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Edilberto Cervantes Galván. Licenciado en Economía por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Parece un ejercicio de ciencia ficción, pero no lo es. En las prospectivas para el próximo siglo (y milenio), se considera seriamente la idea de una profunda reorganización de la geografía política continental americana. Con las urgencias que la globalización impone, la creación de bloques comerciales continentales y la consecuente economía de grandes espacios transtornará de forma radical los viejos conceptos de soberanía. Entonces los regionalismos se manifestarán con mucho mayor rigor.

1. Globalización y regionalismos

Desde hace varios años el concepto de globalización se ha vuelto popular. Hace lustros se habló de la aldea global, debido a las posibilidades de los medios electrónicos de comunicación masiva; recientemente la aparición de Internet hizo realidad las comunicaciones instantáneas a través del globo terrestre, ahora al nivel de la comunicación individual. 

La liberalización del comercio internacional así como la fragmentación de los procesos de producción, con la elaboración de partes y componentes de un mismo producto final en diferentes países, han impulsado la visión de un proceso globalizado de producción y comercialización. 

En el ámbito de las finanzas, a mitad de los años setenta, se inició una época en la que los fondos financieros y los mercados de dinero operan en razón de una visión mundial casi de manera instantánea. 

La integración de los bloques comerciales está modificando los criterios de localización económica, haciendo viables nuevos espacios y redimensionando otros. Se producen cambios en la función económica de regiones y ciudades. Con la liberalización comercial y la eliminación de barreras al comercio de todo tipo, se empiezan a configurar espacios económicos multinacionales. 

Las fronteras nacionales dejan de ser las fronteras económicas. En paralelo a la integración de espacios económicos continentales se observa la expresión estridente de separatismos y regionalismos a ultranza. Esto ha dado lugar a una revisión de los conceptos de soberanía nacional, Estado-nación y seguridad nacional.1 

El caso de la «República de Padiana», en el norte de Italia, es el ejemplo más reciente de una expresión secesionista que se sustenta en argumentos de identificación regional y tradición histórica. Para Umberto Bossi, el líder padianense, la secesión es inevitable «ya que la impone la globalización de los mercados». Bossi postula que en el contexto actual, a dos realidades económicas deben corresponder, necesariamente, dos monedas y dos tipos de instituciones.2

En situación similar podrían señalarse los casos de la provincia de Quebec en Canadá y la región de Euzkadi en España. No se trata de movimientos independentistas como los que se produjeron en las antiguas colonias de América o Africa. Tampoco son regiones depauperadas que reclaman mejor trato. Son regiones con un potencial económico que se ha visto fortalecido por las nuevas relaciones económicas internacionales y que reclaman un alto nivel de autonomía, si no es que su soberanía frente al Estado-nación en el que están insertas. En ese camino, aunque hasta ahora evitando radicalismos, puede señalarse a la región catalana en España. 

Para algunos observadores el movimiento de Bossi es resultado de la ineficacia de Roma para equilibrar el desarrollo regional, así como una repercusión «de la fuerza de atracción alemana que conmueve los antiguos territorios del imperio de los Habsburgo». La propia Alemania experimenta presiones que pugnan por el rediseño de su geografía política. Después de la unificación, que se tradujo en la incorporación de seis länder (estados), se han examinado propuestas para, a través de la integración de diferentes länders, crear estados con capacidad económica más equilibrada. En el norte, por ejemplo, se plantea la creación de un gran estado con la unificación de Sajonia, Schleswip-Holstein y, tal vez, Mecklenburg-Pomerania Occidental. En el sur se propone la unión del pequeño estado de Saarland con el de Rhineland-Palatinate y el rico estado de Besse, con Frankfurt a la cabeza.3 

Este proceso de rediseño de la geografía política, al interior de los estados nacionales, da cuenta de la dificultad histórica para lograr un desarrollo armónico y equilibrado. (Samir Amin señalaba hace tiempo las características de un desarrollo desigual y combinado, a nivel internacional.) Las razones que se aducen son varias: la ineficacia de los gobiernos centrales, políticas generales que acaban favoreciendo a unas regiones en detrimento de otras, así como la inviabilidad de espacios territoriales que no logran incorporarse a la dinámica económica. 

Frente a las expresiones regionalistas se han articulado políticas de descentralización que reconocen singularidades y diferencias, así como la necesidad de federalizar recursos y decisiones, transferir facultades a los gobiernos locales y diseñar mecanismos para la asignación de los recursos públicos hasta ahora manejados directa y discrecionalmente por los gobiernos nacionales. 

En este contexto se debate sobre cuál es la mejor forma de estimular el desarrollo regional, desde una perspectiva instrumental (políticas y mecanismos), así como sobre el deslinde de las competencias y facultades de los diferentes niveles de gobierno. Frente a normas o políticas nacionales y generales se plantean criterios específicos para problemas y realidades específicas. 

No es inusual que las prioridades nacionales no coincidan con las locales o incluso que afecten de manera adversa a los intereses locales.4 

Así como la globalización está afectando la configuración y perfil del Estado-nación «desde afuera», la dinámica de las regiones estaría obligando a un replanteamiento de los esquemas de gobierno «desde adentro». 

Los elementos que contribuyen a la integración del Estado-nación, en un momento histórico determinado, evolucionan de tal forma que pueden surgir posteriormente como elementos de diferenciación en una escala distinta. La continuidad geográfica, un lenguaje común o el interés económico, adquieren mayor o menor relevancia en distintos momentos históricos. La globalización cataliza procesos de diferenciación internos ya en marcha y provoca nuevos; beneficia claramente a ciertas regiones y tiene un efecto adverso en otras. 

Mientras que las políticas neoliberales tienden a reducir el ámbito, capacidad y recursos del Estado (en favor del mercado y la sociedad civil), los regionalismos plantean una refuncionalización de los diferentes niveles de gobierno, el reconocimiento de un alto grado de autonomía o el aliento a razonamientos separatistas. 

II. La integración continental de América: El bloque americano 

La hipótesis de este trabajo es que los regionalismos y la reconfiguración de los Estados nacionales tenderán a manifestarse con mayor fuerza y claridad a medida que avancen los procesos de integración económica a escala continental. 

La atención se enfoca específicamente en América del Norte, en donde se reconoce la posición estratégica de México (en la zona del TLCAN y en el contexto latinoamericano) y se ofrece una prospectiva de regionalización hacia el siglo XXI. 

Hace apenas cinco años, antes de la firma del TLCAN, la formación de un bloque americano de libre comercio pasaba sólo como una predicción cuestionable. En pocos años, sin embargo, se han dado pasos concretos en esa dirección: está vigente el TLCAN y se conformó el MERCOSUR (con la vinculación comercial reciente con Chile). El proceso de liberalización comercial en América Latina está incorporando con celeridad a la mayoría de los países del continente (Cuba ingresará más temprano que tarde en este proceso). México está actuando ágilmente y despliega una intensa actividad negociadora en Centroamérica (en particular con los países del «Triángulo del Norte»: El Salvador, Honduras y Nicaragua), con la Unión Europea y con los países de América del Sur. 

¿Cómo se ubica México en este proceso continental? En el curso de los años setenta, cuando el país experimentaba el boom petrolero, el gobierno mexicano hubo de analizar el marco internacional en que se desenvuelve el mercado del petróleo. Se hicieron evaluaciones sobre la rentabilidad de la venta directa de crudo mexicano a países en diferentes continentes, tanto para evitar depender de un solo comprador, como para diseñar esquemas de intercambio y cooperación con otros países petroleros. (El libro de José A. Silva Michelena sobre la política y los bloques de poder en el ámbito internacional, es resultado de un trabajo más amplio de investigación realizado en Venezuela en esa época, con un propósito muy similar: ubicar a Venezuela en el contexto mundial.) 

Desde esta perspectiva se adelantaron pronunciamientos en el sentido de que México tenía una envidiable posición para actuar como enlace entre Asia y Europa (Mapa no. 1). Se recordó en ese entonces a la casi legendaria Nao de China que hace siglos abrió el comercio entre México (con mercaderías de origen europeo) y Asia. Ante los límites físicos y la obsolescencia operativa del Canal de Panamá tomó vigencia la necesidad de contar con un nuevo paso entre el Atlántico y el Pacífico. Se mencionó entonces la factibilidad técnica y comercial de un «canal terrestre» en el Istmo de Tehuantepec, con el cual no sería necesario que transitaran los barcos (como en Panamá), sino que las mercancías se transportarían de costa a costa mediante ductos, ferrocarril o carretera. 

Dos décadas después, con la firma del TLCAN, el ingreso de México a la OCDE y al Foro de la Cuenca del Pacífico, así como con los procesos de integración económica en el continente americano, la ubicación de México recupera su valor estratégico (en el sentido de clave, relevante, importante) en la formación del «bloque americano». La reunión de los Presidentes de América celebrada en Miami a fines de 1994 fue ocasión para refrendar el compromiso político de lograr ese propósito a corto plazo: hacer realidad el bloque continental para los primeros años del próximo siglo, para el 2005. 

La configuración de verdaderos «bloques» continentales ha sido cuestionada, en tanto que en los continentes asiático, europeo y americano, están presentes las mismas compañías transnacionales y sus subsidiarias negocian y comercian entre sí, casi independientemente de las políticas de los Estados nacionales. Podría decirse que se trata de bloques comerciales no excluyentes, vistos como etapas en un proceso de liberalización global. En este sentido, a fines de 1996 se planteó la negociación de un tratado de liberalización comercial entre los Estados Unidos y la Unión Europea. El MERCOSUR ya avanzó en esa dirección y México está iniciando negociaciones con el mismo propósito. Este proceso general de liberalización global le da sentido a la recién creada Organización Mundial del Comercio. (Mapa no. 2) 

La integración económica de los grandes espacios se está produciendo actualmente en cada uno de los bloques, con diferencias en su grado de evolución. La lógica de la integración económica de los grandes espacios (físico-geográficos) no es limitada por las fronteras nacionales. Se enfoca en la viabilidad económica de «cuencas geográficas multinacionales» (de esto ya hay ejemplos), de proyectos multinacionales de importancia regional-continental, y se refleja en la aparición de zonas de inversión que se vuelven atractivas en virtud de la globalización y las ventajas del libre comercio. 

Con la firma del TLCAN se estimularon procesos de negociación comercial en América del Sur, América Central y el Caribe. México está trabajando de manera simultánea en lo que denominamos bloques relevantes a nivel continental (Mapa no. 3) 

La ubicación geoeconómica de México lo sitúa en una posición muy favorable para impulsar la integración en los tres bloques relevantes del continente al actuar como vínculo o enlace entre los mismos. 

Si bien en los últimos cinco años se han hecho progresos notables en materia de liberalización comercial, la adopción de políticas nacionales «homogéneas» o «compatibles», que faciliten el aprovechamiento de grandes espacios económicos trasnacionales, tomará tiempo. Por cercanía y continuidad geográfica, México profundizará en el TLCAN. Al mismo tiempo continuará estrechando lazos con el futuro bloque centroamericano. A mediano plazo podría servir como puente entre el sur del Continente y la zona del TLCAN. 

En el futuro inmediato, avanzar en el aprovechamiento del TLCAI tiene especial significado para México. Lo que se observa y se prevé es una paulatina integración del espacio económico-geográfico del norte del continente. Visto de conjunto, este proceso demandará la configuración de estrategias comunes y también producirá efectos desiguales en la región. 

Al respecto y con el propósito de visualizar la dinámica a nivel regional conviene comentar algunos ejercicios de prospectiva que se han formulado para América del Norte. 

Si se observa la experiencia europea, la menor relevancia de las fronteras nacionales se ha visto seguida por la configuración de economías regionales, al interior de los países y en regiones binacionales. Es el caso de la región de Cataluña (en el norte de España) con el sur de Francia; el surgimiento del área metropolitana de París con un peso específico en sí misma como zona económica de relevancia continental; la conformación de Milán como centro financiero de vocación europea (Milán se ubica precisamente en el territorio de la reclamada República de Padiana). Habría que destacar el impulso que la Unión Europea ha dado al fortalecimiento de una identidad y sentimiento europeos: los esfuerzos por reducir las barreras a la movilidad de las personas (aunque están presentes actitudes xenofóbicas y anti-inmigratorias); la adopción de políticas europeas, sobre todo en materia internacional; y el ya próximo uso de una moneda común. 

La economía de los grandes espacios, resultado de los procesos de integración, así como de las tendencias históricas, afinidades culturales, lazos comerciales cotidianos y cercanía física, permite prefigurar la América del Norte de mediados del próximo siglo. El norteamericano Joel Garreau proyectó hacia el año 2050, en el ámbito de América del Norte y las Antillas, la conformación de nueve naciones. (Mapa no. 4).5 

En esta visión, elaborada en 1981, Mexamérica se integraría con la parte norte del actual territorio de México y la zona sur de Estados Unidos; Quebec y Nueva Inglaterra reafirmarían una vocación autonómica. Se crearía un amplio espacio desde Alaska, pasando por el centro de Canadá, hasta los actuales estados de Arizona y Nuevo México, el Empty Quarter. Ecotopía se integraría con la zona costera del Pacífico de los Estados Unidos (al norte de California), la de Canadá y parte de la de Alaska. La afinidad cultural y étnica, así como la cercanía geográfica, estrecharían los lazos entre el sur de La Florida y las Antillas (Cuba incluida) en The Islands. En la configuración de las otras «naciones» se observa la aplicación de criterios similares. 

El perfil de estas «naciones» se alimenta tanto de factores demográficos, como de los relativos a identidad y orgullo local, la compartición de valores, la capacidad para resolver como comunidad sus problemas a nivel local, así como las particularidades de las actividades económicas y las características sociales; todo ello da lugar a actitudes y posturas específicas sobre temas de interés nacional6 Según Garreau, cada una de estas «naciones» tiene una manera particular de ver el mundo y cada una tiene un futuro diferente.7 

En otro ejercicio de prospectiva, realizado más de veinte años después por geógrafos de diferentes universidades de Estados Unidos y Canadá, convocados por la Universidad de Toronto, se llegó a una visión, también para el próximo siglo, un tanto más fragmentada de estas entidades regionales o «naciones».8 (Mapa no. 5) 

Algunos de estos espacios se integran como sigue: 

Pacífica, que se forma con las zonas costeras del norte de los Estados Unidos, la del oeste de Canadá y buena parte de Alaska, pareciendo seguir la lógica de integración de la Ecotopía de Garreau. 

Rocky, que va desde Alaska hasta el sur de Estados Unidos, se extiende en parte de The Empty Quarter. El espacio central del actual territorio de Canadá mantiene la misma denominación; Quebec y North Atlantic se extienden sobre los espacios previstos por Garreau para sus Quebec y Nueva Inglaterra. El territorio de Garreau para su Breadbasket aparece ahora integrado también en una nación, Heartland. No se incluye a las Antillas, aunque sí se destaca la singularidad de Tropicana en la península de La Florida. En el norte de México y el sur de Estados Unidos se integra el territorio de Angelina, no como una extensión del norte de México, sino con características distintivas. Al sur de Angelina se ubica una Mexican Community, en el resto del actual territorio de México. 

En los dos ejercicios de prospectiva antes reseñados es clara la mayor atención puesta en las «afinidades regionales» observables en Estados Unidos y Canadá, así como una visión homogénea de la zona fronteriza México-Estados Unidos. Al aplicar razonamientos similares con una visión «más cercana» de la perspectiva mexicana, se pueden identificar hasta seis de estos espacios de integración regional. En la frontera no se reconoce necesariamente una franja continua este-oeste, sino dos regiones binacionales, con Baja California, Sonora, Chihuahua, Nuevo México, Arizona y el sur de California, por un lado, y Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas y Texas, por el otro. 

Se formaría otra región con los estados de San Luis Potosí, Durango, Aguascalientes, Zacatecas, Nayarit, Sinaloa y Baja California Sur. La parte central de la República funcionaría integrando a Jalisco, Colima, Michoacán, Guanajuato, Querétaro, Estado de México, Hidalgo, Puebla, Morelos y Veracruz. El sur del país, configurado con Guerrero, Oaxaca y Chiapas, ofrece elementos comunes y una cultura de la costa-sierra. Por último, tradición histórica y lazos económicos y culturales cohesionarían a Campeche, Yucatán y Quintana Roo. (Mapa no. 6) 

La visión regional de México para el próximo siglo, en el contexto de la integración del espacio económico del TLCAN, debe tomar en cuenta los factores que inciden en la localización de nuevos proyectos productivos, en manufacturas y servicios, al modificarse el funcionamiento del espacio económico nacional con una vocación orientada hacia la zona del TLCAN. 

Ya se ha observado el fuerte atractivo que está generando la frontera norte de México, no sólo para maquiladoras sino también para la industria automotriz y las manufacturas destinadas a la zona del TLCAN. Habrá que estudiar el impacto que tendrá el proceso de integración económica en la configuración de la región central, sin desconocer que la alta concentración demográfica seguirá representando la base del mercado interno. Superar la economía de enclave del petróleo en el sureste y desarrollar el Golfo de Cortés son metas estratégicas desde hace tiempo. 

La maduración de proyectos de gran envergadura puede modificar sensiblemente el funcionamiento tradicional del espacio económico nacional. 

Actualmente el debate público se centra en tres proyectos cuya magnitud es de la mayor relevancia: 

A. El sistema de la Supercarretera del TLCAN. Este sistema está en proceso de negociación, con base en un esfuerzo de coordinación iniciado en 1993. Comunicará a los tres países, asociando a 40 entidades estatales. Con esta supercarretera se unirán un número muy importante de ciudades mexicanas, estadunidenses y canadienses, desde México, DF, hasta Winnipeg y Duluth, en la región de los Grandes Lagos. Varios ramales comunicarán a Nueva York, Montreal, Quebec, Toronto, Detroit, Chicago, Vancouver, Seattle, entre otras ciudades. Su puesta en operación requiere negociaciones adicionales, lograr la homologación en normas y prácticas de transporte en carretera, así como mejoras en las condiciones físicas de las carreteras, y la construcción de algunos tramos. (Mapa no. 7)9 

B. El Canal Intracostero Tamaulipeco. Su realización se encuentra en proceso de negociación e incluso de licitación. El Canal comunicará la costa mexicana del Golfo con la región de los Grandes Lagos, aprovechando los sistemas de transporte «canaleros» que operan regularmente en los Estados Unidos a través de la Cuenca del Mississipi. El transporte por estas vías de agua reduce sensiblemente los costos. Estimaciones disponibles señalan que para 1998 se podría mover un volumen de carga de 16.6 millones de toneladas. (Mapa no. 7)10 

El Canal tendrá una extensión de 438.8 kilómetros, 78 metros de ancho y 3.68 metros de profundidad. Irá desde el Río Pánuco en el sur hasta el Río Bravo en el norte, interconectando a Tampico, Altamira y Tamaulipas. A través de Brownsville, Texas, se enlazará con la red canalera estadunidense de 45 mil kilómetros de extensión y que da servicio a 81 ciudades importantes en Estados Unidos y tres en Canadá. A través del Canal se podrán transportar productos de acero, maquinaria, petroquímicos, fertilizantes, aceites, vegetales, harinas, cementos, perecederos, arena, grava, etc. El proyecto del Canal incluye además el desarrollo de granjas acuícolas y un programa de desarrollo turístico en la costa de Tamaulipas. Es evidente el impacto regional, más allá de territorio tamaulipeco, de este proyecto. Existe información de que dadas las características de las costas del Golfo de México, el Canal podría extenderse hasta las costas del sureste mexicano. 

C. El Megaproyecto del Istmo de Tehuantepec. Incluye, en la parte de infraestructura, la construcción de una supercarretera de 411 kilómetros que abriría una ruta entre Oaxaca y Salina Cruz, la privatización del corredor transístmico ferroviario y la instalación de dos unidades generadoras de electricidad.11 Asociado al «canal terrestre» se ha diseñado el Proyecto de Desarrollo Integral del Istmo, en el cual se integran más de 150 proyectos específicos (pesqueros, salineros) y una inversión global de 4 mil millones de dólares. Sus promotores estiman que el impacto de este megaproyecto sería detonador del desarrollo del sureste de México y de «trascendencia continental».12 

De los tres proyectos antes reseñados, el menos controvertido hasta ahora es el de la Supercarretera (aunque el cumplimiento de los acuerdos sobre transporte en el TLC ha sido retrasado por instancias esta-dunidenses). El Canal Intracostero es objeto de un serio escrutinio en lo relativo al impacto ambiental. La idea y conveniencia de un canal terrestre en el Istmo no es nueva, como ya se mencionó, como tampoco el hecho de que sea materia de controversia, no por su viabilidad económica sino desde la perspectiva de la llamada seguridad nacional. 

En cuanto al proyecto del Istmo, las críticas se enderezan argumentando razones de riesgo para la soberanía nacional, tanto por las características del entorno geográfico en sí mismo, como por la participación de capital extranjero y porque la zona del Istmo es la de mayor potencial petrolero. La sombra de una «zona del Canal» como en Panamá parecería estar detrás de estos temores. 

La trascendencia de estos proyectos es estratégica y supondría una refuncionalización del espacio económico nacional. Vistos desde la perspectiva nacionalista tradicional, simplemente se avanzaría en la integración económica con Estados Unidos, lesionando o poniendo en riesgo la soberanía (sobre todo en el caso del Istmo). Desde la óptica de la globalización se estarían explotando las posibilidades de desarrollo con proyectos de impacto trasnacional y de trabajar a escala continental. 

La dinámica de la integración entre México y sus socios del TLCAN se está dando en los hechos. El caso específico de la zona fronteriza México-Estados Unidos, en el noreste de México, ha sido motivo de análisis conjunto de los gobernadores de Texas, Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila; en reuniones periódicas se han ocupado de identificar oportunidades de acción conjunta para alentar proyectos de desarrollo en la región. 

El Canal Intracostero tendrá un impacto directo en esas mismas entidades, al igual que la supercarretera del TLCAN. 

La formación de un «corredor comercial» Monterrey-San Antonio-Dallas-Houston es considerada actualmente dentro de las perspectivas de las empresas regionales de transporte. Habría que destacar la previsible integración de un espacio económico metropolitano de Saltillo y Monterrey; en pocos años la zona Saltillo-Monterrey estaría perfilando un centro de producción automotriz, de la industria de las telecomunicaciones, así como de manufacturas en general. Firmas japonesas de los sectores automotriz y electrónica están impulsando la construcción de un «Tecnoparque» al norte de Monterrey, para abastecer a empresas niponas que operan en México y Estados Unidos. (Mapa no. 8)13 

En la zona de Reynosa (Tamaulipas)-Pharr (Texas) se informa de la construcción de «el puente internacional más grande del mundo», el cual incluye un fraccionamiento comercial y de servicios que dará cabida a bancos, casas de cambio, afianzadoras, bodegas, oficinas, restaurantes, hoteles, etcétera. 

A partir de 1996 el gobierno mexicano ha autorizado diversos proyectos, con la participación de empresas extranjeras, para abastecer de gasolinas y gas a los estados fronterizos del norte de la República, a partir de refinerías ubicadas en Estados Unidos.14 

La formación de bloques comerciales continentales y los procesos de integración asociados abren el paso a la economía de los grandes espacios geográficos. En esta economía las fronteras nacionales dejan de ser las fronteras económicas nacionales. 

En tanto que la globalización obliga a un replanteamiento en las relaciones entre los Estados nacionales y al surgimiento de normas y convenciones con validez supranacional, el concepto de soberanía de las naciones tiende a adecuarse a una nueva realidad. 

El proceso de globalización tiene impactos concretos al interior de los países que se traducen en dinámicas regionales diferenciadas. En Europa, los ejemplos están a la vista. En América del Norte, los ejercicios de prospectiva hacia el siglo XXI muestran la profundización de tendencias regionalistas (aun sin considerar plenamente los efectos del TLCAN) que trascienden las fronteras nacionales. 

Así como la economía nacional dio lugar a proyectos y estrategias «nacionales», la economía globalizada dará paso a proyectos o visiones de envergadura continental. Simultáneamente, los procesos regionales obligarán a un replanteamiento de las relaciones entre los diferentes niveles de gobierno, a descentralizar y transferir recursos y capacidad de decisión a los gobiernos locales. Se reconfigurará la geografía económica. 

Para México las tendencias previsibles, a partir de la vigencia del TLCAN, son hacia una mayor integración económica con el resto de América del Norte, como una etapa en el proceso de formación del bloque americano. El impacto en México será benéfico, más para algunas regiones que para otras. 

Los proyectos del tipo de la Supercarretera del TLCAN, el Canal Intracostero Tamaulipeco y el del Istmo de Tehuantepec, pueden alterar sensiblemente el funcionamiento económico de todos los estados del Golfo e influir en regiones aledañas. La dinámica económica en el norte de México apunta hacia una integración económica regional con el sur de Estados Unidos de manera acelerada. 

Dada la visión prospectiva geográfica hacia el siglo XXI, habría que profundizar en los procesos de desarrollo regional, analizar la validez de políticas económicas nacionales homogéneas y la conveniencia de diseñar instrumentos ad hoc a las condiciones de cada región. Los «regionalismos» están presentes, unos más beligerantes o estridentes que otros. El reto presente es lograr su expresión positiva, orientada a fortalecer la cohesión nacional, en un contexto de fronteras abiertas y de globalización. 

1 Miguel de la Madrid Hurtado, expresidente de México, presenta una visión sistemática y completa sobre el concepto de soberanía nacional en el contexto de la globalización. De la Madrid destaca las tendencias actuales en tres ámbitos: a) la globalización económica; b) la mundialización de fenómenos políticos y c) la mundialización de la sociedad. Reconoce que el concepto y vigencia de la idea tradicional de la soberanía nacional se ha visto afectada; que la conducción de los asuntos internacionales se basa en mecánicas grupales, en donde un reducido número de los países poderosos decide al margen de los organismos representativos de la comunidad internacional; también señala la incapacidad de partidos políticos, sindicatos y agrupaciones empresariales, para adaptarse a la nueva dinámica social. No obstante, De la Madrid concluye que no es posible avizorar otra forma de organización política radicalmente distinta de la que se basa en el arquetipo de los Estados nacionales y reconoce la necesidad de incorporar el derecho internacional al orden jurídico de las naciones. Miguel de la Madrid Hurtado: «Soberanía nacional y mundialización», en Este País, no. 65, México, 1996. pp. 35-42. 

2 El País, Madrid, 3 de junio de 1996, p. 2. 

3 The Economist, Londres, mayo 11, 1996, p. 51.

4 El caso de la explotación del petróleo en Tabasco y su tremendo impacto en la economía local se examina en Edilberto Cervantes G: «Prioridades nacionales e intereses locales: la explotación del petróleo en Tabasco», en Blanca Torres (comp.): Descentralización y democracia en México, El Colegio de México, México, 1986.

5 Joel Garreau: The Nine Nations of North America. Houghton Mifflin Co., Boston, 1981. El planteamiento de Garreau es comentado por Jaime Castrejón Díez en su libro La política según los mexicanos. Océano, México, 1995. Para Castrejón Díez el argumento principal de Garreau es el de que: «debemos olvidarnos de los mapas actuales; la gente de América del Norte se está dividiendo naturalmente en bloques rivales de poder, con lealtades separadas, intereses y planes propios para el futuro». 

6 Garreau: op. cit., p. 8.

7 Ibid. p. 2

8 The Gazette, Montreal, 7 de noviembre de 1992, p. A16. 

9 El Financiero, México, 22 de julio de 1996, p. 28A. 

10 El Financiero, México, 22 de octubre de 1996, p. 18A.

11 El Financiero, México, 5 de agosto de 1996, p. 66.

12 El Financiero, México, 15 de octubre de 1996, p. 17.

13 El Diario de Monterrey, Monterrey, 23 de octubre de 1996, p. 18A.

14 El Norte, Monterrey, 18 de octubre de 1996, p. 18A.