Todo el esplendor de la belleza

Pocas obras gozan de una admiración unánime como el gran poema de José Gorostiza (1901-1973). Tanto ha suscitado su lectura que no me parece fortuita, por ejemplo, la coincidencia del derrumbamiento repentino y mortal del sujeto en un objeto inanimado de los versos 459-460 (“la egregia masa de ademán ilustre / podrá caer de golpe hecha cenizas”) y la última frase de Pedro Páramo (“Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”). Se sabe que Rulfo era lector de Gorostiza y mucho se ha especulado sobre la brevedad de la obra y el posterior silencio de los dos, primero el tabasqueño. Se olvida, sin embargo, que fueron necesarios 37 años para que el poema mayor del siglo XX mexicano pudiera existir el 24 de septiembre de 1939.

Alma Rosa Pacheco

Muerte sin fin es el gran poema de la Caída moderna: la toma de conciencia frente al aniquilamiento natural e irreversible de la vida. Pero también es el gran poema sobre la poesía. “La poesía es […] canto” para Gorostiza, y su poder es el de ser “fuente de belleza” (“Notas sobre poesía”, 1955). En medio de la destrucción que provoca un dios delirante y ebrio de sí, la belleza es la forma de rescatar o preservar el mundo. E, incluso, al señalarse que el “hermoso lenguaje se le agosta” transforma la impotencia en nostalgia y deseo.

Por una famosa entrevista de Elena Poniatowska sabemos que Gorostiza escribió Muerte sin fin durante las horas muertas de su trabajo en la Secretaría de Relaciones Exteriores, cuando era secretario particular de Eduardo Hay. Quizá escuchando el ritmo insistente de algún reloj de pared o la discreta ruina del silencio conforme avanzaba la mañana se fueron acomodando las ideas e indicios que había desarrollado desde Canciones para cantar en las barcas (1925) y lo que después se llamó Del poema frustrado (se publicaron algunos fragmentos en el número 12 de la revista Contemporáneos,1929). Pero una obra tan maravillosa tampoco puede provenir de la pura entraña.

Pienso que es muy probable que Gorostiza leyera la versión en endecasílabos blancos de De rerum natura, atribuida al abate Marchena (1896). El poema de Lucrecio aborda la existencia del vacío y la materia sujeta a la muerte o la disolución. Ya en el tercer libro aparece la imagen del vaso como contenedor del ser (“Por sí existir tampoco puede el alma / sin el cuerpo, que viene a ser su vaso”). Y hay una “muerte sin fin”:

Ni por más que alarguemos nuestra vida
algún tiempo robamos a la muerte;
sus víctimas seremos sin remedio;
si la revolución de muchos siglos
fuese posible ver, eterna muerte
no por eso dejara de aguardarnos…

Respecto a la influencia formal, Góngora y sor Juana ocupan un lugar definitivo (Anthony Stanton ha escrito páginas brillantes respecto a la última). La primera edición moderna del Primero sueño hecha por Ermilo Abreu Gómez, como constata Jorge Gutiérrez Reyna, sepublicó en los dos números inaugurales de Contemporáneos (1928). Asimismo, es innegable Ramón López Velarde y su huella de una enunciación inconfundible, elaborada para y no a partir de una realidad específica. También intuyo que Gorostiza pudo conocer la Segunda antolojía poética (1922) de Juan Ramón Jiménez: ahí está el estentóreo “Dios está azul” y el potencial creador de la “¡Intelijencia, dame / el nombre exacto, y tuyo, / y suyo, y mío, de las cosas!”. David Huerta ha difundido la propuesta de Salvador Gallardo Cabrera: “Mi hermana el agua” de Amado Nervo como un “muy probable venero” de Gorostiza.

Muerte sin fin se hermana con otras dos cumbres de la poesía del siglo XX. Es un hecho que Gorostiza leyó a Valéry; es muy posible que conociera el original francés de El cementerio marino (en 1922 tradujo para El Maestro un texto de Édouard Schuré dedicado a la poeta Ada Negri). Los temas comunes: la forma como preocupación suprema y brújula estética, el agua como metáfora del ser, la desintegración lucreciana de la materia, la angustia de la muerte y la metapoesía. Quizá por eso Alfonso Reyes (¿condescendiente?) llamó en 1955 al poema de Gorostiza “nuestro Cementerio aldeano o, mejor, nuestro Cementerio marino”.

Pero seamos sinceros, sin pecar de exagerados: el poema mexicano es superior. No son casuales los puntos de encuentro pero las experiencias y desarrollos son totalmente distintos. En el Cementerio… hay una nota final de triunfo frente a lo eterno y la omnipotencia de los dioses; es un poema que atraviesa una visión de la muerte cara a cara y sale renovado y optimista, aunque consciente de sus limitaciones (Il faut tenter de vivre!). En Muerte sin fin la voz lírica toma conciencia de sí misma (como un Narciso, otro motivo valeriano, “me descubro / en la imagen atónita del agua”), lo que provoca —sin un agente externo, como un fruto— la propia expulsión del Paraíso (de la “aguda ingenuidad del ánimo”), pues percibe los “rudos alfileres” a los que está sometida la Creación, a una destrucción inminente y a un fracaso del lenguaje (¿del poeta, del Dios que dijo fiat lux, de ambos?).

Gorostiza no es esperanzador como Valéry. Incluso los “descansos” de Muerte sin fin —aunque escritos en versos ágiles y breves, con un tono ligero y juguetón que contrasta con el resto— profundizan y redimensionan el poema. Los descansos aligeran lo catastrófico de la pérdida, sin deshacer la pérdida misma:

ay, esta muerte insultante,
procaz, que nos asesina
a distancia, desde el gusto
que tomamos en morirla,
por una taza de té,
por una apenas caricia.

Leer Muerte sin fin es como asomarse al ojo de la devastación. Pero esa misma devastación de la forma (“la noche perfecta de su aljaba”) tiene también su propio esplendor: al servirse de la silva —una silva irregular, pues expande incluso la posibilidad de escribir en otros metros—, Gorostiza no está ceñido a ningún límite como en el caso de la sextina rimada de Valéry; por eso su poema no se detiene sino hasta consumirlo todo, hasta revertir la creación en un anti-Génesis en el que “solo ya, sobre las grandes aguas, / flota el Espíritu de Dios…”. Aun así, mientras ocurre la destrucción, la voz lírica crea y crea para contrarrestar el exterminio de las cosas: la nostalgia de lo que se está extinguiendo.

El otro poema capital es La tierra baldía. Ya Mordecai S. Rubin (1966) y Evodio Escalante (2001) han dedicado esclarecedoras páginas al respecto. La primera traducción en español —en prosa, hecha por Enrique Munguía y titulada El páramo— se publicó en Contemporáneos (1930). Sabemos, por unos epígrafes que recopiló Guillermo Sheridan (1996), que Gorostiza conocía el original inglés. En ambos poemas se disloca la realidad a partir de la destrucción, una temperatura espiritual común. En Eliot, después de una hecatombe (la Gran Guerra) hay una posibilidad —no una certeza— de recomenzar desde la pérdida. En Gorostiza la destrucción es absoluta, sea a nivel cosmogónico o individual. No hay escapatoria. Quizá tampoco importa: “¡Anda, putilla del rubor helado, / anda, vámonos al diablo!”.

Para Octavio G. Barreda el panorama poético a partir de 1935 se reducía al nerudismo o al lorquismo. Hasta que apareció Muerte sin fin. Quizá sea mi fascinación hacia el poema pero no percibo que un solo verso haya envejecido y toda imagen conserva su brillo, como esa “golondrina de escritura hebrea” que simula ser una álefen el cielo. Rumbo a cien años de su publicación Muerte sin fin sigue siendo tan hermoso y devastador, lleno de sintonías y vasos comunicantes como Residencia en la Tierra o Poeta en Nueva York. No en vano Octavio Paz, Carlos Fuentes, María Luisa Mendoza, Guadalupe Dueñas, David Huerta o María Baranda han rondado el poema.

Las grandes obras son una suma de amaneceres, sudores y frases anudándose en la lengua. Están sujetas a largas e imperceptibles maduraciones que no pueden controlarse. En realidad es todo un acontecimiento que luego de años alguien pueda ponerle un punto final a una obra que cambia para siempre el sistema circulatorio de un idioma. “Todo el esplendor de la belleza” de José Gorostiza está en Muerte sin fin. Quizá cerrar los ojos para siempre sea una experiencia desgarradora digna de contarse y cantarse mientras el agua moje y la vida siga tan obstinada como siempre, abriéndose paso al abismo.

Fabián Espejel

Poeta y traductor. Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2023 por Antártida (FCE, 2023) y Premio Bellas Artes de Traducción Margarita Michelena 2024 por El cementerio marino de Paul Valéry (UANL, 2023).

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Publicado en: 2026 Enero, Ciudad de libros