Janet Chalmers. Ensayista. Vive en Nueva York. Ha publicado en nexos anteriores.

Mi cuñada Terri, que ha sido lesbiana casi toda su vida adulta, se casó el 7 de octubre de 1991, exactamente una semana antes de que un incendio arrasara las colinas y el campo donde se celebró la boda y matara a 13 personas, destruyera miles de hogares y dejara a centenares de perros y gatos domésticos errantes por parajes asolados y yermos.

Como es lógico, para entonces, Terri y la mujer con la que contrajo matrimonio estaban de luna de miel en Europa y yo de regreso en Nueva York. Y aunque estoy segura de que mi cuñada no tomó el incendio como un reproche personal, para algunos de los que vivimos en el Este fue, lo mismo que su boda unisexual, exactamente lo que esperábamos de California, un lugar de intensidad blíblica -incendios cada temporada, inundaciones fulgurantes, temblores de tierra violentos, comida exótica y religiones extrañas-, tan hermoso, tan cerca del paraíso, que tanto para el hombre como para la naturaleza es una tentación a cometer peligrosos excesos.

En otra época, Dave y yo pensamos que el lesbianismo era sólo una fase pasajera de la vida de Terri. Aceptamos su identidad lesbiana lo mismo que su insistencia en ser vegetariana, como una verdad momentánea que era necesario respetar.

Hace unos cinco años yo estaba realizando una serie de ensayos fotográficos sobre mujeres que conocía. Cuando estuve en California para tomarle unas fotos, Terri me habló del mundo gay y lesbiano en que vivía. Me contó del banco dirigido por hombres gay, en el que ella había abierto una cuenta, y de las lesbianas lipstick y bykes dykes. También me habló de Jeff. “Hace unos meses, me empezaron a atraer sexualmente los hombres”. Terri había vivido años con una mujer que se llamaba a sí misma Méchante. La semana antes de que yo llegara, Terri le pidió a Méchante que se fuera de la casa.

Como alguien en dieta comiendo a hurtadillas una barra de chocolate, Terri pensó que podía mantener en secreto la relación, pero Méchante se lo dijo a todo el mundo. “Cuando mis amigas lesbianas se enteraron, me llamaron traidora”, dijo Terri. “Fue más difícil enfrentar sus reacciones que decirle a mi familia que era homosexual”.

Les tomé fotos a todos. A Terri trabajando en las máquinas Nautilus en la YWCA local. A Méchante, que había decidido que aunque hubiera terminado la relación amorosa la amistad continuaría. A Jeff, alto y sin sonreír, que siempre movía su cuerpo larguirucho y flaco justo lo suficiente para que no pudiera fotografiarle el rostro.

Las lesbianas de la familia

Es imposible hablar de las relaciones de Terri con mujeres sin mencionar a las otras lesbianas en la familia de mi mando. Dave, el único hijo hombre. tiene tres hermanas. Terri es la más joven, la única hija del segundo matrimonio del padre, más próxima en edad a nuestros hijo e hija que a nosotros. Las otras dos hermanas son del primer matrimonio. Peggy Ann, una mujer menuda y alegre, tiene más de cincuenta años. Hace 18 años que vive con otra mujer, Kathy, y se ha convertido en algo así como una gurú lesbiana para las otras mujeres gay de la familia. Por otra parte, Joan, la mayor de las tres, cuyo marido la abandonó por otra mujer después de 15 años de matrimonio, niega todas sus tendencias al lesbianismo, aunque durante casi todo un año permitió que la cortejara una lesbiana rica en sus cuarentas que le enviaba flores, se la llevaba en su Mercedes Benz a pasar fines de semana románticos y le compraba regalos caros a ella y a sus hijos. Según Joan, se trataba sólo de un experimento.

Como es de suponer, todos se preguntan por qué tantas mujeres de la familia tienen esta inclinación a emparejarse con otras mujeres. ¿Prueba esto que el lesbianismo está genéticamente determinado o se trata sólo de un modo de vida alternativo difundido por ejemplo o indoctrinamiento? ¿Soy testigo de una decadencia o de la liberación de espíritus libres’?

Sé que hay personas que han desheredado a sus hijos gay y familias que no permiten que un miembro gay lleve a sus amantes a reuniones familiares. En nuestra familia nunca ha sucedido nada de esto, sino todo lo contrario. Ahora que dos de los miembros jóvenes de la familia se han proclamado mujeres que aman a mujeres me doy cuenta de que, salvo mi suegra de 91 años que está amarrada a una silla de ruedas en un asilo desde hace cinco, yo soy una de las pocas mujeres heterosexuales que quedan en la familia. De repente, me tratan como si yo fuera la intrusa. La cuestión ya no es tanto si las toleraré, sino si ellas me tolerarán.

Presentacion en sociedad

Cuando me casé con Dave, Terri todavía era una niña, Joan y Peggy Ann tenían maridos e hijos. En Navidad, la madre de Dave aparecía como una visión en la estación de tren, con porte femenino, envuelta en un amplio abrigo beige con cuello de pieles, el pelo canoso teñido de rubio trigueño, sin pensar que acabaría sus días sin dientes y anciana, amarrada a una silla en un asilo. Ni una lesbiana a la vista.

Después Peggy Ann se divorció. Ella y su amante, Kathy, se pusieron a vivir juntas. Al principio mantenían cuartos separados, pretendiendo que se habían aliado sólo para hacerse compañía y por razones económicas. Pero había pequeñas señales de su devoción mutua: en los restaurantes compartían los postres y comían del mismo plato, y solían llevar camisas que hacían juego, como gemelas o amigas adolescentes unidas en una sola identidad.

En aquellos tiempos, ninguno de nosotros sabíamos de Terri porque el padre de Dave aceptó una cátedra de invitado en una universidad de la India. Nos visitaban una vez al año. Nuestros hijos jugaban con Terri mientras Dave platicaba con su padre en el estudio y yo me quedaba en la sala de estar escuchando a su madrastra, Estelle, presumiendo de los logros académicos de Terri, de la enfermedad de Terri y de los viajes de Terri. Soltera hasta los 35 años, pensábamos aún en Estelle como en una solterona, como si fuera una enfermedad crónica que el matrimonio en realidad no podía curar. Y su conversación obsesiva sobre esa niña que había engendrado mucho después de que alguien lo creyera posible sólo se agregaba a esta incómoda distancia que sentíamos de ella.

Cuando iba a ingresar a la escuela secundaria, los padres de Terri regresaron a Estados Unidos y la metieron en un internado. Recuerdo su graduación y la imagen de Terri diciendo adiós a sus amigos. Llevaba una blusa de olanes y una rosa roja en la mano. El cabello largo y rubio le brillaba al sol. Había ganado un premio escolar. Cómo predecir que dos años después, Terri se cortaría sus largos rizos dorados, abandonaría el college y se trasladaría a una cooperativa de vivienda lesbiana.

Cuando tenía 18 años vino a nuestra casa con una muchacha negra llamada Judy que era su amante. Terri trabajaba en una librería, pero soñaba con ser carpintera. Entonces, un día especialmente frío de enero, su padre de 75 años llegó en coche a la casa, se sacó las botas de nieve, anunció que no se sentía bien y cayó al suelo. Terri había sido su favorita, la niña de su vejez. Nunca puso peros a que Terri fuera lesbiana, pero le dijo que tenía que definirse por una profesión y no por sus relaciones personales. Después de la muerte de su padre, Terri terminó el college y después se trasladó a California e ingresó en la facultad de Derecho.

El romance con un compañero de clase en la facultad, Jeff, duró menos de un año. Volví a saber de ella a través de una carta en la que me contaba que había conocido a una mujer maravillosa llamada Nina, que era socia en la empresa de abogados donde trabajaba. Terri tenía 30 años cuando Nina y ella decidieron vivir juntas.

Durante un tiempo mantuvieron números de teléfono aparte, pero la gente de la oficina lo sabía perfectamente. La comunidad gay de San Francisco tiene un cierto grado de influencia política. Algunas compañías empezaban a reconocer la importancia de incluir a gays en sus nóminas. Nina, con más antigüedad en el trabajo, pronto pudo llevar a Terri como a su esposa en funciones sociales de ejecutiva.

Dave y yo, irremediablemente heterosexuales, nos perdimos al barajar las cartas. Cuando Terri venía al Este, se encontraba con Peg y Kathy en bares de lesbianas y en el último minuto nos llamaba por teléfono para decirnos que se daría tiempo para estar con nosotros la próxima vez. Nunca trajo a Nina a casa. La conocimos en la boda de nuestro sobrino Michael.

Michael se casaba con la hija de un banquero. Los planes de la boda duraron más de un año. Como Terri vivía tan lejos, supuse que no vendría, pero ahí estaba, acercándose a nosotros con una gran sonrisa en el rostro. Llevaba un vestido de seda azul que le colgaba de los hombros como si no tuviera que ver con ella, no más de lo que ella tenía que ver con él.

Llegamos unos minutos antes de la ceremonia. Un criado nos abrió de par en par la puerta del coche. Había sillas blancas en el pasto y flores con lazos blancos que aleteaban como banderitas en la brisa estival sobre la rústica barda de madera. Contra este telón de fondo tan idílico, de pie y en pequeños grupos estaban los cabos sueltos de nuestra familia: primeras esposas descartadas, segundas esposas nerviosas, medios hermanos y hermanas, maridos callados y amantes lesbianas. Cada quien tenía una determinada sonrisa pegada al rostro como una curita, cada quien trataba valerosamente de cubrir alguna heridita dolorosa.

En este tipo de asuntos familiares, yo suelo ser una Florence Nightingale para los heridos emocionales. Pero esta vez sucedían cosas que ni siquiera yo podía soportar. Me preocupaba qué pensaría la otra familia. Terri y Nina parecían estar en todas partes, se llamaban en voz alta una a la otra y se reían cuando no parecía haber nada de qué reírse.

¿Y Peggy Ann y Kathy, las dos que solían sentarse calladas al margen de los asuntos familiares? Estaba segura de que Peggy Ann coqueteaba con una joven mesera mientras la pareja nupcial brindaba, y más tarde, en la pista de baile, ambas movían sus anchas caderas, riéndose y retozando como colegialas. Peggy Ann llevaba un traje de hombre de lino a rayas y un corbatín. Kathy, pantalones de hombre de franela gris y un blazer azul marino. Era la primera vez que las veía bailar. Era la primera vez que las veía con ropa de hombre.

Las lesbianas a veces son precavidas y defensivas, y otras, exhibicionistas y beligerantes. He tratado de imaginar la cantidad de desaires personales, de observaciones directamente abusivas y actos de discriminación que han de enfrentar en el transcurso del día. ¿Cómo explicar de otro modo que sean tan precavidas con los extraños? ¿Qué  otra cosa les puede hacer sentir que si no eres una de ellas eres su amiga? Cuando ya nos íbamos a casa, un coche se detuvo junto al nuestro y tocó el claxon. Peggy Ann, la conductora, aceleró el motor y arrancó pasándonos de largo. En el asiento trasero, Terri y Nina sonreían y saludaban con la mano como soldados victoriosos de regreso a casa después de la batalla.

Invitacion a una boda lesbiana

Dos meses después, Terri llamó. “Tengo algo emocionante que decirte”, me dijo. “Nina y yo nos vamos a casar. ¿Les parece bien a ti y Dave que sea en otoño para que puedan venir a la ceremonia?”.

Traté de imaginarme a Terri y Nina caminando por el pasillo, ambas vestidas con enormes vestidos blancos, velos, guantes blancos, en la mano ramilletes idénticos de rosas blancas. Claro que no había forma legal de poder casarse con otra mujer. Pero aunque muchas iglesias y sinagogas todavía se niegan a realizar matrimonios del mismo sexo, en el sector de San Francisco donde vive Terri los gays tienen hasta representación política en el gobierno de la ciudad. Terri es miembro de una sinagoga gay, reivindicando su derecho de nacimiento como judía basado en los orígenes religiosos de su madre, aunque su padre era cristiano de nacimiento y ella no tuvo educación religiosa. Terri me había llevado a la sinagoga para el servicio del viernes por la tarde. Nos sentamos junto a dos hombres gay que tuvieron las manos entrelazadas durante todo el servicio.

“Espero que no te moleste”, me dijo. Hay ciertas personas en la familia con las que no es así. ¿sabes?”. Supe que se refería a su madre. “Tú y David fueron los únicos que creyeron en mí cuando quería ser carpintera.”

A mí las uniones sexuales del mismo sexo me parecen narcisistas, pueriles como escolares jugando a casitas y explorándose el cuerpo unas a otras. La unión de dos criaturas impasiblemente diferentes como hombre y mujer siempre ha sido una aventura riesgosa pero necesaria. ¿Cómo procrear hijos si no? La sociedad creó ese elaborado ritual llamado una boda para asegurar una unión de otro modo frágil. El dinero que se gasta en comida, Iistones y flores es como piedras metidas en una bolsa con gatitos no deseados. Sin mirar atrás. Echalos al lago. Ahógalos en dicha doméstica. Hoy en día, hasta las mujeres más liberadas se toman un momento en sus vidas para envolver sus ideales teministas en metros de satín y encaje.

No te preocupes”, le dije, segura de que cuando se trata de la familia. Dave, que es una persona que vive y deja vivir hará lo que se espera de él. “Allí estaremos”. En cuanto a mis propios sentimientos, yo deberás quería que Terri viviera el tipo de vida en que creía, pero en mi corazón esperaba un terremoto. revueltas, una muerte en la familia, cualquier cosa que me diera una excusa aceptable para no estar presente.

Dolares y sentido

Las invitaciones eran formales. Tradicionales en todos los aspectos, excepto que no se mencionaba a los padres, que los nombres de la pareja nupcial eran ambos de mujeres y que incluía una nota sugiriendo que, en vez de regalo de bodas, se podía hacer una donación a una organización llamada Open Hand que proporcionaba servicios, como entrega de comida a domicilio, a víctimas del sida.

¿Se nos pedía que participáramos de su alegría o sólo que la presenciáramos? Mientras sostenía el sobre de aspecto inocente en la mano, recordé cómo me sentí sentada junto a ella en la sinagoga gay y lesbiana, rodeada de parejas de un solo sexo que yo temía que en cualquier momento se podían volver hostiles y poco amistosas. Aquella noche Dave y yo hablamos. El viaje nos costaría más de mil dólares por el boleto de avión y cientos más por el alquiler del coche, el hotel y el regalo de bodas. Decidimos que sólo Dave podía ir.

Entonces, justo cuando pensaba que todo se había arreglado, el destino y American Express entraron en mi vida. En el correo llegó un sobre con las palabras vuela y lleva gratis contigo a un amigo escritas en la parte exterior. Se incluían boletos para acompañantes a cualquier ciudad de los Estados Unidos. Por el precio de un boleto de avión de Dave, yo podía ir gratis. La oferta incluía hasta una tarifa reducida para el alquiler de un coche un fin de semana. Sin discutir ni con el destino ni con American Express, saqué el pequeño sobre de respuesta que venía con la invitación de boda, escribí nuestros dos nombres en el tarjetón de aceptación y lo metí en el correo.

A los amigos les dijimos que la hermana de Dave se casaba con “un abogado”. A mi amiga Sara le dije que era una boda lesbiana porque es judía y yo esperaba que pudiera explicarme cómo una organización religiosa puede autorizar una unión del mismo sexo.

“Una boda lesbiana”, dijo indignada. “Es imposible. El matrimonio es cosa de hombres y mujeres. De familia”. Estábamos en un restaurante. Su voz sonaba muy alta. Le recordé que era una boda judía. “Los rabinos son maestros”, dijo. “No se pueden equivocar, ¿sabes?”.

Llamaron otros miembros de la familia. Cada quien tenía una excusa para no ir: falta de dinero, falta de tiempo. Pero nadie quería ofender a Terri. Al final, todos dijeron que sí.

Anita Hill y las galletas heterosexuales

El viaje se vislumbraba amenazante como mi visita anual al dentista: ineludible e importante, pero el último lugar de la tierra donde quería estar. Me imaginaba a las amigas lesbianas de Terri y Nina sentadas alrededor contando chistes y haciendo comentarios sarcásticos sobre los otros invitados. Me imaginé la boda. Mujeres de mirada fría volteándose para mirar fijamente. Susurros. Insultos. Como si hubiera entrado en un bar de lesbianas acompañada de un hombre. Traté de convencerme de que mi paranoia era infundada. Ninguna de las amigas de Teni había sido sino amable y considerada conmigo. Hasta en la sinagoga fui tratada como una invitada, no como una intrusa.

Dave no quería escuchar nada sobre mi incomodidad. Estaba contento de tener la oportunidad de ver a su familia y de pasar el fin de semana en San Francisco. Se puso muy impaciente. ¿Iba yo a ir o no?

Su reacción no hizo más que intensificar mi sensación de aislamiento. Como las cinco etapas por las que pasan las personas cuando se les dice que tienen una enfermedad incurable y que enfrentan una muerte inevitable, yo pasé por depresión, rabia, negociación, negación, y estaba en la última fase: resignación.

Unas dos semanas antes de la boda, llamó mi hijo Mark. Mark vive en Connecticut y lleva un pequeño negocio de servicio de banquetes a domicilio. Terri le había llamado para decirle que habían decidido hacer la cena del día anterior a la boda en su casa. Peggy Ann y Kathy llegarían un día antes para hacer lasagna. ¿Estaba dispuesto a hacer una ensalada y a arreglar las cosas?

De momento, mis miedos sobre la boda parecieron desaparecer. Siempre acabo ayudando cuando la familia se reúne. Sin pensarlo, dije: “tal vez puedo hacer el postre”.

A veces me siento tan separada de Terri como si hubiera hecho votos religiosos y entrado en un convento, pero cuando llamé a California y ofrecí hacer el postre no me preocupaba mucho cuánto costaría el postre ni cómo lo iba a llevar. La verdadera pregunta era si la lasagna la hacían manos lesbianas comprometidas y la ensalada un hombre simbólico que sabía cocinar, ¿estaría dispuesta esta pareja lesbiana a aceptar mis galletas francamente heterosexuales?

La frialdad en la voz de Terri fue la primera insinuación de que aunque había ganado la guerra y conseguido que todos fueran, no estaba disfrutando la victoria, pero no dejé que su reacción me desalentara.

Me programé para hacer las galletas como si se tratara del lanzamiento de un cohete espacial en Cabo Cañaveral. Llegaríamos a San Francisco hacia media tarde del sábado, justo a tiempo de registramos en el hotel, descansar un poco e irnos a la cena.

Iba a hacer tres clases de galletas. Noventa en total. El miércoles hice las compras. El jueves, desmenucé, tamicé, mezclé y después puse la masa en el refrigerador toda la noche. El viernes en la tarde, a menos de 24 horas de nuestra salida a San Francisco, empezó la cuenta regresiva. Estaba poniendo las nueces sobre las galletas cuando sonó el teléfono. Era Dave, que llamaba desde su oficina. Toda la semana habían transmitido en vivo las audiencias del comité senatorial para revisar los requisitos de un juez negro llamado Clarence Thomas, que había sido designado por el presidente Bush para un cargo en la Suprema Corte. Toda la semana la gente había hablado sobre el desatino de esa elección. Ahora, Dave dijo, había un testigo sorpresa. Una antigua colega de Thomas llamada Anita Hill, una mujer negra joven, lo acusaba de hostigamiento sexual. Metí la charola en el homo, cerré la puerta, prendí la luz del horno para poder ver las galletas a través del vidrio, puse el cronómetro en 10 minutos y corrí a la sala.

Si hubieran televisado los juicios de Juana de Arco no se hubieran tardado 500 años en canonizarla. Trabajé toda la tarde desenrollando la masa y moldeando las galletas. Después, cuando metí todas las charolas en el homo y puse el cronómetro, corrí a la sala. Una mujer negra, pequeña e intensa, sentada frente a catorce senadores blancos, respondiendo preguntas sobre los años en que pasó trabajando para un hombre que le solía hacer observaciones sobre su vida sexual. Su calma y autocontrol cuando la interrogaban me hipnotizaron. Obligada a repetir cada insinuación sexual, la acusada, no por equivocarse sino por decir la verdad cuando todos los demás en la sala estaban sólo calculando su propia victoria política, me llenó de una especie de fuerza y determinación que no había sentido hasta entonces.

En la cocina, tras la puerta de vidrio del horno, mis galletas se inflaban hasta convertirse en dulces y aromáticos bocados. En la sala, los rostros severos de los senadores hacían preguntas malvadas e insinuantes, tratando a Anita Hill como si fuera una criminal en vez de un testigo. Mostradas una y otra vez, como las famosas tomas de un solo encuadre del asesinato de Kennedy, estas imágenes -los ojos de Thomas rasgados por la rabia, su esposa, una mujer blanca y alta, de pie casi detrás de él, Anita, tranquila y serena, sus padres ancianos mirándola- se apoderaron de mi imaginación. Gracias a la televisión, la audiencia pública se convertía en una experiencia privada. A partir de aquel momento supe que ser una mujer que sobrevive significa ser un soldado. Ser una mujer que sobrevive significa ser decidida, lúcida y saber cuándo se tiene razón. De modo que si ella podía resistir esa humillación injustificada, yo también podía enfrentar a las hordas lesbianas.

Aquella tarde, cuando se enfriaron, metí las galletas en una bolsa plateada de picnic. Puse mi cámara, película y lentes extra en su estuche. Hice la maleta. El día antes de la batalla, hasta un soldado ducho está nervioso.

El viaje: La larga marcha al paraiso

El despertador sonó a las cinco. Diez minutos después, yo estaba aún en la cama. Veía que Dave se vestía. Quería decir que no, que no podía, cuestiones morales sobre la sexualidad lesbiana y el matrimonio de lesbianas de repente me eclipsaron y me llenaron de pánico. ¿Cómo iba a sobrevivir en un entorno tan hostil no unas cuantas horas sino dos días? Dave no dijo nada. Me levanté, me duché y me lavé los dientes.

Si Terri se casara con un muchacho, ¿me sentiría más alegre? Si su pareja, Nina, fuera una persona más cálida, ¿me sentiría más contenta en ese momento? Recordé que era un soldado. El truco consistía en pretender. Inventar un uniforme. Algo de moda. Una chaqueta de lana, medias negras, zapatos italianos. Reuní mi equipo. Película, el lente zoom, pilas nuevas para la cámara. A las seis atravesábamos calles oscuras y silenciosas en el coche. Compré un ejemplar de Mirabella en el puesto de revistas del aeropuerto, me instalé en mi asiento y me saturé de imágenes de juventud, belleza y seguridad a medida que el avión despegaba.

Cruzamos tres zonas horarias. Cada momento que pasaba, me decía que Anita Hill seguía sentada en esa sala de audiencias del Senado, dando testimonio. Seis horas después, la voz del piloto anunció por el altavoz: “Bienvenidos a San Francisco”.

El avión de nuestro hijo Mark tenía programada la llegada media hora después del nuestro. Mark mide seis pies de altura, es ancho de hombros y fácil de ubicar en una multitud. Cargaba una enorme maleta que le golpeaba las rodillas. Dio una mirada de aprobación a mis largas piernas con medias negras: “¿Esta es mi madre?”, preguntó riendo.

A veces, cuando uno se va acercando en coche, se ve la niebla asentada en el horizonte como un muro impenetrable, pero para el fin de semana especial de Terri, la ciudad se mostraba en todo su esplendor. Aunque no pude dejar de pensar en la frecuencia de los terremotos. en la insistencia del fuerte tirón de la gravedad. Mark no había estado en San Francisco. Pensé que le impresionarían las calles como montañas rusas, el extraño ángulo perpendicular de los edificios, pero estaba preocupado, concentrado en sus planes para la cena de la noche. “¿Trajiste el postre?”, me preguntó. Dave estacionó el coche frente a la casa de Terri y puso el freno de emergencia para que no rodara por la calle que se precipitaba hacia la bahía.

La puerta de la casa alta y estrecha de Terri estaba al final de unas escaleras empinadas. Salió Nina, sonriente y saludando con la mano. Es una mujer pequeña y atractiva. Si la hubiera visto en una multitud, nunca se me hubiera ocurrido que era lesbiana, pero cuando me incliné hacia delante para darle un abrazo, sentí, como a veces siento con un hombre, una especie de tiesura, como si transgrediera las fronteras de mi bienvenida y fuera demasiado efusiva.

Nos quedamos sólo un momento. Terri y Mark conferenciaron sobre la cena y enfilamos hacia el supermercado a comprar víveres.

La cena anterior a la boda

Faltaban dos horas para la cena. Dejamos a Mark en el supermercado y nos dirigimos a la ciudad. Durante una hora fuimos por la ciudad en coche como turistas comunes. Contemplamos la bahía. Nos detuvimos a comprar helados. Nunca mencionamos la boda.

Después, a las cinco, empezamos el regreso. Vimos a Mark, una cabeza más alto que todos los demás, esperando delante del supermercado. Llevaba en brazos un enorme ramo de lirios anaranjados. A su lado, un carrito lleno de bolsas de comida. Sonrió cuando nos vio. Nada hace más feliz a Mark que preparar una fiesta. Siempre que se aprecie su trabajo, la convicción sexual de sus clientes le es indiferente.

El tráfico de la tarde camino al Castro estaba pesado. En todos los aspectos era como una calle común, salvo porque había hombres a ambos lados de la calle que caminaban, se llamaban y saludaban unos a otros, en grupos, platicando. Nos detuvimos en un semáforo. Mark, solo en el asiento de atrás, estaba callado. Después se oyó su voz, casi como si se estuviera hablando a sí mismo. “¿O sea que van de la mano así”, dijo, “aquí en la calle?”.

Dave ayudó a Mark a cargar las verduras por las estrechas escaleras hasta la puerta de la casa de Terri. Después regresamos al hotel. Cuando nos registrábamos, observé el rostro del empleado de la recepción y me pregunté cuántas de las personas beneficiadas con las tarifas especiales del hotel para grupos eran amigos y familia de una pareja gay o lesbiana. Nada en sus modales hacía pensar que el empleado se sintiera incómodo con nuestras reservaciones. Hasta donde yo sabía, en esta ciudad, que tiene su propio directorio de médicos, aboyados, dentistas y otros profesionales gay, también él podía serlo.

Teníamos como una hora para deshacer el equipaje y bañarnos. A las seis, Dave ya estaba vestido, pero yo aún no podía decidir qué ponerme. Estaba malhumorada. ¿Por qué tenía Dave tanta prisa? Prendió la televisión. “Sólo quiero ver cómo van las audiencias”, dijo. Y ahí estaba. Anita Hill. Día dos. Todavía dando testimonio. Tranquila, serena. Todo lo que necesitaba era verla. Decidí ponerme una blusa roja. Cargué película en la cámara. Diez minutos después, estábamos en camino.

Cada vez que subíamos las escaleras de la casa de Terri parecían más empinadas. ¿Qué era lo que tanto temía’? ¿Las cosas no dichas? ¿La cortesía? Cuando lleyamos arriba. La puerta se abrió de par en par y Mechante, Ia antigua amante de Terri, nos saludó. “¡Janet!”. dijo suavemente. No la había visto en años y había olvidado lo bien que me caía. Me dio un abrazo rápido. Detrás de ella, vi a la madre de Terri. Estelle, a las hermanas de Dave, Joan y Peggy Ann, y a otras personas que no reconocí. Todos nos llamaban. ‘Hola, Pasen”. Como en una auténtica fiesta. Como si hubiéramos recorrido tres mil millas para cenar juntos. Terri salió de la cocina diciendo: “Esperen y verán el fabuloso trabajo que ha hecho su hijo”.

Mark había transformado la habitación con canastillas y platones cargados de ensaladas, panes y quesos. Y a un lado, una pirámide enorme con mis galletas, Ias noventa completas, nítidamente ordenadas en una fuente grande y redonda. Peggy Ann salió con una humeante fuente de lasagna y la gente empezó a hacer cola para la comida. Mark puso una bebida en mi mano. Les dije que empezaran”, dijo, pero nadie quiso empezar hasta que tú llegaras”.

Llené mi plato y buscaba un lugar para comer cuando la madre de Terri. Estelle, nos vio. Ahora, a sus setentas avanzados, tenía que usar bastón para desplazarse por el cuarto. “Hola, ¿cómo estás?”. Nos escudriñaba a través de unos gruesos anteojos y, tomando mi pregunta literalmente. empezó un largo y detallado relato de su salud. Miré alrededor. En la sala, Ia familia de Nina sentada en un amplio círculo, equilibrando los platos de comida sobre sus rodillas. Los Chandlers en la cocina, comiendo, hablando y riendo.

Me disculpé y me tui a sentar en una silla plegable cerca de la familia de Nina. Sonreí pero nadie me miró. Demasiado avergonzada para levantarme y salir de la habitación, fui hacinando cucharadas de lasagna en mi boca. Su conversación parecía tratar en exclusiva de un bebé que una mujer rolliza con un vestido floreado tenía en el regazo. En cuanto terminé de comer me tui a la cocina. Terri estaba llenando una gran olla con agua para caté. Le conté del bebé y de la mujer del vestido floreado. “Trataban de decidir a quién se parecía el bebé. Después ella dijo que Nina no se parecía a nadie de la familia”. Terri se río, “Así es la madre de Nina”, dijo.

“Trataban de decidir quién tendría el siguiente bebé en la familia”.

“¿Y Ies dijiste que voy a ser yo?”, preguntó. Acababa de leer un artículo en Newsweek que decía que en los Estados Unidos habían nacido 10,000 bebés de madres lesbianas. “¡Terri!”. dije. “¿No estás embarazada, verdad?”. Ella se río. “Estamos tratando…¡no es tan fácil!”. Por qué no se lo había dicho a nadie, pregunté. “Cada cosa a su tiempo”, dijo bajando el tono de voz para que los demás no la oyeran.

Nina llegó a la puerta con una galleta en la mano. Y todos empezaron a trasladarse a la otra habitación, pero aunque la gente había repetido, todavía quedaban muchas galletas en la charola. Nina vino a preguntarme si quería llevarme lo que sobrara. Miré alrededor. Quedaban todavía dos platos de lasagna, ensalada, un montón de rollitos. “¿No les sirven para otro día’?”, pregunté.

“Nos vamos mañana a Europa”, dijo, “de luna de miel”. Bajé la vista para ocultar mi vergüenza. No se me había ocurrido que se fueran de luna de miel. Entonces Peggy Ann, junto a mí, dijo con su voz alta y animosa, “acabamos de llamar a un centro de mujeres golpeadas en la ciudad. Dicen que les encantarían las sobras. ¿Te importa?”. Mujeres golpeadas comiendo mis galletas. Miré callada cuando pasó con una bandeja de comida apoyada en un hombro, seguida de Kathy, grande y obediente, abrazando una charola de galletas cerca del pecho.

La gente empezaba a irse. Nina y Terri se habían instalado juntas en el sofá. Terri me miró fijamente. Sentí que trataba de decirme, mira, ésta soy yo. Y la entendí. En realidad, era lo único que entendía. Ni la ceremonia ni la luna de miel, sino el hecho de que Terri pensara que había encontrado a alguien con quien compartir la vida.

La ceremonia de la boda

El día de la boda de Terri. Recuerdo que cruzamos en coche el Bay Bridge y seguimos subiendo por una carretera de montaña bastante tortuosa. En la carretera había letreros: “sólo tú puedes impedir un incendio forestal”, y Dave decía, “debe ser la estación seca”, pero yo estaba distraída. sin entender que una semana después las llamas arrasarían aquel cañón de luz.

El sol matutino todavía estaba bajo cuando entramos en el estacionamiento. Una fotógrafa, una mujer grande en pants color caqui, preparaba su equipo. La proveedora del banquete, otra amazona, colocaba vasos de vino en una larga mesa. Miré cuando tomaron la foto a la pareja nupcial. Nina muy derecha, como un soldado de juguete. Terri fomándola del brazo. Ninguna de las dos vestía de blanco. Llevaban trajes negros que hacían juego, con blusas blancas debajo. Terri, un chal de algodón fino en uno de los hombros. Nina, tacones altos. Florecitas blancas prendidas en la solapa. Ni colorete, ni pintalabios, ni sombra de ojos.

Habían colocado largas hileras de sillas plegables blancas. A un lado. cinco músicos, altos y elegantes, de smoking negro, tocaban música clásica. La gente llegaba. La fotógrafa tomaba fotos formales de la fiesta de bodas. Saqué mi cámara. Me sentí pequeña, como un mosquito, zumbando alrededor de esa gran mujer taciturna, tratando de que no me intimidaran sus numerosas cámaras, una con un lente tan largo que provocaba la comparación fálica.

La veía tomar fotos del rabino, de amigos, de Dave y sus dos hermanas. Entonces me di cuenta de que la madre de Terri y los padres de Nina, que estaban sentados no muy lejos, no habían sido incluidos. Busqué a Terri. Recuerdo la mirada fría que me lanzó cuando me acercaba a ella. En aquel momento, casi parecía esperar vagamente que alguien se precipitara y tratara de impedir la boda. Cuando se dio cuenta de lo que decía se río. “O.K.”, dijo, como si fuera una omisión trivial. “Después”.

Eran casi las once cuando la música marcó el inicio de la procesión. Miré a los invitados sentados. Si los padres estaban disgustados no daban muestras de ello. No había nadie que condujera a los invitados a sus asientos para que no hubiera agrupamientos tribales ni segregación heterosexual. Estaban todos agrupados tan al azar que era difícil decir quiénes eran las lesbianas y quiénes los parientes y las mujeres que trabajaban en la oficina. Como si hubiera un acuerdo, las mujeres llevaban faldas o vestidos. Ni corbatas relucientes, ni trajes de hombre, ni cortes de pelo varoniles. Y había un número suficiente de hombres diseminados entre ellas para darle el aspecto de una reunión normal. Sólo porque yo tomaba fotos y me podía mover con libertad de un lado a otro, pude observar alguna caricia ocasional, alguna mirada cariñosa circulando entre algunas mujeres. Sólo porque buscaba un lugar con sombra para estar, encontré a dos mujeres en un rincón, en el que se suponía que no iba a haber nadie, enlazadas en un fuerte abrazo.

Kathy y Peggy Ann. con dos hombres jóvenes que después supe que eran el hermano de Nina y un amigo del college, encabezaban !a procesión y portaban los cuatro postes del palio por encima de sus cabezas. Después entró el rabino, con su chal sagrado de seda blanca en los hombros, y el pequeño bonete llamado yalmaka, sujeto en la parte de atrás de la cabeza. Terri venía por el pasillo del brazo de Méchante, su amiga más cercana y examante. seguida de Nina, escoltada por otra mujer joven.

Con la cámara todavía tambaleante alrededor del cuello, encontré un lugar en la parte de atrás con un poco de sombra. Después hubo silencio. Los músicos, como cinco pájaros negros y elegantes que buscaran refugio, llegaron donde yo estaba entre los arbustos.

Todos sentados, callados y educados, cautivos en el resplandor y el calor del sol. Nadie se movía impaciente en el asiento. Nadie se abanicaba ni miraba a otra parte. Las piernas cruzadas. Atentos. Todos en sus mejores trajes y vestidos. Como si nos hubiera traído el servicio de banquetes junto con las sillas y los vasos de vino. El rabino, Nina y Terri eran tres figuras lejanas en el pequeño cuadrado de sombra bajo el palio. Tenía que hacer un esfuerzo para oír lo que decían.

“Este es un momento mágico”, dijo el rabino. Nadie se movió. Kathy y Peggy Ann, impasibles como dos columnas jónicas sosteniendo los postes del palio. Uno por uno, fueron avanzando amigos especiales. Para cantar una canción, recitar un poema.

Mediodía. El sol estaba muy por encima de la copa de los árboles y sobre nosotros caía todo el peso de su calor. “Esta es la persona con la que quiero pasar mi vida. Esta es mi amada, mi amiga”. Se tomaron las manos, se sonrieron, turbadas pero complacidas consigo mismas, como dos niñas contándose secretos en el patio de la escuela. La tradicional botella de vino y dos vasos, sobre una mesita a un lado, resplandecían a la luz del sol. El rabino les ofreció unos sorbos. Se intercambiaron los anillos. Se leyó un poema de la poetisa lesbiana Adrianne Rich. Después, dos mujeres y un hombre pasaron al frente y cantaron. “Puedes ser quien quieras ser… Algunas mujeres aman a mujeres, algunos hombres aman a hombres… da a tus amigos lo mejor de ti. Es tu amor lo que dejas tras de ti cuando partes”.

Tal vez fue el calor. Yo tenía la misma sensación de pasmo que solía sentir hace años en las reuniones familiares cuando los niños interrumpían nuestra conversación de adultos para reunirnos con una invitación, razones, engatusamientos y sobornos, y nos llevaban a ver un espectáculo que habían preparado, obligándonos a sentarnos, a admirarlos y a aplaudirlos.

En la boda de mi sobrino hacía un año me había sentido como una intrusa, como si hubiera estropeado una fiesta privada exclusiva. Ahora, arriba de la montaña y en medio del bosque, me sentía como prisionera. Miré hacia el lugar donde estaba sentada la madre de Terri. ¿Qué lugar ocupa la homosexualidad en la jerarquía del dolor de los padres? ¿Se puede comparar con tener un hijo con una enfermedad crónica’? ¿O con casarse fuera de la fe?

Debió haber un beso al final. ¿Cómo me lo perdí? Yo estaba esperando que rompieran el vaso como se hace al final de todas las bodas judías. Envuelto en una tela y sobre el suelo, el novio lo pisa hasta que lo hace pedazos. El vaso que ahora, en una demostración de igualdad femenina, Terri y Nina estamparon gozosamente juntas.

Algunos opinan que el humor grave de la boda se debió al calor. Hasta en el interior el aire estaba pesado e inmóvil. En las ventanas abiertas brillaban rectángulos de luz blanca y caliente. Peggy Ann sacó una pequeña cámara. El salón estaba tenuemente iluminado y replandecía como una luciérnaga gigantesca en la oscuridad a nuestro alrededor.

Hubo un brindis de champagne. Se puso un buftet en medio con bandejas de comida. Una banda de baile tocó una tonada romántica.

Nina y Terri llegaron juntas a la pista de baile y se tomaron una a la otra en un abrazo para su primer baile. Familia y amigos se levantaron para mirar. Sus rostros ruborizados por la alegría. Al rato, otra pareja se unió a ellas. Y otra. En la pista de baile todas eran mujeres.

La cena china

A las 4:30 todos estaban en el estacionamiento. Como nos quedaban cinco horas antes de partir al aeropuerto y no teníamos ningún otro lugar a dónde ir, regresamos a la habitación de Joan en el hotel. Todos parecían muy festivos. Mark corrió a comprar refrescos y bocadillos. Teníamos órdenes estrictas de Terri de no discutir sobre Anita Hill delante de los Kesslers. Empezó una animada discusión.

A las seis formamos una caravana con todos los coches y emprendimos el camino a Chinatown. El restaurante estaba en una calle oscura y desierta. Nos sentamos en un palco en torno a una mesa larga. Estelle, que había vivido tanto tiempo en Sudasia, nos ayudó a pedir los platos. Me parece recordar que en algún momento cantamos canciones infantiles de jardín de niños. Después, como a Cenicienta en el baile. el reloj dijo que la velada había llegado a su fin. Teníamos que regresar al hotel y recoger el equipaje, conducir al aeropuerto, devolver el coche de alquiler. Todos habíamos reservado en un avión diferente. Ibamos en direcciones diferentes.

La calle oscura recordaba a algunas películas viejas de guaridas chinas de opio a fines del siglo pasado. Nos dirigíamos a los coches cuando oí una voz y me di cuenta de que Estelle estaba junto a mí. “Terri ya lo había hecho antes, sabes”, me dijo. “Quedarse con una mujer y después cambiar de opinión. Decir que era lesbiana, y después terminar con un hombre. Y la boda”, agregó, “en realidad no es legal, ¿sabes?”. ¿Qué se hace cuando hay una guerra, eres soldado y de tu lado están todos los que no deben de estar?

Consecuencias

En julio de este año, Terri dio a luz a una niña. Una niña que tiene dos madres, una abuela que se llama Estelle, tres tías, un tío y media docena de primos. Siempre que he llamado a Terri parece agotada. Ha tenido problemas con la crianza de pecho. A Nina no le gusta levantarse en la noche cuando la bebé llora.

Legalmente, la bebé pertenece sólo a Terri porque es la madre biológica, pero dentro de un año, Nina podrá adoptarla. Terri dice que Estelle ha llenado de regalos a la bebé. La madre de Nina voló a California para ayudarles durante una semana. El padre de la bebé fue a visitarla y marchó con ella en el desfile anual de derechos gay.

Cuando a principios de año Terri nos dijo que estaba embarazada y yo le pregunté quién era el padre, la pregunta le sorprendió. ¿No lo había conocido en la boda? Era un amigo de Nina del college. Solían citarse, pretendiendo ser novios para que nadie sospechara que ambos eran gay. Según Terri, hay leyes de protección que rigen todos los casos de inseminación artificial. El padre biológico no tiene obligaciones ni derechos legales, pero ellas esperan que sea amigo de la niñita.

Verdades

Los primeros homosexuales que “salieron del clóset” eran artistas, actores, diseñadores de modas, gente no convencional en el modo de vestir, de trabajar y de vivir. Lo que ha sido más difícil es entender a los nuevos gays conservadores: maestros, abogados, médicos, dentistas y soldados que están dispuestos a admitir lo inusual de su vida amorosa, pero no quieren ser diferentes en nada más. Son los gays que, como Nina y Terri, quieren casarse, comprar una casa, tener hijos, trabajar codo a codo con heterosexuales, y llegar a dirigentes en la iglesia y en la comunidad sin líneas de separación legal ni social.

¿Nos están pidiendo los gays que creamos que hay cuatro sexos? ¿Qué pasa con los bisexuales? ¿Con ellos suman seis los sexos? ¿Y qué pasa con las personas que se operan para cambiar de sexo? ¿Ocho sexos? ¿Y si contamos hombres y mujeres que no tienen ningún sentimiento sexual? ¿Hemos llegado a los diez sexos?

¿O ser gay es una postura política? Simplemente otro modo más de decir éste soy yo, como ser vegetariano, o cristiano renacido, una coraza, que define, protege y aparta de todos los demás.

He conocido a gente educada que está convencida de que las mujeres gay son mujeres que odian a los hombres o no son lo bastante bellas para tener encuentros con hombres. La explosión de sexualidad franca y promiscua entre los hombres gay en los sesentas y setentas, antes de la llegada del sida, convenció a muchos otros heterosexuales del carácter básicamente pecaminoso de la sexualidad gay, aunque este fenómeno era representativo de sólo una pequeña minoría de gays, y lo mismo es cierto de algunos grupos de heterosexuales que compran sexo de hombres y mujeres prostituidos, intercambian parejas, van a salones de sexo y coleccionan revistas pomográficas.

Mi amiga Sara se niega a creer que haya una base biológica para el comportamiento homosexual. Ella cree que se trata de personas sexualmente condescendientes a las que no hay que fomentar sus aficiones. Ella cree que son una amenaza a la vida familiar normal. Ella cree que los homosexuales se la pasan convirtiendo a nuevos miembros y que hay que proteger a los jóvenes de su peligrosa influencia.

La verdad es que Terri y Nina querían comprometerse solemnemente en el contexto más hermoso que pudieran encontrar. Querían expresar, en sus propias palabras, el amor que sentían una por la otra. Querían compartir el momento con sus familias y amigos. Lo cierto es que algún día su niñita sacará el álbum de fotos de su boda y me enseñará las de las dos madres estrechándose las manos bajo el palio, de su padre sosteniendo uno de los postes con dos de sus tías, de sus abuelos de pie al borde de un precioso patio. Probablemente no le diré que yo no quería estar allí. Probablemente no le diré que, después de insistir en que fuéramos, Terri no nos hizo sentir muy bien recibidos. Lo que diré será: “Sí, recuerdo. Fue un día muy especial para nuestra familia”. Porque para entonces, lo que importará es lo que le digamos a ella.

Una crónica de los nuevos hechos de sociales, una manera de ser políticamente correcto, pero sobre todo el registro de una realidad que a pesar de los temblores postreros del conservador se sobrepone al tabú y al rechazo diario y sistemático. O de la elaboración de nuevas maneras de convivencia.