Derrotados

Tengo la impresión de que estamos ante la novela más oscura, pesimista y desoladora de Leonardo Padura. Morir en la arena (Tusquets, México, 2025, 378 págs.) es la historia de dos viejos (Rodolfo y Nora), parte de la generación del autor, que lograrán, luego de vicisitudes mil, unir sus vidas, pero en un escenario de derrota vital, generacional y del país.

Él acaba de jubilarse con una pensión misérrima luego de décadas de trabajo y de haber combatido en Angola y, gracias a su hija, Aitana, exilada en Barcelona, logra sobrevivir con lo que ella le envía. Nora, había sido una joven rebelde, hija de un funcionario del Partido, que, por oponerse a una resolución de asamblea, fue suspendida de la universidad, lo que le destrozó la vida. Su hija, Violeta, desde Tampa, le ayuda a sobrellevar la existencia con dólares y regalos. La vejez, dice con absoluta convicción él, “es una mierda”. Por supuesto la trama es más compleja. El hermano de Rodolfo (Geni), y esposo aún de Nora, ha pasado en la cárcel treinta años, acusado de parricidio y está a punto de salir, desahuciado, para morir en “libertad”.

Alberto Caudillo

Pero el escenario de esas historias, el ambiente en el que se han desarrollado las biografías es lo más devastador: el de la utopía que se convirtió en un régimen carcelario. Los Comités de Defensa de la Revolución transformados en delatores de sus vecinos, la promesa del Hombre Nuevo sometido a una disciplina vertical, acrítica y cancina, el futuro luminoso desembocando en un pantano de degradación material y ética, y la constatación brutal de que “la vida está en otra parte” porque en Cuba las expectativas han quedado hechas trizas.

No es que la situación no haya generado nuevos ricos (los santeros y algunos hombres de negocios han edificado islas de bienestar e incluso de ostentación en Cuba), sino que los millones que han abandonado Cuba lo han hecho para forjarse un futuro propio, independiente, mientras que, en este caso, sus padres han quedado anclados en la resignación y la desesperanza. Los deseos y las preferencias individuales se han esfumado o más bien han sido expropiados porque la voluntad Estatal (inasible pero también omnipresente) lo es todo y las necesidades individuales han sido convertidas retóricamente en caprichos insolidarios.

Es un clima de estoicismo mortuorio. Falta comida, gasolina, transporte, se multiplican los apagones, el deterioro de la ciudad resulta atroz, triste, pero la vida sigue en un ambiente cultural opresivo, irrespirable. La “degradación física de los inmuebles … era como la representación sintética del estado hacia el que había derivado todo el país: cada vez más desconchado, agrietado y sucio, con alarmantes amenazas de derrumbe. Y cada día más vacío”.

Se había establecido quién sí y quién no podía realizar actividades artísticas, aquello que era digno de la Revolución y aquello que supuestamente se enfrentaba a ella. El “terror social y psicológico” se expandió, porque el miedo resulta un recurso inigualable para ejercitar el control. La ideología oficial, con sus fórmulas presuntamente explicativas de todo (y realmente de nada) se convirtió en una religión que demanda la aceptación de sus dogmas, porque el líder, infalible, se transformó en una divinidad.

Y todo ello porque a nombre de una idílica epopeya de transformación se suprimieron todas las libertades: de expresión, prensa, organización, manifestación, empresa. Entonces, fueron miles y miles de jóvenes, que no encontraron futuro en su país, los decididos a huir, reivindicando el derecho a decidir sobre su propia vida. Fue un profundo sentimiento de frustración el resorte que activó la fuga, mientras los padres (por lo menos los de la novela) quedaron anclados en un pantano similar a “una masa oscura, viscosa”.

José Woldenberg

Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Contra el autoritarismo.