Cuando miro en la noche desde la ventana de mi hotel hacia la prolongación de la calle Rey David [en Jerusalén], veo un camino largo, adornado con faroles, y las otras avenidas del borde de la ciudad que se alargan hacia las colinas en calma. No hay manchas borrosas como las que flotan en el cielo nocturno de una gran ciudad moderna; una acometida rápida y con humo de motocicletas, pero nada que recuerde las molestias de las bocinas constantes. Una característica del plano de la ciudad israelí consiste en que estas calles puedan unirse fácilmente a las carreteras del lado jordano.
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