A partir del trabajo de Lottman, este texto sigue esencialmente los derroteros de la vida política de Camus y sus accidentada relación con el patriarca del comunismo francés Jean Paul Sartre.


A través del personaje Henri Perron Simone de Beauvoir describe en Los mandarines al Camus que conoció en el ambiente intelectual parisino de los años que siguieron a la guerra mundial. En el retrato aparece un hombre joven, inteligente, afable, excelente periodista, magnífico escritor que tenía, por añadidura, la cualidad de relacionarse fácilmente con los jóvenes. Perron vivía la existencia a través de un compromiso personal distante de toda militancia política; buscaba la autenticidad como escritor, se sabía atado al destino de los humildes, pero el derrotero de su vida fue un camino sinuoso y con altibajos a veces pronunciados. De Beauvoir se encarga de subrayar en su personaje las vacilaciones, las dudas, Ios miedos, Ias inseguridades e incongruencias.

“No sé bastante, no veo claro, tomo partido a la ligera, no tengo tiempo, nunca tendré tiempo”. “Me sublevo porque temo que la política me devore, porque temo las nuevas responsabilidades, porque deseo disfrutar de ratos de ocio, y sobre todo ser el dueño en mi casa”.

En ese terreno, Perron (Camus) era diferente de Dubreuilh (Sartre), cuya silueta aparece en la novela como contraste: un intelectual de mente lúcida, zoon politikon de convicciones claras con una postura de izquierda marxista —aunque independiente del Partido Comunista Francés— para quien no cabía ninguna duda fundamental: su destino era ser compagnon de route de los comunistas franceses a quienes respetaba y veía como la fuerza política en la que (fatalmente) se condensaba el futuro de la humanidad.

En la novela, como en la realidad, el contraste entre estos dos personajes se habría de resolver con la ruptura. Si algo separó a Camus de Sartre no fue la filosofía, sino la política: las distintas posturas que adoptaron frente a la realidades de la Guerra Fría. Al concluir la Seguna Guerra, Camus era director de Combat, periódico de la Resistencia y su posición lo colocó, de un momento a otro, en medio del antagonismo inconciliable de los poderes que se disputaban palmo a palmo su hegemonía sobre el mundo. Comenzaba la era bipolar.

En su novela, Beauvoir hace una descripción de cómo surgió la pugna entre comunistas (estalinistas) y simpatizantes del capitalismo (filo‑estadunidenses) y cómo esta pugna se proyectó, bajo la forma de afiliaciones incondicionales y dogmatismos, en el ambiente intelectual francés. Todo mundo debía afiliarse en uno u otro campo; no había lugar para terceras posiciones. En esa atmósfera —en donde, como diría Sartre, las palabras equivalían a disparos— hubo, sin embargo, un hombre que mantuvo contra viento y marea sus convicciones independientes y que, en realidad, simbolizó la posibilidad de una tercera vía política —una opción política democrática y humanitaria. Ese hombre fue Albert Camus. Sartre, por su parte, censuró con actitud la posición de su compatriota y amigo.

El primer hombre

El título El primer hombre que utilizó Camus para su última novela, inconclusa, encerraba un simbolismo que se hace evidente en el relato de su vida: sin genealogía, salido de la nada social, Camus se juzgaba a sí mismo el primer hombre, un ser sin pasado fundador de una genealogía. Nació en Belcourt, barrio miserable de Argel, en un hogar de analfabetos. Según confesión de Camus. “su casa era un universo cerrado, sin un libro, incluso sin un periódico o una revista”. Era un chiquillo enclenque, tempranamente distinguido y “empujado” por su maestro de sexto año de primaria, Louis Germain. La gratitud de Albert hacia su maestro sería perdurable pues, muchos años después, en 1957, cuando publicó el opúsculo que contenía su discurso de aceptación del Premio Nobel, lo dedicó al “Sr. Louis Germain”.

Estudió filosofía, mas nunca concluyó la carrera, debido a una enfermedad respiratoria que, como se revelaría tiempo después, era tuberculosis. Sus dotes para la expresión lingüística se manifestaron temprano. Su camino hacia la literatura se inició en el periodismo y el teatro de aficionados, en donde destacó como actor y director. Figura carismática, fue deportista, poseía un cuerpo esbelto y flexible, vestía con modestia, pero elegantemente. Tenía la apariencia -confiesan sus amigos- de un gigolo y atraía de manera natural tanto a hombres como a mujeres.

Su amigo Maisonseul confiesa: “Hacía gala de maneras excepcionalmente afables, con una brizna de ironía, una soltura y una elegancia de lo más naturales”. Pero no sin cierta ternura, “con un asombro en la mirada que rápidamente se veía realzado por una ligera ironía de la boca, un punto brillante en la mirada y a a veces una gran lasitud melancólica, aunque también podía ser muy alegre, con un gran sentido de lo cómico. Esta seducción actuaba sobre toda persona a la que fuese presentado”.

Militó en el Partido Comunista de Argelia (PCA), de donde fue expulsado por sus posturas conciliadoras. En la época de la entreguerra, bajo el dominio estalinista, los comunistas condenaban a quienes mantenían posiciones democráticas o socialdemócratas lanzándoles, como dardos venenosos, epítetos como aquel, célebre, de “socialtraidor” o el otro, no menos popular y usado más tarde, de “socialfascista”. Camus quedó moralmente preso entre las posturas del PCA que apoyaba el dominio colonial de Francia sobre Argelia y los no menos intransigentes nacionalistas musulmanes. “El abismo abierto entre comunistas y nacionalistas musulmanes sólo podía desmoralizar y angustiar a Albert Camus”, dice Lottman. “Camus se sentía muy decepcionado ante el repentino amor de los comunistas por el ejército francés y la defensa de la patria; sobre estos temas daba muestras ante sus amigos más cercanos de una ironía sangrienta”.

Finalmente, fue expulsado de la cofradía marxista. Desde ese momento, comenzó para él un doloroso itinerario de desencuentros con los partidos políticos. Su desconfianza en la política hizo que su preocupación por los hombres se transformara en una preocupación esencialmente moral. Pero ¿se puede separar la moral de la política? Su rechazo a la política no evitó que, a la larga, salieran a flote las connotaciones políticas de sus principios morales.

La crisis de la Europa de la posguerra fue para él una crisis marcada por el nihilismo:

Estamos en el nihilismo… No saldremos de él fingiendo ignorar el mal de la época o decidiendo negarlo. Por el contrario, la única esperanza es nombrarlo y hacer su inventario para encontrar la curación de la enfermedad.

Publicó libros y ensayos, viajó a Francia, se involucró en la lucha antinazi y devino director del periódico Combat, órgano central de la Resistencia. En 1942, el público supo de la aparición de El extranjero. La lectura de este libro causó reacciones diversas. Muchos se desconcertaban tratando de encontrar en el texto un sentido que se desvanecía entre párrafos escritos con admirable perfección y elegancia de lenguaje. El efecto era unas veces de sorpresa, otras de irritación, pero en todos los casos suscitaba admiración por su acabado formal y por la profundidad filosófica que sugería el relato.

El extranjero presenta un pasaje de la existencia de un hombre que no comparte las convenciones que sustentan el orden social, un outsider, para quien la ley y la moral nada representan. “El héroe de esta historia —diría el autor tiempo después—, es condenado a causa de que no acepta las reglas del juego. En este sentido, es extranjero a la sociedad en la que vive; él vagabundea en el margen, en el suburbio de la vida privada, solitaria y sensual”. Este personaje no sólo era ajeno a las convenciones: tampoco tenía liga alguna con la religión, con sentimientos como el amor o el odio. Es un ser humano que puede ser juzgado, pero él rehusa justificarse. Vive y muere sin apegarse a sentido alguno, en una existencia absurda que busca un valor sin jamás encontrarlo.

Más tarde vendrían El mito de Sísifo, El malentendido, Calígula y La peste. Con este último libro (1947) llegó para Camus la celebridad. Para entonces, sin embargo, Camus comenzó a sufrir los estragos de la tuberculosis, enfermedad con la que había convivido desde su juventud. Su vida no fue la de un asceta, pero su afán de penetrar el secreto del mundo lo volvió —como a tantos otros grandes hombres de letras— un solitario rodeado de seres que lo amaban o admiraban.

Por alguna extraña razón los viajes le eran penosos (“Viajar no es divertido ni fácil”). Su viaje a Estados Unidos, en 1946, le lleva a confirmar su pesimismo respecto al progreso y la civilización. Tres años después viaja a Brasil, Argentina, Uruguay y Chile en un periplo que quedó consagrado en su diario personal como un esfuerzo para vencer su infinita soledad y su propia debilidad física. Nada, en ese viaje, lo conmueve profundamente y en sus registros sólo destaca la descripción de una ceremonia de vudú en el Brasil.

Un suceso determinante en su vida fue la polémica con Jean Paul Sartre en las páginas de Les Temps Modernes (1952). Camus había manifestado una extrema susceptibilidad ante las críticas en una anterior polémica con André Breton. Cuando en 1951 publicó El hombre rebelde en donde abiertamente tomó posición contra el estalinismo, despertó un alud de imprecaciones y respuestas verbalmente violentas, al mismo tiempo que atrajo —contra su voluntad personal— las simpatías de las fuerzas de derecha y anticomunistas.

Hubo personas, como Maurice Nadeau, que vieron en el libro de Camus una obra con significado histórico: “Más que la toma de conciencia de una época, por una mente lúcida y valiente, no tardará en verse en él una reflexión de la época sobre sí misma, el anuncio de un viraje decisivo a partir del cual se plantearán de forma diferente algunos problemas”.

En el bautismo de la llamada guerra fría entre comunistas y anticomunistas, Camus tomó posición inequívoca a favor de la libertad y en contra de todo aquello que oprimía al individuo incluyendo las dos formas de nihilismo contemporáneo, la burguesa y la revolucionaria. Y recomendaba a los intelectuales:

1) Hay que reconocer lo que daña al hombre y denunciarlo.

2) No hay que mentir y hay que confesar lo que se ignora.

3) Hay que negarse a dominar.

4) Que se rechace, en cualquier caso y sea cual sea el pretexto, todo despotismo, aunque sea provisional.

Camus nunca aceptó con docilidad las posiciones de la izquierda francesa y eso suscitó el rencor contra él de los militantes del PCF y sus compagnons de route, como el grupo de Les Temps Modernes. Sartre criticaba en privado a Camus diciendo que no había leído a Marx y Engels y se nutría de refritos de la obra de estos, pero pasó tiempo para que el consejo de redacción de la revista se decidiera a presentar una crítica de El hombre rebelde. A la postre, Sartre concluyó que no hablar de la obra equivalía a hablar mal de ella, por lo cual recomendó a Francis Jeanson hacer el estudio correspondiente.

Jeanson era un joven que había abrazado el marxismo sin considerarse él mismo comunista. Su crítica, no obstante los esfuerzos de Sartre por mitigarla, fue brutal (mayo de 1952). Tuvo términos elogiosos para el humanismo y la sensibilidad moral de Camus, pero le reprochaba su “pseudofilosofía y pseudohistoria de revoluciones”.

Camus, dice Lottman, reaccionó ante esa crítica como un amante decepcionado pues él mantenía amistad estrecha con el grupo que encabezaban Jean‑Paul Sartre y Simone de Beauvoir. En un primer momento se deprimió, más tarde optó por enviar a la revista una carta‑respuesta que provocó una reacción airada y fulminante de puño y letra de Sartre. La diferencia entre el texto de Camus y el de Sartre reside en que el primero apunta a la crítica y el método de Jeanson, en tanto que el texto de Sartre adopta un tono personal:

Nuestra amistad —dice Sartre— no era fácil pero la echaré de menos. Si hoy la rompe usted, es sin duda porque tenía que romperse. Muchas cosas nos acercaban, pocas nos separaban. Pero esas pocas eran todavía demasiadas. También la amistad tiende a volverse totalitaria; es necesario estar en todo de acuerdo o exponerse a la desavenencia.

El corolario es conocido: la fuerza del prestigio intelectual de Sartre fue determinante en Ia balanza para que el pequeño‑gran mundo de los intelectuales parisinos se inclinara a favor de éste. Con su hiper‑susceptibilidad de intelectual finalmente “venido de la provincia”, Camus asimiló la respuesta como un golpe psicológico devastador. Su vida entró, desde ese momento, en un ciclo de depresión que se extendería hasta su muerte, en 1960. Sólo la perspectiva del tiempo habría de revelar que en ese debate —como en cualquier otro— la verdad había sido ahogada por el aplauso de la multitud y que las ideas de Albert Camus sobre la opresión que vivían los hombres bajo el sistema comunista eran correctas.

 

Gilberto Guevara Niebla
Es director de la revista Educación 2001.


Herbert A. Lottman, Albert Camus. Taurus, Madrid, 1994.