Matar a la jirafa

Entre las anécdotas de los primeros años de mi familia al poco tiempo de migrar a Siria, una de las menos virtuosas recuerda el intento de mi tío abuelo por participar en la industria ganadera en su nuevo país. Ni el campo era afín al origen otomano-turco o a su entorno griego ortodoxo, ni la actividad tenía alguna relación con su bagaje político, religioso o cultural. La región que hacía suya era más que árida y no contaba con la experiencia, clima o estructura mínima para importar un buen número de vacas y llevarlas a pastar donde no crecía hierba. Si hubo permisos fue porque a nadie le importaba, porque la excentricidad caía en lo privado de una mala lógica.

Las cabezas de ganado murieron una a una. Cayeron de hambre, de sed, a merced de la falta de cuidados y el desconocimiento para darlos. Ninguna noción de crueldad se asomó entonces o en las décadas siguientes. Parte de los avances civilizatorios radican en comprender lo permisible de los actos y entender lo que es cruel, innecesario e idiota.

El tiempo y lo imberbe regaló fueros. O Siria se encontraba aún bajo mandato francés o el país apenas se había independizado; sus tropicalismos —para nombrarlos en nuestros códigos políticos— no es que fueran aceptables, pero su nivel de insensatez tenía repercusiones apenas medidas en términos económicos y de una vergüenza contenida. Tampoco fue lo más absurdo que hicieron él o sus hermanos. Me resulta más notable conseguir un decreto para emparentar al higo con la uva y así librar una prohibición a elaborar licores no provenientes de la vid.

Rondaba el medio siglo. Medio Oriente se conformaba. La pedagogía política tenía el nivel de un jardín de niños.

Supe de suertes similares a la de aquellas vacas en animales convertidos en los trofeos personales del delirio. Su presencia no guardaba razón similar a las vacas del desierto; leones y otros felinos de gran tamaño eran mascotas del hijo de Sadam Huseín hasta la llegada de tropas estadunidenses en 2003. Como les sucedió a otros mamíferos en Libia a la caída de Gadafi, varios murieron de inanición, sed o en el desamparo.

Hace unos años en Emiratos Árabes Unidos se planteó la posibilidad de llevar un oso polar a un parque en proyecto: Ice Dubai. La idea se desechó.

Al sur de la capital mexicana, un hotel boutique ofrecía sus cuartos en una vieja propiedad decomisada a algún capo y realizaba terapias de aguas en un muy cuidado estanque donde antes nadaban los hipopótamos del viejo dueño y criminal. Si bien para los arcones de la inmoralidad su destino es interés de quien quiera averiguarlo, la relación con aquellos animales está suscita en distintas dosis a la irresponsabilidad, el sinsentido, la magnanimidad, la petulancia o la imbecilidad.

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Publicado en: 2024 Febrero, Ensayo