Jean Giono, en reciente artículo, se lamenta por la muerte de su perro Cadet, animal famoso en la riente aldea de Manos que, en los Alpes Marítimos franceses, donde el novelista vive desde hace muchos años… “No me hablen de tener otro perro dijo el autor de Un de Baumugnes; en un siglo no nacen dos perros semejantes a Cadet”. Con Cadet había ocurrido algo absolutamente insólito. Jean Giono, muy aficionado al cine, tenía la costumbre de ir todos los domingos, en la tarde, a la única sala de proyección de Manos para ver películas que le llegaban, acaso, dos o tres años después de su estreno en París. El perro solía acompañarlo. Al comienzo, apenas se apagaban las luces, Cadet se ovillaba al pie de la butaca y se dormía, corriendo hacia sus propios sueños, mucho más interesantes al parecer —y desde su punto de vista— que las sonrisas de Michele Morgan o las aventuras imaginarias vividas por un Gérard Philipe… Pero, un día, despertó a media película y descubrió, con asombro que unos perros aparecían en la pantalla. Emitió un gruñido de extrañeza, se sentó moviendo la cola y contempló las imágenes hasta el final. Desde entonces cobró la costumbre de permanecer despierto durante las proyecciones manifestando un interés creciente por el séptimo arte.
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