Este septiembre se cumplen cien años del nacimiento de F. Scott Fitzgerald. Por eso, y por sí mismo, publicamos un texto que apareció originalmente en la revista Esquire hace sesenta años. Como “The Crack-Up”, este texto corresponde a la época más difícil en la vida de Fitzgerald; pero de “La casa del autor”, como de los otros textos que tienen un tono similar de fracaso, añoranza e ironía, puede decirse que ni la mayor de las decepciones de Fitzgerald resulta, alguna vez, decepcionante.


He visto numerosas fotografías y he leído muchos artículos sobre las casas de Joan Crawford, Virginia Bruce y Claudette Colbert, por lo general con la anfitriona enfundada en un mandil y explicando cómo hacer un suflé Hollywood o abrir una lata de sopa sin que se zafe el apéndice en el mismo movimiento. Pero hace mucho tiempo que no veo un retrato de la casa de un autor y se me ocurre suplir esta deficiencia.

Debo empezar, por supuesto, con una disculpa por el hecho de escribir sobre autores. En los días del viejo Smart Set, Mencken y Nathan tenían un formato para rechazar materiales en el que se notificaba al aspirante que no tomarían en cuenta relatos sobre pintores, músicos y autores —quizá porque se supone que este tipo de gente se expresa a profundidad en su propia obra y por eso no son tema para el retrato. Hago esta temerosa reverencia y procedo al retrato.

En vez de dejar un efecto sombrío para el final, empezamos por la parte inferior, en un sótano húmedo, oscuro y anticuado. Mientras la luz pálida de la linterna del anfitrión ronda entre las telarañas, y pasa por cajas viejas y barriles y botellas vacías y partes de máquinas viejas, uno se siente un poco incómodo.

—No es un mal sótano; digo, para ser un sótano —dice el autor—. Usted no puede verlo muy bien y yo tampoco puedo: es del olvido casi por completo.

—¿A qué se refiere?

—Es todo lo que he olvidado: toda la mezcla compleja y oscura de mi juventud y mi infancia que hicieron de mí un escritor de ficciones en vez de un bombero o un soldado. Como usted sabe, la ficción es un truco de la mente y del corazón compuesta de tantas emociones separadas como las que usa un mago al ejecutar una suerte o una mano. Una vez aprendido, uno lo olvida y lo deja aquí abajo.

—¿Cuándo lo aprendió usted?

—Ah, cada vez que empiezo, de alguna manera tengo que aprenderlo todo de nuevo. Pero los intangibles están aquí abajo. Por qué escogí este bendito horroroso oficio de días sedentarios, noches sin sueño e insatisfacción interminable. Por qué vuelvo a escogerlo de nuevo. Todo está aquí abajo y me alegra no poder mirarlo muy de cerca. ¿Ve usted aquella esquina oscura?

—Sí.

—Pues bueno, tres meses antes de que yo naciera mi madre perdió a sus otros dos hijos y creo que ahí empezó todo, aunque no sé cómo funcionó exactamente. Creo que en ese momento empecé a ser un escritor.

Los ojos se posan sobre otra esquina y uno se estremece alarmado.

—¿Qué es eso?— exige uno. 

—¿Eso?— el autor trata de cambiar el tema, dando vueltas alrededor hasta ocultarnos de la vista ese muy reciente montículo de polvo en la esquina que a uno le ha hecho pensar en los informes policiacos. 

Pero uno insiste.

—Ahí es donde está enterrado— dice él.

—¿Qué está enterrado?

—Ahí es donde enterré mi amor después de…— él duda.

—¿Después de que la mató?

—Después de que maté eso.  

—No entiendo a qué se refiere. 

El autor no mira a la pila de tierra.

—Ahí es donde enterré mi primer amor infantil por mí mismo, mi creencia de que yo no moriría nunca, como le ocurre a otra gente, y de que yo no era el hijo de mis padres sino el hijo de un rey, un rey que gobernaba al mundo entero.

El autor se interrumpe.

—Pero vámonos de aquí. Vamos a la parte de arriba.

En la sala, el ojo del autor queda atrapado de inmediato por una escena al otro lado de la ventana. El visitante mira: unos niños juegan futbol sobre un prado en la puerta de junto.

—Hay otro motivo por el que me volví un autor.

—¿Cuál es?

—Bueno, yo jugaba futbol en una escuela y ahí había un entrenador al que yo no le gustaba para nada. Pues bueno, nuestra escuela iba a jugar un partido en el Hudson, y yo había estado supliendo a nuestro mejor corredor que se había lesionado la semana previa. No lo hice mal como suplente y entonces, ahora que él ya estaba bien y había ocupado su antiguo puesto a mí me cambiaron a lo que podría llamarse la posición de defensa bloqueador. No me adapté, quizá porque en esa posición había menos gloria y estímulo. Era una posición algo fría, también, y lo frío no es para mí, así que en vez de hacer mi trabajo me la pasé pensando en lo grises que estaban las nubes. Cuando el entrenador me sacó del juego me dijo brevemente: 

—“Nada más no podemos contar contigo”. 

Sólo pude responder: “Sí, señor”. 

“Es todo lo que pude hacer para explicarle literalmente lo que había pasado, y me ha llevado años explicármelo a mí mismo. Le estábamos dando una paliza al otro equipo con dos touchdowns de ventaja, y de repente se me ocurrió que yo podría dejar que su receptor —que hasta entonces no había hecho nada— atrapara un pase adelantado, pero en el último momento desperté y me di cuenta de que no podía dejarlo agarrar el pase pero que, al menos, yo no lo interceptaría, de modo que nada más tiré el balón al piso.

“En ese momento me sacaron del juego. Recuerdo el regreso desolado en el autobús rumbo al tren, y el regreso desolado hacia la escuela, con todos pensando que yo había sido cobarde en la ocasión, cuando en realidad yo sólo estaba distraído y sentía pena por aquel receptor. Esa es la verdad. He tenido miedo cantidad de veces, pero no aquella vez. El hecho es que eso me inspiró a escribir un poema para el periódico escolar que me dio tanto éxito con mi padre como si me hubiera vuelto un héroe del futbol. Así que cuando regresé a mi casa para las vacaciones de Navidad yo tenía en la cabeza que si uno no es capaz de funcionar en la acción, uno podría al menos ser capaz de contarlo, porque la intensidad que uno sentía era la misma —era una puerta de salida para enfrentarse a la realidad.

Ahora entran a un comedor. El autor lo atraviesa de prisa y con cierta aversión.

—¿No le gusta la comida?— pregunta el visitante.

—La comida, claro que sí. Pero no la mezcla miserable de jugos de fruta y leche y pan de trigo con la que vivo ahora.

—¿Es usted dispéptico?

—¡Dispéptico! Simplemente estoy en ruinas.

—¿Cómo está eso?

—Bueno, en el medio oeste, aquellos días, los niños empezaban la vida con comida frita y waffles y eso conducía a infinidad de leches malteadas y rollos de tocino en la escuela, y luego, poco después, salté a comidas en el Foyot’s y en el Castelli dei Caesari y en el Escargot y a cada mercado de especias en Francia y en Italia. Y bajo el nombre del alcohol: claretes, borgoñas, champañas, Pilsener y tintos españoles, whisky de prohibición y destilados de Alabama. Fue muy bueno mientras duró pero no vi la papilla que me esperaría al final. —El autor se estremece: —Olvidémoslo: no es la hora de la cena. Y ahora —dice, abriendo una puerta— aquí está mi estudio. 

Una secretaria escribe a máquina ahí o más bien en una pequeña pieza adjunta. Mientras van entrando ella le extiende unas cartas al autor. El autor mira el sobre de la primera, su cara adquiere una sonrisa de expectación y le dice al visitante: 

—Esta es la continuación de algo muy divertido. Déjeme contarle la primera parte antes de abrir esto. Bueno, hace como dos semanas recibí una carta en un sobre de The Saturday Evening Post, dirigida no a mí sino a

Thomas Kracklin,
Saturday Evening Post
Philadelphia
Pennsylvania Pa.

En el sobre había varias anotaciones hechas evidentemente por el departamento de correo del Post. 

Persona desconocida aquí
Buscar en una serie de relatos en archivos de 1930
Creo que es el personaje de un relato de X en archivos de 1927 

“Esta última persona lo había adivinado, porque Thomas Kracklin era en efecto un personaje en algunos relatos míos. Esto es lo que decía la carta:

Sr. Kracklin me pregunto si usted tiene algún parentesco conmigo porque mi nombre era Kracklin y yo tenía un hermano y ya no nos veía mucho y estábamos preocupados por él y yo creí cuando leí su escrito que tú eras ese Kracklin y pensé que si te escribía lo averiguaría muy tuya Sra. Kracklin Lee.

“La dirección estaba en un pequeño pueblo de Michigan. La carta me divirtió y era tan distinta de cualquier otra que hubiera recibido en mucho tiempo que preparé una respuesta. Era algo así:

Mi querida Señora Kracklin Lee:

Sí soy su hermano perdido hace tanto. Ahora estoy en la Penitenciaría de Baltimore esperando mi ejecución en la horca. Si salgo, me dará mucho gusto ir a visitarte. Creo que no te pareceré mal pero que nadie me irrite porque yo a veces mato a la gente si el café está frío. Pero creo que no causaré muchos problemas salvo ese pero voy a estar muy pobre cuando salga de la penitenciaría y me daría gusto que pudieran mantenerme -a menos de que me cuelguen el próximo jueves. Escríbanme a la atención de mi abogado.

“Aquí yo puse mi nombre y luego firmé la carta ‘Sinceramente, Thomas Kracklin’. Sin duda ésta es la respuesta”.

El autor abrió el sobre; adentro había dos cartas. La primera estaba dirigida a él con su nombre real.

Querido Señor espero que no hayan colgado a mi hermano y le agradezco por enviarme su carta Soy una mujer pobre y este día no tengo papas y sólo puedo comprar la estampilla pero espero que no hayan colgado a mi hermano y si no me gustaría verlo y le puede usted dar esta carta sinceramente suya Sra. Kracklin Lee.

Esta era la segunda carta:

Querido Hermano no tengo mucho pero si sales puedes regresar aquí y no podría prometerte darte mucho pero a lo mejor podemos estar juntos deveras no puedo prometer nada pero espero que salgas y te deseo siempre lo mejor tu hermana Sra. Kracklin Lee.

Cuando acabó de leer, el autor dijo:

—Dígame si no es divertido ser tan listo. Señorita Palmer, por favor escriba una carta diciendo que su hermano ha sido condonado y que se fue a China y ponga cinco dólares dentro del sobre.

—Pero es demasiado tarde —continuó el autor mientras él y su visitante iban a la parte de arriba—. Uno puede pagar un poco de dinero, pero ¿qué puede hacer uno luego de meterse con un corazón humano? El temperamento de un escritor continuamente lo lleva a hacer cosas que nunca puede reparar.

—Esta es mi recámara. Escribo bastante acostado y cuando hay muchos niños alrededor, pero en el verano hace calor aquí arriba durante el día y mi mano se pega al papel.

El visitante recorrió un tanto de ropa para sentarse en el borde de una silla, pero el autor le advirtió rápidamente:

—¡No toque eso! Está justamente como alguien lo dejó.

—Perdóneme.

—No, está bien; hace ya mucho tiempo de eso. Siéntese ahí un momento y descanse y luego iremos arriba.

—¿Arriba?

—Hasta el ático. Esta es una casa grande, como puede ver; hecha a la antigua.

El ático era un ático de ficción victoriana. Era agradable, con tiras de luz de atardecer cayendo al sesgo sobre pilas y pilas de revistas y panfletos y libros escolares para niños y anuarios de universidad y folletines de París y programas de ballet y el viejo Dial y Mercury y L’Illustration sin atar y el St. Nicholas y el boletín de la Sociedad Histórica de Maryland, y pilas de mapas y guías desde el Golden Gate hasta Bou Saada. Había hileras repletas de cartas, una de ellas rotulada con “cartas de mi abuelo a mi abuela”, y varias docenas de libretas de recortes y libretas de pegotes y libros de fotos y albums y “libros del bebé” y grandes sobres llenos de asuntos sin clasificar…

—Este es el botín —dijo el autor con aspereza—. Esto es lo que uno tiene en lugar de un balance bancario.

—¿Está usted satisfecho?

—No. Pero a veces es agradable estar aquí cuando cae la tarde. A su manera, ésta es una especie de biblioteca, ve usted: la biblioteca de una vida. Y nada es tan deprimente como una biblioteca si uno se queda mucho tiempo en ella. A menos de que por supuesto usted se quede ahí todo el tiempo porque entonces usted se ajusta a ella y se vuelve un poco loco. Parte de usted se muere. Vamos más arriba.

—¿Dónde?

—Hasta la cúpula: el torreón, la atalaya, como quiera llamarle. Yo lo guío.

Arriba el espacio es pequeño y colmado de un silencio caluroso y seco hasta que el autor abre dos de las ventanas laterales que rodean a la torre y el viento del atardecer irrumpe. Hasta donde alcanza la vista hay un río que serpentea entre prados verdes y árboles y edificios púrpura y arrabales rojos mezclados por un ocaso clemente. Mientras están ahí el viento aumenta hasta hacerse un ventarrón que silba alrededor de la torre y por encima de ellos cruzan pájaros.

—Una vez viví aquí arriba —dijo el autor después de un momento.

—¿Aquí? ¿Por mucho tiempo?

—No. Sólo por un tiempo corto, cuando era joven.

—Debió sentirse muy constreñido.

—No me di cuenta de eso.

—¿Le gustaría hacerlo de nuevo?

—No. Y no podría aunque quisiera.

El autor se estremeció ligeramente y cerró las ventanas. Mientras bajaban el visitante dijo, medio disculpándose:

—En realidad es como todas las casas, ¿no?

El autor asintió.

—No lo creí así al construirla, pero al final supongo que es como otras casas después de todo.

 

Traducción de Luis Miguel Aguilar.

F. Scott Fitzgerald
Escritor. “Nadie con una gracia tan desarmante; concebido, como Perseo, en un sueño de oro”, dijo su amigo John Peale Bishop.