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Carlos Tello Díaz. Escritor. Es autor de El exilio: Un relato de familia y La rebelión de Las Cañadas.

Homero Campa, Orlando Pérez

Cuba: los años duros

Plaza & Janés 

México, 1997.

Los años más duros de la Revolución en Cuba fueron los años de lo que las autoridades de la isla llamaron el Periodo Especial. Años llenos de penurias en los que muchos, incluso, proclamaron el final de Castro. El Periodo Especial comenzó por decreto en julio de 1990 y terminó, de hecho, en diciembre de 1994. Tal vez el peor año de todos fue 1993. En el verano de 1993, el país quedó paralizado por completo, agotados los energéticos, consumidas las reservas de divisas. Las cifras son terribles. Con relación a la década de los ochenta, la producción cayó 33%; la inversión, 77%; la capacidad de compra del país, 80%. El símbolo de la crisis fueron los apagones, que llegaron a durar hasta veinte horas diarias en aquel verano. Cuba no tenía dinero para comprar petróleo, por lo que tuvo que parar casi todas las instalaciones que generaban electricidad. Al amparo de los apagones hubo robos y saqueos, y también leyendas en la pared, entre las que destacaba una, siempre la misma: ¡Abajo Fidel! La crisis del verano de 1993 fue un aviso: marcó un límite al grado de austeridad que podía ser soportado por la población. Ese límite fue rebasado más tarde, al estallar el Habanazo, cuyo desenlace fue la crisis de los balseros. Cuba: los años duros es el registro de esa historia.

El libro comienza con una descripción muy vívida del Habanazo, como fueron conocidos los disturbios que sacudieron —el 5 de agosto de 1994— las calles que daban al malecón de La Habana. Los autores evocan el calor y la humedad de ese viernes de verano, los gritos de la multitud, la sangre, el delirio, los vidrios hechos trozos del Hotel Deauville. Los disturbios más graves en la historia de la Revolución acabaron por la tarde, al llegar a la zona de los hechos el comandante Fidel Castro. «Yo consideré mi deber ir donde estaban produciéndose esos desórdenes», explicaría más tarde. «Si realmente se estaban lanzando algunas piedras y había algunos disparos, yo quería también recibir mi cuota de piedras y disparos». Denunció el cinismo de Estados Unidos, que no daba visas a los cubanos que deseaban salir del país, sin violentar la ley, pero que recibía como héroes a los que huían por mar hacia Miami. Las palabras que pronunció después —»no obstaculizar la salida de embarcaciones que quieran viajar a Estados Unidos»— fueron la señal que dio comienzo, como banderazo, al éxodo de los cubanos hacia la Florida. Muchos viajaron en balsas improvisadas con tablas y cámaras de llanta. Unos treinta mil llegaron a su destino; unos treinta mil tuvieron que regresar; unos treinta mil, también, murieron en el intento. La crisis de los balseros hizo patente, afuera, lo que ya todos sabían adentro, que la situación era desesperada en Cuba.

¿Cuáles fueron las causas que provocaron esa situación? En el centro de todas estaba, sin duda, la crisis del socialismo —quiero decir, la desintegración del CAME pero, sobre todo, la desaparición de la URSS. Cuba recibía de los soviéticos un subsidio que superaba los 1,300 millones de dólares al año. No nada más eso. Los cubanos les exportaban el 63% de su azúcar, el 73% de su níquel y el 95% de sus cítricos, y les importaban, a su vez, el 63% de sus alimentos, el 74% de sus manufacturas y el 98% de sus combustibles. Abandonada por sus socios, aislada, la economía del país apareció como lo que era: pequeña, obsoleta, dependiente del exterior, incapaz de producir o de comprar el alimento necesario para dar de comer a una población menor a los once millones de habitantes. Por si fuera poco, en el año más dramático de la crisis —1993— el país fue víctima de una tromba (la Tormenta del Siglo) que causó daños calculados en 1,000 millones de dólares y de una enfermedad (la neuritis óptica) que costo más de 50 millones de dólares al sistema de salud de la isla. Todas estas calamidades ocurrieron, claro está, en el contexto del bloqueo, agudizado por esos años con la firma de la Ley Torriceli. El embargo de Estados Unidos era real: les encarecía los productos a los cubanos, les subía el costo de los fletes, les hacía perder, en fin, oportunidades de inversión en Cuba.

Los años del Periodo Especial fueron vividos por los cubanos bajo la sombra del IV Congreso del Partido Comunista de Cuba. Allí fue decidido que habría una liberalización de la economía del país. En julio de 1993 se despenalizó el uso de dólares y se permitió el trabajo por cuenta propia; en octubre de 1994 se abrió el mercado agropecuario para que los campesinos pudieran vender sus productos en un ámbito más o menos libre; finalmente, en febrero de 1995, sin recursos para la zafra, se concluyeron las primeras negociaciones para abrir ese sector a la inversión extranjera. Las concesiones hechas a los empresarios que deseaban invertir en el país estaban extendidas a todos los sectores: azúcar, tabaco, níquel, turismo, energía, transporte, cítricos, servicios, telecomunicaciones. Entre los inversionistas había varios norteamericanos (Ted Turner, David Rockefeller) y también, como en la década de los cincuenta, algunos delincuentes (Frank Terpil, Miguel Facusse, Robert Vesco). «Que quede muy claro», advirtió Fidel. «Vamos a tomar las medidas que sean necesarias aunque al otro día nadie nos quiera ni saludar». Las medidas tenían el objetivo de sanear las finanzas del gobierno. Eran similares a las que los ideólogos de la izquierda condenaban en sus países: alza de precios, aumento de tarifas, reducción de subsidios, cierre de fábricas, cese de trabajadores.

Para impulsar las reformas, Fidel Castro no tuvo que construir en Cuba —como lo tuvo que hacer Gorbachov en la URSS— instituciones que lo respaldaran, más dinámicas, ajenas a las ya consolidadas en torno del Partido Comunista. Así, la liberalización de la economía no requirió, para llegar a buen puerto, la democratización de la política en la isla. El poder en el país estaba concentrado, para bien y para mal, en las manos de un caudillo, no en los tentáculos más dispersos de la burocracia. Para cambiar de rumbo bastaba con la voluntad del Comandante en Jefe. No hubo, pues, modificaciones en el régimen de la Revolución. Cuba los años duros muestra, por el contrario, el desprecio de Castro —profundo y sincero— por los valores que sustentan a las democracias en el resto de los países de Occidente. «Nuestro sistema es el más democrático del mundo. Y ahora deseamos hacerlo todavía más perfecto. La gran mentira del mundo es que la democracia es la fragmentación de la sociedad en mil pedazos. Eso es una pluriporquería». Estas palabras fueron pronunciadas por Fidel en el contexto de las elecciones para la Asamblea Nacional. En ellas, el voto para elegir a los diputados fue, por primera vez, universal y secreto. Con un detalle: había nada más un candidato por escaño, y ese candidato tenía que contar con el aval del PCC. La disidencia no podía participar. 

En Cuba, la reforma de la economía, tan contundente, no fue acompañada por la democracia. Tampoco por la libertad de prensa. Durante el IV Congreso hubo voces que se pronunciaron contra la rigidez que caracterizaba el manejo de la información. Pidieron flexibilidad para tratar los problemas del país en los diarios, en los medios de comunicación en general. Fidel Castro terminó con el debate. «El periodista es un militante de la Revolución», dijo, «la prensa es un instrumento de la Revolución y el deber primero del periodista es apoyar y defender la Revolución». Era la postura de siempre: acallar la crítica para no dar armas al enemigo. Fue la postura que tuvieron que aceptar todos los cubanos. Ahora mismo nada más puedo pensar en uno —un director de cine— que fue crítico de la revolución y que tuvo, sin embargo, el privilegio de morir en Cuba: Tomás Gutiérrez Alea, el gran Titón, que descansa en paz en el Cementerio de La Habana. El resto tuvo que callar, o salir. El vacío que dejaron los que optaron por callar no fue llenado del todo por los que tuvieron que salir. Fue más bien ocupado por los extranjeros, quienes se convirtieron desde muy temprano en los intérpretes de la Revolución. La lista es larga. En la década de los noventa destacan Andrés Oppenheimer, Tad Szulc, Jean-François Fogel y Bertrand Rosenthal, a quienes hay que añadir, ahora, los nombres de Homero Campa y de Orlando Pérez.

Conocí a Homero a principios de 1996, durante una estancia de varios meses en Cuba. Era desde hacía más de tres años corresponsal de Proceso en La Habana. Gracias a él conocí después a Orlando. Nos hicimos amigos. Me contó que había sido uno de los fundadores, en Ecuador, del grupo llamado con el grito de guerra de los liberales del siglo XIX, comandados por Eloy Alfaro: Alfaro Vive, Carajo. La guerrilla era urbana y sus cuadros, en general, intelectuales de la clase media. Con el tiempo, luego de sufrir la cárcel, abandonó su país. En 1996 llevaba ya más de seis años en Cuba. Homero y Orlando revisaban en aquel entonces el texto de Cuba: los años duros. La lectura de su manuscrito fue para mí muy instructiva, como lo fue, más tarde, la lectura de su libro. Admiro su esfuerzo de serenidad: no es fácil escribir con mesura sobre Cuba. Admiro también su ánimo de objetividad: es inusual acceder a dar voz a todas las opiniones que hay sobre la isla. El libro, quizás por eso, no es en sí mismo polémico. Su propósito, más bien, es ofrecer al lector el material necesario para la polémica —inevitable, y por supuesto saludable— sobre la Revolución en Cuba. Tiene cifras, nombres, fechas, pero no juicios. Datos, muchos, pero no calificativos. Ni siquiera muestra sus preferencias. Es su virtud y también es, acaso, su defecto. Me hubiera gustado leer no nada más el reportaje, riguroso y austero, del Periodo Especial, sino también un registro más íntimo de la vida en Cuba. Un relato menos duro de los años duros que vivió la isla.

El debate sobre la Revolución de Fidel Castro no suele tener el equilibrio de Cuba: los años duros. Está permeado casi siempre por el maniqueísmo de los que están a favor y de los que están en contra —maniqueísmo que, al dividir la historia del país en blanco y negro, revela su desprecio por la verdad—. Los años anteriores a la Revolución son también, junto con el estigma de la mafia, junto con las dictaduras de los treinta y los cincuenta, años de talento y de prosperidad (pienso en Lecuona y Capablanca, en Kid Chocolate y Beny Moré, en Orígenes, en las casas con refrigerador y radio de la gente común y corriente, y también en los cadillacs del malecón y en la belleza del barrio de Miramar). Asimismo, la historia de la Revolución, junto con la represión de los setentas y la penuria de los noventas, es también la historia de sus ideales, de su heroísmo, de su solidaridad. Cuba: los años duros nos recuerda, por ejemplo, el esfuerzo de la Revolución para defender la salud y la educación en medio de la crisis más terrible que tuvo que enfrentar el país en el siglo XX. El libro renuncia al maniqueísmo al optar por la pluralidad de voces. Y por otra razón más: porque los autores, más que certezas, tienen dudas. A menudo nos preguntábamos, en nuestras pláticas habaneras, tan llenas de palabras, sobre el saldo —bueno o malo— de la Revolución. ¿Qué hubiera sido Cuba sin la Revolución? ¿Mejor o peor? Hubiera sido, supongo, un país más próspero, más libre, pero menos solidario. Hubiera tenido una historia más feliz, aunque menos interesante.