Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM.

Este es un retrato doble: del incrédulo ante la voluntad investigadora universitaria y del empresario que no quiere serlo.

La comunidad científica de México, en su forma actual, data de 1929, año en que el gobierno concedió la autonomía a la Universidad Nacional. Desde esa fecha, la comunidad científica ha crecido a un ritmo de 13% anual, pero a partir de 1993 hay alguna evidencia de que padece de tendencia al estancamiento.

En su interesante intervención ante el Consejo Consultivo de Ciencias, en junio del presente año, el director del Conacyt Carlos Bazdresch pintó un cuadro realista de la ciencia mexicana. A partir de 1993, dijo, el presupuesto nacional de ciencia y tecnología ha declinado año tras año, aunque sin llegar a valores tan catastróficos como los de 1987. Bazdresch sugirió que eso podía considerarse un resultado positivo y tiene razón si lo comparamos con lo que ha sucedido en otros rubros de la economía; pero no corresponde de ninguna manera a los objetivos que se ha planteado el gobierno. Este ha planteado repetidamente, ante instancias internacionales como la OCDE, la necesidad de que el gasto en ciencia y tecnología alcance el 1% del producto interno bruto. En realidad, si vemos la curva del gasto en ciencia y tecnología a partir de 1980, esto parece una montaña rusa. ¿Qué tan mareados estamos, y nos repondremos alguna vez?

Lo importante es no perder de vista de dónde venimos y adónde vamos. En México la autonomía de 1929 ligó a nuestra comunidad en forma indisoluble a los destinos de la universidad pública. Fue entonces cuando los primeros grupos de investigación, originalmente adscritos a los Ministerios de Fomento o de Salubridad del régimen porfiriano, fueron incorporados a la Universidad Nacional. El gobierno no sabía qué hacer con ellos. El senador Pastor Rouaix encontraba risible que una universidad pudiera realizar investigación: “imagínense, exclamaba, que el Consejo Universitario se dedicara a discutir sobre temblores, ¡o sobre el petróleo!”.

En efecto, la universidad aceptó la autonomía a regañadientes. Le fue impuesta por el gobierno con la idea de controlarla a través del subsidio. La huelga estudiantil de 1929 sirvió de pretexto a Calles. Posteriormente se vio que había sido su decisión más patriótica y acertada. Una universidad con autonomía del gobierno era un factor de progreso de la clase media: era la universidad, muchas veces, la única zona franca por donde podían penetrar ideas de fuera a un mundo políticamente cerrado. La existencia misma de la universidad acabó por legitimar al régimen.

En 1997 el Conacyt otorgó 18,000 becas, lo que corresponde a un 47% del presupuesto de dicho organismo. Es verdad que esta cifra incluye las renovaciones, pero aun así se trata de una cifra impresionante. México posee uno de los sistemas de becas más onerosos del mundo. Por otra parte, el número de miembros del Sistema Nacional de Investigadores sigue estacionario en algo menos de 7,000 científicos, de los que más de la mitad son candidatos. Si continúa la tendencia de años anteriores, menos del 10% de los candidatos logrará ingresar al Sistema.

Si son tantos los becarios, ¿por qué no se ha duplicado la cifra de científicos en los últimos tres o cuatro años? ¿Adónde van los miles de egresados de universidades extranjeras que terminan sus estudios? ¿Regresarán al país?

La realidad es que los estudiantes, en su gran mayoría, sí regresan pero eligen carreras que tienen que ver con la administración y no con la tecnología. Como un resultado, hay cada vez menos recursos humanos de calidad en México para mantener la escasa investigación que se ha venido haciendo en ingeniería y en ciencias exactas y naturales. La razón no es tan difícil de comprender. Según el Conacyt, la industria mexicana contribuye apenas con un 17% al esfuerzo nacional en investigación, comparado con un 39% en España, un 47% en Canadá, y un 60% en Estados Unidos. Esto dice mucho acerca de nuestra industria. Significa que depende en un grado cada vez mayor de la investigación tecnológica foránea. Como en tiempos de don Porfirio, tenemos una industria dependiente, basada en gran parte en inversión extranjera. Esta industria utiliza naturalmente una tecnología de origen extranjero. El personal mexicano que ocupa es casi exclusivamente administrativo. Los estudiantes lo saben y se inscriben en las carreras de administración.

Es la lógica implacable de la oferta y la demanda, junto con la globalización económica, que le aprieta el colectivo y raquítico pescuezo a la ciencia mexicana. Pero cuidado: a medida que nos resignemos a tener una economía dependiente también afectaremos a nuestra clase media, cuyo baluarte más efectivo fue siempre la Universidad. ¿Podrá el puma subirse al nopal? He aquí la cuestión, como diría Hamlet.

Verde + blanco + rojo = gris

El Rector José Vasconcelos, al crear el actual lema de nuestra Universidad, propuso que a fin de que los mexicanos tengan presente la necesidad de fundir su propia patria con la gran patria hispanoamericana, que representará una nueva expresión de los destinos humanos, se resuelve que el escudo de la Universidad Nacional consistirá en un mapa de la América Latina con la leyenda “Por mi raza hablará el espíritu”; se significa en este lema la convicción de que la raza nuestra elaborará una cultura de tendencias nuevas, de esencia espiritual y libérrima.

Podría argumentarse que el lema de Vasconcelos siempre fue letra muerta. En efecto, revivir el ideal bolivariano de una América Latina política y culturalmente unida era una ilusión desesperada. Sin embargo en los días ya lejanos en que se aprobó el Tratado de Libre Comercio todavía se hablaba de que las universidades mexicanas tendrían que volverse más competitivas, precisamente por la idea de que habría que enfrentar una enorme oferta de educación que, según se pensaba, iba a inundarnos del norte. Se temía que los rectores gringos con sus brillantes asesores técnicos, iban a descender en masa sobre nuestro país a quitarnos la chamba o, en el mejor de los casos, a ofrecernos un puesto decorativo en alguna flamante y futura “Universidad Harvard de México, S.A. de C.V.”.

Nada de ello sucedió. Al parecer, educar nuestra juventud no era una perspectiva tan apetecible como para molestarse en atravesar el Bravo. No valía la pena porfiar en controlar un sistema educativo que ya había pasado de las manos temblorosas del gobierno a las sudorosas de Televisa. Además, educar a la clase media mexicana no era negocio. Los escuincles no podían pagar colegiaturas de 15,000 dólares anuales, como las que cobran las universidades americanas. La mayoría de nuestras propias universidades privadas ya ofrecían carreras de administración -no de ciencia y tecnología- y preferían contratar a maestros que no fueran miembros del Sistema Nacional de Investigadores.

El arquitecto Teodoro González de León explicaba recientemente, al referirse a la Ciudad de México, que “hubo personas que en los años cincuenta advirtieron que si en México no se educaba teniendo en cuenta el crecimiento acelerado que sufría, en poco tiempo iban a ocupar todos los puestos de poder y decisión individuos sin educación que no sabrían lo que es una ciudad, lo que es un jardín”. Algo semejante puede decirse de la universidad. Recientemente se ha insistido en la necesidad de incrementar la “calidad” de la educación y de la investigación científica en México. Es mala señal. Es probable que los que hablan así no hayan asistido a una cátedra universitaria de buen nivel ni participado en una investigación científica bien llevada. Cuando llegan a puestos de poder y decisión convierten la institución en una masa gris de reglas e instancias burocráticas. Es como en la homeopatía: Similis similibus curantur. Contra la proliferación indiscriminada y caótica de la burocracia se inventan nuevas formas burocráticas de administración.

Es verdad que el Conacyt no se ocupa nada más de otorgar becas. Apoya a 27 centros de investigación en las ciudades de provincia y proporciona ayuda a las investigaciones de cerca de 6,000 científicos mexicanos anualmente, entre los cuales me honro de contar. Pero la aprobación de los proyectos depende de comités integrados por los propios investigadores, que suelen ser los elementos más conservadores de todo el sistema. Así, la estructura y composición de la comunidad científica tiende a autoperpetuarse ya que las disciplinas que más necesitan crecer son automáticamente las más postergadas. Por ejemplo, las ciencias de la tierra, que en Estados Unidos representan algo así como el 40% del presupuesto de la National Science Foundation, aquí alcanzan apenas el 8% de los proyectos del Conacyt.

¿Cuándo hablará el espíritu, y no los comités de la continuidad?

Tecnología del hombre blanco

Pocas frases del vocabulario mexicano son tan irritantes como la que encabeza estas líneas. ¿Por qué blanco y no amarillo o negro? ¿Por qué hombre y no mujer?

Somos grandes consumidores de tecnología de Asia. Gran parte de nuestras importaciones son hechas de Japón, Taiwán, China, Corea, Tailandia y Singapur. Las barreras culturales y políticas que existen en esos países son tanto o más graves que las que enfrenta la industria mexicana. La mano de obra mexicana es de reconocida calidad. ¿Entonces?

El principal motivo de por qué sobrevive la consabida frase sobre la tecnología del hombre blanco es que la autoironía sobre nuestra escasa capacidad tecnológica nace de una situación real. Tenemos un futbol que compite, mal que bien, en las lides internacionales; tenemos un Premio Nobel de literatura, y los pintores mexicanos están en los museos de todo el mundo. Pero ¿dónde está la tecnología mexicana?

Las medidas que se proponen para remediar este estado de cosas reflejan ignorancia de cómo se hace tecnología. No es cuestión de becas ni de conferencias de divulgación sino de espíritu de empresa. Nuestros hombres de empresa escasamente se arriesgan; y cuando lo intentan, prefieren invertir en bienes raíces.

La esencia y el principio de todo pensamiento tecnológico es proponer “un mejor abrelatas”. No se trata de inventar artefactos complejos y “avanzados” sino de tener ganas de competir. El señor Taylor, un mecánico de un pueblo cercano a Buffalo, abrió en 1955 un taller que fabricaba amortiguadores. Hoy su hijo, el ingeniero Douglas Taylor, continúa al frente de la empresa, que se llama naturalmente Taylor Devices. Fabrica única y exclusivamente amortiguadores, pero son unos monstruos de amortiguadores que manejan cargas de cien toneladas sin desgaste ni mantenimiento. Los usan los aviones militares Stealth de Estados Unidos en sus trenes de aterrizaje, y los cohetes espaciales en sus torres de despegue. Básicamente no son tan diferentes de los amortiguadores de los coches, salvo por su tamaño.

Douglas Taylor es una gente sencilla, que continúa viviendo en el pueblo de Tonawanda. Nunca ha pensado en meterse en otros negocios ni en especular en la Bolsa de Valores. Lo que le interesa es fabricar un mejor amortiguador y encontrar otros usos para sus amortiguadores, ahora que el presupuesto de defensa de su país ha mermado considerablemente. Sabe que su producto no tiene competidor. Por eso vino a la Ciudad de México, a ver si podía contribuir a resolver el problema del riesgo sísmico. Los edificios del centro tienen un amortiguamiento de menos de 5% del crítico: un automóvil tiene 23%. Al incrementar el amortiguamiento, un edificio puede llegar a ser tan seguro como un automóvil en caso de cualquier tipo de vibraciones.

Hablamos de “edificios inteligentes”, pero lo que se requiere es un empresario inteligente. Las soluciones ahí están. De nosotros depende el construir una ciudad a prueba de sismos. Si eso no bastara como motivación, cabe agregar que también se puede ganar mucho dinero. México podría llegar a ser la primera ciudad a prueba de temblores en el mundo.