Contrescarpe, Real 1

Contrescarpe Real
Uno
Junio de 1969

Miércoles, 18 de junio de 1969
& Jueves, 19 de junio de 1969
de 19 h a 7 h de la mañana

Reescrito el lunes, 23 de junio de 1969,
en el Moulin d’Andé, a las 17:30 h
He salido del laboratorio a las 17:30 h; había quedado, abajo, en el estanco‑bar “Le Virginie”, con Jeanne Forêt y Cha‑ bert (del comité de apoyo a los prisioneros del juicio de Túnez). A las 18:30 h me he ido con ellos hacia Montparnasse; me han dejado hacia las 19 h en Port‑Royal.

He bajado por el Boulevard Saint‑Michel y he aprovechado para comprar Pariscopey el cuaderno para tomar notas. Me he parado un momento en la “Librairie 73”. Al llegar al Jardin du Luxembourg, como había decidido ir a ver a las 20 h Jules y Jim, he tomado la Rue Gay‑Lussac, luego la Rue Saint‑Jacques, luego la Rue du Val‑de‑Grâce. Tras haber dudado entre varios bares, he acabado entrando en el café que está en la esquina de la Rue du Val‑de‑Grâce con la Rue Henri‑Barbusse, pero he salido casi al instante, pues el local me ha resultado antipático, y me he ido a comer un bocadillo de camembert, y a tomar una copa de vino tinto y un expreso al café que está en la esquina de la Rue du Val‑de‑Grâce con el Boulevard Saint‑Michel.

Poco antes de las 20 h he ido al cine “Val‑de‑Grâce”, donde he visto el tráiler de El bueno, el feo y el malo, y luego Jules y Jim, que quería volver a ver sobre todo por las escenas rodadas en el Moulin. He reconocido, felizmente, a Suzon en la barca, y el sillón de la Meule.

Sabiendo por experiencia o temiendo por instinto que no iba a poder aguantar toda la noche en la Place de la Contrescarpe frente a una caña y un cuadernillo, había planeado cenar entre las 22 h y la medianoche, ir a ver alguna de las películas que echan en el “Trois Luxembourg” a medianoche y no pasar en “La Chope” más que una o dos horas entre las 2 y las 3 o las 4 de la madrugada, a la espera del amanecer. El mismo plan se fue al garete hace un par de semanas (el lunes, 2 de junio): me encontré a Gautier a las 23 h, cené con él en el “Balzar” y me fui a dormir a su casa en Yerres.

A las 22 h, pues, he vuelto a bajar por el Boulevard Saint‑Michel. He dudado entre varios cafés, restaurantes, bares, pubs, etc. He cogido la Rue Monsieur‑le‑Prince, luego Saint‑André‑des‑Arts (nada interesante en el “Caméléon”), la Rue Saint‑Séverin (deteniéndome unos minutos en “La Joie de Lire”), la Rue de la Huchette, y luego de nuevo el Boulevard Saint‑Michel, atraído, como casi siempre, por el “Balzar”.

He cenado en el “Balzar”, sentado en la banqueta que hay al fondo, cerca del mostrador donde están las tartas. A mi izquierda había 3 personas: un señor con pinta de notario y una pareja en plan rufián‑madama; a mi derecha, dos parejas de jóvenes ejecutivos, tontos del culo; ellos, compañeros de oficina, en plan ahora invito yo ahora invitas tú a costa de la empresa. He cenado frugalmente: plato de fiambre con ensalada, tarta (la nota capuana la ponía media Chiroubles helada, servida en una cubitera). Luego me he tomado dos cafés. He intercambiado 2 palabras con Nicos Poulantzas, que había ido con su padre, recién llegado de Grecia. También he visto a Jacques Laurent cenando solo en un rincón casi diametralmente opuesto al mío.

Me he ido hacia medianoche; he vuelto a subir por el Boulevard Saint‑Michel. He hecho una parada en el bar “Le Luxembourg” y he echado tres tilts (por 1 franco). He ganado una partida extra.

He hecho cola un momento en el cine “Luxembourg”. He ido enfrente a comprar un paquete de Gitanes y he vuelto a la cola. Podía escoger entre 3 películas: un wéstern (El Zurdo, que no me gusta), una de Jerry Lewis (Caso clínico en la clínica, flojilla) y una de horror erótico, Le Marquis sadique, que he elegido sin pensármelo dos veces, pero ha sido un error: un individuo insustancial se hace pasar por un descendiente directo del Marqués de Sade y despierta las fantasías eróticas de varias jovencitas que le ofrecen grabados libertinos (?), esposas y fustas durante una seudoorgía descafeinada.

Habré salido hacia la 1:40 h. He atravesado el Boulevard Saint‑Michel (percatándome, al pasar por delante, de que el
“Wimpy” está abierto las 24 horas del día), he cogido la Rue Soufflot, la Rue des Fossés Saint‑Jacques, la Rue de l’Estrapade (dándome cuenta de que hay edificios nuevos que nunca había visto y cuyas obras ni siquiera recordaba haber visto), la Rue Blainville.

Es la 1:55 h cuando llego a “La Chope”. Hace fresco. Casi parece que empieza a clarear.

Me siento en la terraza. No hay mucha gente. Música de guitarra en la jukebox. Pido un café. Tres cuartas partes de la terraza están vacías. Puedo contar 12 personas; dentro hay unas cuantas más.

La plaza: “Le Cabaret” (Arlette Reinberg) está abierto; “Les Arts” parece cerrado; hay varios taxis libres en la parada alrededor del terraplén (en mi época, si la expresión es admisible, había que bajar hasta Monge para encontrar taxis a esas horas).

En el terraplén, tres chicos (demasiado jóvenes para ser realmente mendigos) encienden una hoguera a los pies de un árbol con cajas de madera que traen de la Rue Mouffetard.

La plaza, de derecha a izquierda:

“Le Requin Chagrin”, todavía abierto. En una ventana del primer piso se ve una luz giratoria, seguramente destinada a crear en el interior algún efecto lumínico;
la charcutería;
el autoservicio (“Le Nègre Joyeux”);
la panadería;
el quiosco de periódicos (está cerrado, pero yo diría que es un quiosco de periódicos);
“Les Cinq Billards” parece cerrado;
“Le Cabaret”;
una casa estrecha y oscura, sucia; en la tercera planta hay un farolillo de Noguchi encendido;
“L’Irlandais” (que parece abierto); debe de ser un bar, no lo conocía;
“Les Arts”;
la panadería;
la carnicería.

La hoguera es ahora muy alta. Lame el tronco de uno de los cuatro árboles (el más pequeño, el del lado Mouff: desde mi posición, arriba a la derecha). Un taxista interviene. Diría que hay tres tipos involucrados, y sólo uno parece un mendigo (lleva un sombrero abollado); los otros dos son los que han traído las cajas de la Rue Mouffetard.

Un taxi parado me tapa ahora la hoguera y sólo alcanzo a ver la cresta de las llamas. El taxi se va. El fuego parece disminuir. Acabarán dejando que se apague.

Pasa un coche deportivo. ¡Bruuum!

Un borrachín a una botella pegado, exlegionario. Estuvo en Saída. Se lo repite ocho o diez veces a una mesa cercana a la mía, donde tres consumidores consumen consumiciones. Estuve en Saída yo estuve en Saída sí estuve en Saída. Un camarero le dice que circule, pero no lo hace.

En la jukebox, música de spaghetti wéstern (guitarra y silbidos).

Cuatro clientes bajan de un 2CV, entre ellos una chica (que era la que conducía) con calcetines blancos, y dos barbudos.

Instante de calma (después de que el legionario se haya ido a beber su botella al terraplén; antes, le había ofrecido un trago a un chaval25 con pinta de parroquiano); durante un rato, no pasa ningún vehículo, a lo sumo el suave rugido de un taxi diésel.

Aparece un furgón policial, da la vuelta lentamente y se detiene. Los polis (dos van de civil (?) y parecen volver a casa, pues ya no los vuelvo a ver) se bajan; tres se acercan al terraplén: discusión por culpa del fuego. Uno de los polis va a bus‑ car un balde de agua al café “Les Arts” (y entonces me entero, por boca del joven parroquiano de “La Chope” que se lo cuenta a los tres consumidores importunados hace un rato por el legionario, que se trata de un centro CDR).

Jukebox: música de Juegos prohibidos.

Me incorporo para ver la hora en el reloj de la plaza: las 2:30 h. Llovizquea. Voy al váter. Olores fétidos. Cambio de sitio. En la misma terraza, pero en un rincón más protegido, cerca de la caja. La lluvia se vuelve de repente muy intensa. Pido una caña. Sensación de mayor animación. Hace fresco, casi frío. En las primeras plantas, que sobresalen por encima de la panadería y la carnicería que lindan con el café “Les Arts”, puede leerse en la cornisa: “Maison de la Pomme de Pin” (¿seguido de una fecha?). Tengo la sensación de estar inventándomelo.
 
Se ve la lluvia a través de la luz de una farola de la Rue Lacépède. Un tilt lanza destellos en el bar “L’Irlandais”.

Las 2:45 h. Irrupción de barbudos y de chicas con poncho. Sigue lloviendo. Apilan las sillas de la terraza. Un vigilante nocturno llega de la Rue Lacépède con su Mobylette y se toma algo en la barra. La lluvia parece disminuir. El “Requin Chagrin” cierra. La orquesta (o por lo menos el guitarrista y otras tres o cuatro personas) se montan en un viejo Citroën.

Las 3 h. De vez en cuando, se apaga una luz. No faltará mucho para que cierren. (¡Y yo que creía que «La Chope» estaba abierta toda la noche!)

¿Despunta el día? La noche palidece, es un hecho, aunque aún minúsculo. El vigilante nocturno sale; charla un momento con el joven parroquiano. Recogen por todas partes. Barren. Los consumidores se van en grupos. Cuatro de ellos, con pinta de estudiantes pobres, se suben a un Volkswagen azul y rojo suizo. Un guitarrista (al que ya he visto cinco o seis veces esta misma noche, ya sea dando una vuelta, saliendo o diciendo que se iba a dormir sin hacerlo) rasga su instrumento.

Tengo frío.

Despunta el día. Un edificio negro, cuadrado, se perfila en la esquina de la Rue Lacépède. Un mozo cierra la mampara de cristal tipo acordeón (de paneles plegables) que aísla la terraza. Otro mozo: “¡Señor, vamos a cerrar, gracias!”.

Son las 3:05 h. Hay pequeños grupos en el terraplén. Un tipo viene a saludarme (evidentemente no sé quién es); me lo dice: era el que conducía la furgoneta de los CAL que el domingo pasado fueron a ensayar al Moulin el espectáculo de Gatti.

Las 3:10 h: me voy. Discusiones en el terraplén. Un tal‑vez‑mendigo y el joven parroquiano están a punto de llegar a las manos. El dueño de “Les Arts” está en la caja. “L’Irlandais” está cerrado; mejor dicho: los clientes que aún están dentro pueden salir, pero los potenciales consumidores (yo) ya no pueden entrar. Tres [personas] en “Le Cabaret” barren y hablan. El dueño de “Les Cinq Billards” está en la puerta de su establecimiento y masculla algo, probablemente en relación con el ruido que hacen los del terraplén.

Pasa, haciendo un montón de ruido, un camión con publicidad de Alkali salchichas de tortuga.

Bajo por la Rue Mouffetard. El “Club Félix” está abierto (o por lo menos hay actividad dentro); me llegan algunos compases de música. Tres tipos caminan bastante por delante de mí. Pasa un coche y, luego, una súbita calma. Oigo maullar a un gato; en el 64, el llanto de un bebé. No hay luz en ninguna de las dos ventanas de los Martens (lo contrario me habría sorprendido). La música se cuela por la puerta del “Mouffe‑Club”.

Las 3:15 h: primeros repartidores. Al final de Mouffe, tuerzo por Édouard‑Quénu (un hombre tan célebre que no recordaba que su calle estuviera ahí;31 más bien me la imaginaba por donde la Rue Pascal, o cerca de Les Gobelins). Subo por la Rue Claude‑Bernard. A veces hay varios segundos seguidos de silencio. Los semáforos funcionan. Muchos camiones. En la esquina de la Rue Berthollet con [la] Rue Claude‑Bernard, una ventana iluminada. En el cruce de la Rue Gay‑Lussac con la Rue Thuillier, unas obras (¿que nunca había visto?) casi terminadas: una extensión de la ENS[1] (apertura prevista para el inicio del curso 69‑70). En rojo, inmensa, en la fachada de un edificio, la pintada: “Venguemos a Gilles Tautin”.

La noche se tiñe muy ligeramente. Son las 3:35 h.

Las 3:45 h. Place du Luxembourg. Camiones bajando por el Boulevard Saint‑Michel. Oigo (seguramente por primera vez en la vida) el ruido que hace el surtidor de la plaza. Entro en el
“Wimpy”, me siento en la barra, pido un zumo de naranja y un café sólo. Habrá algo más de diez personas. Algunas comiendo. Asisto a la preparación de una wimpy. ¡Puaj! Pero las patatas fritas no tienen tan mala pinta. Vida al ralentí. Nadie parece tener prisa. Hay un encargado, un cocinero (argelino), uno (o dos) ayudantes, una camarera (ya mayor). No pido el desayuno completo, aunque lo he pensado.

Bajo por el Boulevard Saint‑Michel. Son las 4:20 h cuando paso frente a la Sorbona (he estado algo más de media hora en el “Wimpy”). Las farolas están apagadas; tardo un rato en darme cuenta.

Pasan bastantes camiones.
Amanece.
El día está gris, nublado.
Hace mucho frío.

Aguardo alguna señal de la apertura de los cafés. El snackbar “Soufflot” está a punto de cerrar. El “Grand Saint‑André” parece abierto (hay luz), pero no entro.

Sobre el Pont Saint‑Michel, el viento ahuyenta las nubes.
Cité: dos polis con metralletas frente a la Jefatura de Policía.
Pont du Châtelet.
“Théâtre de la Ville”: Ballet Danés (?).
Bus nocturno.

 

Café “Le Terminus”. Pido un café con leche y dos tostadas. El café está asqueroso y las tostadas son minúsculas. Los buses salen uno detrás de otro. En el mismo banco que yo hay una mujer joven ya envejecida y su niño pequeño (3‑4 años). Enfrente de mí, una loca con una copa de vino tinto disecciona el contenido de su bolso y su cartera, dobla mil veces el mismo papel (algo así como una póliza de seguros, o una receta, o algún “papel de familia”) y cuenta y recuenta sin cesar cinco o seis billetes de 10 francos. Los habituales de la barra comen embutidos. El mozo y la camarera charlan.

Las 5 h: me voy. Cojo la Rue du Temple, atravieso el Marais. Incontables tiendas de artesanía: artículos de París, confección, tapones, llaveros, baratijas (?).

Palomas.

Las 5:15 h: ya hay más gente en las calles.
Pero ningún café abierto aún.
Tengo frío.

Llego a la Rue Réaumur. Me dirijo a la Bastilla.

Aquí se acaban mis notas, debía de estar muy cansado; estaba harto, tenía frío y sin duda pocas ganas de seguir; llevaba rato adelantando la hora de ir al CHU (al principio a las 8 h, luego a las 7:30 h, luego a las 7 h).

Tomé el Boulevard Beaumarchais (?); a veces podía contar hasta siete u ocho personas al mismo tiempo en una misma calle (sensación de cierta afluencia). En una boca de metro, personas esperando a que abrieran las rejas. Meé en un meadero del bulevar. Luego cogí una callecita paralela, pero por debajo del bulevar, que me llevó hasta la Bastilla. Vi, con sorpresa, que el gran café “La Tour d’argent” estaba cerrado por reformas. Uno o dos cafés abiertos ya, pero sin las sillas puestas. Sólo se podía consumir en la barra, un café de máquina que no estaba muy allá.

Llegué casi hasta Ledru‑Rollin. Compré LeCanardenchaîen un quiosco que acababa de abrir y me metí en una pequeña cafetería donde pedí un agua de Vichy (que me sentó de maravilla) y un café con leche largo de café.

Hacia las 6:15 h me dirigí hacia la Place d’Aligre. Los horticultores preparaban sus puestos. Ropavejeros y buhoneros desplegaban sus mesas, pero sin desembalar aún la mercancía. Di dos vueltas a la plaza; luego entré en el mercado y volví a salir.

A las 6:45 h entré en el CHU por la puerta del hospital.

Y éste es el incalificablemente incompleto resumen de las 13 horas y 15 minutos de lo que podría llamarse mi existencia, y que excepcionalmente (contraviniendo la regla de este libro) voy a enseñarle hoy mismo a Suzon.

 

Este fragmento se reproduce con autorización de la editorial.

Perec, Georges. Lugares. Traducción de Pablo Martín Sánchez. España: Anagrama, 2025, 824 p.

 

Georges Perec

Ensayista francés.

 

[1] Siglas de École Normale Supérieure (Escuela Normal Superior), también conocida como Normale Sup. (N. del T.)

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Publicado en: En la mesa