Para el profe Fernando Escalante
La catástrofe irrumpe en la historia
Como todo sufrimiento, el que deja a su paso una catástrofe ha de elaborarse culturalmente para dotarlo de algún significado que trascienda al hecho bruto de la destrucción y hacerlo así tolerable. Primero el desastre puede parecernos un accidente externo al flujo regular de la historia, pero pronto debemos devolverlo a escala humana, explicarlo en los términos de nuestro universo moral, donde hay víctimas y culpables, causas y consecuencias colectivas. Los modernos, nos dice Fernando Escalante en el libro imprescindible La mirada de Dios, necesitamos interpretar el dolor como si fuera en última instancia justo: nuestra cultura del sufrimiento es mesiánica. Si pueden señalarse culpables, si el desastre es castigo merecido, adquiere historicidad, pues significa que algo pudo haberse hecho distinto para evitar o atenuar la devastación. El dolor más incomprensible y desgarrador se justifica, relativiza, porque, en una suerte de sacrificio simbólico, puede trocarse en un bien superior: la imagen de un porvenir más auspicioso. La redención se hace posible, pues habrá lecciones que la comunidad pueda aprender para volverse más resistente; otra cosa es que se aprendan las lecciones correctas.
Desastre, trascendencia, mitología
Entre 4500 y 10 000 muertos: nunca sabremos cuántos fueron. Más de 12 000 edificios dañados y 400 derruidos, unas 30 000 viviendas destruidas o inutilizables, unas 45 000 personas sin casa. Todo eso y más dejaron tras de sí el sismo de magnitud 8.1 que sacudió Ciudad de México la mañana del 19 de septiembre de 1985 y su réplica de 7.6, al caer la noche del día siguiente.
Fue uno de los mayores desastres en la historia nacional y fue más, mucho más que eso, como sabemos todos. En el discurso público se ha construido como un acontecimiento de trascendencia histórica, como uno de los episodios fundacionales de la democracia mexicana. El Estado autoritario habría reaccionado con torpeza e incluso con indolencia criminal; en cambio, espontáneamente, una multitud de capitalinos: “la Sociedad Civil”, se habría volcado a las calles para ayudar en las labores de auxilio y rescate, para hacer lo que el gobierno no pudo. Carlos Monsiváis caracterizó aquello como una “toma de poderes”, un momento insurreccional: “En diversos y amplios sectores se profundiza un nuevo pacto social”, ni más ni menos.
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