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A finales de septiembre, como parte del ciclo sobre Don Juan organizado por la Dirección de Teatro de Bellas Artes, se estrenará en el Teatro Julio Castillo la versión de Ludwik Margules de la obra de Molière.

Las ideas flotan, son livianas y vuelan. Hay tiempos en que están ahí, como en un mar inverso, rodeando el globo, esperando a ser pescadas. Antes, cuando el copyright no existía y la autoría era legislada por el primero que llegaba, un poco como ahora pero sin la ofensa de un sindicato pusilánime, los temas y los personajes se compartían con la honra de los piratas, tal vez cínicos pero congruentes.

Saliendo de la peste, con Bocaccio al frente de futuros mejores, se reconocieron tipos, se desafiaron cánones y la acción, el drama, volvió a la escena. El personaje ya andaba por ahí, libertino y desafiante, vislumbrando nuevos horizontes y hasta continentes. Peleándose con Dios, todavía como ejemplo del «no se debe», pero cada vez más simpático. La vida volvía a ser seductora, por qué no seducir a la vida y con ella al espectador.

En 1630 Tirso de Molina escribió El Burlador de Sevilla, obra en la que se crea y consolida el personaje de Don Juan de manera definitiva, convirtiéndolo en piedra de toque para futuros autores, incorporándose definitivamente al inconsciente colectivo y con posibilidades de ser reinterpretado hasta el infinito como parte fundamental del ser occidental.

La Dirección de Teatro de Bellas Artes y especialmente la Compañía Nacional de Teatro han organizado un ciclo dedicado a este ente casi mitológico que pareciera existir por sí mismo. Cuatro textos, cuatro propuestas, cuatro Don Juanes. Hará más de diez años desde que Mario Espinoza intentó un proyecto en el que recorriendo diversos textos y épocas se presentaría la evolución de los estilos actorales y del propio Don Juan a lo largo de casi cinco siglos (proyecto que, por cierto, más allá de cualquier cebollazo, debería retomar sin miedo alguno). El año pasado un joven director de apellido Burges realizó algo similar en las Cárceles de la Perpetua. En ese lapso, y desde hace más de un siglo, el público mexicano siguió fiel a los Tenorios de Todos los Santos en noviembre, ya fuera en parodias, montajes estudiantiles o comerciales de la obra de Zorrilla.

Ya en pleno siglo de oro encontramos algunos antecedentes. El infamador de Juan de la Cueva nos presenta a Leucino y a Reicenio, primeros «burladores» ya sea por el espíritu transgresor de uno o las conquistas amorosas del segundo, además de que tanto Leucino como el futuro Don Juan de Tirso pelean contra poderes sobrenaturales. Y como bien señala Juan Manuel Oliver Cabañes, antecedentes del Don Juan los encontramos en El negro de mejor amo de Mira de Amescua en donde una estatua conversa con un personaje; en El Hércules de Ocaña de Vélez de Guevara un perso-naje es acometido por un muerto armado con espada luego de que aquél hubiese invitado a comer al difunto, y en Dineros son calidad Lope de Vega presenta a un personaje que reta y ataca a una estatua.

Luego viene Tirso, su Burlador sirve ahora de pretexto a Héctor Mendoza para insertarse en este ciclo y continuar con sus experimentos y demostraciones de teoría actoral. Lo que empezara en Hamlet por ejemplo y continuara en Creator Principium, además de su constante labor pedagógica y de investigación que lo han consolidado como el maestro per se de la actuación en México, se consolida en este Don Juan.

Espacio vacío, unas cuantas sillas y actores como Angelina Peláez, Dora Cordero y Ricardo Blume arrancó el ciclo este agosto en el Teatro el Granero de la Unidad Cultural del Bosque detrás del Auditorio Nacional.

De Sevilla, Don Juan llega a Francia en donde aprovechando cuatro versiones francesas e italianas Molière escribe Don Juan ou le festin de pierre 35 años después de Tirso. El personaje que llenaba teatros con efectismos de ultratumba es retomado por Jean Poquelin sin saber que un clásico hacía a otro. Modestamente crea para sí mismo el papel de Sganarelle, conciencia humana del arquetipo. Nuevamente (o quién sabe), sin saberlo nos remite, oximorón perfecto, al futuro Brecht y nuestro teatro: 

¡Mi salario, mi salario! He aquí a todos ya satisfechos con su muerte. Cielo ofendido, leyes violadas, jóvenes seducidas, familias deshonradas, padres ultrajados, mujeres engañadas, maridos burlados: todo el mundo queda contento; el único desdichado soy yo. ¡Mi salario, mi salario, mi salario!

Preste mucha atención a esta escena final en el próximo montaje de Ludwik Margules, a estrenarse a finales de septiembre en el Teatro del Bosque ahora Julio Castillo, que no sabemos si en esta versión se encontrará al término del último acto. Con Julieta Egurrola, Emilio Chavarría, Patricio Castillo y Gerardo Moscoso, entre otros.

Don Juan no podía quedarse en un solo lecho, y de Francia viajó a Mozart, pasando por Goldoni, con su Giovanni Tenorio, ossia il disoluto. 

A partir de Gazzaniga, Lorenzo da Ponte escribió el libreto del Don Giovanni estrenada en Praga en 1787. La máxima ópera y ópera bufa al mismo tiempo, dependiendo del régisseur (primera vez en la que el director es tomado en cuenta como creador y no sólo como intérprete), el bien y el mal confrontados en perfecto melodrama que se rebasa hasta la tragicomedia, parodia y excelsitudes. Tal pareciera que ése es el destino de Don Juan; perdón, de nosotros.

Byron escribe un poema tan infinito como su vida; en él se basa otro inmortal para convidarnos: Pushkin.

En 1844 se estrena Don Juan Tenorio de Don José Zorrilla, la obra más montada en estas tierras, que nos dio a nuestro primer secretario de cultura durante un efímero segundo Imperio. Así como Macbeth es maldición para quien la monta sin bendición o limpia, así el Don Juan para quien le escribe. Superman o Tarzán que encasilla a quien se atreve; en Zorrilla fue su perdición. Perdón. Es inevitable caer en rimas fáciles y nostalgias madrileñas, pero espero que aquesto que usted lee, por cuartillas, sea bien pagado.

Y así fue. Por cuartillas. Aunque no resonaran los dineros en su bolsillo. Cito algunos exabruptos de Zorrilla: 

No puedo pedir limosna en España, sino poniéndome al pecho un cartel que diga: «Este es el autor de Don Juan Tenorio, que mantiene en la primera quincena de no-viembre todos los teatros de España y América.

«Mis obras, que son tan malas como afortunadas, han enriquecido a muchos en tiempos en que no existía la ley de propiedad literaria_ Y si hay alguno que me envidie el ser el autor de Don Juan Tenorio, ojalá pudiera yo traspasárselo, para que gozara en mi lugar las consecuencias de haberlo escrito».

Esperemos que para el muy propicio día de muertos Vicente Leñero tenga listo su Don Juan en palacio. Este personaje, me refiero a Zorrilla, estuvo y está en México. Jugando con la muerte (imagino a Juárez como el comendador), Leñero sabrá hacer de Sevilla y Nápoles un jardín. Borda, por ejemplo. Dirige Ionna Weissberg. Pasó y pasa el tiempo. De nuestro Zorrilla que nunca se halló aquí, la lista es innumerable. Intentemos un recuento: Père’s Don Juan de Manara, de Dumas; La dernière nuit de Don Juan de Rostand; Las galas del difunto de Valle Inclán (texto redescubierto por Bruce Swansey y Antonio Castro, cada uno en su momento); Don Juan en el infierno de Shaw; Camino real de Tennessee Williams; Don Juan y La muerte de Satán de Ronald Duncan; Don Juan o el amora la geometría de Max Frisch, por ahí Gombrowicz y ahora Sabina Berman, quien cerrará el ciclo. 

De este último se sabe que se estrenará el próximo año, que aún no tiene título, que en este momento va en primer tratamiento, y que será una mujer quien trepe o descienda a nuestras cabañas desde la frivolidad de la era del Rey Sol.