Algunos se preguntan por sus dioses. Otros los sienten cerca. Una de mis amigas cree en el Dios con mayúscula y reza para encontrar respuestas. O se abandona a los designios de quien gobierna la certeza que ella deja en Él, la paz con que pone en sus manos el destino de sus bienamados.
Pero también estamos en la vida los descreídos, los más inermes. Sobre todo, cuando nada urge más que creer en algo, cuando el mundo se desvencija a nuestro alrededor y nos horroriza el mal, pero no tenemos cómo enfrentarlo. No sabemos del poder, sino que daña con su afán y se ejerce cada vez con más desvergüenza. Bastó oír a Trump agrediendo sin misericordia al presidente Zelenski para lamentar su existencia y nuestra incapacidad para cuidar al mundo de lo que pueda traerle la pura mención de una Tercera Guerra Mundial.
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