No sé cuántas tardes de nuestra vida hemos visto morir acuñadas por la luz enigmática y embriagadora de los volcanes. Nunca me pregunté las razones de mi atracción por ellos. Me bastaba su imponente belleza para considerarlos cosa sagrada, me bastaba saber que estaban ahí cuando abrimos los ojos a su presencia y que tenían tomada nuestra vida desde la edad en que los recuerdos aún no empiezan a serlo. Impávidos y heroicos, insaciables y remotos.
Desde siempre intuí que todas nuestras pérdidas han de pasar por ellos, que cuanta historia nos conmueve la saben sus abismos, de ahí que enfrentar el prodigioso libro que Julio Glokner ha tenido la generosidad y la audacia de regalarnos, resulte de muchos modos perturbador y apasionante. Sé que Los volcanes sagrados, mitos y realidades en el Popocatépetl y la Iztaccíhuatl (Grijalbo, 1996) será un libro importante para cualquiera que tenga el privilegio y el valor de lidiar con él, pero es crucial y está aún más lleno de significado, de pesares y alegría para quienes desde siempre y sin saber por qué hemos sentido reverencia por el par de montañas bajo las cuales crecimos.
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