Lo principal que habría que decir de los cubanos quedaba en algún sentido fuera de las palabras: que el castrismo se las arregló para que a la mayoría de la gente, durante décadas, no le sucediera nada. Todo el que aprendió a usar la lengua, y la utilizó para decir lo que fuera, o todo aquel al que se la cortaron, y usó esa mutilación como evidencia, había logrado escapar o lo habían desplazado del corazón del régimen, ganando su condición de sujeto. Lo que en realidad definía a la gente que habitaba dentro del totalitarismo era que tenían una lengua colgándole de la boca y no sólo no sabían para qué servía, sino que actuaban sin que les hiciera falta emplearla. Se amputaba la función, no el órgano.
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