Odön von Horváth (1901-1938) fue uno de los dramaturgos más importantes del tránsito entre los siglos XIX y XX. El relato que aquí ofrecemos puede servirle a los lectores para visitar su novela La Era del Pez, que acaba de ser traducida al español.


Había una vez un pobre niñito que tenía apenas siete años, pero en el que ya ardía una pasión: amaba el futbol sobre todas las cosas.

Tenía que estar presente en cada encuentro: si jugaba Liberia contra Haidhausen o Beludchistan contra Neuköln siempre estaba acostado en el pasto atrás de una de las porterías (la mayoría de las veces mucho antes del comienzo) y, con ojos redondos de niño, seguía de cerca las acciones más o menos emocionantes. Y si un jugador cargaba rudamente, apretaba enojado los puños y con el ceño fruncido miraba adustamente al malhechor. Sin embargo, cuando, quizá casi a continuación, como un capricho del destino (casi como una venganza) se anotaba un gol, bailaba apasionadamente y, radiante, trataba de ver el rostro de todos los que aplaudían a su alrededor. Los que estaban junto a él, normalmente eran uno o dos años mayores, y escuchaba atentamente cuando pronunciaban tecnicismos atroces en alto alemán, que sabe Dios dónde habían oído, acerca de un solo jugador o de un club; oía impresionado los turbios presagios, hasta que un maravilloso balón perfectamente cabeceado lo arrastraba consigo, y su corazón volaba todavía más alto que el balón.

Así se sentaba frecuentemente en el pasto húmedo. Durante horas.

El viento de noviembre se acomodaba a sus estrechas espaldas, como si quisiera calentarse, y arriba, sobre el terreno de juego, la bruja de la fiebre se llevaba sus círculos de aves de rapiña.

Y cuando el silbatazo final había fenecido, ya anochecía; el niñito atravesaba una vez más el campo y se iba solo a casa. En las calles de domingo vacías, algunas veces le parecía como si oyera pasos detrás de él; como si alguien, que quisiera averiguar dónde vivía, lo siguiera furtivamente. Sin embargo, no se atrevía a voltear y entonces tenía envidia del policía, que tenía una zancada muy larga. Sólo cuando había llegado a casa, frente al alto edificio gris, en el que sus padres tenían la tienda de verduras, miraba a su alrededor: quizás era el gordo Karl, con el que compartía el pupitre en la escuela y nunca lo dejaba en paz, pero sólo se trataba de una hoja seca, que se arrastraba trabajosamente en la calle, buscando un rincón para morir.

Y de noche, en su cama, tenía frío a pesar de las mejillas rojas; y entonces también tosía y se incorporaba hacia adelante como si el gordo Karl le hubiera pegado con el puño en la espalda.

Como a través de un velo, sólo veía el rostro de su madre sentada a la orilla de la cama que lo miraba preocupada; y también oía pasos en el cuarto, lentos, de uno a otro; era papá.

El viento del norte se acurrucaba en el tubo de la estufa y además de su zumbido, arcoiris empezaron a bailar una ronda a su alrededor. Cerró los ojos. Había oscurecido. Y tranquilidad.

Sin embargo, después de medianoche, el sueño cedió de repente y finos nudillos llamaron a la ventana desde fuera y oyó que decían su nombre —¡Hansl!— lo llamaba una voz suave —¡Hansl!

Entonces, el niñito se levantó de su cama, llevó una silla a la ventana, se subió en ella y abrió: afuera era noche quieta y profunda; ya no se oía ningún tranvía y el farol de gas de la esquina también se había ido a dormir y, frente a su ventana, en el cuarto piso, flotaba un ángel diáfano, semejante a aquel que rodeaba el broche del devocionario del abuelo, sólo que éste tenía alas de colores: la izquierda azul y amarilla eran los colores del equipo de futbol de Oberhaching; la derecha rosa y verde los colores del de Unterhaching; sus pequeños pies estaban metidos en purpúreos tacos de futbol, alrededor de su cuello, de una cuerda dorada colgaba un silbato de árbitro y en sus manos diáfanas se mecía una pelota blanca mate.

—Mira —le dijo el ángel— ¡Mira!— y dio un cabezazo al balón directamente al cielo; voló, voló, hasta que desapareció a lo lejos, detrás de la Vía Láctea.

Luego el ser celestial le dio la mano al asombrado Hansl y sonrió:
—Ven conmigo al partido de futbol.

Y Hansl fue con él.

Sin decir nada, subió al alféizar y, cuando el ángel lo tomó de la mano, era como si nunca hubiera existido un gordo Karl. Todo estaba olvidado, abajo de él, hundido en la profundidad eterna, y cuando ambos pasaban junto a la Vía Láctea, el niñito preguntó —¿Falta mucho todavía?

—No —sonrió nuevamente el ángel—, pronto estaremos ahí.

Y porque los ángeles no mienten, pronto brilló en la oscuridad una superficie rectangular, hacia la cual volaron. Al principio, Hansl creyó que se trataba sólo de una hoja de papel blanco, pero apenas lo había pensado, cuando su guía había avistado la orilla; sólo una tracción más, ¡y habían llegado!

¡Sin embargo, cómo se sorprendió el niñito!

De la hoja de papel blanco se había hecho una gran nube, cuya superficie era una cancha única, perfectamente delineada; en las tribunas de banderines de colores había espectadores, en una cantidad tal que nuestro pequeño nunca había visto en ningún encuentro. Y todo el público se puso de pie para saludar y todos los ojos se dirigieron a él llenos de bondad, el mismo inspector, que siempre lo había obligado a estar detrás de la portería, en el pasto mojado, lo condujo con continuas reverencias hasta su lugar: tribuna (¡!), primera fila (¡¡!!), en medio (¡¡¡!!!).

—¡Qué apacible está toda la gente! —pensó el niñito.

—Absolutamente cierto, señor —susurró el inspector humildemente—, son los bienaventurados espectadores de futbol.

Abajo en la orilla los bandos echaban un volado para ver a quién le tocaba el sol de espaldas —Estos son los mejores jugadores bienaventurados— oyó Hansll que decía su vecino; y cuando lo miró, inclinó amablemente la cabeza; entonces reconoció en él a aquel buen anciano, que una vez (cuando Borneo perdió con Alaska) lo defendió del gordo Karl; todavía tenía en la mano el bastón con el que había amenazado al rijoso aquella vez. ¡Cómo corrió!

Una inmensa bienaventuranza llenó el corazón del pobre niñito. El juego había empezado para no terminarse nunca más y los veintidós jugaban como nunca había visto jugar. Ciertamente, a veces parecía que uno u otro simplemente seguía a la pelota volando (pues también eran ángeles superiores), pero el árbitro (un arcángel), de un silbatazo interrumpía inmediatamente el juego debido a una falta.

El clima era magnífico. Un poco de sol y nada de viento. Una temperatura perfecta para jugar futbol.

Desde ese día, nadie ha vuelto a ver al pobre niñito en una cancha terrenal de futbol.

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