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Hace unos quince años leí La casa de las bellas dormidas, una novela magistral del premio Nobel japonés Yasanuri Kawabata, y por primera vez en mi vida sentí una gran envidia de otro escritor. Quince años más tarde, después de haberla releído incontables veces, decidí por mis pistolas escribir una versión propia aclimatada a la cultura del Cari­be. En esas estoy.

Cuando se lo conté a Kenzaburo Oé, el otro premio Nobel japo­nés, no sólo se entusiasmó con la idea, sino que me dio algunos datos inéditos e invaluables sobre Kawabata y el mundo de sus libros. Entre ellos, me reveló la identidad de una bella norteamericana residente en el Japón, que el autor había tomado como modelo de una de las bellas de su libro. Me la describió como una mujer fantástica en todo sentido, cuyos encantos habían hecho época en los medios artísticos del Japón, y estuvo muy cerca del corazón de Kawabata.

García Márquez

Fascinado por la noticia, se me ocurrió que la bella americana pasara también por mi novela, vestida, despierta, y con su edad de hoy, como un testimonio de mi gratitud eterna con Kawabata. Podía ser una turista mayor que le advirtiera al autor del libro sobre los riesgos lega­les de escribir una novela ya escrita, y vivida por ella en el Japón cuan­do tenía diecisiete años.

Quería hablar con ella, conocerla bien, para que en mi versión fuera tan real como en su vida. Era difícil, porque Kawabata se había suicidado con gas doméstico en 1972, pero Kenzaburo Oé, que es un entusiasta de las ideas locas, me prometió toda su ayuda.

Con ese derecho le mandé a Tokio un mensaje desde Nueva York para que me diera la dirección de la bella despierta, y me abriera el camino para conocerla. Su respuesta, dos horas después, me causó una impresión terrible, de la que todavía no he logrado reponerme. Los originales de esos dos mensajes, manuscritos, sin comentarios inútiles y ambos con sus gramáticas libres en idiomas ajenos, me parecen por sí mismos una novela instantánea. Aquí están.

·

A: Kensaburo Oé.

De: G. García Márquez.

Estoy en Nueva York a mi regreso de Washington, donde Toni Morrison me dio tu número de fax en Tokio.

Te ruego que me ayudes —como me lo prometiste en México— a encontrarme con la bella norteamericana que le sirvió de modelo a Kawabata para una de las bellas dormidas. Quisiera hablar con ella cuanto antes, si tú crees que estaría de acuerdo.

¿Tienes un número de teléfono en Nueva York?

Mi dirección, hasta el 22 de septiembre es:

Fax 212-3962139

Te doy las gracias de antemano, y para toda la vida.

Gabriel García Márquez

1997

·

A: Gabriel García Márquez

De: Kenzaburo Oé

Sept. 17/97

Querido Gabriel García Márquez:

Te agradezco la generosa hospitalidad en tu hermosa casa (¡durante dos noches!) donde pude escuchar la música de mi hijo. Ésa fue mi experiencia más conmovedora en la ciudad de México.

Poco después de mi regreso a Princeton comencé a ponerme en contacto con la mujer de la que te había hablado. Yo pensé que vivía en San Diego, pero no pude hacer contacto con ella. Este junio regresé a Tokio y comencé a perseguirla en vano. Conseguí su nueva dirección, pero ella no contestó mi carta.

Y hace dos semanas me encontré con un viejo periodista que algu­na vez trabajó para Kawabata. Él me informó que la mujer había regre­sado a Japón y que había muerto hacía tres años. Yo creía que ella era más joven que yo, pero murió a la edad de setenta años según la informa­ción del periodista. Si esto es cierto, ella conoció a Kawabata cuando pasaba los treinta años de edad. Siento mucho haberte dado una doble decepción, pero Kawabata debió creer que ella aún no cumplía los die­ciocho.

Con mi antigua admiración, y mi profundo agradecimiento para la Sra. García Márquez.

Kenzaburo Oé n

(Núm. 241, enero de 1998)

 

3 comentarios en “La bella perdida. Una novela instantánea

  1. Historias como estas suceden, lo maravilloso es como el maestro Gabriel las trasmitia.