Ruy Pérez Tamayo. Investigador Emérito del Sistena Nacional de Investigadores.

La reforma del Sistema Nacional de Investigadores es una magnífica oportunidad para encontrar los mecanismos apropiados de apoyo a la comunidad científica.

El 24 de septiembre próximo pasado el doctor Jaime Martuscelli Quintana, Secretario Ejecutivo del SNI, publicó una convocatoria dirigida a todos los interesados a expresar su opinión sobre distintos aspectos del SNI, con objeto de reunirlas y usarlas para elaborar una propuesta de reforma, que será presentada al Consejo Directivo del SNI, quien tendrá la última palabra sobre el asunto. Esta es una iniciativa muy loable, pues durante los 13 años que el SNI tiene de funcionar un número creciente de investigadores hemos expresado de distintas maneras diferentes críticas a su estructura y funcionamiento, sin que nos hayan hecho caso más que en una o dos ocasiones. Yo participé en uno de los grupos que en 1984 trabajamos elaborando el proyecto del SNI que finalmente se le presentó al presidente De la Madrid, ingresé al SNI desde la primera promoción, he formado parte en dos ocasiones de una de las Comisiones Dictaminadoras, y actualmente soy Investigador Emérito (nivel III). Por lo tanto, me siento obligado a responder a la convocatoria del doctor Martuscelli presentando mis puntos de vista, con el único objetivo de mejorar el SNI, porque no es perfecto. En primer lugar deseo señalar que, aunque no sea perfecto, el SNI es una de las mejores cosas que le han pasado a nuestra comunidad científica, dadas las circunstancias en que ocurrió. Recordemos que a mediados de 1985 nos encontrábamos en el fondo de una terrible crisis económica y que los sueldos de los investigadores del sector público, que de por sí siempre habían sido muy bajos, habían perdido cerca del 60% de su poder adquisitivo (como los de todos los mexicanos asalariados). La “fuga de cerebros” se había intensificado, casi no había recursos para trabajar, y la comunidad científica estaba a punto de desintegrarse. Fue entonces cuando el presidente De la Madrid creó el SNI como una medida de emergencia para aumentar los ingresos de los investigadores de acuerdo con su productividad científica. Naturalmente, si los sueldos hubieran sido adecuados y además se hubieran incrementado para cancelar el doble efecto de la inflación y de la devaluación, el SNI no hubiera sido necesario; todavía hoy se sostiene que el SNI debería incorporarse al sueldo y desaparecer. Pero al margen de esa opinión, que me parece muy respetable, el hecho es que hemos tenido SNI durante 13 años y probablemente lo vamos a seguir teniendo, de manera que conviene identificar sus aspectos negativos y tratar de enmendarlos. Sin que el orden en que aparecen indique jerarquía de importancia, yo me permito los siguientes comentarios.

1) La organización administrativa del SNI se ha burocratizado demasiado, lo que es explicable y casi natural en una estructura oficial, pero inaceptable para la comunidad científica. Uno de los síntomas más claros es cuando los empleados administrativos imponen horarios de atención en las ventanillas, fechas fijas de entrega de documentos, de trabajo de las comisiones, de entrega o publicación de resultados, etc. Todo esto, a lo que los investigadores tienen que acomodarse, no es para que las cosas se hagan mejor, sino para facilitar el trabajo administrativo. ¿Por qué tiene que haber plazos fijos para la entrega de documentos? ¿Por qué las comisiones dictaminadoras deben revisar cientos de expedientes contra reloj, para terminar en una fecha determinada? ¿Por qué los nombramientos se hacen todos en la misma fecha? Desde luego no para hacer el trabajo más fluido y más amable, sino para aligerar la labor administrativa. En mi opinión, el SNI mejoraría sus relaciones con los investigadores si todo el año se pudieran presentar las solicitudes de ingreso y si las comisiones dictaminadoras también trabajaran conforme van llegando los expedientes; su trabajo se haría con menos prisas y los nombramientos también se harían a lo largo de todo el año. Todo saldría mejor, excepto que quizá los burócratas tendrían que trabajar un poquito más, o aprender a usar la computadora.

2) Los criterios de evaluación y calificación de las comisiones dictaminadoras han sido muy extensas y duramente criticados por muchos investigadores, incluyendo a un servidor. Casi todas las críticas coinciden en la inconveniencia de darle demasiado peso a la cantidad de los trabajos publicados, en detrimento de la calidad, y desde luego pienso que la mayoría de los investigadores rechaza la igualdad cantidad = calidad. El problema no es sencillo de resolver, entre otras cosas porque es mucho más fácil contar los trabajos publicados que leerlos y juzgar su calidad; esto explica la popularidad que alcanzó el llamado “análisis bibliométrico” de Garfield en los Estados Unidos, y que persiste en algunos países subdesarrollados. Pero el punto es crítico porque la ciencia es asunto de calidad, y cuando ésta se sustituye por la cantidad la ciencia se prostituye, lo cual ha sido una consecuencia negativa del SNI en algunos pocos casos. Pedirle a las comisiones que hagan cientos de juicios de calidad es poco realista, pero en cambio se puede solicitar a los investigadores que ellos mismos se juzguen, indicando dos o tres de todos sus trabajos que consideren mejores, y entonces sí, examinar ésos críticamente para establecer el nivel que le corresponde en el SNI. Así se está haciendo desde hace varios años en universidades como Harvard, Yale, Johns Hopkins y otras. El doctor Carlos Larralde ha insistido en que la tendencia de las comisiones dictaminadoras del SNI a evaluar en función del número de publicaciones le roba a la investigación uno de sus atractivos más estimulantes: la sensación de aventura cuando se explora lo desconocido. El joven investigador prefiere hacer una pregunta pequeña con respuesta garantizada, que asegure una publicación que le “cuente” en el SNI, que plantearse una hipótesis amplia en un campo inexplorado y arriesgarse a trabajar varios años sin resultados publicables, porque entonces lo corren del SNI.

3) Otra crítica a los criterios de las comisiones dictaminadoras es el peso relativo que le concede a las distintas actividades de los investigadores para evaluarlos. Se dice que siendo el SNI un sistema de estímulos a la investigación, esto es lo más importante, mientras que la formación de recursos humanos, la labor docente a nivel de licenciatura (no sólo dando clases sino escribiendo libros de texto), el desarrollo de infraestructura y centros de trabajo, la asistencia a congresos, y la divulgación de la ciencia, son actividades secundarias o irrelevantes y no se toman en cuenta. Me consta que no todas las comisiones han funcionado igual, y menos a lo largo de 13 años, pero creo que en general la crítica es válida. En mi opinión, debe tomarse en cuenta que el SNI no funciona en el Nirvana sino en México, país con grandes carencias y urgentes necesidades en todos los campos de la ciencia y la tecnología, y que los investigadores estamos obligados a atender a todas aquellas en las que podamos hacer una contribución positiva. El punto es que los criterios de evaluación deben considerar la totalidad del trabajo académico realizado por el investigador, y no sólo (o principalmente) sus publicaciones científicas. Naturalmente, si el investigador no investiga, entonces no es investigador.

4) El SNI nació con 2 tipos de miembros, candidatos e investigadores, y estos últimos con 3 niveles. Los requisitos que se fijaron hace 13 años para cada una de las 4 categorías parecieron razonables y empezamos a trabajar con ellos. Pero muy pronto empezaron a surgir problemas: ¿es justo que el límite de edad para ingresar como investigador al SNI sea el mismo para hombres y mujeres? ¿Está bien limitar a un solo periodo de 3 años a los candidatos? ¿Debe ignorarse la edad de los investigadores cuando se juzga su productividad y en función de ella se decide si permenecen en el SNI, si bajan de nivel o si salen del SNI? Para cada una de estas preguntas conozco casos en que la aplicación de las reglas iniciales resultó en injusticias flagrantes y en ocasiones hasta grotescas. Nadie quiere maltratar o ser injusto con los aspirantes y miembros del SNI, y yo creo que debe haber requisitos que definan las distintas categorías. Pero abandonemos el prejuicio de que después de los 35 años ya no se puede iniciar una carrera productiva en la investigación científica, aceptemos que la función maternal de la mujer es real y que su desarrollo como investigadora requiere una cronología diferente a la del hombre, que en México es posible ser candidato a nivel I durante más de 3 años por múltiples razones que no tienen nada qué ver con la capacidad potencial de investigación, y que no es ni decente ni justo medir con la misma vara a un investigador joven y productivo, que a un investigador ya no tan joven ni tan productivo, pero que en sus mejores tiempos no sólo fue tan bueno como aquél sino que también fue su maestro. Mi sugestión es que el SNI acepte que lo más importante no son las reglas sino los seres humanos.

5) Finalmente, creo que el SNI tiene ahora una gran oportunidad, no otorgada gentil-mente por ninguna autoridad superior, sino ganada a pulso a lo largo de 13 años de trabajo, que es aprender de sus errores. Según Popper, ésa es una de las características esenciales de la ciencia, y los investigadores esperaríamos que el SNI actuara más de nuestro lado que del de la burocracia, que nunca se equivoca. Un cambio superficial, más de maquillaje que de personaje, causaría una gran decepción en muchos miembros de la comunidad científica; en cambio, una gran revolución interna, con un amplio contenido experimental y guiada por el interés genuino de apoyar y estimular a la investigación científica en México, sería tan aplaudida como positiva.