Carlos Castillo Peraza. Presidente del Partido Acción Nacional.

Llegué a Suiza cuando comenzaba el otoño de 1972. Llevaba en la bolsa algunos nombres cuyos apellidos eran números telefónicos de la ciudad de Friburgo, capital del cantón del mismo nombre, villa universitaria y bilingüe. El día del arribo, nadie estaba donde yo supuse que habría de estar. Había muerto el gran patriarca de la comunidad académica latinoamericana friburguense -don Rafael Bernal, agregado cultural de nuestra embajada ante la Confederación Helvética, autor de El complot mongol entre otras muchas obras- y la gente había ido al sepelio. Su hijo Francisco, que se volvió uno de mis mejores amigos, me dejó en depósito algunas cintas grabadas por aquél: estupendos poemas que guardaré hasta el día que Pancho decida que puede escucharlas sin que le estalle el corazón.

Una dama políglota y devota, de remotos orígenes polacos, me rentó un departamento espléndido, sobre la colina de Schoenberg al otro lado del río Zaehringen, con una terraza desde la que podían disfrutarse los crepúsculos y la silueta de la única torre de la catedral que señoreara el cardenal Charles Journet, filósofo y teólogo de excepción, retirado entonces en una abadía vecina. El agua pasaba, navegable, abajo, muy abajo. Mi calle llevaba -lleva aún- el apellido de los fundadores de la villa, Kybourg. Los pinos y abetos que rodeaban la casa hospedaban nerviosas ardillas.

Conforme con lo que me dijeron que era habitual, la primera nevada cayó el primer día de clases. Hasta los cables por los que corre la energía para los trolebuses quedaron blancos, como si fueran cordones gruesos de lana o de algodón. Salí al balcón para sentir la nieve. Una mañana, por no secarme bien el cabello después del baño, las sonrisas de los transeúntes me hicieron caer en la cuenta de que llevaba la cabeza escarchada. Sufríamos los menos veinte grados centígrados. Fue el año del primer embargo petrolero. Algunas veces llegó a formarse una capa de hielo sobre la cara interior de los ventanales. Nunca había probado lo que son las temperaturas bajo cero, ni dejar la ropa gruesa en un perchero fuera del aula y encontrarla allí al salir, intacta incluso en el contenido de las bolsas. Tampoco habla experimentado la necesidad de respetar rayas pintadas en las calles ni advertido la disciplina de todo un pueblo. Debo confesar que el orden suizo, que a los latinos se antojaba insoportable, me fascinó. Mucho después entendería por qué Peter Ustinov, cuando se despidió de la ginebrina dirección de la Organización de las Naciones Unidas para la Infancia (la UNICEF), definió irónicamente la libertad de los suizos como una situación ideal en la cual todo está prohibido y lo que no está prohibido es obligatorio.

Suiza era entonces refugio y usina, respectivamente, para exiliados y desempleados españoles, italianos y portugueses. Friburgo, por su parte, ciudad universitaria internacional especialmente para jóvenes católicos provenientes de lo que Sauvy casi acababa de definir como “tercer mundo”. Africanos, asiáticos y latinoamericanos poblábamos aulas y cafés. No era difícil encontrar ocupaciones de medio tiempo para completar las magras becas o sencillamente para comer, habitar y estudiar. Los extranjeros tal vez no éramos muy estimados, pero ningún aborigen nos manifestaba desprecio ni abrigaba sentimientos xenófobos o temores a una invasión nuestra. Quizá fueron los últimos años de ese ambiente que mucho tenía que ver con la cultura de la guerra fría en un país formalmente neutral pero claramente alineado con lo que entonces se llamaba Occidente.

Los mexicanos teníamos una cita semanal insalvable: la misa dominical organizada por los Misioneros del Espíritu Santo. Creyentes y no creyentes, pecadores y batalladores acudíamos a hablar, escuchar y cantar en castellano. En aquella casa se armaban los equipos de futbol y basquetbol que luego, bajo el genérico “Iberoamérica”, competían en los campeonatos universitarios. También de allí salían las iniciativas culturales: conferencias, revista, festejo del 12 de diciembre. El numen protector era don Ramón Sugranyes de Franch, maestro de literatura, catalán legendario por sabio, católico y antifranquista. El veterano de la tropa juvenil era un potosino, Manuel Zamanillo, que hizo una tesis en filosofía sobre el pensamiento náhuatl. Manolo estaba casado con una suiza de Zurich y cubría los turnos de noche y madrugada en la Radio Suiza Internacional -onda corta, programa en lengua española- con sede en Berna. Era un privilegiado: su trabajo era duro pero estable, le permitía cumplir sus deberes escolares con algo de razonable sacrificio y lo dotaba de ingresos no muy altos, pero fijos, seguro médico, vacaciones pagadas y relaciones.

Cuando Manolo terminó cuanto trámite tuvo que hacer para titularse, los aspirantes a herederos de su trabajo se hicieron legión. Yo ni siquiera lo molesté, pues me sabía recién llegado y amigo nuevo. Pero él sabía que yo venía del periodismo, que enviaba textos a México, que me ganaba unos francos ayudando a editar la revista Convergence del Movimiento Internacional de Intelectuales Católicos -conocido como Pax Romana, con sede mundial en Friburgo-, que estaba casado y que mis becantes acababan de avisarme que la caída del dólar derivada de la crisis petrolera había evaporado los recursos. Asimismo, no ignoraba que mi familia carecía de medios para mantenerme en el extranjero -vamos, ni en la patria- y me había visto y oído cantar en algunos eventos, trabajar en la limpieza de albergues y hasta descargar algunos camiones para hacerme de fondos. Así que me propuso ser su sucesor. Acepté agradecido y temeroso .

Mi benefactor me llevó a Berna -é pagó mi boleto de tren- y me presentó a Patricio Bañados, un chileno que era el jefe del servicio en lengua española de la radio, y éste puso a prueba mis aptitudes de traductor y redactor de noticias, así como mis habilidades frente al micrófono. Comencé a trabajar de inmediato. Había jornadas horribles: la tarea concluía a las tres de la mañana y no se me permitía dormir el resto de la noche en la oficina; tenía que irme a la estación del tren a esperar la primera corrida a Friburgo, que arrancaba a las seis. Siempre existió el riesgo de dormirse en la banca y perder el viaje. En invierno, esto significaba pasar virtualmente a la intemperie más de dos horas a veinte o menos grados bajo cero. Era preciso llegar a la primera clase de la mañana que comenzaba a las siete. Helvéticamente, el trayecto duraba exactamente 29 minutos. Ni uno más ni uno menos. Se ha dicho que Suiza no es un país, sino una empresa de lucha libre. Se puede dudar que lo sea, pero no de que es un reloj.

La casa de las ondas cortas era un universo arrobador. Limpieza, puntualidad, trabajo bien hecho, recursos para hacer las cosas como es debido. Se transmitía en francés, alemán, italiano y romanche (lenguas de los suizos), así como en inglés, francés, castellano, portugués, árabe y esperanto. Una sesión matutina, en inglés, daba la pauta y el menú para el día, en lo que sería común a todas las emisiones. Luego, cada servicio añadía lo que sus responsables pensaban de interés para el auditorio específico. Los programas se grababan y “enlataban”, excepto las noticias. Para ellas estábamos los que hacíamos las guardias a horas inusitadas allá, pero adecuadas para el otro lado del Atlántico. El equipo hispanoparlante lo constituíamos Patricio el chileno; un español en vías de jubilación de apellido Brusoto; Juan Carlos Moreno -español‑norafricano‑argentino, casado con mexicana de Chihuahua-; María Dolores Antón, catalana sin regionalismo exacerbado; Mirta Lerman argentina; el señor Pérez, colombiano exseminarista y recitador de interminables poemas religiosos; Juanita Guinzburg, judeo‑argentina especialista en música clásica; Jaime Ortega, colombiano de memoria y pasiones marxistas, talento, fervor y garra periodísticos fuera de medida, corazón grande como una galaxia, irrefrenable cinéfilo y competentísimo cronista del séptimo arte, de quien no dudo en declararme hermano, y el novato mexicano que estudiaba filosofía en Friburgo.

Este y los otros ocho microcosmos lingüísticos giraban en torno de un suizo fuera de serie. Se llamaba Joel Curchod, falleció hace poco más de cuatro meses y dirigía la orquesta periodístico‑radiofónica con aguda inteligencia, abierta serenidad, magnanimidad afable y amplitud de miras poco comunes. Protestante sin jacobinismo, afortunado y comprometido con el dolor del mundo, inclemente con los defectos de su propio país, incapaz de mezquindades al grado de soportar sin amargura la pequeñez envidiosa y egoísta de los compatriotas que rondaban su cargo como escualos, leal con sus colaboradores, exigente en veracidad, objetividad y equilibrio, era una cátedra diaria de humanidad, en un aula poblada con demasiada frecuencia y en número a veces excesivo de híbridos de mercenario y perro san Bernardo. Periodista nato, doctor en hechos, dueño de una cultura y una información vastas y cotidianamente crecientes, Curchod amó a su país como sólo pueden amarlo quienes son capaces de poner todo su esfuerzo y su talento en mejorarlo.

No fue el único suizo de elevadas miras y caridad eficiente que conocí. Para mi buena suerte, puedo -algún día lo haré- hablar y escribir de otros también magníficos. Pero si sólo a Joel  Curchod hubiese conocido, me habría bastado para tener mucho que agradecer a ese país. Le debía estas líneas desde el día que Jaime Ortega me localizó en Bruselas para decirme, por teléfono, con la voz asfixiada, “murió el viejo”. Era la noche del 25 de septiembre del año recién pasado. Lo habíamos visitado -consta en “Tengo el Caribe en los Alpes”- en su retiro adolorido pero optimista y lúcido, en diciembre de 1994. No sabíamos que iba a ser la última reunión de los tres. La verdad es que ahora estamos seguros de que no lo fue. Nos volveremos a ver frente a otros montes mucho más altos y a la orilla de un lago infinitamente más transparente.