Una carta de Jorge G. Castañeda

Luis Miguel Aguilar

Director General Revista Nexos

Ya habrá oportunidad de responder a la sustancia del artículo de Carlos Salinas en el próximo número de Nexos. Allí se verá cómo el expresidente se rehusa de nuevo a decirnos quiénes son los miembros de la llamada nomenclatura; cómo vuelve a negar toda responsabilidad por la crisis de diciembre de 1994; cómo manipula nuevamente los números de su sexenio; y cómo reincide en su vieja táctica de tratar de desacreditar a sus interlocutores, en lugar de discutir seriamente con ellos. Como le dijo Ronald Reagan a Jimmy Carter en un debate de 1980: “There you go again. Mr. President”.

Por ahora sólo quisiera referirme a cuatro acusaciones personales que hace Salinas, y que no puedo dejar pasar sin mayor comentario.

1) De haberse citado fiel y no selectivamente mi ensayo de 1986 “México at the Brink”, el lector del texto de Salinas comprobaría la completa continuidad que impera entre aquella publicación, y la que escribí a invitación de Nexos en mayo de 1999. Lo que el exmandatario omite mañosamente es mi marcado énfasis en la necesidad de una profunda democratización del sistema político, en una modificación de fondo de la política social, en la revigorización del nacionalismo mexicano y de la independencia de México frente a Estados Unidos, y en una renegociación draconiana de la deuda externa. Es decir, todo lo que no se hizo bajo el sexenio de Carlos Salinas. Mi artículo de entonces se escribió en el contexto del agotamiento del modelo político y económico bajo el cual había vivido el país durante cuarenta años. Mis propuestas se inscribían en ambos registros; Salinas sólo actuó en uno, apoderándose de manera engañosa y demagógica de la bandera de cambio de los mexicanos, para corromperla y beneficiando sólo a unos cuantos. Al igual que durante su sexenio, Salinas sigue sin oír, ver o leer a los demás; sólo escucha y cita lo que le conviene.

2) Mi “vínculo” con la campaña del ingeniero Cárdenas se produce sólo a partir de julio de 1988, y no antes, como sostiene Salinas, de nuevo falsamente. Durante la contienda de aquel año, fueron muchas más mis afinidades con la campaña del propio Salinas que con la de Cuauhtémoc, y todavía acompañé a Salinas a su cierre de campaña en Veracruz, unos cuantos días antes de la elección. Mi ruptura con Salinas y con José Córdoba, y mi consiguiente convergencia con la resistencia al salinismo que encarnara Cárdenas, se consuma en una conversación personal con Córdoba el 8 de julio, y en una plática telefónica con Salinas el 7 de julio. El motivo de la ruptura fue claro y contundente: el fraude electoral masivo llevado a cabo el 6 de julio, que constituiría un agravio duradero para todos los mexicanos, y un pecado original del régimen de Salinas. Sostuve entonces y sostengo ahora en el último capítulo de La herencia que es imprescindible y factible para el país determinar lo que sucedió en aquel verano de nuestro descontento.

3) No sabía que el pensador brasileño Roberto Mangabeira requiriera de escuderos dublinenses. El viaje de Salinas a Sao Paulo en agosto de 1997, cuando efectivamente comenzamos a concertar la entrevista publicada en La herencia, tuvo por propósito explorar la posibilidad para Salinas de crear una fundación de apoyo a niños pobres en América Latina; ni Salinas ni Mangabeira me comunicaron en ese momento intención alguna de publicar un ensayo juntos. Cuando Mangabeira sí me avisó de dicha intención —a principios de 1998— le manifesté mi desacuerdo y mis temores para nuestro proyecto común latinoamericano. Dichas reservas las compartí con varios colegas y amigos, quienes, durante la estancia de Mangabeira en México en abril de 1998, a su vez se las externaron.

Yo confiaba que a la luz de mi empeño persuasivo y del rechazo recibido por los autores a la alimón en Foreign Affairs, The Economist y New Left Review, Mangabeira encontraría la manera de desistir de la publicación. Le advertí del peligro de que Carlos Salinas buscara cómo hacer público el ensayo en México, aun si no aparecía en otras latitudes. Tuve razón, ya que la publicación en inglés se dio finalmente en una revista marginal, mientras que las repercusiones en México fueron las que se saben.

4) Resulta confusa la mención que hace Salinas a propósito de La herencia —tal vez por querer decir demasiadas cosas; si yo peco de simplista en mi concepción del arte de gobernar, al expresidente le falta estilo, experiencia y claridad en tanto escritor—. Ningún tercero —y ciertamente no Porfirio Muñoz Ledo, a quien me imagino se refiere Salinas sin atreverse a nombrarlo— me sugirió la pregunta relativa al encuentro Salinas-Cárdenas de 1988; no sé dónde escuchó Salinas la versión que cita y más bien creo que la inventó él mismo. El objetivo de la pregunta —y de todas las preguntas en las cuatro entrevistas— consistió en hacer hablar a los expresidentes; creo que se logró. La iniciativa de la pregunta me corresponde por completo, y por cierto no a Salinas, como muchos han insinuado. Al contrario: como reconocí en mi entrevista con Ricardo Rocha. Salinas procuró no responder. Lo cual no obsta para que el propio Salinas haya suscitado el tema en varias conversaciones anteriores a la coyuntura actual.

Comprendo que Carlos Salinas de Gortari tal vez se sienta dolido u ofendido por algunos pasajes del ensayo o segunda parte de La herencia. En mi opinión se equivoca: a pesar de lo que le puedan susurrar o azuzar sus excolaboradores, creo que el balance global del libro es positivo para él. Sin embargo, no creo que su irritación justifique rebajar el nivel de un debate que, si bien debió haberse celebrado cuando era presidente y no ahora cuando no tiene quien le escriba, puede resultar útil e interesante para los lectores. En todo caso es el debate que me interesa; los pleitos de lavadero nos aburren a todos.      n