A favor de lo mejor

Fátima Fernández Christlieb,

Beatriz Solís Lereé

Ligia María Fadul y Beatriz Solís Leree. Coautoras de La Televisión en Amerique Latine. Fátima Fernández Christlieb. Autora de La radio mexicana: Centro y regiones.

Con este título se dio a conocer, en febrero pasado, una campaña que se preparó durante ocho meses y que concluyó el 14 de mayo con la instalación de una Comisión Directiva Nacional. 

¿Quién la organizó? ¿Con qué finalidad? ¿Qué se obtuvo? Hasta el 30 de enero las organizaciones convocantes eran 170 y cien días después la suma subió a 2,434. Entre ellas se cuentan asociaciones cívicas, organizaciones relacionadas con la familia, iglesias y asociaciones religiosas, clubes sociales y deportivos, escuelas e instituciones educativas, fundaciones sociales y culturales, instituciones gubernamentales, medios de comunicación, movimientos juveniles, empresas y organismos empresariales, organizaciones populares y universidades. 

Si bien toda la publicidad de la campaña estuvo firmada por Organizaciones Coordinadas para Mejorar los Medios de Comunicación, el alma de la misma fue un pequeño grupo encabezado por Lorenzo Servitje Sendra, principal accionista del Grupo Industrial Bimbo. Dada su larga y reconocida trayectoria en el sector privado y auxiliándose de su actual cargo de vicepresidente de la Comisión de Educación del sector empresarial, Servitje logró con el apoyo de Francisco González, ex-presidente de la Unión Nacional de Padres de Familia, organizar a cerca de 60,000 voluntarios en 55 ciudades del país.

Independientemente del contenido de la campaña, la organización de la misma por parte de diversos grupos de la sociedad civil es ya una noticia en el terreno de la comunicación social. Desde los años sesenta hemos visto nacer y pronto morir varios intentos de crear organizaciones que incidan en el contenido de los medios. “Mejor televisión para niños” se llamó una asociación civil surgida y sepultada en los setentas. Varias de televidentes críticos y de radioescuchas activos se crearon y desaparecieron en los ochentas. Nada garantiza por el momento que ésta, recién nacida al final de los noventas, continúe viva al término del siglo, pero sí llama la atención la vastedad de los recursos humanos y materiales que se han invertido en ella.

¿Qué se propuso la campaña? Tres cuestiones preocuparon a los organizadores, quienes en un manual redactado en febrero pasado usaron estos términos: violencia creciente, desórdenes sexuales y menosprecio de los valores familiares.

Para lograr el objetivo general que es el de “crear conciencia en jóvenes, padres de familia y la sociedad en general, de que con su participación mejorará el contenido de los medios para lograr que ofrezcan sano entretenimiento, información veraz y contribuyan a una mejor educación, sobre todo de niños y jóvenes”, se formuló el primer objetivo particular de la campaña redactado de la siguiente manera: “obtener numerosas firmas de la comunidad, que de esta manera se sumen para solicitar a los diferentes medios la revalorización de los contenidos actuales y futuros de los medios de comunicación, así como una legislación que establezca un ambiente favorable a los valores sociales”.

Para la recolección de firmas se usó un volante que textualmente decía: 

Los abajo firmantes manifestamos nuestra preocupación por el daño que están causando, sobre todo a niños y jóvenes, algunos mensajes y programas de televisión, la radio, las películas y las publicaciones, por sus contenidos de violencia, desorden sexual y menosprecio de los valores familiares. Deseamos que los medios hagan todo lo positivo posible para proporcionar información veraz, entretenimiento sano y contribuir a una mejor educación y cultura.

Si se transcriben aquí los objetivos y la redacción que se utilizó en los volantes es porque al lograrse la notable cantidad de 4,086,673 firmas entre el 27 de enero y el 14 de mayo de 1997 conviene desagregar los elementos de este fenómeno social. Para comenzar, es preciso hacer notar que a los ciudadanos no se les informaba qué mensajes específicos tenían en mente los organizadores de la campaña. La firma se pidió “por el daño que están causando …algunos mensajes…”. Si se hubieran dado nombres de programas, ¿el número de firmas recolectadas hubiera disminuido? ¿Cabe la posibilidad de que un porcentaje de los “abajo-firmantes”estuviera de acuerdo con apoyar una mejoría en los medios pero que a la vez se opusiera a la cancelación de programas concretos? O dada la logística de la campaña que primero seleccionó a sus coordinadores locales y regionales para que éstos a su vez se encargaran de reclutar voluntarios, ¿estaba garantizada la credibilidad de quien solicitaba la firma?

La comisión de logística (hubo otra de evidencias y otra más de propuestas) definió las 140 zonas del país en las que se trabajaría, estableció etapas para reclutar responsables de área, organizadores de centros de zona, promotores y voluntarios. Igualmente especificó las fechas para llenado de las bases de datos, capacitación del personal reclutado, entrega de materiales, contactos con los medios y entrega de los paquetes con las firmas. Este trabajo técnico para establecer una red de 55 ciudades fue posible porque la organización está permeada por una ideología y una moral común. 

Tal vez si la campaña se hubiera centrado en el primer punto o el rechazo a la violencia en los medios y si esto hubiera estado precedido por un planteamiento sobre la violencia en el país, el número de firmas hubiera aumentado. Los puntos relativos al desorden sexual y a los valores familiares suscitan discusión entre sectores laicos y liberales de la sociedad mexicana. Los organizadores de la campaña, conscientes de ello, excluyeron a sectores de este tipo en el momento de integrar el grupo inicial de organizaciones coordinadas. Tomemos un caso. De las 16 universidades que aparecen en el listado que cerró el 30 de enero, la enorme mayoría son de corte confesional: Anáhuac, Anáhuac del Sur, cum, del Pedregal, del Tepeyac, del Valle de México, Hispanoamericana, Iberoamericana, Intercontinental, La Salle, Motolinía, Panamericana, Pontificia de México, Salesiana y Simón Bolívar. Dados los objetivos específicos de la campaña, invitar a la unam o a la uam hubiera sido complicado. Lo mismo ocurriría si analizamos al resto de la lista de organizaciones convocantes: son minoría las que pueden ubicarse lejos de los clericalismos.

Si se comparan las propuestas publicadas al inicio de la campaña con las que se dieron a conocer el día del cierre de la misma, se percibe un mayor realismo en cuanto a la represen-tatividad de los convocantes. Se asumen ya no como el deber ser de la sociedad mexicana en los temas que les preocupan, sino como una parte, aunque autocalificada como relevante, que se dirige al todo (“Reiterar que esta campaña cívica es un llamado y un compromiso de una parte significativa y activa de la sociedad a toda la comunidad nacional”). 

En el manual de campaña que se dio a conocer en febrero, aparecían 20 propuestas generales que se convirtieron en 8 en el cierre de campaña. Ese día, el 14 de mayo pasado, en la exhacienda de Los Morales, hablaron de continuar un diálogo con medios y anunciantes, de fomentar la investigación sobre los efectos de los medios, de contribuir a formar conciencia crítica de los receptores, de buscar un sistema de clasificación de contenidos y de premiar a los mejores, de promover que se inculque la ética profesional en los comunicadores y de impulsar la responsabilidad de los anunciantes.

Con todo ello se tiene ya la expresión de un sector de mexicanos respecto a los medios de difusión. Otros sectores se han expresado también en las consultas nacionales de 1980, de 1983 y de 1995. ¿Qué se necesitaría para encontrar puntos en común y lograr que éstos se tradujeran en mejoras concretas a los medios?