A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Puerto libre (Cal y arena).

“La patria es el sabor de las cosas que comimos en la infancia” dijo Cardoza y Aragón a quien la guerra, las discordias y la dictadura arrancaron de su patria, quitándole la bendición de caminarla y regalándonos la de su exilio entre nosotros.

Recojo ahora la sabiduría de su frase para asirme a ella y asegurarme de que la patria es tantas cosas como nuestra memoria y nuestros afanes puedan volverla. La patria no es sólo el territorio que se pelean los políticos, asaltan los ladrones, quieren para sí los discursos y los manifiestos. No es sólo el nombre que exhiben como despreciable quienes llenan de horror y deshonra los periódicos. La patria es muchas otras cosas, más pequeñas, menos pasajeras, más entrañables, menos públicas que el presupuesto federal o la exigua pero beligerante democracia.

Aprovechando que es septiembre, quiero invitar a los lectores que encallen en este puerto, a hacer su precisa y actual relación de las cosas con que van creando su patria de todos los días. No de las “grandes cosas”, no de las penas y litigios que la patria de todos acarrea, sino de las pequeñas e intensas glorias que hacen la patria de cada quien. Para alentarlos, enumero a continuación algunas de las mías, las que hoy me cruzan.

Camino alrededor del alto lago de Chapultepec amaneciendo bajo un cielo claro. Sé, porque está en el periódico que recogí al salir, que hay ozono en el aire. Lo respiro. Parece un aire sano. Lo respiramos voraces todos los corredores, patinadores, ciclistas, caminadores, perros, que ansiamos la mañana junto al lago: la patria es el claro aire con ozono que todas las mañanas acompaña nuestro aplicado deambular en torno a una laguna en la que nadan tranquilos muchos patos, viven en paz miles de pescados, nos deseamos buenos días cientos de locos con afán de salud.

Mi abuelo era dentista pero sembraba melones cerca de Atlixco. Largas filas de hojas verdes acunando esferas. Un olor dulce y polvoso contra mi cara. La patria en mis recuerdos, huele a ese campo.

Estamos cantando canciones de ardidos. Recalamos en un mundo raro, somos una paloma querida y otra negra. Nos gritan las piedras del campo, nos falla el corazón, andamos de arrieros, tenemos mil amores, del cielo nos cae una rosa limosneamos amor, Dios nos quita la vida antes que a todos. La patria está en las voces desentonadas que cantan “La Palma” a las cuatro de la mañana.

Fuimos en coche hasta Quintana Roo. Los colores de la tierra fueron cambiando con nosotros. De regreso, tras el mar, tomamos una carretera perfecta pavimentada por el estado de Quintana Roo, que nos condujo a otra carretera perfecta pavimentada por el estado de Campeche, entre las dos, hubo un pedazo de baches y piedras que no pavimentó nadie. Las tres eran la patria.

Manejo contra el tránsito enfurecido de las ocho de la mañana. A mis espaldas oigo la voz de mi hija Catalina diciendo: Estás largo, chiquito. Has crecido mucho. Ya no eres ése al que cargaba con una mano, al que le daba de comer en la boca. Ya eres otro perro, y ni cuenta me di de cómo pasó el tiempo. Yo tampoco me di cuenta del tiempo haciendo despuntar en su pecho los avisos de una adolescencia precoz, pero la patria estuvo ahí todo ese tiempo.

El señor de la casa regresa de un viaje. Ha estado lejos del país por casi tres semanas. Sin embargo, trae consigo a la patria.

Vuelvo del médico en el auto de Lola. Le rechinan las balatas al frenar. Lo estacionamos en la calle dedicada al general Gelati. Al fondo, se asoma una inmensa luna atemperada por las nubes. Durante la siguiente hora y media conversamos sin orden ni recato, mientras nuestros hijos se llamaban por teléfono pensando que habíamos desaparecido en las fauces del ginecólogo. La patria, impávida fungió como pretexto y contertulia.

Caminamos por el Parque México. Por ahí donde ayer acuchillaron a un hombre frente a los ojos de mi comadre María Pía. Mateo quiere saber la razón de tal horror. Acostumbra preguntar, como si yo acostumbrara saber las respuestas. Quién sabe cuántos meses le queden a esa costumbre. Yo puedo asegurar que ahí tuve una patria.

La antropóloga Guzmán avisó que saldría de Puebla en un autobús A.D.O. Aseguró que llegaría a las tres. Cuando dan las cinco sin que aparezca, me pregunto qué tipo de A.D.O. habrá tomado, si se quedaría prendida al cráter del Popocatépetl, si un baño de lava borraría su camino, si habría un choque de esos que enlazan kilómetros de automóviles. Estoy a punto de imaginar lo peor cuando aparece paseando los pies con su lenta elegancia. Mi sentido del tiempo comparte patria con el suyo.

Tenía veintitrés años cuando conocí a Emma Rizo una gitana con tos cuya sabiduría mayor ha estado siempre en la fuerza invicta con que sabe sonreír. Lectora implacable, escucha sin límite de tiempo, viciosa de los juegos que nos brinda el azar, trabajadora como el agua, buena como el pan hasta el último recoveco. He tenido la fortuna de ser joven y empezarme a hacer vieja junto a su risa terca, audaz, ineludible. Mi patria está anudada al sonido de su risa.