El gran momento en la historia literaria de Estados Unidos ocurrió cuando Mark Twain, luego de haber escrito Las aventuras de Tom Sawyer, volteó a ver al jovencito a la izquierda de Tom y se dispuso a relatar el sur que lo agobiaba desde la perspectiva del verdadero outsider en su fuga al lado de un esclavo. Sin embargo, la indolencia característica del autor daría al traste con la que quizás es la mejor novela picaresca del XIX.


No se puede saber de Huck Finn sin haber leído un libro que se llama Las aventuras de Tom Sawyer. En ese primer tratamiento de un pasado recordado, Twain evoca Hannibal, Missouri, en los años cuarenta del siglo XIX, en donde formas de vida singulares y tiernamente irreconciliables, el Niño y el Adulto, representan la comedia de sus destinos. Las aventuras de Tom concluyen con éxito, y al joven lector se le asegura a través del subtexto que a fin de cuentas sí hay un vínculo que une al joven y al viejo en un mundo moral, en donde la verdad se realiza y el perdón siempre es posible.

¿Al joven lector? A Twain hubo que enterarlo de que había escrito un libro para niños -lo que él quería escribir era una novela para adultos. Twain escribía por antojos, sin un proyecto, entregándose completamente a los placeres de la improvisación y a la música que oía en los diálogos. Fue comediante teatral mucho antes de convertirse en figura literaria. Fue colega de Petroleum V. Nasby y Artemus Ward antes de hacerse vecino de Harriet Beecher Stowe de Hartford y huésped de Emerson y Oliver Wendell Holmes en sus domicilios de Nueva Inglaterra.

Pero a fin de cuentas Twain debió comprender que como comedia festiva su libro resultaba demasiado sentimental, demasiado complaciente con el marasmo racista en que se crio. Twain ignoró la esclavitud como si no hubiera existido. Y una vez que todo estuvo dicho y hecho su personaje de Tom Sawyer resultó un centrista, un rebelde fingido, alguien que, como el mismo Twain, era bien recibido en el seno de la sociedad gobernante a la que agredía. Luego vino el gran momento en la historia literaria de Estados Unidos, cuando Twain volteó a ver al jovencito a la izquierda de Tom.

En Huckleberry Finn, Twain se libera de la tiranía de su voz teatral, la voz de la divertida tolerancia con la que había escrito todo lo anterior, y le entrega la narración al patiño mugroso, irredimible de Tom Swayer, Huck. Habla como un niño y hace cosas de niños. Y en este tratamiento de su pasado su visión del sur anterior a la guerra civil es todo menos festiva. No encontramos adultos amorosos que soportan las maldades de sus jóvenes sino asesinos, tahúres, borrachos y ladrones. Mientras Tom Sawyer se refugia en la isla Jackson porque su noviecita Becky Thatcher lo rechazó, Huck, desesperado, huye ahí para escapar de los abusos de su padre alcohólico, que ha amenazado con matarlo.

Huck se asocia con Jim, fugitivo esclavo de la señora Watson, y sus aventuras en balsa por el Mississippi son una variante de los relatos sobre esclavos. Aquí la voz revelada del muchacho llega a la genialidad. Una vez que Huck toma la decisión socialmente inmoral de ayudar a escapar al esclavo —propiedad legitima de alguien, piensa él—, crea en si mismo una moral éticamente superior que él define como fuera de la ley, y apropiada a un vago miserable como él. Y Twain puede abordar la monstruosa catástrofe nacional del eslavismo, a la manera de Harriet Beecher Stowe, pero con la estaca más afilada, y el golpe más profundo, de ironía.

Huck y Jim se dedican a sobrevivir, descienden por el río en balsa por la noche, durante el día se ocultan en los bancos de los campos de algodón, soportan tormentas, niebla y colisiones con barcos de vapor con tal de llevar a Jim a la libertad. Aquí la civilización, a diferencia de Tom Swayer, no es una formal tía soltera que le restriega a uno el cuello. Civilización es vender y comprar personas, y hacerlas trabajar hasta matarlas. La civilización es un juego sucio de confianza en el terreno de la ignorancia provinciana. Huck, astuto y lleno de recursos, es el amo del engaño sawyeriano e igual de mentiroso mientras se enfrenta a los traicioneros adultos que habitan los pueblos a lo largo del río.

Y luego ocurre algo terrible —terrible para Huck, terrible para la literatura de Estados Unidos. El relato se muda a la tierra, capturan a Jim y Twain regresa a Tom Sawyer. Aunque Huck es la inteligencia moral del libro —como el protector de Jim, él es quien padece la crisis de conciencia de su país—, a Tom Sawyer se le concede la escapatoria última de Jim de la plantación Phelps. Huck, quien hasta ahora fue nuestros ojos, nuestra voz, regresa al papel de comparsa y el libro se revuelca en la ramplonería, al llevar a cabo, más allá de lo creíble, el absurdo plan de escape, complejísimo, como fantasía de libro infantil. Y para que todo sea completamente absurdo resulta que Jim ha quedado legalmente en libertad en el testamento de la difunta señora Watson, lo que siempre supo Tom.

La mayor de las novelas picarescas desde Cervantes y Diderot cae en un decrépito teatrito. Con su práctica habitual de dejar que los libros se escribieran solos, Twain dejó de trabajar en el manuscrito de Huckleberry Finn, lo retomó unos dos años después, volvió a guardarlo unos años más en el cajón, para acabarlo y publicarlo ocho años y varios libros después de haber empezado. Y en algún momento Twain perdió su nervio o extravió el rumbo, para seguir, erróneamente, las viejas rutinas de su oficio teatral el chamaco maloso y sus travesuras —para rescatar el libro. Esta son meras cursilerías en el mundo verdadero de Huck y Finn: pero resultan cruelmente inapropiadas cuando está en juego la vida de Jim.

Como un sureño dedicado a reconstruirse, Twain era depositario de todas las contradicciones de su sociedad. El libro de Tom y el libro de Huck son visiones opuestas del mismo pasado: al final prevalece una sola visión, y es la mala. La misma cosa que llevó a Twain a echar a perder su mayor obra genera su problemático enigma moral: la descripción de Jim. Twain amaba el dialecto: tenía buen oído para él y se le daba con facilidad, así que es Huck Finn el que lucha contra las costumbres de los blancos de su tiempo para ayudar al negro Jim, a escapar de la esclavitud. Pero el padre de Huck es quien retrata a Jim, en la jerga de los blancos al imitar el habla de los negros, como un estafable niño-hombre negro al que manejan los niños blancos.

Acaso la ironía no sea redentora.

 

E. L. Doctorow
Escritor. Autor de The Book of Daniel y Ragtime.

Traducción de Antonio Saborit

tom-sawyer