Este artículo apareció en un pequeño volumen de la publicación italiana Reset, el 16 de septiembre de 1994, un día antes del fallecimiento del historiador Karl R. Popper. El autor lo envió en inglés y el director de la publicación lo tradujo al italiano —por lo que sólo se conoce en este idioma—, y de ella realizamos la traducción al castellano. Su importancia resalta por la idea que este célebre defensor de la sociedad abierta propone como la esencia de la democracia: poner bajo control el poder político, venga de donde venga.

El artículo de John Condry que aparece aquí1 muestra la inmensa influencia de la televisión sobre los niños y la gran cantidad de tiempo que pasan frente a ella, dos cosas que están obviamente relacionadas. Me parece que el autor de este ensayo está sumamente informado sobre estos argumentos y que los trata con claridad y de manera muy objetiva. El llega a la conclusión —afirmándolo por primera vez al final de su ensayo— que no se puede reprender a los niños por el tiempo pasado frente a la televisión; y no es su culpa si a través de ella reciben una información distorsionada. Y lo explica de tal modo que nos deja sin esperanza, diciendo que “la televisión no desaparecerá en el futuro y es igualmente improbable que sus cambios lleguen al punto de que se convierta en un ambiente razonablemente aceptable para la realización de la sociabilidad de los niños”.

A este respecto me gustaría hacer un señalamiento sencillo. Me parece que en el último año, por ejemplo en Gran Bretaña, se ha dado un mejoramiento quizá ligero —que no significa que no haya implicado esfuerzo— que vale la pena mencionar. Y, en todo caso, se puede afirmar al menos que las cosas no han empeorado en este último periodo, mientras que hasta los años más próximos a nosotros la televisión se había degradado en casi todos los sentidos.

En el párrafo final, Condry afirma que la televisión no tiene la posibilidad de enseñar a los niños aquello que deben saber conforme crecen y se convierten en adolescentes y luego en adultos. Yo lo diría de otra manera: tal como está organizada ahora la televisión no puede hacerlo. Yo opinaría, más bien, que la televisión, potencialmente desde luego, así como es una tremenda fuerza para el mal podría ser una tremenda fuerza para el bien. Podría, pero es igualmente improbable que esto suceda. La razón es que la tarea de convertirse en una fuerza cultural para el bien es terriblemente difícil. Para decir las cosas de una manera más simple, no contamos con gente que pueda realizar, más o menos por veinte horas al día, material bueno, programas de valor. Es mucho más fácil conseguir gente que produce veinte horas al día de material medio o malo, y quizás una o dos horas al día de buena calidad. Simplemente es una tarea casi imposible, y mientras más son las estaciones transmisoras, tanto más difícil es encontrar profesionales verdaderamente capaces de producir cosas interesantes y de valor. Fácilmente se produce material que se puede definir como “no malo ni dañino”, pero no material atractivo o de calidad durante veinte horas al día.

Hay por tanto una dificultad fundamental, interna, en la raíz del deterioro televisivo. El nivel ha descendido porque las estaciones, para mantener su audiencia, debían producir material cada vez más escandaloso y sensacionalista. El punto esencial es que difícilmente este material es también bueno.

Si alguien deseara que yo explique “qué cosa es el bien y qué cosa es el mal”, le respondería que no me gusta dar definiciones. Sin embargo, creo que cada persona realmente responsable y dotada de intelecto sabe qué entender por “bien” y “mal” en este campo. No deseo profundizar en este punto. Baste en todo caso la referencia al hecho de que disponemos de mucha gente preparada sobre problemas de educación, especialmente en Estados Unidos, donde estos temas tienen una fuerte presencia en las universidades. No falta pues quien esté en posibilidades de distinguir qué cosa está bien y qué cosa no, desde el punto de vista educativo. Por tanto, es posible aplicar esta especie de competencia para hacer que nazca también una mejor producción televisiva, debemos saber que no será fácil y que realizar cosas interesantes y buenas es una tarea para personas de talento.

Este es el problema fundamental, pero hay un segundo problema, igualmente importante: son demasiadas las estaciones transmisoras en competencia. ¿Por qué cosa compiten? Obviamente por acaparar telespectadores, y no —permítaseme decirlo así— por un fin educativo. Ciertamente no entran en el juego para producir programas de sólida calidad moral, para producir transmisiones que enseñen a los niños algún género de ética. Este aspecto es importante y difícil, porque la ética se puede enseñar a los niños solamente proporcionándoles un ambiente atractivo y bueno, y, sobre todo, buenos ejemplos.

¿Qué debemos hacer? El análisis de Condry no nos deja esperanza y, sin embargo, tiene el mérito de no propinarnos cualquier receta ilusoria e irrealizable. Si reflexionamos sobre la historia de la televisión, veremos que, en sus primeros años, era bastante buena. No había los elementos dañinos que han llegado después, ofrecía buenas películas y otras cosas discretas. La razón de esto está en parte en el hecho de que al inicio no había competencia o, por lo menos, existía muy poca, y la demanda tampoco se había extendido. Por ello la producción podía ser más selectiva.

A este propósito es interesante hacer notar qué cosa dicen quienes producen televisión. Con ocasión de una conferencia en Alemania hace no muchos años, me encontré con un responsable de una televisora, que había ido a oírme, junto con algunos colaboradores. No doy el nombre para no personalizar el caso. Tuve con él una discusión durante la cual sostuvo algunas tesis horribles, en cuya verdad naturalmente él creía. Por ejemplo: “Debemos ofrecer a la gente aquello que la gente quiere”, como si se pudiese saber, por las estadísticas de las transmisiones, qué es lo que la gente quiere. Lo que podemos recabar de ahí son solamente indicaciones sobre las preferencias entre las producciones ofrecidas. Mirando aquellos números no puede saberse qué cosa debemos o podremos ofrecer, y él, el director de aquella televisora, no puede saber qué eligiría la gente si recibiera propuestas diversas a las suyas. El caso es que él creía en verdad que la elección era posible solamente en el ámbito de la oferta tal como está, y no veía alternativas. La discusión con él fue verdaderamente increíble. Sostenía que sus tesis estaban apoyadas por las “razones de la democracia” y se consideraba constreñido a caminar por la dirección que sentía como la única que él era capaz de comprender: en la dirección que sostenía ser “la más popular”. Ahora bien, no hay nada en la democracia que justifique las tesis del jefe de aquella televisión, según las cuales el hecho de ofrecer transmisiones a niveles siempre peores desde el punto de vista educativo, correspondía a los principios de la democracia “porque la gente lo quiere”. De este modo todos nos veremos obligados a irnos al diablo.

En la democracia, como he sostenido otras veces, no hay nada más que un principio de defensa de la dictadura, pero tampoco nada que diga, por ejemplo, que la gente que dispone de más conocimiento no deba ofrecerlo a quienes poseen menos. Al contrario, la democracia siempre ha entendido que debe hacer crecer el nivel de educación; es, ésta, una de sus viejas y tradicionales aspiraciones. Las ideas de aquel señor no corresponden para nada a la idea de democracia, que ha sido y es aquella de hacer crecer la educación general ofreciendo a todos oportunidades siempre mejores. En cambio, los principios que él ha explicado tienen como consecuencia ofrecer a las audiencias niveles de producción siempre peores, que las audiencias aceptan por la pimienta que se les pone, por los condimentos, por los sabores fuertes, que por lo general son representados por violencia, sexo y sensacionalismo. El hecho es que, mientras más se emplea este género de condimentos, más se enseña a la gente a exigirlos. Y desde el momento en que este tipo de intervenciones es el más fácil de captar por parte de los productores, y aquello que produce una reacción más fácil de parte de las audiencias, se determina una situación por la cual se exime de pensar en intervenciones más difíciles. Basta con tomar el recipiente de la pimienta y meterlo en las transmisiones. Así, un responsable televisivo puede pensar que el problema se ha resuelto. Y esto ha sucedido año tras año desde que la televisión apareció: condimentos más fuertes sobre el alimento preparado porque es malo, con más sal y más pimienta se busca disfrazar un sabor desagradable.

Cuando comenzaron las transmisiones televisivas yo tenía alrededor de cuarenta años, y tuve una discusión por demás candente con la persona —una maestra de psicología— encargada por el gobierno británico de dar una valoración acerca del problema de si la televisión sería o no peligrosa para los niños. La profesora dio su respuesta: no, la televisión no era peligrosa para los pequeños. Creo que llegó a aquella conclusión después de haber visto algunos programas de aquella televisión inicial. Después, el gobierno británico hizo suyo aquel juicio y el asunto ya no se volvió a considerar un problema. Pero desde aquel momento la oferta televisiva, de una manera lenta pero segura, comenzó a deteriorarse hasta hace aproximadamente un año, cuando -al menos en Gran Bretaña- han sido muy numerosos y obvios los indicadores sobre la enorme cantidad de violencia y de crímenes aparecidos en los programas televisivos vistos por los niños, por lo que ha habido por lo menos una sensible interrupción del deterioro hasta ahora constante.

Hace ocho años, en una conferencia, sostuve la tesis de que estamos educando a nuestros niños hacia la violencia, y que si no hacemos algo la situación necesariamente se deteriorará más porque las cosas se mueven siempre en la dirección de la menor resistencia. En otras palabras, se va siempre hacia la parte que resulta más fácil, aquella en la cual uno se ayuda a superar un problema reduciendo las exigencias del trabajo. Aquellos condimentos de los cuales hemos hablado son el medio que los productores de televisión tienen más fácilmente a su disposición para ayudarse; son el efecto experimentado que siempre es capaz de capturar las audiencias. Y si las audiencias están cansadas, basta con aumentar la dosis. Se trata de un mecanismo que probablemente se volvería a dar en el caso que se empujase la situación para atrás. No conozco la televisión italiana, pero así es en Gran Bretaña y en Estados Unidos. Existe ahora un discreto número de casos en el cual los responsables de actos admiten haberse inspirado en la televisión para sus crímenes. Y ha sido clamoroso el caso de dos muchachitos, de diez años y medio, que en Liverpool secuestraron y mataron sin ningún motivo a un niño de dos años, en febrero de 1993. El hecho causó gran interés y alarma: se trataba de un tipo de depravación del cual difícilmente se podrán encontrar antecedentes. También se discutió mucho relacionando aquel episodio con la televisión, pero vinieron diversos expertos a sostener que, psicológicamente, era un error hacer esa relación. Por eso ahora deseo hacer una afirmación muy simple y muy clara sobre la psicología de las relaciones entre los niños y la televisión.

Entre otras cosas, cuando hablamos de pensamiento debemos referirnos a la “orientación en el mundo”, una capacidad que de hecho es fundamental para que se pueda ejercer el pensamiento. ¿Qué cosa es? Es la capacidad de encontrar nuestro camino en el mundo. Este argumento nos remonta mucho más atrás en el tiempo. Se trata de cierta cosa que me resulta bastante familiar y, aunque no he escrito mucho específicamente sobre este punto, se pueden encontrar rastros en varias de mis obras sobre teoría del conocimiento. En la relación entre niños y televisión nos encontramos frente a un problema evolutivo. Los niños vienen a este mundo estructurados para una tarea, la de adaptarse a su propio ambiente. Por lo que yo sé, esta formulación, muy simple, no había sido traída a la discusión sobre el problema de la televisión. En otras palabras, en su propio equipamiento para la vida, los niños son equipados para poder adaptarse a los diversos ambientes que encontrarán alrededor. Por lo tanto, en su evolución mental ellos dependen, en gran medida, de su ambiente, y eso que llamamos educación es algo así como la influencia de este ambiente que juzgamos buena para el desarrollo de estos niños. Nosotros mandamos a los niños a la escuela para que puedan aprender algo. Pero, ¿qué significa realmente “aprender”? ¿Y qué significa “enseñar”? Significa influir su ambiente de tal manera que puedan prepararse para sus futuras tareas: la tarea de convertirse en ciudadanos, la tarea de ganar dinero, la tarea de convertirse en padres y madres para una nueva generación, etcétera. Por eso todo depende del ambiente, vale decir que, como las generaciones precedentes, somos responsables de crear las mejores condiciones ambientales posibles. Ahora, la cuestión es que la televisión es parte del ambiente de los niños y una parte de la cual nosotros somos obviamente responsables, porque se trata de una parte del ambiente hecha por el hombre (man-made).

En el curso de mi vida me he ocupado bastante de la educación. En particular, he aprendido mucho en las relaciones con los sujetos más difíciles, que provenían casi siempre de hogares en los cuales existía violencia. Generalmente se trataba de violencia sobre las madres de estos pequeños ejercida por los padres, con frecuencia alcohólicos, que condicionaban con la violencia la vida familiar entera. Este era el modo típico en el cual el ambiente de los niños desafortunados podía ser influido por la violencia. Ahora la violencia en el hogar ha sido sustituida y sobrepasada por la violencia que aparece en el aparato televisivo. Es a través de este medio que la violencia viene puesta diariamente frente a los niños durante horas. Mi experiencia me lleva a considerar muy importante este punto, diría decisivo. La televisión produce la violencia y la lleva a los hogares en donde no se daría de otra manera.

Vayamos ahora al problema de lo que puede hacerse. Preguntémonos: ¿Se puede hacer algo? En realidad, son muchos los que piensan, como Condry, que no se puede hacer nada, especialmente en un país democrático, porque, primera objeción, la censura no casa bien con la democracia y, segunda objeción, la censura no sería eficaz con la televisión porque llegaría siempre retrasada y sería prácticamente imposible organizar el trabajo de un censor preventivo sobre las transmisiones. Tal vez por esta vía se podría obrar confrontando las responsabilidades de la producción de quienes tienen mala fama —por el amplio uso que hacen de la violencia—, pero no es un método que se pueda extender a todo el sistema televisivo.

Ilustraré ahora mi propuesta, para la cual he adoptado el modelo empleado por los médicos y por la forma de control generalmente instituida para su propia disciplina. Los médicos son controlados por las propias organizaciones, según un método que es altamente democrático. En efecto, los médicos poseen un gran poder sobre la vida y muerte de sus pacientes, que necesariamente debe ser puesto bajo un control. En todos los países civilizados existe una organización a través de la cual los médicos se controlan a sí mismos y existe también, naturalmente, una ley del Estado que define las funciones de esta organización. Propongo que el Estado cree una organización similar para todos los involucrados en la producción televisiva. Cualquiera que esté relacionado con ella debe contar con un permiso [patente], licencia, oficio, que se le pueda retirar de por vida en el momento que obre en contra de ciertos principios. Esta es la vía a través de la cual me gustaría introducir finalmente una disciplina en este campo. Quien haga televisión debe necesariamente pertenecer a la organización, tener una licencia. Y al realizar cualquier cosa contra las reglas de la organización y, de acuerdo con un juicio de la misma, puede perder ese permiso. El organismo que poseerá la facultad de retirar la licencia será una especie de Corte. Por eso, todos, en un sistema televisivo que operara según mi propuesta, estarían bajo la constante supervisión de este organismo y deberían sentirse constantemente en las condiciones de quien, si comete un error —siempre con base en las reglas fijadas por la organización—, puede perder la licencia. Esta supervisión constante es un poco más eficaz que la censura, también porque la patente, en mi propuesta, debe ser concedida sólo después de un curso de adiestramiento al término del cual se hará un examen.

Uno de los fines principales del curso será enseñar, a quien es candidato para producir televisión que, de hecho, le guste o no, se verá envuelto en la educación de masas, un tipo de educación terriblemente poderoso e importante. Deberán darse cuenta de esto, a gusto o disgusto, todos los involucrados en la producción televisiva: obran como educadores porque la televisión lleva sus imágenes a los niños, jóvenes y adultos. Quien hace televisión debe saber que toma parte en la educación de los unos y de los otros.

Cuando me ha correspondido hablar de esto con trabajadores de la televisión, me doy cuenta de que les parece una novedad. Jamás pensaron a fondo sobre este aspecto de su trabajo, pero no les resultaba difícil admitir que las cosas estaban así. Deben aprender que la educación es necesaria en cualquier sociedad civilizada, que los ciudadanos de esta sociedad —las personas que se comportan civilizadamente— no son un resultado casual, sino que son el resultado de un proceso educativo. ¿Y en qué consiste fundamentalmente un modo civilizado de comportarse? Consiste en reducir la violencia. Es ésta la función principal de la civilización y el fin de nuestros intentos de mejorar el nivel de civilidad de nuestras sociedades. Sostengo que los cursos deben basarse en enseñar la importancia fundamental de la educación, sus dificultades, y que el punto central de este proceso no consiste solamente en enseñar hechos, sino en enseñar lo importante que es la eliminación de la violencia.

En el curso se deberá enseñar cómo reciben las imágenes los niños, cómo absorben lo que la televisión les ofrece y cómo tratan de adaptarse al ambiente influido por ella. Enseñar los mecanismos mentales por los que, tanto los niños como los adultos, no siempre poseen el grado suficiente para distinguir aquello que es ficción de lo que es realidad. Por ejemplo, se ha dado el caso, aquí en Inglaterra, de una señora que ha tratado de golpear a un actor después de que éste había desempeñado el papel de un criminal. Y, como se sabe, un objetivo de la ficción en general y de sus diversas formas ofrecidas por la televisión, es hacer que las escenas parezcan lo más vivas y reales que se pueda.

Los procedimientos mentales que distinguen o sobreponen realidad y ficción deben ser conocidos por los trabajadores de la televisión porque para muchos son una novedad. Muchos de ellos ignoran las consecuencias subconscientes que su propio trabajo ejerce sobre niños y adultos. Es evidente que este género de efectos de la televisión depende del nivel de inteligencia de los televidentes y de otros factores: todo esto deberá ser objeto de los cursos, en los cuales se prestará una particular atención al riesgo de mezclar realidad y ficción, y a los efectos de confusión que se pueden derivar sobre los sujetos más expuestos.

Hay un cierto nivel de aprendizaje y de inteligencia que requieren las víctimas de la televisión para distinguir entre aquello que se les presenta como realidad y aquello que se les ofrece como ficción. Se trata de un problema muy serio sobre el cual se debe profundizar en los cursos para que quienes trabajan en la televisión, se den cuenta muy bien de lo que están haciendo con los televidentes adictos. Y la concesión de la licencia deberá subordinarse a un examen en el que los candidatos demuestren no sólo que han aprendido la materia, sino que están conscientes de su propia responsabilidad educativa en la confrontación con las audiencias. Y deberán prometer que cumplirán con esta responsabilidad, actuando en consecuencia. Quien hace televisión deberá saber muy bien cuáles son las cosas que debe evitar, de tal modo que impida que su actividad tenga consecuencias antieducativas.

La institución que otorga el permiso no deberá examinar atentamente sólo a los productores de televisión —que tienen la responsabilidad más elevada en las decisiones sobre los programas—, sino a todos los trabajadores, técnicos, camarógrafos…, porque todos los que están envueltos en la producción televisiva cargan con una responsabilidad. Y todo trabajador podrá decir a los dirigentes de la producción: “No trabajaré en este programa porque quiero cumplir mi promesa y no deseo arriesgarme a que me retiren la licencia”. Esto debería crear una situación en la cual el productor, de hecho, quedaría bajo el control de la gente con quien trabaja.

La propuesta que he lanzado aquí no es sólo muy urgente sino, desde el punto de vista de la democracia, es también absolutamente necesaria. Y explico por qué en unas cuantas palabras conclusivas. La democracia consiste en poner bajo control el poder político. Es esta su característica esencial. En una democracia no debería existir ningún poder no controlado. Ahora bien, sucede que la televisión se ha convertido en un poder político colosal, se podría decir que, potencialmente, el más importante de todos, como si fuera Dios mismo quien habla. Y así será si continuamos consintiendo el abuso. Se ha convertido en un poder demasiado grande para la democracia. Ninguna democracia sobrevivirá si no pone fin al abuso de este poder. En este momento se abusa de ella seguramente, por ejemplo, en Yugoslavia. pero el abuso puede aparecer en cualquier parte. Obviamente se abusa de ella en Rusia. En Alemania no había televisión bajo Hitler, pero su propaganda fue construida sistemáticamente casi con la potencia de una televisión. Creo que un nuevo Hitler tendría, con la televisión, un poder infinito.

Una democracia no puede existir si no pone bajo control la televisión o, más precisamente, no podrá existir por mucho tiempo cuando el poder de la televisión se descubra plenamente. Lo digo así porque los enemigos de la democracia tampoco están del todo conscientes del poder de la televisión. Pero cuando se percaten a fondo de lo que pueden hacer, la usarán de todos los modos, también en las situaciones más peligrosas. Y entonces será demasiado tarde. Deberíamos vislumbrar ahora esta posibilidad y controlar la televisión con los medios que he propuesto aquí. Naturalmente yo creo que son los mejores y tal vez también los únicos. Es obvio que cualquier otro puede lanzar propuestas mejores, pero hasta ahora no me parece haber oído ninguna otra.

 

Karl R. Popper

Traducción de Ignacio Ruiz Velasco N.


1 El volumen mencionado incluye el ensayo de John Condry “Ladrona de tiempo, sierva infiel”; las brevísimas referencias a éste en el texto de Popper se entienden por sí mismas. (N. del T.)