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Enrique Quintana. Director de Noticias y Proyectos Informativos del grupo Radio Centro.

Cuando el PND se dio a conocer en mayo de 1995, presentó una serie de programas sectoriales. Uno de los más esperados, pero también el más retrasado, es el PRONAFIDE; pero al mismo tiempo, es quizás un programa mucho más elaborado que los otros. Es probablemente el único donde hay un aterrizaje estadístico numérico en las proyecciones económicas que se plantean para el país.

Esto ha contribuido a que el panorama sea más claro. Entendemos qué quiere la autoridad económica, sabemos cómo quiere hacerlo y tenenos un conjunto de elementos estadísticos cuantitativos que nos permiten entender las medidas que se están tomando a lo largo del tiempo.

Cuando el PRONAFIDE se dio a conocer, se dijo que era el primero que establecía tal compromiso. En realidad en 1979 ya se había dado a conocer el Programa Nacional de Desarrollo Industrial donde había un conjunto de proyecciones macroeconómicas hasta el año 2000, que fueron muy inexactas y que generaron polémica en aquel entonces. Pero sin lugar a dudas, era un proyecto aterrizado en términos cuantitativos.

Otro más fue el Plan Global de Desarrollo que se presentó en 1980 y en donde igualmente había un modelo macroeconómico donde teníamos proyecciones de crecimiento del producto, inversión, ahorro, es decir, el marco macroeconómico. En aquel entonces se le criticó menos, parecía ser más consistente respecto a una realidad que en 1980 ya no era la misma de 1979. Las realidades estaban cambiando como así estaban cambiando en el sexenio pasado.

El tema del ahorro interno que ha sido el asunto dominante no solamente del PRONAFIDE, sino inclusive del PND, está en la médula de toda la estrategia económica y política de la actual administración. En realidad también había sido sujeto de reflexión en el pasado. En 1992 dos voces llamaban la atención: una de ellas la de José Córdoba, quien señalaba la insuficiencia del ahorro interno. Se preguntaba cuáles eran las causas y al final escandalizó porque a través de un modelo macroeconómico calculaba las necesidades de divisas en función del ahorro externo indispensable para obtener las metas de crecimiento en el orden de 100 mil millones de dólares.

Gabriel Zaid advertía de manera muy clara respecto a los excesos que el optimismo desbordado estaba causando, particularmente en lo que se refiere al flujo impresionante de recursos externos y a la terrible sobrevaluación del peso.

Por cierto, Córdoba también era, en privado al menos, un crítico muy incisivo de la política de tipo de cambio estable como mecanismo para controlar la inflación y generar el crecimiento del ingreso interno. No fueron escuchadas esas voces allá en 1992. Sin embargo, la preocupación en torno a la caída del ahorro interno estaba presente.

Cuando en 1995 se presenta el PND, se propone una estrategia basada en el crecimiento del ahorro interno y el mantenimiento de un tipo de cambio competitivo. Un tipo de cambio que fuese acorde con la generación del ahorro interno. En ese entonces se pensó que el esquema de flotación del peso era un esquema temporal asociado a la falta de recursos en el Banco de México, que no daba opciones para pensar en esquemas cambiarios alternativos. Sin embargo, posteriormente nos enteramos que en realidad este esquema de flotación era un esquema que, por lo pronto, parece tener carta de institucionalidad en el nuevo conjunto de instituciones económicas en México.

Este es un punto sobre el cual es importante reflexionar. Año con año, cuando presenta los Criterios Generales de Política Económica, el gobierno establece un tipo de cambio estimado (hay una nota al pie, donde dice que no es ningún pronóstico, sino simplemente un insumo informativo para hacer los cálculos) de la cuenta corriente que aparece en el documento. 8.53 fue la cifra del tipo de cambio promedio para 1997.

El tipo de cambio promedio a estas alturas está en menos de 8 pesos y obviamente está muy atrás de lo que hubiese sido necesario para llegar al nivel planteado en esa estimación oficial. Una estimación (en función de los diferenciales de inflación entre México y Estados Unidos y tomando 8.65 pesos como tipo de cambio de cierre de este año), nos daría 9.30 para 98; 9.90 para 99 y 10.20 para el 2000, pensando en que a partir del cierre de 1996 pudiéramos tener tipos de cambio reales constantes, es decir, ajustados en función de diferenciales inflacionarios.

Evidentemente estamos muy lejos de esto, yo creo que si las cosas siguen como van, el tipo de cambio va a cerrar abajo de 8 pesos en este año. Si alguien hubiera hablado del mes de agosto con 7.80 no hubiera tenido credibilidad. Veo un problema de trayectoria nuevamente, donde estamos repitiendo parte de la problemática del sexenio pasado, pero con una magnitud muy diferente, todavía no estamos ante un problema grave. Sí creo que es necesario reparar en este problema de trayectoria.

¿Qué pasa si nuevamente nos sobregiramos en las expectativas? Resulta que hay un nuevo país democrático con un Congreso que balancea el poder del Ejecutivo con un gobierno del Distrito Federal en manos de un partido que estaba satanizado en el sexenio pasado. Este nuevo México plural y democrático se puede vender muy bien, así como se vendía muy bien el México del primer mundo que ya lograba realmente establecer condiciones institucionales diferentes.

Nos van a seguir llegando capitales como han llegado en este año y vamos a tener tasas de interés a la baja y un tipo de cambio estable si se mantiene el sistema de libre flotación y en lugar de los 9.30 de 1998 vamos a andar probablemente en 8.20. Cuando uno conversa esto con gentes de la SHCP y de Banxico no le ve problema. Sin embargo, hay una autocorrección de los mercados cuando el tipo de cambio se percibe sobrevaluado: empezará a fluir menos capital, el riesgo devaluatorio va a ser mayor y, por lo tanto, se van a exigir tasas de interés más altas para compensar este riesgo devaluatorio. Y, de manera automática, tienen que venir un conjunto de correcciones para ajustar el valor de nuestra moneda respecto al dólar y permitir que se den de manera ordenada los equilibrios en la cuenta corriente.

Subrayo que no es un problema crítico, no estamos en ese riesgo ahora. Pero sí veo incompatible al largo plazo un sistema cambiario de libre flotación, con un esquema en el cual pueda tenerse una balanza en cuenta corriente que, de manera optimista, se plantea al 3% del PIB —poco más de 15 mil millones de dólares—, para el final de esta administración. Es un punto sobre el cual me parece que hay que discutir.

Otro punto es el tema del ahorro interno. Probablemente hayan cambiado las lecciones, pero cuando uno aprendía economía en la UNAM le enseñaban que había un problema de desequilibrio en la estructura industrial del país que daba como resultado un déficit en la cuenta comercial que se traducía o amplificaba el déficit de la cuenta corriente. Es decir, el ahorro externo que resulta o se puede medir en el déficit de la cuenta corriente, en realidad tiene como origen un problema de carácter estructural. Es decir, es un problema de una industria que requiere de más insumos que los que puede vender al exterior.

Cuando hace algunos meses platicábamos con funcionarios de la SECOFI, se comentaban dos puntos que a mí me siguen preocupando: uno es el tema de la reforma fiscal. Hay aberraciones del sistema fiscal mexicano y no es el 15% del IVA. Es el hecho de que las empresas prácticamente paguen lo mismo si sus utilidades se reinvierten o si se distribuyen. Ya sea si se utilizan para el consumo o para la inversión. El efecto económico de uno y otro uso es totalmente distinto; y sin embargo, en términos de tratamiento fiscal hay condiciones muy semejantes.

Ese punto, que no es nuevo, tiene que ver con uno de los aspectos centrales del PRONAFIDE y del PRONAFICE. Estímulos al crecimiento por una parte, es decir, un tratamiento que permita que las empresas tengan algún incentivo para invertir las utilidades, no para comérselas; y segundo, el hecho de que, acordándose de la contabilidad nacional, el ahorro privado está compuesto por el ahorro particular y el ahorro de las empresas, que no es otra cosa que las utilidades no distribuidas.

Si se establece un esquema a través del cual se estimule la reinversión de utilidades, de manera automática estaremos creando uno de los pivotes más importantes de generación de ahorro interno. Si damos un tratamiento fiscal semejante, estaremos haciendo un agujero en una cubeta que se está llenando. Porque estamos creando incentivos de largo plazo para el ahorro interno y por otra parte estamos desincentivándolo en otras áreas.

El otro punto es el de la banca de desarrollo. En aquel entonces, también comentábamos que era indispensable redefinir la banca de desarrollo ya que el grueso de la industria (mediana y pequeña), que es responsable de la generación de empleos, no tenía acceso a los sistemas institucionales de crédito —los bancos, principalmente—. El camino tradicional que era el de la banca de desarrollo (NAFIN y BANRURAL) estaba virtualmente cerrado. Era necesario crear un esquema de banca de desarrollo que permitiese que un sector que es responsable de la generación de empleos pudiera contar con financiamiento.

En el PRONAFIDE no se señala qué va a pasar con NAFINSA, si se va a convertir en un instituto de crédito, qué va a pasar con BANRURAL, qué va a pasar con el crédito a la vivienda. Creo que falta un detalle muy importante, sobre todo falta el concepto de banca de desarrollo. Creo que este gran tema está ausente del programa. No hay una definición precisa de cuál es la función que va a cumplir la banca de desarrollo. Creo que el sexenio pasado se definió mal y se ejecutó peor. La banca de desarrollo era un auténtico sistema financiero paralelo, particularmente NAFIN, las uniones de crédito, las arrendadoras. Y efectivamente, muchos microbuseros andan circulando, precisamente por las uniones de crédito. Era un esquema, insisto que operó mal, pero existió el concepto. Ahora está ausente, no hay una claridad en la estrategia respecto a cuál va a ser la función de la banca de desarrollo. Y esto, como alguna vez dijo José Angel Gurría, respecto al tema de la deuda, es quitarle los dientes al programa.

Creo que uno de los elementos para que el programa muerda, es una reforma fiscal que lleva negociándose dos años y que yo creo que no va a salir, porque el gobierno no acepta perder ingresos y los empresarios no aceptan pagar más. Entonces, en este insoluble problema, el gobierno tiene que aceptar perder ingresos en el corto plazo, tiene que aceptar incurrir eventualmente en un déficit mayor al estimado, utilizar la buena imagen que existe de México en el extranjero para conseguir deuda, no satanizar el endeudamiento externo, y darnos los márgenes de maniobra para canalizar racionalmente subsidios hacia sectores que son los responsables de la generación de empleos.

Finalmente, el tema del empleo. Cuando en el PRONAFIDE se establece como prioridad la generación de empleos (p. 26), que es de donde sale el conjunto de números del programa, ¿cuál es la prioridad? El objetivo del empleo. Ese es el objetivo central del PRONAFIDE de acuerdo a lo que se estima. Hay una estimación del crecimiento respecto a la generación de empleos, un cálculo del crecimiento necesario del PIB, de la inversión y del ahorro indispensables.

Sin embargo, en ningún lado encuentro suficientes argumentos para pensar que estas tasas de crecimiento van a permitir la generación de empleos de la que se habla en el programa. Yo recuerdo que hace dos años el CEESP hizo un ejercicio semejante, y en ese ejercicio las tasas de crecimiento daban bastante más arriba, se pensaba en tasas de entre 7 y 8% para lograr metas de empleo semejantes a las del PRONAFIDE.

La elasticidad del empleo respecto al crecimiento del ingreso me parece difusa y, si se trata de ordenar el conjunto de variables económicas en función de metas de empleo, creo que debiera ser mucho más clara, porque probablemente, si están mal hechos los cálculos, con tasas menores de crecimiento o tasas mayores, van a dar los mismos resultados de empleo y todo esto va a tener una implicación muy severa en el conjunto de las otras variables (inversión, ahorro) y en el ordenamiento de las estrategias. Allí tendría un problema, no me queda claro, creo que están sobrestimadas las posibilidades de crear empleos en los niveles planteados con tasas de 5%. Pero, en fin, es un tema donde simplemente expreso mi inquietud y lo pongo sobre la mesa.

Finalmente, lo que hay que decir y reconocer, es que probablemente como en pocas ocasiones, los autores de este programa, del secretario para abajo, han tenido una amplia disposición para debatir y ser cuestionados. Creo que es una costumbre muy sana porque, de ser necesario, sobre la marcha se podrían realizar ajustes al programa, a partir de las consultas y los debates. Ojalá tengamos las estructuras institucionales que sean capaces de hacerlo.