Noé Cárdenas. Escritor. Secretario de redacción del suplemento cultural El Semanario del diario Novedades.

Desde que Carlos Fuentes decidió incluir en cada libro -a partir de Cristóbal Nonato- la tabla de su corpus narrativo llamada “La edad del tiempo”, la crítica se ha mostrado perpleja ante las modificaciones hechas por el autor según han ido apareciendo los nuevos títulos: unos ya estaban previstos, otros han hallado acomodo dentro de la lista demostrando con esto que “La edad del tiempo” de ninguna manera es una construcción fija, signo de acabamiento o cierre de las tareas narrativas de Carlos Fuentes, pues todo otro tiempo -la eternidad- no admitiría acotaciones de este mundo. La frontera de cristal pertenece al inciso “IX. Los días enmascarados”, comparte sitio con otros tres libros ya existentes de cuentos (el que le da título a la sección, Cantar de ciegos y Agua quemada), y no poco de la idea mítica de tiempo incierto, lapso aciago que sigue y precede al ciclo regular. “¿Habrá tiempo -se lee en las páginas finales de La frontera de cristal- para vernos y aceptarnos como realmente somos, gringos y mexicanos destinados a vivir juntos sobre la frontera de río hasta que el mundo se canse, y cierre los ojos, y se pegue un tiro confundiendo la muerte y el sueño?”.

El título del libro emula la ironía que se da, digamos, en los anaqueles que soportan varios acuarios: los distintos peces que los habitan forman en conjunto una comunidad en el aislamiento, se miran constantemente unos a otros pero no pueden transponer las fronteras ilusorias, aunque sólidas. El cuento que da título a la novela tiene mucho de “acuario”: se trata de un romance fugaz entre una gringa publicista y un por necesidad improvisado limpiaventanas mexicano: a través de un cristal en el piso cuarenta de un rascacielos e Manhattan, ambos reconocen la melancolía el anhelo alojado en sus espíritus recordando cada uno su propia vida e imaginando la de otro; la historia concluye con un beso cristal mediante.

La frontera de cristal posee una particularidad formal anunciada desde la portada del libro: se trata de “una novela en nueve cuentos”, o de nueve cuentos que juntos conforman una novela, según ya no el color, sino el lado del cristal desde donde se mire: al abordar el tema de la hibridación nacida de y en la frontera entre México y Estados Unidos, es una novela afectada necesariamente por la relatividad del acá y el allá (Grande, Bravo: dos nombres para el mismo río); es, también, un conjunto de cuentos cuyos asuntos reformulan, con arreglo a la situación fronteriza contemporánea, las preguntas persistentes del alma humana que hallan respuestas de paradójica -y siempre cruel- resolución, el amor de pareja que se realiza sólo a través de la suspensión abrupta de la relación (“La apuesta”) o del “espejismo” (“La frontera de cristal”), la búsqueda del calor humano obstaculizada por las diferencias electivas (“Las amigas”), el lastimoso reconocimiento de la soledad del individuo y los mecanismos íntimos para paliar la condición de despojados, de olvidados (“La raya del olvido”)… Nueve cuentos, nueve particularismos de situaciones comunes vividas en la zona fronteriza o bien en ciudades donde se aglomeran mexicanos (Los Angeles, Chicago) o que son visitadas permanentemente por los gringos (la Ciudad de México, Cuernavaca).

Como novela, La frontera de cristal atiende idiosincrasias, las confronta, las disecciona para mejor entenderlas: la cortesía, signo de una aristocracia hispánica, frente a los protocolos fríos que no admiten el más mínimo contacto físico y que exigen una serie de gestos artificiales para entenderse socialmente, la fanfarronería neonazi representativa de un policía fronterizo que evita el sol para conservarse blanquísimo frente al machismo y bravuconería de un chofer mexicano -también representativo- que manifiesta su resentimiento manejando como cafre; el lunch de hule gringo que se consume en pocos minutos frente a los almuerzos vastos y condimentados, etc. Como estrategia formal para otorgarle al conjunto condición de novela -más allá de la cohesión que da el tema de los asuntos fronterizos-, en los cuentos que conforman La frontera de cristal se entrecruzan algunos personajes; de una pieza a otra, sus destinos se van completando o complementando al entrar en contacto con el de nuevas apariciones sin que se afecte la integridad de los cuentos como unidades independientes. La digresión propia del género novelístico está dada en virtud de la diversidad de aspectos abordados en cada uno de los nueve cuentos; en “La apuesta”, por ejemplo, la acción se traslada a las cuevas de Altamira. De esta manera, La frontera de cristal toca el ámbito de las maquiladoras a través de los pasados. deseos, inquietudes de varias muchachas dedicadas a la maquila; se refiere a las costumbres de los ricos mexicanos que hacen su vida del otro lado; aborda el caso de los jóvenes mexicanos que estudiaron en una universidad gringa cuando el país vivió bajo la ilusión de riqueza petrolera del sexenio de López Portillo; asimismo, la contraparte: el de jóvenes pertenecientes a la depauperada clase media abatida por las devaluaciones y el “error de diciembre” que, rotas sus aspiraciones, tiene que buscar oportunidades del otro lado; la novela también hace referencia a la suerte de los braceros durante cuatro generaciones y a los pueblos a los que pertenecen, cuya subsistencia -aún más: existencia- depende exclusivamente de las remesas que les mandan aquéllos; los problemas -y temores, sobre todo después de la aprobación de la 187- de los mexicano‑norteamericanos también son abordados por Carlos Fuentes en esta novela. ¿Y qué pasa con la conveniencia gringa, en relación a la contratación de braceros o a su denuncia ante la migra si éstos por el momento no son necesarios? El TLC ¿es una inocente e hipócrita jugarreta más de los gringos? Nada, a este respecto, queda fuera de La frontera de cristal.

El autor ha empleado diferentes estilos y recursos narrativos -¿habrá alguno que no haya probado con anterioridad Fuentes?- según los requerimientos expresivos de cada cuento. Sorprende, una vez más, el talento de este novelista por abarcar espacial y temporalmente aspectos de tan diversa índole reconcentrándolos en historias multifacéticas merced a un conocimiento profundo de los temas que aborda. El humor y la ironía presentes en esta novela certifican un retorcimiento más del colmillo de este narrador. Hasta en las piezas en las que Fuentes utiliza estereotipos (el indio dormido bajo un cacto) o cuando actualiza mitos con el objeto de que éstos permitan distintas perspectivas para observar ciertos fenómenos sociales contemporáneos, de competencia universal (“Malintzin de las maquilas”), el ojo novelístico de este heredero de Quevedo halla modos de acoplamiento, de darle cabida -o salida- a las correspondencias secretas de las cosas a través del lenguaje. ¿Resumen, compendio, menú personalizado de lo que en la actualidad acontece en esta parte del mundo sancionada por la condición fronteriza? En todo caso La frontera de cristal es un libro cuya lectura logra exponer varias facetas de un cristal fronterizo -acaso un laberinto de azogue: imagen recurrente en estas páginas- a punto de ser agua o de ser aire o de volver al barro.

La destreza novelística de Carlos Fuentes no tiene límites. Para comprobarlo, basta asomarse a su nuevo libro, cuya indefinición de género ya es en sí mismo un mérito.

Carlos Fuentes La frontera de cristal Alfaguara México, 1995