irreversible. Mi única prueba era el lujo diario de cruzar al kiosco de periódicos y escoger entre la riquísima variedad de impresos, un ejemplar del diario El País para sumergirme en su inteligencia, en su vigor y su rigor, página tras página. Era como leer un libro cada día, el libro de la vida que pasa. Según yo, una sociedad capaz de producir las cosas que se encontraban en cualquier kiosco de periódico de Madrid; en particular, una sociedad capaz de producir un diario como El País, no podía sino producir también su propio éxito como sociedad moderna.

Los peores presagios de Cebrián se cumplieron poco después, el 23 de febrero de 1981, cuando la España esperpéntica militar tuvo un último estertor por conducto de un coronel Tejero que tomó el Congreso. Mis mejores presagios se cumplieron también ese día: El País hizo una edición especial nocturna repudiando frontalmente el hecho. Fue el único diario que se echó a la calle tomando partido abierto y beligerante por una causa que en esas horas era incierta: la causa de la democracia española. La edición de El País fue una bandera y una banderilla en aquel momento crítico de España. Ayudó decisivamente a abortar en la opinión pública el golpe de Estado que se malparía en algunos cuarteles. La modernidad de España encarnada en El País derrotó ese día la tentación restauracionista del pasado. El rey Juan Carlos aislaba y sometía su autoridad a los golpistas, mostrando al final del siglo XX que era posible lo que Jovellanos había soñado a principios del XIX: una España monárquica y democrática.

Es difícil ahora para los propios españoles medir cuánto cambió España en los últimos veinticinco años. Para recordar a las nuevas generaciones que hubo una época no muy lejana en que los libros eran sometidos a censura y podía irse a la cárcel por una manifestación callejera, Cebrián ha escrito su novela más reciente, primera de una trilogía: La agonía del dragón. Hay en esa novela un pasaje que quiero leerles porque muestra mejor que ningún elogio los poderes literarios de Cebrián. Muestra también, mejor que ningún análisis, lo que ha significado la modernidad para España, lo que era su atraso.

Es una descripción del Madrid que los ojos juveniles de Cebrián alcanzaron a ver a principios de los sesentas en las céntricas calles de aquella ciudad, hoy toda prosperidad y buen gusto. El pasaje se refiere a los ordenamientos urbanos que firmaba con mano militar, como antes sentencias de muerte, el entonces encargado de la gobernación de la capital, más tarde primer ministro del régimen franquista, Carlos Arias Navarro. Escribe Cebrián:

Una de las primeras y más célebres medida de Arias Navarro fue la eliminación de las vaquerías del casco urbano. Alberto cuando niño, en su camino al colegio… pasaba por delante de uno de esos establecimientos, cuyos portales hediondos expandían su tufo en varios metros a la redonda. Una docena de pobres reses estabuladas, la mayoría tísicas, pacían aburridamente la paja en los pesebres de la trastienda, detrás de un mostrador en el que el patrón… y su hija …despachaban la leche ayudándose de unas medidas de cinc y vertiéndolas, con expresión jubilosa, en las jarras de los clientes. Adulteraban el líquido con agua o con orina de los animales… de modo que era imprescindible cocer la leche a diario, en las casas, para evitar infecciones. Los pucheros fabricaban una abundante nata, espesa y amarillenta, que flotaba sobre el líquido recién hervido…. Semejantes ritos, mantenidos durante décadas, resultaban normales… en los barrios burgueses del Madrid de los cincuenta, lo mismo que la llegada del carro de la basura… Como el municipio no tenía posibles para hacerse cargo de la recogida, una flota de maltrechas galeras arrastradas por asnos, mulillas, yeguas cojitrancas y algún otro percherón tan viejo que las costillas se le marcaban bajo la piel despeluchada, invadía las áreas señoriales de la ciudad a primeras horas de la mañana. Desplegados sobre el pescante de los carromatos, los gitanillos que los conducían hacían sonar una bocina de mano, o mejor aún una campana, a cuyo tañer mucamas encofiadas, amas de clase media en batas boatiné y jubilados con zapatillas de fieltro a cuadros, salían de sus inmuebles, provistos de unos papeles malolientes y espesos, medio apañados en papel periódico del día anterior, que contenían los desechos domésticos de la jornada. Estos se iban apilando de cualquier manera, sobre las plataformas de los vehículos. dejando escapar una monda aquí, una raspa allá, bañados en apestosos jugos cuya fermentación temprana incitaba a la náusea. Si en cuestión de hedores competían con las vaquerías urbanas, en cuanto a suciedad lo hacían con las carboneras encargadas de suministrar leña, antracita y cisco para las calefacciones y los confortables braseros que hacían más llevadero el invierno de la meseta. A las ocho y media de la mañana, cuando Alberto emprendía su breve paseo a la escuela, los carros iniciaban el regreso hacia los vertederos del suburbio, donde sus dueños descargarían y seleccionarían aquellos despojos, tarea que realizaban a pocos metros de las chabolas que les daban cobijo. Con las primeras horas del día, los vehículos comenzaban a remontar, alineados, las calles de Goya o de Alcalá. Las ruedas de madera, protegidas por un aro metálico, hacían crepitar chispas en su contacto con los adoquines, al tiempo que producían un martilleo rítmico, de admirable sonoridad. Algunas gitanas, cuya belleza resplandecía entre el tizne de sus facciones y las greñas mal sujetas por vistosos pañuelos, presidían el cortejo encaramadas sobre los montones de mierda, canturreando aires flamencos, tiesas como faraonas. Ni el cansino deambular de los jumentos, ni la abundancia de moscas e insectos que pululaban en torno a la mercancía, eran capaces de disipar la imagen de aquellas reinas de la miseria, transportadas en ella como en carroza, a las que un día, pensaba Alberto, visitará el hada buena para convertir los pollinos en alazanes y los carros en suntuosos cajetines, demostrando por fin que Cenicienta no poseía la piel blanca ni facciones occidentales.

El hada buena llegó a España bajo la forma de la modernidad, la apertura al mundo y la democracia. Juan Luis Cebrián fue uno de sus artífices.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor. México. La ceniza y la semilla es su más reciente libro.