“Mi vida verdadera serán los libros que algún día escribiré”; estas palabras de Juan Vicente Melo me causan desazón, ya que apenas escriba un nuevo libro, la vida verdadera se pospondrá hasta la obra siguiente, y así por la eternidad que dura una vida corriente. Cualquiera, si tiene deseos o arrestos suficientes, puede ratificar que la escritura (incluso la de los contadores públicos) es, sobre todo, la aspiración a un orden en el que cada palabra sucede a la otra, agobiada por una misma responsabilidad: hacerse de un nido o de un lugar correcto con el propósito de, en compañía de otras palabras, darse a comprender e hilar sentido. ¡Orden! ¡Orden!, aunque éste sea algo nebuloso y se le considere sólo un horizonte.
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