Jaime Ramírez Garrido. Escritor. Es colaborador del diario La Crónica.

“Lo cierto es que México es y ha sido el único país confesadamente amigo de Madrid. Puede discutirse la técnica de la amistad, pero no la amistad misma: es uno de los rasgos más generosos de México”. Con estas palabras Daniel Cosío Villegas persuadía a Lázaro Cárdenas de otorgar asilo a “un puñado de españoles de primera fila, valores científicos, literarios, artísticos”; pero la historia de ese exilio intelectual no comenzó, como ha sugerido el discurso hegemónico, en 1936; se remonta a los vínculos con España que los mexicanos desterrados establecieron durante el primer tercio de este siglo.

Cuando Carlos Pereyra decidió exiliarse de México, escogió España, lo mismo hicieron Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, Jesús T. Acevedo, Francisco Urquizo; antes, otros mexicanos ilustres e ilustrados tornaron las relaciones políticas y económicas en una comunidad cultural que pocas veces ha sido tratada de manera integral.

Mucho se ha escrito sobre la influencia que los exiliados españoles tuvieron en la cultura mexicana. Personas e instituciones serían impensables de no ser por el trabajo intelectual que pensadores y empresarios culturales continuaron o iniciaron  en México. Sin embargo, el exilio de los intelectuales mexicanos ha sido poco atendido, bien por las dificultades de la investigación tras la guerra civil, bien por indiferencia. La obra de los mexicanos en España entre 1915 y 1936 no es poca, ni en calidad ni en cantidad. Entre los libros que se escribieron y publicaron en España se encuentran casi todas las obras de Carlos Pereyra, La sombra del caudillo y otras obras de Martín Luis Guzmán, Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes, entre otras obras fundamentales de nuestras letras. Además, está la aportación de los intelectuales mexicanos a la política y la cultura española, desde las modestas colaboraciones en los centros de investigación académicos o en los periódicos, la participación en las tertulias, hasta la influencia directa en los asuntos de Estado en el caso peculiar de Martín Luis Guzmán en los últimos años de la Segunda República.

Entre Madrid y la Ciudad de México, Héctor Perea ha trabajado en las relaciones culturales interoceánicas que, tras la independencia, las guerras civiles en ambos países y el distanciamiento durante el franquismo, perduraron y aun perviven. Después de sus estudios sobre Alfonso Reyes en España, sus investigaciones se extienden para abarcar el universo de los personajes mexicanos que tomaron, de alguna u otra forma, parte en la cultura española en este siglo y sus antecedentes, cuya insignia y seña sería Fray Servando Teresa de Mier, figura que antecede la relación independiente entre ambos países y que será retomada de manera literaria por algunos de los protagonistas del exilio mexicano en España. Si en Nuestras naves (UAM, 1993) Héctor Perea antologó las publicaciones de los escritores mexicanos en España y la recepción que tuvieron de parte de algunos críticos hispanos, en La rueda del tiempo describe el entorno en que se produjo el intercambio literario entre ambos países.

Ante la versión clásica de la historia del exilio intelectual que llegó a México a barbechar una pradera devastada por la guerra civil y los gobiernos que surgieron de ella, Perea retoma el antecedente de mexicanos que padecieron el exilio (voluntario o no) en España, desde el siglo XIX hasta los últimos días de la Segunda República.

Entre la crónica histórica y el ensayo literario, por las páginas de La rueda del tiempo discurren protagonistas culturales que encontraron en España más que refugio y trabajo. Si el clasicismo, el rigor académico y la convicción de sustraerse de los hechos inmediatos de Alfonso Reyes no pudieron resistir los influjos madrileños para referirse al Manzanares o evocar las tertulias entre exiliados españoles en Madrid, su vecino, Martín Luis Guzmán, continuó su afinidad política y su vocación conspirativa al lado de Manuel Azaña, tras escribir, en Europa, dos novelas que abarcan una era de la historia de México y establecen medidas en nuestras letras. Diego Rivera asimilaba las técnicas de sus colegas europeos y Luis G. Urbina, José Juan Tablada o Francisco Urquizo acudían a las tertulias de los cafés madrileños.

A veces recurriendo a las memorias que dejaron los protagonistas, como en el caso de Reyes o de Urquizo, a veces rescatando del olvido y la pérdida de archivos, como en el caso de Martín Luis Guzmán, que siempre se reservó sus memorias del periodo que vivió en Madrid, Perea reconstruye el itinerario de los vínculos y las afinidades culturales que no sólo anteceden al legado cultural del exilio español en México, sino el cimiento de las relaciones que, más allá de la política y la diplomacia, propiciaron la aportación cultural del exilio.

Héctor Perea 

La rueda del tiempo 

Cal y arena 

Los libros de la Condesa 

México, 1996 

510 pp.

El nuevo libro de Héctor Perea estudia una zona oscura de nuestro pasado cultural: el de los mexicanos exiliados en España antes de la Segunda República