Rafael Pérez Gay. Escritor. Su último libro es Llamadas nocturnas (Cal y arena).

Ultimas horas de la tarde. Asistimos a una conversación sin tapujos entre las señoras Gatorade y Ballantines. Hacen su aparición con una seguridad subyugante, se sientan una frente a otra en los sillones de una sala gris, separadas por una mesa de centro en la que han dispuesto un cenicero, cigarros, un encendedor y dos tazas de café de Coatepec. A mi lado está mi gran amigo, el Viejo Parr, conocido químico y futurólogo que nos irá dando algunas explicaciones, siempre que sean necesarias, acerca de la extraordinaria aventura que ahora iniciamos. La señora Gatorade le dice a la señora Ballantines:

-¿Lista?

– Lista  -responde la señora Ballantines.

Buenas tardes. Soy la señora Gatorade y lo recuerdo todo. Vine a este Crucero para decir que el matrimonio es el ozono del amor. Causa directa de irritación, dolor de cabeza, enfermedades estomacales, fatiga inexplicable. Sé por qué lo digo. Es más: los matrimonios son como ciudades contaminadas donde nadie en su sano juicio se quedaría a vivir y sin embargo casi todos se quedan; y los que se van, casi siempre regresan. Quiero declarar esto enfáticamente (como dicen ahora nuestros políticos) para evitar malentendidos posteriores.

Buenas tardes. Yo soy la señora Ballantines y vine aquí a este Crucero a contar la historia del miserable Frans. Eso es todo. Por eso me tomé el trabajo de venir hasta acá, a la guarida del grupo nexos. Cualquier espacio es bueno si se trata de que la gente sepa la historia de ese Velocirraptor.

Sra. Gatorade: En lo personal considero que a los cuarenta años, o antes, hay que declararle una moratoria a la vida. A cierta edad, no se puede seguir viviendo en el fondo de un cataclismo moral. Por eso estoy contra el psicoanálisis, porque te invita a regodearte en tus problemas y te remite a una infancia eterna, a la esclavitud de tus debilidades.

Sra. Ballantines: Por mi parte, puedo decir que estos años han sido para mí los de una conflagración de dimensiones sin precendentes, un derrumbre moral. Nada de moratonas a la vida. Sra. Gatorade: ¿Estás hablando de tu vida o recordándonos el desembarco en Normandía, Bally? No has contado la historia de Frans, los lectores son impacientes por naturaleza.

(El viejo Parr interviene aquí de forma inopinada y pronuncia esta sentencia: “Have you ever seen the rain?”. Parece sugerir algo muy profundo con esta frase, pero no sugiere nada, sólo pronuncia esta máxima por placer y guarda silencio de nuevo. Las señoras Gatorade y Ballantines, sobra decirlo, no le prestan atención, como no se le presta atención a las cosas comunes, cotidianas hasta la invisibilidad.)

Sra. Ballantines: Para empezar con lo notorio: un hombre con el cabello corto que clareaba formando una tonsura poco agradable. La pérdida de pelo era algo que lo ponía tan melancólico como un elefante. Cualquiera notaría que su cabeza era muy grande, pero una mente como la suya necesitaba espacio. Huesos grandes y sólidos soportaban un cuerpo al que le habrían hecho una oferta en la empresa Extassis. Los brillantes ojos azules recordaban todo el tiempo a sus ancestros balcánicos. Nariz afilada. La boca era muy buena, pero se alargaba en exceso a la hora de llorar. En resumen: un hombre casado. El no quería dejar a su mujer, yo no podía dejarlo a él. Sí, sí, la vieja historia que se repetirá hasta el fin de los tiempos.

Sra. Gatorade: ¿Lloraba Frans?

Sra. Ballantines: Demasiado. Frans descubrió tiempo atrás que es inútil disimular, nunca desperdició su energía en disfraces. La última vez que nos vimos, el día de nuestra despedida, lloró hasta que se le hincharon los ojos. Un llanto silencioso que provenía de un manantial de inagotable desdicha. ¿Qué quería?, ¿qué lo esperara en mi casa hasta tener la edad de Sara García? Entonces la boca, que era muy buena, se le alargaba sin moderación alguna. Quise ser fuerte, pero al final me desplomé, abatida, como si los cinco años que pasamos juntos transcurrieran en una sola noche. En conclusión, ¿qué tenemos? Un mentiroso, un cobarde, un fóbico al compromiso que prometió con metodología diabólica un divorcio al que nunca se atrevió: un Velocirraptor.

Sra. Gatorade: ¿Sexo oral?

Sra. Ballantines: No tengo por qué responder a esa pregunta.

Sra. Gatorade: Te recuerdo que esta es una conversación sin tapujos.

Sra. Ballantines: No quisiera alarmar a nadie, pero Pietro de Aretino nos habría dedicado un par de párrafos en sus Memorias eróticas. Derrotamos a la incontinencia. Todo estaba cargado de un alto sentido de la utilidad: crema pastelera, jitomates, pepinos, acelgas, zanahorias, fruta fresca…

Sra. Gatorade: ¿Pusieron una recaudería’?

(El viejo Parr Interumpió en esta parte para declarar: “Conozco esos amores a crédito; los intereses son impagables, se vuelven un suplicio, una esclavitud. No valen la pena”. Desde luego, nuestras amigas no oyeron al viejo Parr)

Sra. Ballantines: No sé dónde leí que el romanticismo es lo que une a las parejas, pero el realismo es lo que les permite seguir adelante. Cuando estábamos desnudos persistía una explosión de gloria. Así nos llevaba la mano de un demonio anochecer tras anochecer: si eso es una recaudería, sí, pusimos una, pero grande, con gran variedad de productos del campo, y de primera calidad.

Sra. Gatorade: En el matrimonio el problema de la agricultura es al revés: el realismo une a una pareja y el romanticismo les permite seguir, a veces, adelante. En cuanto a la gloria, siempre y cuando no sea la gloria eterna, está bien. Tendría que contarte otra vez la historia de Leo.

Sra. Ballantines: Cuéntala, a eso vinimos a este Crucero.

(“Otra andanada insustancial de la psique de estas damas y voy a derrumbarme. A mi edad estas cosas son una pérdida de tiempo”, dijo el viejo Parr desorientado, al borde de la exasperación. Las señoras lo oyeron, a juzgar por lo que dijeron inmediatamente después.)

Sra. Gatorade: Aquella primavera estuve brillante. Me reservé una butaca de primera fila en el gran espectáculo de la felicidad. Quiero decir, por si no me he explicado, que nunca estuve tan cerca de ser feliz como en ese tiempo. Enamorarse no es solamente poner los ojos en blanco y meterse a la cama con una recaudería en el buró. Tiene que ver con el manejo eficaz de un mapa de la ciudad, horas pico de tránsito en calles y avenidas, horarios de cines, salidas y llegadas de aviones, dinero, alta organización. Sobre todo si quien se enamora es como yo una mujer casada. No quisiera parecer presuntuosa, pero manejé con maestría estos asuntos. Nunca me permití una vulgaridad como las que acostumbran los hombres adúlteros: “Tuve una junta hasta la madrugada”, “me detuvo una patrulla”, “¿Qué crees?, me encontré a Perengano, que sufre, y lo acompañé doce horas en su dolor”. Jamás. Cuando me tocó engañar, engañé con limpieza y amor por el engañado. Les recuerdo algo más: estar enamorada te predispone a enamorarte de nuevo, y yo estaba enamorada de mi esposo.

Sra. Ballantines: No pusiste una recaudería y tampoco te divorciaste .

(“Entiendo perfecto”, saltó el viejo Parr, “la señora Gatorade, pese a su propuesta de bajas calorías, 110 mg. de potasio, 30 mg. de sodio, 0.0 mg. de grasas, tuvo una pasión ingobernable. En cambio la señora Ballantines, con su aspecto de 46 grados Gay-Lussac viene a restregarnos su extinta vida sexual con un hombre casado, a decirnos que le entregó la fleur de I’ â age. Empiezo a entender, pero no sé qué”. La señora Ballantines pescó al vuelo el comentario de mi gran amigo el viejo Parr.)

Sra. Ballantines: Es usted muy injusto, señor Parr. No he venido a este Crucero por afanes protagónicos sino por pena, por abatimiento profundo. Pero ya que lo menciona, le diré que Gay-Lussac fue el astro de nuestro amor. ¡Lo que bebimos en esos años! Aperitivos. aguardientes, vinos de mesa; el trigo o la cebada nos daba lo mismo. Acabábamos borrachísimos haciendo locuras en todos lados. Nos perseguíamos por las calles jurándonos amor eterno, nos insultábamos en exposiciones de pintura. uno de los dos se tiraba del coche a cincuenta kilómetros por hora después de una discusión, Ilorábamos sin motivo aparente, por el gusto de llorar; un día casi nos desnucamos mientras nos zarandeábamos y nos gritabamos al mismo tiempo: “Te amo”. ¿Cómo se llama esto ? Se llama amor. Y nada de encerrarnos en un departamento para escondernos y preservar nuestro secreto. Al contrario, íbamos a los lugares más públicos que hay: plazas de toros, estadios de futbol, cines a reventar, calles transitadísimas. Llegamos a ir al show de Cristina para que la cámara disparara nuestra felicidad a miles de hogares de mexicanos. Eso sí, el Velocirraptor era casado, pero muy derecho, en ese aspecto. digo.

Sra. Gatorade: ¿.Puedo seguir’? ¿O nos vas a contar más intentos de suicidio? Como decía, al poco tiempo todos estábamos felices: mi marido, los niños, la muchacha, mi suegra, en fin, todos estábamos de lo más felices. ¿Saben por qué? Porque cuando una se enamora nadie puede hemos, nadie puede herir a las personas que queremos, y yo siempre quise a mi esposo. No es que nos escondiéramos, pero a solas, sin testigos, estábamos mejor. Pusimos un departamento y también, por cierto, una recaudería. Pasó el tiempo. Dejé de verlo, no porque se hubiera extinguido la pasión, sino porque conocíamos de memoria el porvenir. No sé si dije que Leo también era casado. ¿Por qué no me divorcié? Por eso, porque no creo en la pareja; si creyera, rompería la que tengo para buscar una mejor, pero como no creo, mejor me quedo como estoy. Piénsenlo bien, no es tan obvio como parece. ¿Qué cómo se sostiene una situación así? Por lo que a mí toca me dejo guiar por esta máxima conyugal: “No hagas preguntas y no te contarán mentiras”.

(“Estoy desconcertado, lo admito”, dijo el viejo Parr, “por un lado una pasión desbordada, exterior, explosiva; por otro, una pasión interior, implosiva, si cabe aquí esta palabra. Pensé que estas cosas ya no ocurrían, pero veo que no. Estoy desconcertado, lo admito sin ambages”.)

Sra. Ballantines: Una tiene que ser responsable de su propia felicidad. ¿Algo más Gate?

Sra. Gatorade: Nada. Agradecerle a Pérez Gay habernos brindado desinteresadamente su espacio en la revista.

Sra. Ballantines: Sí. Queremos darle las gracias por su hospitalidad. Nadie da nada por nada en estos días. Ojalá vuelva a invitarnos.

Noche. Las señoras Gatorade y Ballantines se ponen de pie, pasan frente a nuestros ojos y abandonan el lugar. Mi gran amigo, el químico y futurólogo viejo Parr voltea a venne y me dice: “Have you ever seen the rain?”. (Continuará).