Luis E. Giménez Cacho. Economista.

Fin de un mito

En el sexenio pasado se atribuyó a Jaime Serra Puche una frase lapidaria: “la mejor política industrial es la que no existe”. Ignoro si mi cita es fiel y si alguien puede probar que el entonces secretario de comercio la pronunció realmente. Lo que me consta es que en torno a ella se construyó la falacia de que durante el sexenio salinista no hubo política industrial. Muchos críticos de la orientación adoptada para adaptar a México a la globalidad económica cayeron en la trampa de atribuir buena parte del deterioro sufrido por la planta manufacturera en la última década a un vacío en materia de política industrial. Y el tema de esa ausencia se volvió objeto central de debate. Si entendemos la política industrial como el conjunto de objetivos y normas que sirven como pauta para la toma de decisiones en el intrincado ámbito de la administración pública en todo lo relacionado con la industria, difícilmente podemos negar que en el pasado gobierno la tuvimos. Si entendemos por ella la injerencia estatal en los fenómenos de mercado para imprimirles rumbo, la hubo. Ahí quedan para la historia, entre otras, la apertura comercial, las privatizaciones de paraestatales, la expansión de las maquiladoras y la industria automotriz y el crecimiento de unos cuantos grandes consorcios de lo que hoy se llama “talla mundial”, que forman la plataforma que sostiene las cifras espectaculares del crecimiento exportador de la actualidad. Dígase lo que se diga, su existencia es resultado de políticas deliberadas -y documentadas- y apoyos del Estado mexicano. Sí hubo política industrial. Otra cosa es que se juzguen equivocadas sus premisas, autoritaria y parcial su ejecución o desastrosas sus consecuencias inmediatas para el conjunto de la economía.

La gran virtud del Programa de Política Industrial y Comercio Exterior presentado por el presidente Zedillo en Aguascalientes el 8 de mayo, es que deja zanjada -ojalá para siempre- la falsa querella ideológica sobre la pertinencia de una política industrial. El documento, previsto desde el Plan Nacional de Desarrollo, requirió de algunas batallas de papel y dieciocho sintomáticos meses del sexenio para ver la luz. Con él se iniciará, sin duda, toda una época de debate sobre objetivos, prioridades, instrumentos y ausencias que, en última instancia, sujetará al gobierno e incluso al empresariado a un escrutinio público más informado.

Superando los límites de la Secretaría de Comercio, una nueva comisión intersecretarial de seguimiento sesionará quincenalmente y podrá -se dice- invitar a representantes sociales cuando lo vea conveniente. Al ser una comisión de iguales, que la presida el Secretario de Comercio puede resultar poco eficaz. Más aún lo será si la presencia de representantes empresariales y de trabajadores en sus sesiones resulta administrada en dosis discrecionales. Con todo, hay en esto un inocultable avance.

El gran paquete

En su mayor parte, el Programa es resultado de la integración -bajo la óptica del fomento a la competitividad de la planta industrial- de conceptos, proyectos y acciones del gobierno que se encuentran en marcha desde los inicios de la administración y aún desde antes, en diversas dependencias. Tal es el caso de los temas relacionados con el marco de estabilidad macroeconómica, las políticas financieras, la desregulación, los programas de infraestructura, de fomento a la exportación y de capacitación y desarrollo tecnológico. Para septiembre se anuncia, en respuesta a reclamos patronales aún no resueltos, la incorporación de nuevas medidas fiscales. Lo novedoso es que programas ya existentes se perfilan hacia objetivos, más o menos precisos, de conformación de una planta industrial renovada y competitiva, que podrán convertirse en referentes para valorar su eficacia. En esto los hechos deberán hablar.

Por razones aún no muy explicadas pero al fin con acierto, se decidió fusionar en el programa los que originalmente eran dos de los treinta y dos programas del Plan Nacional de Desarrollo: el de Política Industrial y Desregulación y el de Comercio Exterior y Promoción de las Exportaciones. De esta manera, parece, se busca resolver -en el texto, que las prácticas resultan siempre ser otra cosa- la permanente tensión entre las ostensibles prioridades de fomento a la exportación y a las empresas exportadoras y la necesidad de atacar las dificultades por las que atraviesa la masa de industrias que alimentan el mercado interno. Así, se incorpora de manera definitiva el concepto de la “sustitución competitiva de importaciones” que llama a mirar también hacia adentro.

No obstante, el intento de equilibrar esa tensión parece aún inmaduro. Se impone de nuevo la idea, que absolutizada resulta errónea, de que la competitividad deriva únicamente de la exportación. Que sólo las empresas que exportan son competitivas y por lo tanto relevantes. Pese a que se reconoce que una economía sólo puede tener una incorporación exitosa al mercado mundial si cuenta con un mercado interior sólido, los diagnósticos y sobre todo las acciones más importantes se han sofisticado en tomo al apoyo a las exportaciones y a la necesidad indiscutible, pero no única, de insertar a las empresas nacionales de toda talla en el circuito de suministro directo o indirecto al mercado exterior. La atención eficiente al mercado interno de noventa millones de mexicanos, codiciado por tantos desde fuera, está presente en el programa, pero siempre como un resultado derivado del éxito exportador. Ese sesgo será ciertamente uno de los puntos de origen de muchas críticas. Es cierto, no se puede pedir, como algunos suelen hacerlo, que una política industrial rompa el cerco de la recesión y el deterioro de las condiciones de vida de la población. La reanimación económica depende de muchos otros factores. Pero tampoco debemos hacer, como dice uno de mis clásicos, de la necesidad virtud. El riesgo en esto sigue siendo que, aún con un consistente progreso exportador, sigan imponiéndose las fuerzas centrífugas que hoy profundizan las distinciones entre un sector moderno y otro arcaico, regiones deprimidas y regiones en crecimiento, formales e informales, mexicanos de primera y de segunda.

Los industriales y lo concreto

El programa es en realidad un proyecto de política industrial. Un punto de partida. A los programas que están ya en marcha se añaden acciones estatales para la reconstitución de cadenas industriales que se reconocen dañadas por la apertura y la crisis financiera reciente, y la idea de promover integraciones regionales especializadas, bajo el concepto, novedoso en México, del cluster dedicado a la exportación.

En un intento por dejar a todos contentos quedan abiertas por el momento buen número de puertas que podrán usarse si, como se anuncia, se logra una participación social más intensa y si la evaluación frecuente da lugar a trabajos detallados. De la calidad de esos ejercicios podrá desprenderse en el futuro alguna satisfacción para los dirigentes empresariales que han echado ya de menos la definición de jerarquías, prioridades y plazos y la elaboración puntual de programas sectoriales que, salvo para las ramas con potencial exportador inmediato, apenas se mencionan.

Lo que se pide en realidad es el desarrollo más preciso de los programas por sector industrial; de un esfuerzo por afianzar lo que podríamos llamar una “microeconomía pública”, no necesariamente estatal, cuyos ejercicios sucesivos hasta ahora han quedado siempre inconclusos. El programa ofrece un nuevo sistema de información a partir del registro empresarial y la revisión de las normas en materia de prácticas monopólicas y competencia desleal orientados a consolidar cadenas productivas. Sobre esto casi todo está por hacerse y -aceptémoslo- no pocos obstáculos provienen de los juegos de poder de los industriales.

Las rigideces en tomo a la supuesta disyuntiva entre políticas horizontales y verticales de fomento parecen suavizarse, y el tema queda abierto. Para bien, entre otras, de la industria y la cadena de la construcción que pese a la importancia económica que se le confiere en el discurso cotidiano, es la gran ausente en el programa, junto con la economía informal.

Lo dicho: un nuevo escenario. Aplaudamos. Pero la función apenas comienza.