Camino de Cuetzalan

Cuando mi camioneta se atascó en el fango a causa de la incesante lluvia, supe que no tenía otra opción que bajarme y seguir a pie. En la distancia, el contorno de un pueblo se adivinaba como una piedra sumergida en el lecho del río, una de esas poblaciones insignificantes cuya única función es la de existir a la vera del camino. Uno de esos pueblos donde, si acaso, hay una gasolinera y una tienda de autoservicio, con suerte un hotel de paso donde los camioneros se entretienen con las mujeres que levantan en el camino. Caminé con dificultad por la exigua avenida, tapándome la cara con el brazo para evitar que me entrara agua en los ojos. Los comercios estaban cerrados y no se apreciaba ninguna luz en el interior de las casas. El único semáforo se balanceaba bajo la lluvia emitiendo débiles destellos de luz anaranjada, como un ojo ciego sondeando la noche. En el aire flotaba un vago olor a tierra removida.

Después de un rato llegué, completamente empapado, hasta una rústica construcción de cemento con portón de lámina. A través del quicio de la puerta se colaba un débil resplandor. Alguien debía estar ahí, resguardándose del chubasco en la penumbra. Toqué varias veces la puerta con los nudillos, lo que produjo un sonido hueco y metálico, pero nadie respondió. Sentía el agua colarse a través de las suelas rotas de mis zapatos. Miré alrededor con los ojos entrecerrados buscando otro sitio para refugiarme, pero el aguacero era tan fuerte que apenas era posible distinguir la silueta de las construcciones bajo la tormenta.

—¿A quién busca? —preguntó una voz a mi espalda. Me volví de golpe y encontré la puerta entreabierta.

Un par de ojillos inquietos me escrutaba a través de unos enormes lentes. Era una mujer bajita y rechoncha. Llevaba el cabello corto y un crucifijo colgado en el cuello. Tenía la piel surcada por finas arrugas, pero sus mejillas rellenas le daban un aire de vivacidad a su semblante. Me quedé mirándola sin atinar a responder.

—¿A quién busca? —repitió la mujer.

Estaba por contestar cuando se escuchó un ladrido. Sobresaltado, di un paso atrás. Confundido entre las sombras, al lado de la mujer había un enorme perro negro que yo no había visto hasta entonces. Cuando cruzamos miradas el animal empezó a gruñir, mostrándome los colmillos, pero ella le hizo un gesto con la mano y el perro se alejó chillando hacia el fondo de la pieza.

—Mi camioneta se quedó atascada allá atrás —alcancé a responder finalmente—. Necesito un lugar para pasar la noche. ¿Sabe si hay algún hotel cercano donde pueda hospedarme?

La mujer me recorrió de arriba abajo con la mirada, sopesándome. Un chorro gordo de agua caía desde una canaleta en el techo y hacía un agujero al estamparse ruidosamente con la tierra.

—Pásele —me dijo la mujer al cabo de un momento.

Así que entré y cerré la puerta tras de mí. Adentro hacía frío. Se percibía la humedad. El suelo, como los muros, era de cemento. El único mobiliario consistía en una cama y una mesa desvencijada con su silla. Al fondo de la estancia había una estufa de gas que no daba la impresión de estar en funcionamiento y unas cuantas ollas volcadas en desorden en el fregadero. La llama de una veladora titilaba bajo una imagen de la virgen colgada en la pared.

—Puede acostarse en ese tapete —me dijo la mujer señalando un pedazo de tela raído que había sobre el suelo en el otro extremo de la estancia—. Ya mañana veremos si logra seguir su camino.

La mujer se sentó en la cama, con la espalda apoyada contra el muro. Se envolvió con una cobija y tomó un par de agujas con las que trabajaba en un tejido. Sus pequeñas manos empezaron a tejer. El perro estaba echado junto a la cama y no me quitaba los ojos de encima.

—Que Dios se lo pague —alcancé a musitar.

Con paso lento me dirigí hacia el otro lado de la pieza, mirando de reojo al perro.

—No me agradezcas —dijo ella en un tono que no supe si debía interpretar como muestra de cortesía o como una advertencia—. ¿Qué te trae por aquí?

—Voy camino a Cuetzalan —le respondí—, para ver a mi mujer y a mi hija, llevo muchos años del otro lado.

La mujer me miró por encima de sus anteojos.

—¡Ah, mire usted! —repuso ella, y volvió a concentrarse en su tejido—. Pues relájese e intente dormir. Yo voy a estar aquí esperando a mi nieta.

Hubiera querido decirle algo más, preguntarle, por ejemplo, a dónde había ido su nieta en una noche como ésa, o a qué horas volvería. Pero apenas me recosté, un sueño pesado se apoderó de mí y no volví a despertar sino hasta al día siguiente.

Una ráfaga de viento helado me despertó cuando ya había escampado y la luz débil del amanecer se colaba a través del hueco de la puerta como un chorro de leche fresca. Ni la mujer ni el perro estaban ahí, me habían dejado solo y con la puerta abierta. Suspiré aliviado. Mi ropa seguía húmeda y sentía todo el cuerpo entumido. Desde afuera me llegó un rumor de voces. Me tallé los ojos con el dorso de las manos para ver mejor. Me incorporé y me dispuse a salir para buscar a alguien que me ayudara a desatascar la camioneta y seguir mi camino rumbo a Cuetzalan. Había dejado de llover, pero el cielo continuaba nublado y parecía cuestión de tiempo para que empezaran a caer, una vez más, las gotas.

Justo cuando atravesaba la puerta, un joven pasó corriendo por la calle frente a mí.

 —¡Oye! —le grité con una voz que sonó distinta de la mía.

El joven tropezó del susto y rodó sobre los adoquines. Desde el suelo se volvió a mirarme como si fuera un aparecido. Su pecho subía y bajaba bruscamente, agitado por la respiración.

—¡Buenos días! —le dije al momento que le extendía una mano para ayudarlo a levantarse—. Discúlpame, no quise asustarte.

El chico resopló y se pasó una mano por el cabello. Poco a poco le regresó el color al rostro.

—Mi camioneta se quedó atascada allá atrás, cerca de la cañada. La mujer que vive aquí me dio posada anoche, pero ahora necesito seguir.

El muchacho me miró con gesto de sorpresa.

—¿Doña Graciela? —preguntó señalando la casa donde había pasado la noche.

—Supongo —respondí rascándome la nuca, avergonzado—. No le pregunté su nombre.

Él permaneció callado, como dudando qué debía hacer. Para romper aquel silencio incómodo le pregunté qué pasaba allá adelante, a qué se debía tanto alboroto. Ya incorporado, el chico intentaba sacudirse la suciedad que le manchaba la camisa y los pantalones, pero era inútil. Aquello era puro lodo. Mugre vieja que no se quita con nada.

—Hubo un deslave del otro lado del pueblo —me dijo el chico finalmente—. Estamos trabajando en los escombros.

—Durante esta temporada no para de llover —iba diciendo el muchacho a medida que caminábamos a través de las calles desiertas—.

Seguí al chico con dificultad. Su silueta oscura aparecía y desaparecía entre la niebla como una sombra. Ningún automóvil circulaba por las calles, y los pocos vehículos estacionados eran pedazos inservibles de chatarra con las llantas ponchadas y la carrocería carcomida por el óxido. En las bardas había propagandas de antiguas campañas electorales, ya completamente deslavadas e ilegibles.

—En esta región montañosa son muy frecuentes los deslaves —prosiguió—. Después de las tormentas se forman precipicios que pueden aparecer en cualquier lugar. Cada callejón, cada vereda, pueden estar bordeados por un despeñadero que se haya formado en el transcurso de la noche. Hay que tener mucho cuidado por dónde se pisa. Pero no es fácil. La niebla no deja ver nada. Un paso en falso y puedes terminar en el fondo de un acantilado, con el cuerpo todo retorcido y los huesos de fuera de tanto golpear contra las piedras durante la caída.

El ruido de las palas y los picos chocando con las piedras me recordó que no éramos los únicos en aquel pueblo desolado. La niebla se había disipado un poco y logré distinguir los contornos de una docena de hombres que removían la tierra entre las ruinas de una construcción más adelante. Unos llevaban huaraches y sombreros de mimbre. Otros calzaban botines de cuero y holgadas camisas a cuadros. Uno, inverosímil, iba ataviado con un traje. Apenas y nos advirtieron cuando llegamos junto a ellos.

Miré la tierra revuelta y me sorprendí por no haber oído nada durante la noche. El derrumbe debió haber producido un estruendo terrible.

—¡Hasta que se aparece el Julián! —dijo uno de ellos señalando al muchacho.

Los hombres se volvieron hacia mi acompañante y se dieron cuenta de que no venía solo. Sentí cómo cada uno de ellos posaba sus ojos oscuros en mí.

—¿Y éste? —preguntó un hombre flaco con un gran lunar en la mejilla que sostenía un pico entre las manos.

—Lo encontré saliendo de casa de doña Graciela —respondió Julián.

Los hombres intercambiaron miradas de extrañeza.

—¿De dónde? —preguntó el del traje mirándome de arriba abajo.

—Su camioneta se quedó atascada allá atrás y, según dice, la doña lo dejó pasar la noche con ella para refugiarse de la tormenta —explicó Julián.

Algunos de los hombres se me quedaron viendo con una mezcla de recelo y desprecio, otros con la misma ex presión de espanto que tenía Julián cuando me vio por primera vez, tumbado sobre los adoquines.

—Pues manos a la obra —dijo con voz grave un viejo de bigote muy poblado que aparentaba ser el líder del grupo—. Primero échanos la mano y ya veremos qué podemos hacer para ayudarte a seguir tu camino.

Me ofreció una pala y con un gesto me indicó que empezara a cavar.

El deslave había arrastrado varias construcciones a su paso, dejando una estela de trozos de madera, rocas y raíces retorcidas. La zona más afectada era el corazón mismo del pueblo, donde se encontraba una placita central, el palacio municipal (que se había derrumbado por completo) y una pequeña iglesia. La iglesia seguía en pie milagrosamente, aunque estaba muy dañada y tenía los accesos bloqueados. En torno al templo la tierra estaba toda revuelta, como si la hubieran desgajado unas manos enormes. Por todos lados había restos de muebles, cristales, archiveros, bloques de cemento, papeles y varillas dobladas.

Tabaré Azcona

Estudia un doctorado en literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell, Estados Unidos. Ha trabajado como editor, redactor y docente. Las ofrendas azules es su primer libro.

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Publicado en: En la mesa