Leer es como vivir: corre uno el peligro de llegar al fin y no enterarse.
Así sucede ante todo con la poesía —esencia de los mejores momentos y palabras. Esta mañana me deslumbra la sorpresa de hallar en una sola el secreto de cierto poema de Bécquer cuya desolación me ha acompañado siempre.
El primer verso —¿quién no lo recuerda?— dice: “Cerraron sus ojos…”. Y enseguida avanza con cuánta engañosa naturalidad: “Que aún tenía abiertos…”.
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