El hecho de que a finales de la Edad Media y en el Renacimiento la audiencia comenzara a adoptar un papel de juez del mérito estético supone un momento extraordinario en la historia cultural. En vez de cantar para Dios y para la patria, para santificar un ritual o para cumplir con algún otro fin “elevado”, los artistas empezaron a tocar para el deleite de los oyentes —de hecho, se empezó a esperar de ellos que complacieran al público— y la música cambió radicalmente debido a esta nueva relación simbiótica. “El desarrollo tuvo lugar a través de un proceso de ensayo y error —explica el medievalista H. J. Chaytor—, y el público fue el medio por el que se llevó a cabo el experimento”. Los encuentros cara a cara entre el artista y el público eran el contexto en el que se originaba el juicio artístico, sobre todo debido a que “la literatura medieval generaba escasa crítica formal en el sentido en que nosotros entendemos el término.
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