El siguiente relato pertenece a Diwan I de Mario Bellatín. Un diwan se refiere a una recopilación de escritos de temas diversos pero siempre de un solo autor. Solían ser piezas atesorables que daban una visión de la época y las costumbres de su época. Con esto en mente, Bellatín ofrece a través de Sexto Piso una primera colección de su obra.

Dijeron: Encontramos a nuestros padres adorando estatuas.
Dijo: Realmente ustedes y sus padres están en un evidente extravío.
—Sagrado Corán
Quizás el punto más alto de bagdad sea el lado norte de la ciudad. Siempre se ha sabido que desde sus calles puede verse de manera fácil lo que sucede en el resto del casco urbano. El mercado. La plaza. La avenida que corta el centro en dos son apreciados desde allí en todos sus detalles. En esos días se encontraba en esa zona la locomotora que solía trasladar a los peregrinos por los lugares santos. Se hallaba sobre un pedestal de cemento. Alrededor le habían colocado una alambrada de púas. La locomotora era visible desde la ventana de la habitación que ocupaba con mi hermano. En aquel entonces vivíamos en un pequeño departamento ubicado en la misma cúspide del lado norte. A pesar del tamaño nuestra familia parecía sentirse cómoda. Constaba apenas de un salón. De dos cuartos y de una cocina situada al fondo. El baño se ubicaba a mitad del pasillo. Los techos eran bajos y a cualquier hora del día era posible oír el barullo de los vecinos. Cierta mañana de verano la familia se preparaba para la visita que harían a nuestro salón los hermanos de mi padre. Nos visitarían esos viejos mercaderes a quienes sólo veíamos cada dos años. Mi madre se había levantado antes del amanecer para preparar el desayuno y algunas jarras de té. Lo más lógico hubiera sido hornear también un pastel de pájaros. Sin embargo jarifa dijo no haber encontrado aves silvestres en el mercado. Por los sucesos que se desarrollaron ese día supe más tarde que sus palabras no habían sido más que una excusa. Fui despertado por el ajetreo en la cocina. Estaba todo a oscuras. Alcé entonces la manta que cubría la jaula del pájaro negro. La jaula que aquella semana debía permanecer al lado de mi cama. Recordé entonces el motivo de tanto alboroto. En circunstancias normales nuestra madre no abandonaba la cama tan temprano. Era jarifa quien se encargaba de despertarnos cuando nuestro padre ya había salido de casa. Antes de cualquier otra cosa jarifa nos hacía orar en una esquina del cuarto. Pero aquella mañana las cosas fueron diferentes. A pesar de la hora nuestro padre continuaba en la casa. Jarifa lo estaba bañando. Pude ver cómo le sobaba la espalda con una escobilla de crin. Sin saludar fui hasta la cocina. El desayuno estaba casi listo. Tengo hongos en los pies dijo mi madre con fastidio. No debieras rascártelos de esa manera. Fue como le respondí al ver que después de sentarse en un banco se quitaba las zapatillas y hurgaba con frenesí en las plantas y entre los dedos. Justo ahora cuando vienen los mercaderes a pedirnos cuentas. ¿Creen acaso que porque cada dos años nos traen un pájaro negro pueden llevarse todo nuestro dinero? Lo que mi madre parecía no entender era que los tíos mercaderes traían desde oriente los ungüentos y los óleos necesarios para mejorar la vida espiritual en nuestro hogar. Al menos eso era lo que creíamos en ese entonces. Aquellos dos años de ausencia implicaban una larga peregrinación por territorios que se encontraban bajo el yugo extranjero. Los tíos mercaderes parecían expertos en eludir fronteras y puestos militares. Contaban con varios disfraces y habían ideado un método basado en las cinco oraciones diarias por el que lograban pasar inadvertidos la mayor parte de la jornada. Luego aprovechaban el mes de ramadán para recorrer la larga zona que nos separa del índico. Era por eso que los viajes tenían dos años de duración. En el primer ramadán hacían el camino de ida y en el segundo el de regreso. En la ida llevaban siempre una jaula vacía. Afirmaban que en su interior buscaban preservar el viento. Cuando al volver entraban a nuestra ciudad recuperaban su aspecto habitual. Vestían largas túnicas. Sandalias. Lucían tupidas barbas. El mayor solía llevar un cayado con el que espantaba a los perros que acostumbraban salirles al encuentro. Algunos vecinos se les acercaban para pedir un poco de ungüento. Pero mis tíos jamás se rebajaron a contestarle a ninguno. Quién iba a decir que precisamente en estos días aparecerían los hongos. Prosiguió mi madre quejándose. Mira a tu padre ¿te fijaste bien? Aunque parezca lo contrario no disfruta con el baño de jarifa. Incluso en la oscuridad podrás apreciar su rostro recorrido por las lágrimas. No pude dejar de ver los pies de nuestra madre. Se encontraba frente a la mesa donde jarifa solía hacer la pasta para el falafel. A simple vista aquellos pies parecían normales. Regordetes y con las venas inflamadas. Sin embargo parecían marcados. Salí corriendo de la cocina. Mi hermano aún dormía. Lo desperté con un grito en la oreja. Recuerda el rebuzno que le lanzaron al príncipe mishkin. Lo dije porque la semana anterior nuestra madre nos había leído fragmentos de una traducción del escritor ruso dostoievsky. Junto a la cama de matrimonio se habían comenzado a apilar las obras completas de ese autor. A mi padre aquello le molestaba mucho. Se sospechaba que aquella afición era la causa de sus desvelos. Poco después supimos la verdad. No era por dostoievsky que nuestra madre no dormía. Era porque seguía de manera fiel la orden dictada por nuestro padre de permanecer durante las horas nocturnas delante del adoratorio donde se mantenía un amplio conjunto de dioses paganos. En forma especial el de un pavorreal. Cuando mi hermano abrió los ojos le hice recordar de la visita de nuestros tíos los mercaderes. Lo vi palidecer. No te asustes. En esta ocasión no vamos a ser nosotros los afectados. Van a tener más que suficiente con nuestros padres. Mi hermano pareció no escuchar mis argumentos. Esa noche había soñado. Había visto el patíbulo de mansur al-halaj. El patíbulo del mártir sufí del que tanto nos habían hablado nuestros tíos. Había apreciado que detrás del verdugo se creaba una larga fila de personas. Estaba también toda nuestra familia. Parecía que esperando su turno. Al fondo se encontraban nuestros tíos los mercaderes. Cada uno con un pájaro transparente sobre el hombro. Antes de salir del sueño mi hermano había visto los pies de nuestra madre seccionados con una espada. En ese momento aseguraba seguir apreciando las gotas de sangre sobre la arena reseca donde estaba colocado el patíbulo. Luego de escucharlo y esperar que se serenase compartimos una mirada de complicidad. Nos acercamos después a la jaula colocada al lado de mi cama. Sólo haciendo viajar a los pájaros en movimientos circulares se podrá lograr la liberación. Recordó mi hermano que le había dicho en el sueño mansur al-halaj. Cuando la semana anterior el pájaro estuvo junto a la cama de arib casi muere de un enfriamiento causado por sus orines. Arib había confundido en la madrugada la jaula con un bacín. Nuestro padre se dio cuenta a tiempo del incidente y alarmado sacó con rapidez al pájaro de su jaula. Lo llevó a la cocina. Lo puso sobre la estufa y mientras lo calentaba al envolverlo en unos trapos le suministró con un gotero un té bastante cargado. Aquella era una receta de salvación para pájaros moribundos que los tíos mercaderes habían oído en uno de sus viajes. Dos años atrás se la habían dictado a mi padre. El pájaro logró restablecerse. Antes de salir del departamento nuestro padre lo metió bajo las mantas donde mi madre empezaba a conciliar el sueño. Aquel día ella no se levantó sino hasta cuando comenzaba a anochecer. En ese entonces ni mi hermano ni yo teníamos una idea clara del por qué debíamos alternarnos y dormir una semana cada quien junto a ese pájaro negro. Según los tíos mercaderes era para que entre sueños escucháramos las frases yo soy la verdad. Yo soy Dios. Palabras dichas por mansur al-halaj antes de ser ejecutado. Pero a pesar de los tantos años que llevamos siguiendo esa costumbre nunca oímos nada semejante. Mientras jarifa seguía bañando a nuestro padre mi hermano y yo introdujimos las manos en la jaula. Aquel pájaro no parecía tener razón de ser. El ave se asustó y pió dos veces. Menos mal que fueron chillidos leves. Los demás habitantes parecieron no oírlos. Mi padre siguió en la bañera. En ese momento jarifa comenzaba a entonar una delicada melodía. Por su parte nuestra madre parecía atareada con el desayuno. El olor de la pasta cociéndose llegaba hasta la habitación. Bastó un movimiento brusco de la mano de mi hermano para que el pájaro quedara con el cuello roto. En el instante mismo de la muerte hubo un aleteo que pareció llenar de plumas la habitación. Quise contarle a arib que siempre había imaginado a mohamed recibiendo las palabras sagradas inmerso en una lluvia semejante. Sin embargo no me pareció el momento adecuado para decírselo. Era suficiente el mensaje que parecía habernos llegado a través de su sueño. Si un pájaro negro no tiene razón de ser hay que deshacerse de inmediato de él. No estoy seguro de por qué llegamos a una conclusión semejante. En realidad mi hermano arib sólo había soñado con el patíbulo de mansur al-halaj y con las sagradas palabras que pronunció antes de morir. Por eso desconozco también los motivos para referirme a mohamed rodeado de una lluvia de plumas. Incluso añadir plumas negras como símbolo podría entorpecer de manera grave el desarrollo de los acontecimientos. Podría suceder algo terrible durante la visita que nuestros tíos los mercaderes estaban próximos a realizar. Más aún porque jarifa parecía saber lo que estaba ocurriendo en la habitación. La matanza del pájaro. No podía ser otra la razón por la que su canto se había ido haciendo cada vez más agudo. En ese momento sólo se escuchaba la melodía y el sonido del agua de la bañera. De pronto arib sacó al pájaro de la jaula y lo arrojó al suelo. Al verlo en ese estado me atreví a echarle encima la almohada sobre la que había dormido. El siguiente paso consistía en sacar al ave del departamento. Faltaban pocas horas para la llegada de nuestros tíos. Nadie más podía conocer el crimen que acabábamos de cometer. El desayuno no tardaría en estar listo. Nuestra madre pronto debía entrar en la misma agua que nuestro padre estaba utilizando. Aunque jarifa no sería la encargada de bañarla. Ella debía dedicar ese tiempo a dar a nuestro padre un masaje revitalizador. Había que prepararlo para que estuviera en la mejor de las condiciones frente a sus hermanos. Ellos tomarían asiento en el salón y antes de llegar al tema de los óleos y ungüentos lo más seguro era que relataran las peripecias que habían tenido que soportar durante la travesía. Nuestro pequeño departamento parecía ser el punto de referencia para los tíos mercaderes. El lugar que señalaba el fin de un viaje y el inicio del próximo. Después de la llegada volvían a partir en una nueva gira que como la anterior y todas las precedentes tendría un tiempo similar de duración. Hablarían de los grupos fanatizados que con la inmolación pública protestaban ante el dominio extranjero. De los asesinos que mataban en nombre de dios. De las mujeres que transportaban explosivos entre los pechos. De los muchachos del desierto que acompañados de sus perros mudos de cola enroscada buscaban en las dunas los valiosos segmentos de aerolitos que aún parecían abundar en la región. De la relectura de la biblia a partir de ciertos descubrimientos empíricos hechos por nuestros tíos los mercaderes. Del pavorreal del que había que deshacerse. Incluso se hablaría de la existencia de una mujer oculta en la vida de mohamed. Se decía que había sido ella quien le habría susurrado al oído los suras más bellos del corán. Cuando mencionaron aquello último nuestros padres los miraron horrorizados. Pero ni siquiera entonces se atrevieron a echarlos del departamento. Recuerdo que mientras hablaban el hermano mercader mayor iba sacando uno a uno los tarros de los ungüentos prometidos. Al fondo de la bolsa solía estar el nuevo pájaro. Amarrado de pico y alas. Nunca lo traían en la jaula vacía que todo el tiempo llevaban consigo. Acto seguido mis padres debían llevar al salón la jaula de los dos años previos y darla en ofrenda. Con eso quedaba demostrado que habían conservado al ave en la mejor de las condiciones. Ante el estupor de nuestros padres el tío mercader mayor se untaba los dedos con un poco de ungüento y los acercaba luego a los barrotes. El pájaro caía fulminado al instante. Recién entonces los tres hermanos reían de manera sonora. Aprovechaban ese momento para afrentar a nuestros padres. Para acusarlos de idólatras. De adoradores de un maligno pavorreal. En ese punto nuestra madre siempre se echaba a llorar. Nuestro padre trataba de calmarla. Le decía que tomara al pájaro como un ave y no como el representante de nuestro destino. Por su parte jarifa tenía prohibido permanecer en el departamento mientras nuestros tíos hicieran las visitas. Debía ir al mercado y guarecerse en el puesto de la yerbera. El llanto de nuestra madre siempre se desató cuando tenía los pies limpios. Ahora las cosas serían diferentes. Por eso había que darse prisa en sacar el pájaro del departamento. No debía quedar prueba de su existencia. Jarifa podría esconderlo quizá en el puesto del mercado. Pero la salida del ave debía darse de manera furtiva. No había tiempo para hacer cómplice a jarifa. Cuando llegaran los tíos mercaderes la situación debía desarrollarse tan rápido que no cabría el menor titubeo. El desayuno iba a quedar intacto. No se consumirían las jarras de té. No hizo falta hablar con arib para que supiera qué hacer a continuación. Envolvió al pájaro en la tela de la almohada y lo sacó por la ventana. Lo mantuvo un momento suspendido y luego lo arrojó al patio del departamento del piso de la planta baja. De inmediato nos escondimos debajo de las camas. No comenzamos a orar de manera formal. Nos limitamos a repetir en voz alta la historia del patíbulo de mansur al-halaj. La repetición se fue convirtiendo poco a poco en un rezo profundo. Nos interrumpió el pitazo de la locomotora que se encontraba sobre el pedestal de cemento. A menos de tres calles del edificio que habitábamos. Por el camino que lleva a esa máquina vendrían pronto nuestros tíos los mercaderes. Llegarían hasta el departamento con la intención de esquilmar a nuestros padres. No les bastaría con humillarlos. Con destruir el pequeño espacio dispuesto para orar. Con burlas a sus ritos. Echarían mano también de sus ahorros. Les quitarían lo obtenido en los últimos dos años. Tendrían que pasar varios meses para que nuestro padre pudiera recuperarse del embate de sus hermanos. Primero se volvería a construir nuestro adoratorio. El que se encuentra al lado de la puerta de entrada y no está dispuesto con dirección a meca. Después de algún tiempo la alacena volvería a estar provista. Nuestro padre se levantaría una hora y media antes que lo habitual. Ya casi no le alcanzaría el tiempo para dormir. Nuestra madre apenas abandonaría la cama. Se mantendría acostada la mayor parte del día. Mantendría los pies enfermos levantados sobre altos almohadones. Jarifa no podría bañarse con jabón por lo menos en un año. Pero con lo que no contábamos mi hermano y yo era con la suspicacia de nuestros tíos los mercaderes. Habíamos creído que las aves que nos traían cada dos años eran pájaros comunes. Aves encontradas en alguna selva oriental que traían a su tierra de origen sólo como símbolo de su presencia en lejanas comarcas. Sin embargo no era así. El sueño de arib no había evidenciado en lo más mínimo nuestro error. Eran unos pájaros de naturaleza tan fundamental que los únicos que ignorábamos esa condición éramos mi hermano y yo. Años después maldije a nuestros padres por habernos mantenido en la ignorancia. En ese momento no podíamos saber que el remedio que habíamos ideado de retorcerle el cuello al ave iba a terminar siendo peor que la enfermedad. Los pies ensangrentados de nuestra madre terminarían rodando. Esos pies atacados por los hongos se hubieran salvado de no ser por nuestra ligereza de conducta. Entre otras cosas nunca nos preguntamos la razón por la que los pájaros no volaban pese a tener abierta la jaula. Por qué debían dormir junto a nuestras camas. La causa por la que los mercaderes mataban al anterior para dejarnos el siguiente. Por qué caían fulminados con el simple olor de los óleos y los ungüentos. Los cambios que iba experimentando nuestra sociedad no eran recientes. Pero era cada vez mayor el ruido del tráfico urbano que subía hasta nuestras ventanas. También el humo tóxico de las fábricas de los suburbios. La influencia de la televisión que a diario informaba sobre lo que sucedía en el mundo era nefasta. Los libros con literaturas de otras regiones. Sin embargo ningún cambio fue capaz de hacerle entender a nuestros padres que dios es el mismo para todos. Que comprendieran que es único y que no cabía la opción de trinidad alguna. Pensar eso era como adorar a satanás. Pero mientras más contacto tenían con las innovaciones que experimentaba nuestra sociedad más se regodeaban nuestros padres en sus ideas. Tuvo que ser el patíbulo de mansur al-halaj lo que sacaría a la familia de su ensueño. Desde nuestro escondite escuchábamos el murmullo de los vecinos. No era el ruido habitual que producían todos los días. A esos sonidos ya estábamos acostumbrados. En esa ocasión oímos rezos. Gritos de dolor. Llantos de los que nunca antes habíamos sido testigos. Salimos de debajo de las camas y nos asomamos por la ventana. Miramos hacia abajo y vimos a la mujer del departamento de abajo arrodillada junto al pájaro caído. Detrás de ella se encontraban los demás inquilinos. Algunos se sujetaban la cabeza con las manos. Otros no querían ni siquiera mirar la escena. De pronto uno de ellos miró hacia arriba y nos señaló. Quién iba a pensar en ese entonces que los extraños viajes de los tíos mercaderes eran una manera de pagar el pecado de nuestros padres. Que eran parte de la promesa que habían hecho a los patriarcas de nuestra estirpe. Los tíos mercaderes debían dedicar sus vidas a demostrarle a mi padre que dios es el mismo para todos. Debían quitarle su dinero para evitar la instalación de adoratorios profanos. Mis tíos se habían hecho expertos en apreciar los paisajes del camino místico. Pero era demasiado tarde. El patíbulo de mansur al-halaj era nuestra única revelación. De haber sabido antes aquella verdad quizá nuestro padre hubiera preferido meter la cabeza dentro del agua de la bañera y no volver a respirar. Pero mientras ignorara el sacrificio de sus hermanos seguiría llorando por nimiedades. En la cocina nuestra madre estaría a punto de terminar de hacer el desayuno. Estaría asimismo arrepentida de no haber insistido en la preparación del pastel de pájaros silvestres. Tal vez miraría a su alrededor y al comprobar que nadie la observaba tomaría asiento en un banco para quitarse las zapatillas y untar mermelada entre los dedos de sus pies. Trataría de mantener la calma porque pensaría que el pájaro negro continuaba al lado de mi cama. Una vez más se quejaría de los hongos. Esta vez lo haría en voz alta. Como para que los vecinos la escucharan. Los tíos mercaderes llegaron cuando ya estaba oscureciendo. No sé por qué razón ni arib ni yo sentimos miedo. Seguimos en la ventana a pesar de que me pareció ver que las fuerzas policiales empezaban a tomar la parte baja del edificio. Hicieron un cordón humano para impedir que la muchedumbre se acercara. Reconocí a nuestros tíos al primer vistazo. Como de costumbre el mayor llevaba el cayado. Lucían túnicas y barbas espesas. Lograron abrirse paso entre la multitud. Vimos cómo hablaban con las fuerzas del orden. A los pocos minutos estuvieron delante del pájaro muerto. Discutieron entre ellos. Ninguno miró hacia arriba. En el departamento jarifa seguía cantando. Nuestro padre continuaba en la bañera y nuestra madre en la cocina. Parecían haber perdido el sentido del tiempo. Como nunca antes los tíos mercaderes les dirigieron la palabra a algunos de los hombres reunidos. Luego comenzaron a alejarse de manera lenta del edificio. Habían avanzado unos pocos pasos cuando el menor abrió su bolsa y dejó salir volando el ave que traía consigo. Se trataba de un pájaro transparente. De esos que sólo habíamos intuido en sueños. El ave desplegó de inmediato sus alas y logró en pocos instantes subir más alto que el edificio. Arib y yo lo miramos maravillados. El pájaro hizo un par de volutas y desapareció en el horizonte. Antes pasó por encima de la locomotora. Siguió por la avenida que corta bagdad en dos y se perdió por la parte baja de la ciudad. Comprendimos entonces la importancia de vivir en aquella zona. Nos pareció que no se trataba de una casualidad. El departamento hacía las veces de fortaleza desde cuyas ventanas se podía observar de manera perfecta el movimiento de los supuestos enemigos. Los tíos mercaderes se fueron alejando. Habían cumplido su última misión. A partir de entonces podían comenzar a llevar una vida sedentaria. El sueño de mi hermano era más que elocuente. Mansur al-halaj era inmortal. Su sacrificio no había sido inútil. Pronto debíamos bajar y hacernos de los instrumentos necesarios para hacer de nuestro hogar un patíbulo. Ni siquiera jarifa se salvaría. No había abandonado a tiempo el departamento. No estaba escondida entre las yerbas del mercado. La suerte de la familia estaba echada. Debíamos comenzar con la destrucción del adoratorio. Quemar los libros de fiodor dostoievsky. Deshacernos de cualquier objeto que nos hiciera recordar a un pavorreal. Escribir suras nuevos en las paredes. Abracé a mi hermano y juntos nos quedamos contemplando desde la ventana la locomotora en su pedestal. Arib en ese momento se atrevió a hablar. Dijo algo relacionado con los hongos en los pies de nuestra madre.
• Mario Bellatín. Diwan I, México: Sexto Piso, 2023, 152 p.
Mario Bellatín
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