Tocqueville y México

Por José Antonio Aguilar Rivera

Alexis de Tocqueville, uno de los pensadores políticos del siglo XIX que aún siguen fascinando al presente, visitó Estados Unidos entre 1831 y 1832. Por desgracia no viajó a México, aunque se ocupó de él con atención y curiosidad. El ensayo que presentamos le rinde tributo a ese Tocqueville que supo de México sin conocerlo. para Adolfo Castañón Alexis de Tocqueville tenía 26 años cuando se embarcó junto con su entrañable amigo Gustave de Beaumont para América en una misión cuasi-oficial: estudiar el sistema penitenciario de los Estados Unidos. Ese era sólo un pretexto para que el joven magistrado hiciera el viaje. La Monarquía de Julio, que había terminado con la segunda restauración borbónica, no era bien vista ni por Tocqueville ni por su familia, que consideraban al rey Luis Felipe de Orleans un usurpador. Por esa razón la idea del viaje del joven Tocqueville a América era conveniente. Eso sí, el gobierno francés no sufragaría los viáticos: solamente extendería una licencia. La familia de Tocqueville le tenía un pánico muy entendible a la Revolución porque en ella muchos de sus miembros habían perdido la cabeza. El pariente descabezado más famoso fue el abuelo materno, Malesherbes, quien defendió —obviamente sin éxito— a Luis XVI ante un tribunal revolucionario. Ambos, cliente y abogado, acabaron en la guillotina. Y, con todo, para Tocqueville estas eran historias, no vivencias. Había nacido en 1805, después de la Revolución, y por ello la sentía a un tiempo propia y ajena.

En los diez meses que Tocqueville pasó en América (de mayo de 1831 a febrero de 1832), jamás se le ocurrió viajar a México. Sin embargo, la frontera que dividía a los dos países debió parecerle la línea divisoria entre un mundo nuevo, epitomizado por la sociedad norteamericana, y un resquicio malogrado de Europa. En La democracia en América se encuentran desperdigadas notas sobre México e Hispanoamérica.

¿Cuál es el origen de estas ideas?

¿Quiénes fueron las fuentes de Tocqueville sobre México? ¿Cuál es la originalidad de sus observaciones?

La democracia en el espejo

Para la tercera década del siglo XIX el contraste entre las dos Américas, la anglosajona y la hispánica, era ya evidente. Antes de 1828, las dos Américas habían sido una fuente común de esperanza e inspiración para los liberales europeos. Las nuevas naciones de Hispanoamérica parecían seguir valientemente el camino inaugurado por los Estados Unidos. En medio del conservadurismo producido por la Restauración en Europa, Simón Bolívar, junto con Washington, era considerado un héroe republicano.

El Terror y la aventura napoleónica parecían confirmar la imposibilidad de hacer realidad el sueño de la Revolución francesa. Para el espíritu del tiempo, 1789 había sido una pesadilla de la cual era preciso despertar. América se negaba a abrir los ojos y obcecada persistía en su ensueño libertario. Y a ella se aferraban quienes se resistían a dejarse arrastrar por la ola restauradora. En 1796, decididamente fastidiado, el célebre reaccionario Joseph de Maistre afirmó en sus Consideraciones sobre Francia: “Se nos cita América; yo no conozco nada que impaciente más que las alabanzas otorgadas a este niño en mantillas: dejadlo crecer”. De Maistre incluso dudaba que la tan cacareada capital de los Estados Unidos llegara a construirse algún día: en ese proyecto había “demasiada humanidad”. Se podría apostar, afirmaba con muy mala leche, “mil contra uno a que la ciudad no se construirá, o que no se llamará Washington o que el Congreso no residirá ahí”. De Maistre, pues, se equivocó en todo. Sin embargo, su presunción se debía a la probada incapacidad de los franceses para construir repúblicas estables a partir de principios abstractos.

Por un momento, entre 1805 y 1828, las naciones de Hispanoamérica —que se habían emancipado del yugo español— parecieron venir en auxilio de los “partidarios de la libertad”. De pronto, en el sur del continente americano los gobiernos constitucionales proliferaron como hongos. Reivindicados, los descorazonados liberales podían hacerle una seña obscena a De Maistre y a sus amigos reaccionarios. Los Estados Unidos no eran una rareza; eran, más bien, los precursores de una nueva era cuyo advenimiento estaba siendo constatado por las repúblicas de Colombia, Argentina, Chile, Perú y México. Los empeños imperialistas de Iturbide, es cierto, metieron por un instante algo de ruido en esta prístina escena republicana.

Sin embargo, las revoluciones hispánicas tuvieron un efecto pirotécnico: su esplendor fue intenso, pero efímero. Ante los estupefactos ojos de los liberales parisinos las brillantes luces que habían iniciado prácticamente al unísono comenzaron a apagarse más rápidamente de lo que habían aparecido. Las flamantes repúblicas caían estrepitosamente una tras otra en una sucesión interminable de revoluciones, pronunciamientos y guerras intestinas. Los hispanoamericanos parecían decididos a hacer un uso decidido de su inalienable derecho a pronunciarse. La amargura producida por el fiasco constitucional se encuentra magistralmente encapsulada en la famosa línea de Simón Bolívar: “No hay fe en América, ni entre los hombres ni entre las naciones. Los tratados son papeles; las Constituciones libros; las elecciones combates; la libertad anarquía; y la vida un tormento”.

La polémica que sostuvieron el ídolo del constitucionalismo liberal de la época. Benjamín Constant, y el Abate de Pradt —un fan de Bolívar— en 1829 sobre la última dictadura del Libertador fue una muestra del desencuentro que se había producido entre Hispanoamérica y los liberales europeos. En el mismo diario en que habían sido publicadas loas al vencedor del León de Castilla —El Correo Francés— ahora se le criticaba acremente. El juicio condenatorio de Constat era paradigmático. Al igual que Bolívar, la América española había sido un embuste, un espejismo. Nada nuevo bajo el sol había en las orillas del Orinoco: sólo despotismo y arbitrariedad. Así, los liberales europeos voltearon la mirada a otro lado, al Norte de América, donde la anomalía democrática se volvía cada vez más, bueno, anómala. En 1831, de haber estado vivo, De Maistre seguramente habría guiñado socarronamente el ojo. La América española podía ser provechosamente abonada a su teoría sobre la imposibilidad del gobierno constitucional: la república era, después de todo, una quimera y las naciones hispanoamericanas eran prueba de ello.

Y los padres fundadores de la democracia norteamericana tampoco tenían palabras de aliento para sus desafortunados émulos hispanoamericanos. Eso de pensar que los Estados Unidos y las repúblicas del sur pudieran formar parte de una misma familia era realmente una barbaridad. Según John Adams, la noción de que gobiernos libres pudiesen arraigar entre los sudamericanos era “tan absurda como el tratar de establecer democracias entre las aves, las bestias y los peces”.1 Por su parte, en 1817 Jefferson le escribió a su amigo el marqués de Lafayette: “nuestros hermanos del sur, analfabetas y pisoteados por sacerdotes, no se encuentran listos para la independencia. Si se hallasen de pronto libres del yugo español caerían en el despotismo militar y se convertirían en los instrumentos asesinos de las ambiciones de sus respectivos Bonapartes”. 2

Las notas de Tocqueville sobre México y América del Sur capturan el desencanto reinante entre los liberales franceses. La prensa parisina había seguido con interés los eventos en Hispanoamérica, y para 1831 se había convertiendo en un memorial de desventuras. Golpe aquí, y caída del gobierno allá: confusión y anarquía reinaban por doquier.

La gente —escribió Tocqueville en La Democracia en América— está atónita de ver en el último cuarto de siglo a las nuevas naciones de América del Sur convulsionadas por una revolución tras otra y a diario espera que regresen al que ha sido llamado su estado natural. Pero, hoy en día, ¿quién puede estar seguro? ¿No será tal vez que la revolución sea el estado más natural para los españoles de América del Sur? En ese lugar la sociedad da tumbos en el fondo de un abismo del cual es incapaz de salir por sus propios esfuerzos. La gente que habita la mitad de este hermoso continente parece estar obstinadamente determinada a sacarse las entrañas los unos a los otros: nada los aparta de ese objetivo. Sólo el cansancio induce momentos de breve respiro, que apenas si son el preludio de nuevos ímpetus. Al ver el miserable estado en el que se encuentran, y que se alterna con episodios criminales, me siento tentado a creer que para ellos el despotismo sería una bendición. Pero en mi cabeza esas dos palabras, “despotismo” y “bendición” nunca podrán ir juntas.

Apuntes mexicanos

Hasta aquí, Tocqueville repetía un lugar común: Hispanoamérica era un desastre. Sin embargo, las notas sobre México son más específicas. El caso le era útil a Tocqueville para controlar el efecto que tenían las instituciones políticas. “México”, escribió, “situado tan felizmente como la Unión Americana, ha adoptado las mismas leyes, pero es incapaz de acostumbrarse al gobierno democrático”. Por tanto, concluía, debía haber otra razón, además de la geografía y las leyes, que hacía posible que la democracia gobernara en los Estados Unidos. Tocqueville formuló dos argumentos interdependientes: por un lado afirmaba que las leyes no eran la principal variable explicativa de la excepcionalidad norteamericana. La diferencia más importante entre México y los Estados Unidos no era geográfica; ambos países habían sido dotados de extensos territorios. Tampoco era legal: las dos naciones tenían las mismas leyes. La explicación, de acuerdo con Tocqueville. debía buscarse en los diferentes hábitos, opiniones, usos y creencias de cada pueblo. En una palabra, eran las costumbres (mores) el elemento crucial. Y las costumbres habitan en la sociedad civil. Por el otro, sostenía que las instituciones sólo funcionaban adecuadamente gracias a ese capital social. Las leyes de los Estados Unidos únicamente eran adecuadas para un pueblo “largamente acostumbrado a manejar sus propios asuntos y donde los estratos más bajos de la sociedad tienen un entendimiento de la ciencia política”. La constitución de los Estados Unidos, afirmaba Tocqueville. “es una de esas hermosas creaciones de la diligencia humana que le da a sus inventores gloria y riquezas, pero que es estéril en otras manos”. Vaya, como la lámpara de Aladino. “El México contemporáneo”, sentenció, “lo ha demostrado”.

Los mexicanos, deseando establecer un sistema federal, tomaron la constitución federal de sus vecinos anglosajones como modelo y la copiaron casi al pie de la letra. Sin embargo, cuando tomaron prestada la letra de la ley no fueron capaces, al mismo tiempo, de transferir el espíritu que le había dado vida. Como resultado, uno los ve [a los mexicanos] constantemente enredados en el mecanismo de doble gobierno. La soberanía de los estados y la de la Unión —yendo más allá de las esferas que la constitución les ha asignado— transgrediendo continuamente el territorio de la otra. De hecho, México en la actualidad transita de la anarquía al despotismo militar y del despotismo militar 6 a la anarquía de nuevo.

¿Por qué creía Tocqueville que México había copiado “casi al pie de la letra” la constitución de los Estados Unidos? En una nota Tocqueville refería a sus lectores a la constitución mexicana de 1824. Con todo, es poco claro que el propio Tocqueville la haya consultado. Los apuntes sobre México tienen una fuente que ha pasado desapercibida: el ex embajador Joel Roberts Poinsett. de infausta memoria para los mexicanos. Intrigante y naturalista, Poinsett le dio su nombre a la flor de nochebuena, que los anglosajones conocen hoy como poinsettia. Poinsett fue el primer ministro plenipotenciario de los Estados Unidos y aprovechó su estancia en la nueva república para inmiscuirse activamente en la política mexicana organizando a la logia yorkina. Tocqueville, en buena medida, sabía lo que sabía de México gracias a Poinsett.

Las notas de Tocqueville sobre (México y América delSur capturan el desencanto reinante entre los liberales franceses. La prensa parisina Había seguido con interés los eventos en Hispanoamérica, y para 1831 se había convertido en un memorial de desventuras. Golpe aquí, y caída del gobierno allá: confusión y anarquía reinaban por doquier.

El 12 de enero de 1832 Tocqueville se encontró en algún lugar de Carolina del Sur al antiguo embajador. El y su amigo Beaumont esperaban en una taberna a causa de algún percance sufrido en el camino. Se encontraban en la última etapa de su viaje a los Estados Unidos y se dirigían a Washington donde pensaban escuchar las sesiones del Congreso norteamericano. Meses antes Poinsett les había sido presentado en Filadelfia. En aquella ocasión, recordó Tocqueville en su diario, Poinsett les había descrito vividamente la marcha de los norteamericanos hacia el oeste. Poinsett también se dirigía a Washington y por tanto sería el compañero de viaje de los franceses hasta Norfolk y el Chesapeake. La travesía duró cinco días, mismos que Tocqueville aprovechó para interrogar diligentemente a Poinsett. Las conversaciones entre ambos personajes quedaron registradas en uno de los diarios que Tocqueville llevaba acuciosamente. En el transcurso del viaje hablaron sobre el futuro poderío marítimo de los Estados Unidos, de los navios, del polémico asunto del proteccionismo comercial y del estado de la moral entre los norteamericanos. A la pregunta expresa “¿Es la moral en América tan buena como se dice?”, Poinsett respondió: “el lazo del matrimonio es tan prodigiosamente respetado entre nosotros que el amante de una mujer casada se deshonra a sí mismo aun más que aquella que cede ante sus avances”. Poinsett ofrecía como explicación de esta pureza moral el que en los Estados Unidos no hubieran hombres con el tiempo y los recursos suficientes para “atacar la virtud de las mujeres”.

El segundo día de viaje Tocqueville y Poinsett charlaron sobre los conflictos entre los estados del sur y el norte de la Unión y de otros asuntos tan graves como la esclavitud, los indios y la compostura de los caminos. Cuando los temas importantes se habían agotado el joven francés interrogó finalmente a su interlocutor sobre “el país y la gente de México”. “Todo lo que vi en México”, le dijo el antiguo embajador, “me lleva a creer que los habitantes de ese hermoso país habían alcanzado, a la llegada de los españoles, un estadio de civilización por lo menos tan avanzado como el de éstos últimos. Pero la superioridad en el arte de la guerra primero y la opresión después lo destruyeron todo”. A la pregunta, “¿cómo está hoy compuesta la población de México?” Poinsett respondió: “De españoles, para quienes una piel blanca constituye una especie de nobleza, y de indios, pobres e ignorantes cultivadores de la tierra. En la ley son libres e iguales a los españoles, pero en la realidad no cuentan para nada en la balanza política. Apenas si hay negros o mulatos”. En el antiguo embajador Tocqueville buscó confirmación de los lugares comunes que había escuchado. Cuando le interrogó sobre el futuro de ese país, Poinsett contestó condescendiente:

Espero que acabe por establecerse sobre cimientos sólidos. Ciertamente está progresando. No debe juzgar a los españoles del Nuevo Mundo con demasiada severidad. Cuando la Revolución los sorprendió estaban todavía en el siglo dieciséis, pero desprovistos de las virtudes salvajes que la independencia, tan ampliamente disfrutada en ese siglo, le daba a la gente. Con frecuencia esta interpretación me ha sido útil en los negocios. A menudo me he preguntado: qué es lo que hombres del siglo dieciséis hubieran hecho en tal o cual situación, qué habrían pensado. La respuesta a estas preguntas me permitió prever el futuro casi con certeza. No puede usted concebir una ignorancia mayor de todos los descubrimientos de la civilización moderna. Empezaron, al igual que en Sudamérica, queriendo construir una gran república indivisa. No tuvieron éxito y, por mi parte, dudo que una gran república pueda durar a menos que ésta sea una federación.

Y aquí encontramos el origen de la creencia de Tocqueville de que la constitución de 1824 era una copia de la norteamericana. Poinsett afirmó entonces: “Los mexicanos finalmente adoptaron, salvo por algunas excepciones insignificantes, la constitución de los Estados Unidos pero, a diferencia de nosotros, no se encuentran lo suficientemente avanzados como para hacer un buen uso de ella. Es un instrumento difícil y complicado”.

Tocqueville se había convencido de que las expectativas europeas sobre las nuevas naciones hispanoamericanas habían sido exageradas en todos los ámbitos. En Poinsett buscó confirmación de esta idea: “¿No cree que las naciones de Europa cometieron un gran desatino al suponer que la independencia de las colonias españolas les abriría grandes mercados?”. La respuesta fue: “Sí, sin duda. Las necesidades que la civilización trae consigo todavía no se hacen sentir en la América española. Ese momento no ha llegado aún, aunque se está acercando”. Cuando le interrogó sobre la posición del clero en México, Poinsett respondió: “Está perdiendo progresivamente su influencia. Apenas si conserva algún apoyo entre la gente. Uno se percata de que este estado de cosas no se parece en nada a las condiciones reinantes en España. El clero mexicano, sin embargo, todavía conserva sus propiedades. Estas comprenden una enorme riqueza, que nadie ha osado tocar aún. Fue el clero el que comenzó la Revolución en México. Temía que las Cortes de España confiscaran sus propiedades y por eso alborotó a la gente. Sólo deseaba que tuviera lugar una pequeña revolución, pero dado el ímpetu que cobró el movimiento no fue posible detenerla”.

Tocqueville terminó la conversación interrogando a Poinsett sobre el estado de las costumbres en la América española. Riéndose, el ex embajador respondió: “Ese no es el lado bonito del asunto. He pasado una parte de mi vida en la América española y puedo decir que, del Cabo de Hornos a los treinta y cinco grados de latitud norte, jamás conocí a una mujer que le fuera fiel a su marido. Las nociones de bien y mal se encuentran tan enrevesadas en este respecto que una mujer considera una desgracia el no tener amante”.

Esta singular propensión de las mujeres hispanoamericanas no indujo, desgraciadamente, a Tocqueville a viajar al sur para comprobar por sí mismo el estado de las costumbres amorosas. Nunca viajó a México, pero bien pudiera haberlo hecho: entre el 24 de noviembre de 1831 y el 18 de enero de 1832 recorrió el sur de la Unión Americana. De Nueva Orleans hubiera requerido apenas unos cuantos días de buen viento para atracar en Veracruz. Mientras Tocqueville charlaba con Poinsett en la diligencia rumbo a Washington, Santa Anna se pronunciaba, una vez más, en Veracruz y el ministro de Relaciones del vicepresidente Anastasio Bustamente, Lucas Alamán, se ponía circunspecto.

La influencia que ejerció Poinsett sobre Tocqueville en lo relacionado con México tuvo algunas implicaciones negativas. Asuntos serios se quedaron sin una investigación más profunda. De haber leído la constitución mexicana de 1824 con el mismo detenimiento con el que leyó la norteamericana. Tocqueville se habría percatado de que ambas diferían en aspectos clave, como el sistema de separación de poderes. México no era un buen caso para controlar el efecto institucional porque había diferencias significativas entre ambas constituciones.8 Sin embargo, es cierto que la hipótesis central de Tocqueville sobre los orígenes sociales del orden político es hoy tan sugerente como entonces. Sin duda, de haber venido a México tendríamos un diagnóstico agudo y descorazonado de la joven república.

Fue en los Estados Unidos que Tocqueville intuyó la vulnerabilidad de México frente a su poderoso vecino. Tal vez en los ojos de Poinsett y Houston, y muchos otros norteamericanos con los que se topó, advirtió el destino de la pobre y contrahecha república mexicana. “La república de México”, escribió proféticamente, “tiene por vecino a Estados Unidos, las fronteras entre estos pueblos han sido fijadas por un tratado, sin embargo no importa que tan favorables hayan sido los términos de este acuerdo para los angloamericanos. no me cabe la menor duda de que pronto lo infringirán. La provincia de Texas se encuentra aún bajo el dominio de México, pero pronto no habrá, por decirlo así, más mexicanos ahí”.9 De haber visto a Santa Anna jugando a los gallos en Manga de Clavo y conspirando en Veracruz, Tocqueville probablemente habría reafirmado su augurio. Al final de la primera parte de La Democracia en América, tuvo una premonición: “Al sur, en un punto, la Unión toca al Imperio Mexicano; es ahí donde un día grandes guerras probablemente sobrevendrán. Pero, por un largo tiempo por venir el atrasado estado de civilización, la corrupción de las costumbres y la pobreza impedirán que México ocupe su alto lugar entre las naciones”.10 ¿Cuánto tiempo es un largo tiempo?

José Ortega y Gasset no se equivocaba cuando, en plena guerra mundial, afirmó: “antes que todo y sobre todo —sobre el subsuelo de fe cristiana heredada—, Tocqueville fue liberal. Lo fue en forma más consciente y depurada que solían serlo sus contemporáneos. Creía que si la historia en cuanto acontecimiento intrahumano tiene un destino y si la evolución de las sociedades tiene una meta, esta meta y aquel destino sólo pueden consistir en establecer una armazón de instituciones políticas y de usos cotidianos que hagan posibles existencias libres”.11

Tocqueville fue, después de todo, el pensador político “más seguro, riguroso y responsable” del siglo XIX. Es una lástima que no viniera a México.   n

1 Citado por David Bushnell: “The Independence of Spanish South America”, en Leslie Bethell (ed.): The Cambridge History of Latin America. Vol. III. Cambridge University Press, Cambridge, 1985. p 168.

2 Thomas Jefferson: Writings. Library of America. Cambridge. 1984. p. 1408, citado por Pagden: Spanish Imperialism and the Political Imagination, Yale University Press, New Haven, 1990. p. 140.

3 Alexis de Tocqueville: Democracy in America. Harper & Row. Publishers, New York. 1988. p. 226. De aquí en adelante esta obra será designada como DA. Todas las notas de pie se refieren a esta edición en particular. En español, véase la traducción de Alianza.

4 DA. p. 30.

5 DA. p. 308.

6 DA. p. 165.

7 Los apuntes y las entradas del diario de Tocqueville a que hago referencia fueron reproducidos por Pierson. Véase: George Wilson Pierson: Tocqueville and Beaumont in América. Oxford University Press. Nueva York, 1938. pp. 643-655.

8 He explorado este tema en otro lugar. José Antonio Aguilar Rivera: “En pos de la quimera: reflexiones sobre el experimento constitucional Atlántico”, manuscrito sin publicar, 1998.

9 DA p. 409.

10 DA p. 169.

11 José Ortega y Gasset: “Tocqueville y su tiempo”, en Obras completas, vol. IX, Alianza / Revista de Occidente, Madrid, 1983. pp. 327-331.