A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Jorge Chabat. Internacionalista. Director de la División de Estudios Internacionales del CIDE.

Nada asombra tanto a los hombres como el sentido

común y el trato directo.

Ralph Waldo Emerson: Essays: First series (1841).

William Clinton no es sólo el primer presidente demócrata en reelegirse en cuarenta años. Es el primer presidente de las últimas décadas que es elegido con un pesado equipaje moral: una amante conocida públicamente, una acusación de acoso sexual, varios casos de corrupción (Whitewater, los archivos del FBI, la agencia de viajes de la Casa Blanca, etc.), y una abierta huida del servicio militar en los años sesenta. A pesar de ello, Clinton ganó con facilidad a Robert Dole, héroe de la Segunda Guerra mundial: obtuvo el 50% del voto popular y 379 los 538 votos electorales, lo cual ha confirmado el enamoramiento colectivo del público estadunidense con este self‑made man, nacido en un lugar llamado Esperanza (Hope, Arkansas) y que supo desde chico que crecería sin un padre.

Todo lo anterior nos obliga a hacer la pregunta elemental: ¿por qué ganó Clinton? Las respuestas son, desde luego, múltiples: la economía no es estúpida (pero aparentemente sí lo son los republicanos al postular a Dole); la economía está bien (lo cual es cierto); el programa político de los demócratas se parece cada vez más al de los republicanos (lo cual es sólo cierto a medias); los demócratas gastaron más dinero en su campaña que los republicanos (lo cual no es cierto). Sin duda todos estos factores pesaron en la decisión de la mayoría de los votantes pero, más allá de las causas estructurales, detrás de la victoria de Clinton subyace un factor olvidado con frecuencia en los análisis políticos: la persona también cuenta. El espacio para la política no se ha agotado. La habilidad personal para gobernar y para proyectar la imagen que espera el público sigue siendo un factor primordial. No es sólo cuestión de partidos, de programas, de dinero, de tiempo en la TV (que sí lo es), sino también del candidato, de la persona, de la capacidad para comunicarse con la gente, de convencer, de inspirar confianza. También se trata de la capacidad para gobernar, para tener resultados concretos. Y Clinton ha mostrado ser el presidente más eficiente en ese renglón durante los últimos años: ha mantenido la economía en crecimiento, logró que se aprobara el Tratado de Libre Comercio, logró superar con éxito las diferencias con el Congreso republicano en la negociación del presupuesto, logró resolver la crisis en Haití, Bosnia y el Medio Oriente, logró que la ley Helms‑Burton no le complicara sus relaciones con Canadá y Europa. Quizá por todo ello también logró que su agenda personal, que se ha visto abultada desde las elecciones de 1992, no fuera objeto del debate de campaña.

Pero si la personalidad de Clinton ha sido un factor importante en su victoria, queda por ver si será suficiente para lidiar con los retos que aparecen en el futuro inmediato. El hecho de que Clinton esté por iniciar su segundo período, sin la preocupación de la reelección, le va a dar sin duda un mayor margen de acción en sus decisiones. Es muy probable que Clinton quiera ahora impulsar acciones que lo proyecten como un estadista en la historia estadunidense. La comparación que, en su discurso de celebración de las victoria, hizo el vicepresidente Gore de Clinton con Jefferson y Franklin Roosevelt sugiere claramente esta intención. Sin embargo, el mantenimiento de una mayoría republicana en el Congreso pondrá límites a los márgenes de acción del presidente. Clinton lo sabe y anunció ya que trabajará muy cerca de los republicanos.

De esta forma, ¿qué podemos esperar durante los siguientes cuatro años? A pesar de la contundente victoria de Clinton, será una presidencia con muchos obstáculos. A pesar de que la opinión pública prefirió ignorar los cargos de corrupción y las andanzas extramaritales de Clinton en aras de la eficiencia que ha mostrado, esos fantasmas no se han ido. Las pesquisas sobre la participación del presidente y su esposa en el asunto de Whitewater no han terminado y aparecen como una amenaza mayor que la existencia de un Congreso republicano. Por otro lado, hay varios asuntos pospuestos, como la aplicación de la Ley Helms‑Burton, que en algún momento Clinton deberá enfrentar. Lo mismo pasa con los problemas permanentes y estructurales en la relación de Estados Unidos con su frontera sur: migración, narcotráfico e incluso problemas comerciales que han empezado a surgir en la aplicación del Tratado Norteamericano de Libre Comercio. Si hay algo que llama la atención en los últimos años es que existe un consenso en buena parte de la opinión pública estadunidense sobre ciertos temas: la necesidad de que la Casa Blanca haga algo para controlar los flujos de personas y drogas que ingresan ilegalmente a territorio de Estados Unidos. Y “hacer algo” implica instrumentar medidas de presión que van a funcionar poco, pero que habrá que hacer si se quiere seguir teniendo el apoyo de los electores. Pero, precisamente porque dichas medidas no van a ser efectivas, no pueden ser efectivas, la presión del público estadunidense estará siempre presente. Ello sugiere que los próximos cuatro años de gobierno de Clinton van a ser un poco como los primeros cuatro: el presidente buscará avanzar en decisiones que no impliquen enfrentamiento con la opinión pública, y en muchos de los temas de conflicto estructural Clinton va a simular. Simulará que detiene la migración ilegal, simulará que controla el flujo de drogas proveniente de México y Sudamérica, simulará que aplica la Helms Burton, simulará, en suma, que atiende a las presiones irracionales de su opinión pública y que, una vez hecho esto, buscará impulsar sus propios proyectos.

Sin duda subsiste una gran interrogante: ¿quién es el verdadero Bill Clinton? ¿Un liberal vergonzante, un conservador incrustado en el Partido Demócrata, o tal vez simplemente un político que busca el poder y que, sólo en los márgenes que le quedan libres, empuja sus proyectos? Quizá Clinton sea un poco de los tres. Pero es también una encarnación del sueño americano que hace política en el mejor estilo americano: apelando al sentido común.