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Mauricio Montiel Figueiras. Escritor. Su libro más reciente es Insomnios del otro lado.

Corren tiempos infaustos para la nueva narrativa mexicana. Tiempos que se debaten entre una inmediatez ‑por no decir futilidad‑ en deuda aún con ciertos lastres onderos y un falso aliento renovador expelido por las novelas programáticas de la “generación de: crack”, que denotan más una estratagema mercantil ‑efímera como todo ardid empleado por gente ávida de atención ‑que un auténtico propósito generacional o una postura avant‑garde. Vale la pena detenerse un poco en este último punto, ya que resultan harto alarmantes las declaraciones de los propios gestores del crack: en medios diversos han reiterado su voluntad de “llenar el vacío” -¿cuál?- dejado por los Contemporáneos mediante libros que apelen a la inteligencia del lector. ¿Sibaritismo literario o mero slogan concebido al calor de la juventud, divino tesoro? Al repasar sus obras, el “lector inteligente” -afán reduccionista que despierta algunas sospechas- se inclina cada vez más por la segunda opción y no puede sino pensar en lo emblemático de la etiqueta que estos autores se han aplicado. Presa de la desilusión, se dedica a contemplar desde su asiento el desplome, el crack de nuestra nueva narrativa fraguado por el apego a las páginas fugaces -producidas generalmente por cientos-, la renuncia a la lectura -y, por ende, a la escritura- profunda y el deseo de estelarizar -foto incluida- secciones culturales a ocho columnas. En este aciago panorama, sin embargo, asoman aún miradas fijas no en el fácil cielo de los quince minutos warholianos sino en ese campo de batalla que es la literatura. Miradas inmersas en la hoja en blanco, esa parcela que irá cubriéndose de signos semejantes a insectos que brotaran de la tierra hechizados por la lluvia de tinta; miradas diríase entomológicas, preocupadas por estudiar cada signo hasta encerrarlo en el difícil frasco de la frase. Miradas como la de Mauricio Molina.

Lejana a la babel del reconocimiento público y, toda proporción guardada, a cada libro más próximo de sus figuras tutelares -Carroll, Poe, Kafka, Beckett, Calvino, Nabokov et al-, y por lo tanto más identificable, la obra de Molina ha venido a constituir un fresco de obsesiones literarias que bullen como insectos registrados por una lupa escrupulosa, jungeriana. Si en Tiempo lunar (1993) ya había explorado con éxito el apocalipsis urbano a través de una lente novelesca, y en Anos luz (1995) había optado por las gafas ensayísticas para continuar -siguiendo los pasos de Benjamin- esa exploración en las principales metrópolis escriturales, con Mantis religiosa (1996) Molina decide cerrar este ciclo valiéndose de un ojo cuentístico que devela una prosa en plena madurez; la madurez del viajero que se mueve a sus anchas por la ciudad que han ido trazando sus pasiones, sus lecturas: su sombra entrevista en otras urbes que no son sino parte de él mismo. Ya en su ensayo “La escritura de los insectos”, Molina había esbozado sugestivamente este espíritu aventurero:

También podría decirse que la escritura es el rastro de un insecto que se ha escapado del […] tintero y trabajosamente escapa por la página. Se trata de un insecto invisible. que sólo deja sus huellas para plantearnos el enigma de su existencia. […] Escribir (y leer) sería una metáfora de la persecución de este insecto.

No es gratuito, pues, que haya elegido a la Mantis, emblema del perseguidor que causa una “parálisis hipnótica” en sus víctimas, como título y efigie para agrupar doce relatos -breves, volátiles la mayoría- que acusan esa mirada entomológica de la que se hablaba. Mirada cuyo primordial interés radica en escrutar la grieta que a diario escinde, cortazarianamente, la realidad, formol donde flotamos.

Para Molina esa grieta es la noche no sólo orgánica, sino -y antes que nada- psíquica, y por ello se entrega a su persecución en una suerte de oscura ciudad interior en que los insectos van dejando vestigios lumínicos, estelas que cifran la fortuna del noctámbulo por motu proprio. Mantis religiosa es, en efecto, una vitrina que despliega una diversidad de raros ejemplares del género noctívago. El hombre que sobrevive a un accidente de tránsito y vuelve a casa para enfrentarse a un pasado turbio, paralelo (“El regreso”); el matrimonio que ve reflejada su disolución en “la ruina acelerada de las cosas” ocurrida en un contexto beckettiano (“Entropía”); el oficinista gris que encarna al más famoso heresiarca del siglo XVII (“Plaza Giordano Bruno”); el vampiro transformado en serial killer que ha trocado sus colmillos por una navaja (“Radar”); el entomólogo cuyas desviaciones sexuales devienen materia de estudio para una Mantis con antifaz psiquiátrico (el cuento que bautiza al volumen); el burócrata que una tórrida tarde, impelido por Modigliani, renuncia austerianamente a su identidad en el laberinto neoyorquino (“Desnudo rojo”); el forense que mediante la reconstrucción de un rostro prehistórico resulta gemelo del motociclista de “La noche boca arriba” (“La máscara”): todos, a través de sus fisuras nocturnas, acceden a ese tiempo mítico, lunar, en el que Marcel Schwob expuso a sus especímenes, catalogados según las etiquetas de la fantasía. En “Para llegar al Barrio Chino”, uno de los textos más representativos del libro, Molina apunta: “Vanos han sido los mapas. Sólo se consigue con ellos llegar a la estrecha calle de charcos pestilentes y aceitosos de que he hablado. Algunos se contentan con ello; otros saben que hay algo más, oculto bajo las escamas del asfalto, como un dragón dormido”.

Sentencia asaz reveladora: a diferencia de los narradores del crack, que al parecer -irónicamente- ignoran lo que es una grieta y “se contentan” con los “charcos pestilentes” de nuestra realidad más inmediata, Molina ha decidido excavar. hurgar bajo la superficie en busca del “dragón dormido” que bien podría ser la verdadera escritura. Al fondo de la sima abierta en la cotidianeidad aguarda la noche y Mauricio Molina, perseguidor urbano cual más, lo sabe. La noche: ciudad inextinguible que debe recorrerse para llegar a un Barrio Chino, y por donde hay que perseguir a los insectos que iluminan el escaparate de la página.

El tercer libro de Mauricio Molina es una suerte de inmersión en ese mundo subterráneo que es la escritura. También es la obra de un lector acucioso.

Mauricio Molina

Mantis religiosa

Aldus

México, 1996

108 pp.