Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Mal de amores.

Nos fuimos a Italia como quien va río arriba, en busca de algo que dejamos atrás quién sabe cuándo.

Así hacemos a veces mi hermana y yo, regidas por un acuerdo tácito que tenemos de siempre los hijos de Carlos Mastretta: ahí atrás se quedó algo que vale la pena buscar aunque no sepamos de cierto qué cosa es, porque, en cambio, sabemos bien cuánto significa. Como sabe todo el mundo que eso de lo que se habla poco, poniendo los ojos en un horizonte vano y haciendo como si se hablara del clima, es algo lleno de un significado intenso y arduo. 

Por eso fuimos a Italia el mes pasado, aunque el pretexto haya sido mi absurda obligación de promover un libro que como bien dice un sabio, se vende, igual que todos los libros, en la máquina de escribir o en ninguna otra parte. Pero esto algunos editores no están siempre dispuestos a aceptarlo, porque quién sabe qué ley les aconseja que es útil usar al escritor de vendedor. 

Escribir, viajar y promover son tres verbos que se conjugan de distinto modo y se viven de un modo aún más distinto. De ahí que parezca imposible conjugarlos a un tiempo y que uno termine sintiendo que vive dentro de un equívoco cuando se empeña en semejante juego. Pero esto, claro, lo pienso siempre cuando ya estoy en un vuelo entre una ciudad y otra, exhausta de escucharme contestando preguntas parecidas. Gajes del oficio en estos tiempos, hay que decirse mientras se empeña uno en dar con el momento de escaparse a hacer turismo cuando nadie nos ha dicho que quería pagarnos un viaje de placer.

Lamentaciones aparte, llegamos a Roma tras un vuelo a saltos, para encontrarnos con la noche cuando debía ser la mañana y a caminar la ciudad olvidando que al día siguiente tendría yo que empezar a hacer malabarismos con mi tiempo y mi espíritu. Porque el día siguiente se veía muy lejos en nuestras cabezas enredadas al aire hospitalario de una ciudad habituada a recibir a los extranjeros para hacerlos sentir que en ninguna otra parte caben mejor sus fantasías y su desvelo. Caminamos por Roma esa noche, seguras de dar un paseo conocido y por lo mismo entrañable. Hace tanto tiempo que Roma se parece a sí misma, que no cambia su esencia devastando el pasado sino haciendo del diario el trabajo de recuperarlo, que uno puede volver tras diez años y sentir que se fue la semana pasada, uno puede volver a las fuentes y al Tíber, a un puente corroído tras otro, a una calle cerrada y ocre idéntica y audaz como ella sola. Cenamos en una trattoria llamada Otelo, conversando bajo la mirada de Carlo, el introvertido y complejo ser humano heredero de la editorial Feltrinelli. Era tarde y en las mesas de alrededor la gente había terminado su pasta y jugaba a la baraja como si fuera lógico. No me puedo olvidar del gozo simple y loco que había en el aire. Luego salimos a la Plaza de España y compramos ocho castañas asadas por algo así como cuarenta pesos. Carlo dijo que nos estaban estafando, pero nosotros probamos el cielo a media calle y no nos importó. 

Al día siguiente y al siguiente tuve que hacer un despropósito tras otro para cumplir con el ritual de promover el Male de amore. Tuve, para decir lo peor y ahorrarles las migajas de tedio, que acudir a un programa de televisión llamado Constanzo show, coordinado por un señor mezcla implacable de taxista conversador y cura de pueblo, que a decir de los editores tiene la más grande audiencia del país. Así que además de soportar dos horas y media de un espectáculo en vivo en el que participábamos al mismo tiempo un mago, una mujer que dada la lentitud de la justicia italiana debía entrar a la cárcel cinco años después de haber encontrado la vida útil y respetable que no tenía cuando cometió delitos contra la salud, robos y otros desfalcos; esta buena mujer lloraba con la sola mención de su nombre y su circunstancia, cosa que el tal Constanzo hacía cada vez que necesitaba tocar los sensibles sentimientos de su atribulado público. Había también una vedette como de plástico, con el cabello pintado de rubio, un brillantito encajado en la nariz y todo el rímel que pueda circundar los más azules ojos azules. Por supuesto tenía unos pechos como pelotas de tenis y una cintura flexible y diminuta que tiñeron mi ánimo de una nostalgia inexorable por el cuerpo que nunca tuve. A la vedette la acompañaba un actor maduro de esos que han alcanzado cierta fama pero de ninguna manera la que creen que se merecen, quizás por eso hablaba con una voz pegajosa y tenía los mocasines tan brillantes. Por supuesto, había un político haciendo el ridículo, me habían dicho que ése era un programa al que iban políticos, a él seguro le dijeron que era un programa al que iban escritores, ambos estábamos completamente fuera de lugar, pero cada vez que él hacía el ridículo conseguía como por reflejo que yo me sintiera dos veces más ridícula que él. A la mezcla se agregaba un señor pidiendo justicia porque a su hijo lo había matado la policía colombiana cuando él era sólo un turista en tierra de nadie, y como si algo faltara invitaron también a un profesor que llevaba a mostrar su libro sobre Bosnia como quien muestra un sacramento. Semejante mezcla yo no la había visto ni en la más burlona película de Fellini. La cuento para tratar de exorcizar la sensación de pánico que aún me provoca su recuerdo. 

Por fortuna, entre una cosa y otra, dábamos siempre con mesas llenas de verdura frita, de calamares rebozados, pastas con albahaca, quesos y postres. Podría hacerles una descripción de cada menú, de cada invaluable tregua con las piernas bajo la mesa, sotto il tavolo, donde según decía Carlos Mastretta el tiempo no cuenta y la gente no envejece. A nosotros nos gustan los vinos italianos, que no tienen el prestigio de los franceses, pero acercan más a las uvas de las que vienen. También nos gusta el café que preparan ahí con nuestro café y que adivinar por qué, les queda mejor que a nosotros. Comer en Italia es privilegio de dioses. Un privilegio que por suerte se evoca como un ensalmo capaz de iluminarnos la tarde con el puro recuerdo de una tarta rellena de queso ricotta y chocolate oscuro. Mi hermana prefiere evocar las alcachofas fritas, también tiene razón. A todo esto nos acercamos gracias a la gracia y el talento vital de un hombre alto, setenta y algo de años, con las manos más grandes que yo haya visto. Si es verdad eso de que el corazón tiene el tamaño de nuestro puño cerrado, es lógico que Carlo Conticelli, como se llama esta leyenda romana entre los libreros y sus amigos, fue para nosotras una aparición de esas con las que la vida compensa lo que se lleva sin más. Se convirtió por eso en una de las claves con las que descifrar ese algo que sabíamos río arriba. Su gusto por la vida, la rapidez de su palabra, la virtud de su risa y sus historias bastarían para justificar un viaje a la Luna. 

El miércoles tomamos un avión para Milán. Carlos Mastretta vivió cerca de ocho años en Milán, haciendo quién sabe qué. Hay que creer que no tuvo tiempo de contárnoslo, porque es probable que si la vida le hubiera durado más allá de los cincuenta y ocho, él habría llegado, como el agua, al momento en que los recuerdos pesan más que el presente por pesado que resulte el presente. Durante todo el miércoles no tuve tiempo de mirar Milán, me llevaron de una entrevista a otra y de ahí a un almuerzo multitudinario cuyos señoriales invitados se preguntaban como yo, qué hacían ahí. Era un ir y venir de conversaciones desordenadas y mala comida en el que varias celebridades se preguntaban qué tan verdadera sería la celebridad de la celebridad a quien la anfitriona tenía el gusto de presentarle. Alegraba el fastidio de semejante tumulto la presencia de dos famosas de la moda: Kritzia, la de los perfumes, las sedas y los desvaríos, y Prada la de los plásticos y la extravagancia postmoderna capaz de pagar más caro el hule que el cuero. Tales personajes como está claro son enemigas. ¿Qué diría Stendhal de la nueva nobleza de Milán? Tema, estoy segura no le faltaría. 

La mañana siguiente tomamos un tren hacia el Venetto. Ahí volvimos a encontrarnos con la fuerza de las cosas que el río nos tiene guardadas. De eso, si están dispuestos a oírlo, y sobrevivo hasta entonces, escucharán en el próximo “Puerto libre”.