Dos dolores de cabeza

1. No olvidar que en ciertos momentos de mis dolores de cabeza, cuando la crisis subía, tenía un deseo intenso de hacer sufrir a otro ser humano, golpeándolo precisamente en el mismo lugar de la frente. Deseos análogos, muy frecuentes en los hombres. Varias veces, en ese estado, cedí al menos a la tentación de decir palabras hirientes. Obediencia a la gravedad. El mayor pecado. Se corrompe así la función del lenguaje, que es expresar las relaciones de las cosas.

2. Dolor de cabeza. En ese momento el dolor disminuye proyectándolo en el universo, pero un universo alterado; el dolor es más vivo una vez que vuelve a su lugar, pero algo en mí ni sufre y permanece con las pasiones. Hacerlas descender, traerlas a un punto y desinteresarse de ellas. Tratar así especialmente a los dolores. Impedirles que se aproximen a las cosas.

Fuente: Simone Weil: La gravedad y la gracia. Prólogo de José Joaquín Blanco. Editorial Jus, México, 1991. [En la introducción comenta Gustave Thibon: “(Simone) decidió ir a trabajar a una granja… donde fuera desconocida entre desconocidos, y compartir la suerte de los obreros agrícolas. Entró al equipo de vendimiadores de un gran propietario en la aldea vecina. Trabajó allí durante más de un mes con heroica continuidad, rehusando siempre, a pesar de su debilidad y falta de costumbre, permanecer menos tiempo en la tarea que los robustos campesinos que la rodeaban. Sus dolores de cabeza eran tales que a veces tenía la impresión de trabajar en una pesadilla. ‘Un día —me confesó— me pregunté si no estaba muerta y caída en el infierno sin darme cuenta, y si el infierno no consistía en vendimiar eternamente’”].

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: 2024 Abril, Cabos sueltos