Catalina y la viruela

En la noche del 12 de octubre de 1768 un carruaje se detuvo ante una puerta trasera del Palacio de Invierno en San Petersburgo. Se bajó un hombre de mediana edad y con rapidez subió las escaleras, luego lo llevaron a una pequeña habitación. Ahí estaba sentada, sola, la emperatriz de Rusia, Catalina la Grande. El encuentro llevaba meses de prepararse en absoluto secreto. Poco antes un cortesano prominente le dijo a la visita: “Lo hemos llamado, señor, al trabajo quizá de mayor importancia que se le haya confiado a un caballero. Es muy probable que de su capacidad y de su integridad dependan nada menos que las invaluables vidas de dos de los más grandes personajes en el mundo”.

Como su padre y abuelo, Thomas Dimsdale era doctor por el King’s College, Aberdeen, 1761. Durante varias décadas Dimsdale perfeccionó la técnica de la vacuna contra la viruela: llegó a ser la mayor autoridad en el mundo respecto al “monstruo moteado”, ya con 60 millones de muertes al cabo de los siglos.

Cuando la enfermedad irrumpió de nuevo en la capital rusa en 1768, la emperatriz temerosa huyó a la relativa seguridad de la Villa de los Zares, cerca de San Petersburgo, con su hijo adolescente y heredero al trono, el gran duque Pablo. Catalina sabía, sin embargo, que no podía huir de la viruela y tomó la audaz decisión de invitar a Rusia a Dimsdale.

Una operación llena de riesgos. Había que preparar a los pacientes con una dieta especial y purgantes antes de infectarlos adrede con una dosis del letal virus por medio de la inserción de hilos infectados de pus en incisiones de una pulgada de largo. Dimsdale sólo había perdido un paciente en veinte años pero ahora las apuestas estaban más altas que nunca: Catalina sería la primera entre monarcas reinantes en someterse al proceso.

Era muy sensible al peligro que Dimsdale enfrentaría, y a las repercusiones internacionales, si la operación resultaba mal. La misión de Dimsdale tenía un estricto control. Se había preparado un carruaje, listo para llevárselo rápidamente a un yate anclado en el golfo de Finlandia que se encargaría de su regreso a salvo a Inglaterra, ya que la muerte de Catalina a manos de un extranjero desataría una venganza inmediata. Si no lograba escapar pronto, sabía que iba a costarle la vida.

Pero la operación fue un éxito y unas semanas después Dimsdale inoculaba al gran duque. Habla por el amor de Catalina a su hijo el hecho de que insistió en someterse ella primero a la operación y así convencerse de que era algo seguro antes de permitir que el doctor tratara a Pablo. A finales de noviembre se proclamó al mundo la noticia de la operación de la emperatriz con sonares de campanas, cañonazos y una ronda de servicios de la Iglesia ortodoxa rusa y de escenificaciones teatrales en la corte. Se acuñó una medalla conmemorativa de bronce con las palabras: “Ella misma puso el ejemplo”. Catalina llenó a Dimsdale de regalos, incluyendo una baronía, y fueron amigos hasta que ella murió.

Catalina sabía que contaba con el poder para obligar a sus súbditos a que se inocularan pero, como le dijo a Dimsdale: “Amo los términos persuasivos, en vez de la autoridad”. Era el “poder suave”: un estilo de autoridad que uno rara vez asocia con Rusia, pasada o presente. “¡Mira lo que dar el ejemplo puede hacer!”, le escribió al embajador ruso en Londres. “Hace tres meses nadie quería oír de eso y ahora lo ven como una salvación”. En palabras de ella, la inoculación se había vuelto “la última moda”.

Más que una moda, la inoculación ayudó a salvar vidas. Junto con Dimsdale, Catalina fundó el Hospital de la Viruela de San Petersburgo, que ofrecía tratamiento gratis a niños, y muy pronto hubo instituciones similares por todo el imperio. Hacia 1797 un extranjero podía observar que “el prejuicio contra la inoculación se ha destruido por completo”. Los esfuerzos de Catalina sentaron las bases para un procedimiento de vacunación más seguro, respaldado en 1801 por su nieto Alejandro I, a quien el mismo Dimsdale inoculó por orden de Catalina.

Fuente: TLS, junio 24, 2022.

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Publicado en: 2024 Junio, Cabos sueltos