Nunca ha sido menor

La vida cotidiana en los países desarrollados nunca ha sido tan pacífica como ahora, cuando pocas personas llevan habitualmente armas y la muerte "a mano airada" es un hecho lo suficientemente raro como para salir en los periódicos. En épocas del pasado reciente, con poblaciones de densidad muy inferior, eran raros los adultos que no intervenían a lo largo de su vida en diversos incidentes armados y muchos morían en ellos sin que nadie se escandalizase demasiado, tal como ahora ocurre solamente en los barrios conflictivos de algunas megalópolis. Por otra parte, la representación cruda y sanguinaria de la violencia siempre ha gozado de enorme aceptación popular: en el circo romano, en los chorreantes y torturados Cristos, Vírgenes y mártires de la imaginería cristiana, en obras teatrales tan ineludibles como La duquesa de Malfi de Webster o Coriolano de Shakespeare, en los romances y cuentos anónimos que narran crímenes pasionales o hazañas de bandidos, para no mencionar algunos de los espectáculos más frecuentados por la gente común hasta no hace mucho: la exhibición de reos en la picota y las ejecuciones públicas. La fascinación alarmada o vengativa por la violencia sanguinaria es una constante cultural, pero quizás antaño un género de vida que se frotaba más frecuentemente con el dolor puro y duro (¿cuándo se inventó la anestesia?) la aceptaba con mayor naturalidad, exigiendo incluso su exhibición pública como satisfacción reparadora de ciertos delitos. Por el contrario, nuestra época ve combinarse de modo escandaloso el rechazo hiperestésico de cualquier sufrimiento físico en la placidez de la vida burguesa con fantasmagorías atroces que nuestra urbanidad higiénica no puede asimilar.

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Publicado en: 1996 Mayo